Santificación: ni tan fácil ni tan poco práctica como pensamos

Muchas personas se preguntan cómo manejar la crisis actual en la Iglesia, qué pueden hacer en términos prácticos, en una situación que parece cada vez más apocalíptica y completamente fuera de sus manos. Hemos quedado insatisfechos con las respuestas que hemos recibido hasta ahora de algunos pocos eclesiásticos dispuestos a admitir públicamente que, inclusive, existe una crisis: que deberíamos continuar como si no sucediera nada; pagar, rezar y obedecer. Vivimos en una época que reverencia la actividad ante todo. Pero al mismo tiempo la falta de confianza con la que generalmente se da el consejo es exasperante y parece condescendiente. El número de personas que pueden apaciguar o solucionar nuestros problemas eclesiásticos actuales es bastante reducido. Si no eres cardenal u obispo, hay muy poco que puedes hacer en el sentido de acción. Para casi todos, la “solución” a la crisis no está a este nivel.

Para nosotros, la gente ordinaria, la desagradable noticia es que nuestro deber radica en asegurar nuestra propia santidad, exactamente como se ha hecho en cualquier otra época y circunstancia. Y si esto pareciera no ser una solución “práctica”, solo tómate un momento para imaginar cómo se verían la Iglesia y el mundo si, digamos, solo uno de cada diez católicos fuera a lograr el tipo de santidad extraordinaria que veneramos en los verdaderos grandes santos como el Padre Pío, Catalina de Siena, Francisco de Asís, Benito y Escolástica. ¿Cómo se vería el mundo si ciento veinte millones de personas dispersas entre todas las naciones de la Tierra fuesen santos de este calibre?

Nosotros los católicos modernos, quienes hemos experimentado la gran memoria colectiva de la nueva dispensación, padecemos la falta de imaginación católica; se nos ha enseñado a estar de acuerdo con los mundanos, que desdeñan lo milagroso, lo extraordinario, y rebajan e incluso descartan por obsoletos los aspectos “paranormales´´ de la Fe. Esto se cumple cuando la máxima autoridad nos dice que los milagros de Cristo en los Evangelios, como la multiplicación de los panes y los peces, son meros milagros naturalistasi o psicológicos productos” de compartir”.

Pero el verdadero catolicismo elimina las restricciones limitantes del mero materialismo y el naturalismo; los locos “aprieta cuentas” nos atrevemos a creer en milagros reales y sobrenaturales, acciones directas de Dios que rompen todas las reglas. El catolicismo sin milagros, a partir de la Resurrección, no puede ser más que psicología popular y consultorios. O peor: política.

Uno de los efectos malignos de la moderna “fábrica de santos” – la abolición altamente cuestionable de un proceso canónico significativoiiy la canonización, sin precedentes, de cientos de personas durante el pontificado de Juan Pablo II – ha sido rebajar la santificación en la mente del colectivo Católico. Olvidamos las glorias extraordinarias de una figura como la de San Felipe Neri – los milagros, los fenómenos místicos extraordinarios, todos documentados y comprobados como auténticos – que hasta hace poco se entendían como signos importantes de virtud heroica, santidad. En resumen, si todos son santos, si el listón está tan bajo que es prácticamente inexistente, entonces nadie es santo, y cualquier preocupación que pudiésemos tener sobre la calidad de nuestros propios esfuerzos se disuelve. Si fuese tan simple ¿por qué preocuparse por ello?

Parece una extraña paradoja que la nueva dispensación del catolicismo sostenga que la santificación es más fácil que nunca y al mismo tiempo completamente imposible. Esta aparente paradoja se resuelve cuando entendemos que, de hecho, estamos hablando de dos propuestas completamente diferentes. La versión de santificación del Nuevo Catolicismo es completamente diferente de la versión del Antiguo Catolicismo.

