ADELANTE LA FE

¿Cómo caminar para ser otro Cristo?

Queridos hermanos, ¿qué impide a un sacerdote ser otro Cristo? La respuesta es simple: El mismo sacerdote es el impedimento. El propio sacerdote es la barrera con la que  el Señor se encuentra para hacer de él un reflejo suyo. Parece una contradicción, un sacerdote quiere ser otro Cristo  y  al mismo tiempo  él mismo es la barrera.

La verdad es que no todos los ordenados quieren ser reflejo de Cristo. Se contentan, y es lo que quieren, ser un hombre más. No tienen otra aspiración, ni creen en otra cosa que no sea ser un hombre como los demás. Más los que sí quieren serlo, o no saben cómo, o no se atreven a tomar la iniciativa que Dios les brinda.

¿Qué impide al Señor transformar a su hijo sacerdote en un reflejo suyo?: Lo carnal del sacerdote. Así de simple. Así de difícil para muchos. La concupiscencia es el impedimento que hay en el sacerdote. Sólo removiéndola de sí, el Señor hará su obra en él. ¿Estamos dispuestos los sacerdotes a eliminar todas nuestras impurezas? ¿Estamos dispuestos a purificar nuestras miradas? ¿A santificar nuestros deseos y pensamientos? ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro yo?

Mientras el sacerdote sea él mismo, sin renunciar a su yo, que le diferencia del resto, mientras no esté dispuesto a cambiar según la voluntad de Dios, la obra del Señor no se completará en él. El sacerdote ha de dejarse hacer para que el Señor vaya puliendo lo carnal. El Señor le muestra al sacerdote todo aquello que ha de eliminar, pero el sacerdote ha de estar muy atento.

Cuándo he dicho que el impedimento es lo carnal, ¿a que me refiero? Evidentemente me refiero a la perfecta pureza del sacerdote, pero también, y forma un todo en la persona del sacerdote, a la desaparición de esos momentos en el que el yo del hombre se opone al Yo divino. Esos momentos en que el ego personal aflora con violencia sin querer someterse a nada ni a nadie, pues lo único que busca es su propia satisfacción, saliendo triunfante de la situación en particular en la que el yo se ha visto ofendido. Son esos momentos en los que desparece la santidad del sacerdote y florece lo peor del  hombre.

¿Cómo ir preparándonos para la transformación, cómo ir combatiendo las consecuencias de esos momentos? Con el recogimiento en la intimidad del alma con el Señor. Sólo de esa forma el Señor apacigua al  alma del sacerdote, y le habla diciéndole lo que debe hacer para sentir el gozo de Dios y la paz interior. Bien sabemos de nuestros momentos de turbación donde sólo se nos presenta en la mente decisiones drásticas, extremas. El Señor nos sitúa en el punto medio, separándonos de los extremos.

El sacerdote debe dejarse hacer por el Señor, debe estar dispuesto a renunciar a todo lo que le separa de Él. Son muchas las circunstancias en nuestra vida sacerdotal que nos separan de poder llegar a ser otro Cristo. Todo motivo que le aparte de  la vida de oración diaria, del rezo diario del Breviario, de la celebración diaria de la Santa Misa, de la preocupación constante por la salvación de las almas, de la  frecuente recepción del sacramento de la penitencia. Si hay, pues, situaciones o personas que alejen al sacerdote de sus obligaciones de santificación personal, debe alejarse de ellas. Nada, absolutamente nada, debe impedir al sacerdote su santificación personal, su trato íntimo con el Señor, recorrer su camino interior de transformación en Cristo. Si llega ese momento de transformación, ya no tendrá el sacerdote que preocuparse por absolutamente nada, porque  el Señor estará totalmente en él.

En este camino de transformación, el sacerdote debe saber, y vivir con profundísima intimidad, que el mayor milagro de su vida es la Santa Misa. Su Santo Sacrifico diario. El milagro de transubstanciar el  pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. El sacerdote no puede esperar otro milagro en su sacerdocio mayor que ese. No debe buscarlo, porque no lo hay. Es el milagro que el Señor pone en nuestras manos todos los días.

Según escuchemos, o no,  la voz del Señor caminaremos por un camino u otro. Aunque algunos digan que no oyen su  voz, el Señor habla  a nuestro corazón. Es necesario el silencio de la oración, de la intimidad  con el Señor.

Hemos de ser muy conscientes del uso que hacemos de nuestra libertad, porque nos podemos oponer a la voluntad de Dios. Así lo hacen quienes sólo quieren vivir como un hombre más, quienes no quieren renunciar a su carnalidad, quienes no quieren esforzarse en su santidad y progresar.

El Señor nos advierte de no equivocarnos en nuestro deseo de santidad y de transformación en Él. ¿Cómo no equivocarnos y seguir la llamada divina? La oración, la oración intensa y perseverante. Con cuánto afán está el demonio alrededor del sacerdote santo, que busca la perfección, para apartarlo precisamente de la vida de oración, con el engaño de la actividad que acapara la vida del sacerdote sin dejarle tiempo para la oración personal.

Nunca nos faltará el auxilio del Señor, pero nosotros hemos de separarnos de todo aquello que nos aleje de la intimidad con Él. Cuando algo nos perturbe hemos de refugiarnos en nuestro interior con Él, y el Señor nos dará las respuestas que necesitamos. Y así iremos renunciando a nuestro yo, controlando esos momentos, que iremos dejando en manos del Señor, produciéndose poco a poco la transformación, hasta que llegue el momento en que con gran sorpresa ya no seremos nosotros sino Cristo en nosotros.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.