Entonces, ¿qué ocurre si, a través de la acción de la Divina Providencia, una persona comienza a comprender lo que realmente implica? ¿La transformación radical de la vida y el rechazo del pecado como punto de partida? ¿Qué pasa si, leyendo las vidas de estos grandes santos, llegara a ver que el listón solía estar muy alto? Una de las razones generalmente citadas por los defensores del estado actual de las canonizaciones es que la antigua forma de pensar acerca de la santidad es intimidante. La listón estaba demasiado alto, dicen, y eso creó un estándar imposible que solo desalentaba. Para alguien acostumbrado al punto de vista del Nuevo Catolicismo, real – llamémoslo “de primer nivel” – la santificación parece ser una demanda imposible e injusta.

Esta es la falsedad que ha llevado al aspecto más vicioso de la doctrina de Walter Kasper, finalmente explicitado en Amoris Laetitiaiii, de que la anticuada idea católica de arrepentimiento y gracia es simplemente un prescindible, un opcional extra, un “ideal heroico”, adecuado para muy pocos (o ninguno). De acuerdo con la nueva dispensación, si después de la debida consideración uno decide que el adulterio o cualquier otro pecado están bien, entonces por todos los medios, siga adelante, con la bendición de Dios. Lo más importante es cómo te sientes contigo mismo.

Pero esta mentira perniciosa, este consejo modernista de la desesperación, desaparece tan pronto como uno realmente lee las vidas de los grandes santos. Tal vez no se diga con suficiente frecuencia, pero aparte de las gracias extraordinarias que se les han dado, cada uno de estos grandes santos obradores de milagros eran seres humanos perfectamente comunes. El Espíritu Santo no discrimina a nadie; los santos pudieron haber sido emperadores y mendigos, comerciantes, campesinos y pescadores, así como criminales. La propuesta modernista kasperiana deja la voluntad Divina completamente fuera de la imagen. Pero la verdadera enseñanza de la Fe es que el mismo deseo de empezar a perseguir la santidad viene de Dios. Todo impulso de orar, de alejarse del pecado, de pedir ayuda divina se origina en Él. La forma podría parecer difícil para nosotros aquí abajo, pero en la realidad última del Cielo, es Dios quien hace el trabajo pesado

Vemos en las vidas de los santos de primer nivel que el factor clave es el amor de Dios, que está esperando para derramar sus dones de gracia en cualquiera que muestre el menor interés o ponga el menor esfuerzo. Incluso los más grandes pecadores: prostitutas y libertinas (Santa María de Egipto), asesinos y ladrones (San Moisés el Negro, San Vladimir), apóstatas y adoradores de demonios (San Bartolo Longo), adúlteros y fornicarios (San Agustín de Hipona y Santa Margarita de Cortona) – han sido completamente cambiados al buscar esta unión.En teología mística, se llama la “Unión transformadora” por una razón.

El 30 de abril es la fiesta de Santa Catalina de Siena. Leemos que a una edad muy temprana, a través de la acción de la gracia, Catalina se retiró a un pequeño cuarto en el hogar de su familia para una mejor práctica de su vida interior de oración intensa y penitencia. Y por pequeño, me refiero a tres pies de ancho por nueve pies de largo. Los armarios de escobas son más grandes. Ella vivió de esta manera, de acuerdo con la leyenda en el Breviario Romano, durante “varios años”. Después de esto, se le concedió una visión de la Santísima Virgen que “colocó en su dedo un anillo, en señal de su matrimonio místico con el Divino Hijo de [Nuestra Señora]. A este punto, la aún analfabeta Catalina llegó a ser tan influyente en los asuntos del mundo que su consejo fue buscado por todos en los diferentes ámbitos de la vida, ricos, pobres, laicos y religiosos, incluido el papa, Urbano VI, que le ordenó que viviese en Roma para que ella pueda aconsejarle. A su muerte, los estigmas invisibles que llevó a través de su vida se hicieron visibles.

Felipe Neri, el “tercer apóstol de Roma”, vino de Florencia siendo un joven – que rechazó un puesto como aprendiz de negocios, organizado por su familia- y para el final de su vida, en 1595, había fundado dos congregaciones, una para sacerdotes y otra para laicos, y también se había convertido en consejero de los poderosos. Conocido en su época como un obrador de milagros, Felipe sanó cuerpos y convirtió almas e incluso resucitó a los muertos. Pero él no nació santo. Su santificación fue ganada por un camino difícil: años de oscuridad y pobreza; logró una existencia pura dando clases particulares a los hijos de los ricos, viviendo en alojamientos sencillos y estudiando filosofía en sus horas libres, pero principalmente mediante la oración intensa y prolongada.

Durante años pasó sus noches en oración contemplativa y extática, escondido en el antiguo laberinto de catacumbas en Roma. Durante este tiempo experimentó varias extraordinarias transformaciones místicas, la más famosa de las cuales es cuando el Espíritu Santo apareció como una bola de fuego que entró en su cuerpo y agrandó físicamente su corazón, haciendo que su cuerpo generara un gran calor. Los que se reunían en sus habitaciones para escuchar sus consejos informaron que la habitación temblaba con el latido de su corazón cuando hablaba de Dios. A la muerte de Felipe, se descubrió que su corazón se había expandido a tal tamaño que sus costillas se habían agrietado para acomodarlo.

Al leer sobre estas vidas, vemos de inmediato que la santidad del orden más alto es rara y extraordinaria, pero se nos ordena, efectivamente, que la alcancemos. Este enigma aparentemente imposible se resuelve con una sola línea del Evangelio: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios”. No estamos llamados a apenas llegar al Cielo. El imperativo “Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” no es algo que deba tomarse a la ligera. Tampoco es una exigencia injusta, imposible. Por lo tanto, la pregunta “¿cómo?” adquiere una urgencia inmediata. Pero esta, a su vez, se resuelve con la vida de los santos. ¿Qué hicieron ellos? Haz eso.

La oración y el ABC de la santificación.

Escuchamos muchas veces que debemos “profundizar nuestra vida de oración”. Es fácil de decir, pero ¿qué significa exactamente?

Es una verdad un tanto alarmante de la Fe que todos – cada uno de nosotros en cada estación y condición de la vida – obligados a intentar alcanzar las grandes alturas. Y a todos se nos dan exactamente los mismos medios para intentarlo. Todos los escritores espirituales, desde los primeros siglos hasta nuestros días han dicho lo mismo: el medio es la oración. Sin este ingrediente clave – el esfuerzo del alma por la unión con Dios – incluso el poder de los sacramentos enmudece. Es solo y exclusivamente a través de la oración que un alma es capaz de recibir la gracia sacramental dispensada por Dios a través de la Iglesia. La oración es la lluvia que suaviza la tierra dura de nuestras almas para recibir la semilla del Divino Sembrador, la gracia del Espíritu Santo.

La gran abadesa, Cecile Bruyère, alumna del reformador y restaurador benedictino del siglo XIX, Dom Guéranger, escribió en su libroiv“La vida espiritual y la oración según la Sagrada Escritura y la tradición monástica”:

Sin embargo, se requiere una cosa, tanto la condición como los medios para lograr nuestra restauración [santificación]; sin ella, el hombre solo puede alcanzar una perfección filosófica y humana, bastante inadecuada para el ser sobrenatural para el que ha sido creado. Este fundamento es la ORACIÓN. (En mayúsculas en el original).

No podemos elegir nuestras propias formas de alcanzar la perfección sobrenatural. Orar o no orar no es una elección; por el contrario, no hay nada más importante que la oración, ya que aprendemos de muchas expresiones en los escritos de los santos – expresiones que, a primera vista, pueden parecer meras exageraciones piadosas, mientras que son estrictamente ciertas.

Nada en absoluto, ningún progreso espiritual de ningún tipo, puede ser hecho por el alma sin oración.

Este es el antiguo modelo que nos han presentado todos los santos. La descripción carmelita del mismo, lo divide en tres etapas: las vías de “purgación, iluminación y unión”. La vía purgativa es la expulsión con esfuerzo de los pecados, grandes y pequeños, y la erradicación de todas las faltas, la oración mental o meditación basada en la lectura de las Escrituras, el aumento del conocimiento de las verdades de la Fe y las expresiones de emoción en la oración (“oración afectiva”). El camino de la “iluminación” es el comienzo de la “contemplación infundida” cuando Dios toma cada vez más las riendas. El camino de la “unión” es el fin último para el que todos estamos creados: la unión con el Dios vivov. Esta es la parte de la “unión transformadora” de la que hemos estado hablando, que parece muy difícil de confundir cuando se la ve: el tipo de santidad bilocalizadora, levitante, portadora de estigmas, con visiones. Es el tipo de santidad que te invita a hacer chistes mientras te asan en una parrilla, o incluso a que no te des cuenta de que estas siendo devorado por leones en el coliseo.

Este triple “camino” es el gran secreto de la vida cristiana. No es suficiente “tratar de ser bueno”, evitar el pecado o incluso recibir los sacramentosvi. Uno debe hacerse santo, y eso es un trabajo interior. La vida cristiana es esta lucha consciente por la unión con Cristo a través de la oración. Sin ella, incluso la gracia sacramental no puede atravesar las capas pedregosas.

Sí ¿pero cómo?

EL P. Casiano Folsom, de los Benedictinos de Nurcia, lo describe mucho mejor que yo.

Cuando oímos a los religiosos hablar sobre la oración, puede parecer extraño cuando dicen que lo hacen todo el día. ¿No se les acaban las cosas que decir? Pero los de la clase mundana, en su mayoría, pensamos que la oración es simplemente “hablar con Dios”, y en particular es pedirle cosas a Él. Es, sobre todo, lo que hacemos durante los cinco minutos en silencio después de la misa, si tenemos la suerte de tener ese tipo de parroquia. Pero cuando leemos que alguien como San Pablo dice que debemos “orar sin cesar” esta simple respuesta se revela inadecuada. No puede significar pasar todo el día pidiendo cosas, y ni siquiera parece del todo correcto “hablar con Dios” todo el día sobre nada, como si estuvieras teniendo una conversación incómoda con un familiar al que no conoces bien.El problema es que a la mayoría de nosotros nunca se nos ha enseñado más de lo que aprendimos de niñosvii sobre la oración – sobre todo el recitado en voz alta de oraciones memorizadasviii.

Aquí está el gran secreto de los santos: la oración no es simplemente “hablarle a Dios” de la misma forma en que se conversa con los vecinos. La clase de oración de la que San Pablo y todos los demás santos están hablando es lo que se llama la “vida interior”, la capacidad de llamar la atención de Dios en cada momento del día, en medio de todas las actividades de la vida. Si te parece fácil, prueba hacerlo durante media hora sin distraerte.

La abadesa Cecile, y las fuentes antiguas que cita, no se refieren a “hablar” –la oración en voz alta – mucho menos a la recitación vacía de oraciones memorizadas – sino a la “oración mental”, al compromiso total de la mente y la imaginación y de todas las facultades del alma, que comienza con la meditación en las Escrituras. Es por esto que el Oficio Divino está tan firmemente basado en los Salmos. Ocho veces al día, un monje de la Regla benedictina dirige toda su atención a Dios, y le canta a la Fuente todo lo que lee.

En pocas palabras, esta idea de la oración es el proceso de infundir lentamente el alma con la mente de Dios tal como Él se nos reveló a nosotros en las Escrituras, para llegar finalmente a adquirir, en la medida de lo posible en esta vida, la mente de Dios como la nuestra propia.

La forma benedictina de oración individualix, llamada “Lectio divina”, o lectura divina, está más orientada a la práctica y menos preocupada por la teoría y la terminología – “mansiones” y etapas y todo eso – lo que personalmente encuentro confuso y me distrae. Implica cuatro pasos: “Lectio”, “Meditatio”, “Oratio” y “Contemplatio”. Un sacerdote benedictino al que pregunté una vez dijo simplemente: “Bueno, leo un poco, luego lo pienso”. La Regla también es concisa sobre el tema.

La lectio es la primera etapa y es simplemente la “lectura lenta y meditativa de las Escrituras o los santos”. Un pasaje breve y breve de las Escrituras se lee, se vuelve a leer y se reflexiona, se mantiene en la mente como si el Señor estuviera hablando directamente al alma de la persona a través de su palabrax. “Meditatio” es la asimilación mental del versículo, lo que permite comprenderlo. “Oratio” o “hablar”, sigue naturalmente y es la respuesta de la persona a la palabra del Señor que habla a través del texto. La cuarta parte es “contemplatio” y es la etapa más misteriosa, ya que en su mayor parte está fuera del control de la persona que reza. Aquí es donde el Señor “habla” de nuevo al alma, elevándose a alturas que no podía alcanzar por sí solo.

Como método, su sencillez contrasta con su grandeza. La Regla de San Benito exhorta a los monjes a que la mente siga lo que dice la voz. Incluso la recitación coral de los Salmos que constituyen la mayor parte del Oficio Divino, esa gran “obra de Dios” que toma hasta 4 o 5 horas del día de un monje, debe ser profundizada por el monje que hace la recitaciónxi.En ningún momento se espera que un monje simplemente “diga” sus oraciones sin el compromiso total de su mente. Si su mente se desvía del texto, tan pronto como se dé cuenta, debe corregirse y guiar su atención hacia el contenido de lo que está cantando.

Esta antigua tradición de oración mental basada en la Escritura es engañosamente simple. Los escritores espirituales dicen que puede ser tan poco como 15 o 20 minutos al día, para un laico ocupado. El tiempo que lleva decir algunas décadas del Rosario con atención a los misterios. El tiempo que toma ponerse en marcha por la mañana con una taza de caféxii.Para una persona en el mundo, cualquier momento libre puede llenarse con este método y, por supuesto, cada Smartphone en el mundo puede brindar acceso al material de origen bíblico.

Es eso. No hay otro método secreto para convertirse en santo, y la santidad no está reservada para aquellos que tienen dones especiales. No existe el gen de la santidad. La abadesa Cecile solo nos recuerda que el contenido de lo que leemos debe ser confiable. La escritura y el comentario de los santos es el material usual para la meditación. Ella recomienda el estudio de la teología dogmática, no moral, ya que es la enseñanza de la Iglesia sobre la naturaleza de Dios es lo que ilumina sobre el significado de las Escrituras.

Y ella nos propone una única motivación convincente: “[A]quí hay una felicidad más allá de la que proviene del disfrute de las cosas visibles; “ningún bien menor a Dios nos satisfará, y tampoco lo hará ninguna felicidad menor que el cumplimiento de la promesa de Dios de derramar Su propio gozo eterno en nuestras almas”.

Traducido por María Fernanda Benitez

Fuente original: https://onepeterfive.com/how-to-become-a-great-wonderworking-levitating-bilocating-ecstatic-vision-having-saint/

i El naturalismo en la filosofía dice que solo las leyes naturales y materiales operan en el universo. Niega la verdad de lo milagroso al negar que haya algo fuera de la naturaleza, incluido Dios. Si el naturalismo permite un dios, no puede ser el Dios trascendente, el Creador de toda la existencia que vive fuera de Su creación, como un autor que vive fuera del libro que escribe, a quien conocemos a través de la revelación en el cristianismo.

ii Vale la pena recordar los terribles efectos de la corrupción financiera de la Curia Vaticana en la iglesia moderna. Probablemente no fue la intención de Juan Pablo, pero el enorme volumen de personas que ahora son empujadas a través de este oficio, con las inmensas tarifas involucradas, ha hecho que la Congregación para las Causas de los Santos se convierta en una de las más ricas de todas las oficinas del Vaticano. Los santos reformistas del Renacimiento, que hicieron truenos contra la simonía y el abuso de la riqueza, tendrían algunas cosas bastante claras que decir al respecto.

iii Hasta Amoris Laetitia, la degradación de la santificación por parte del Nuevo Catolicismo fue solo implícita; esta es una de las razones por las que podríamos agradecer al Señor por el advenimiento de este pontificado que en otros lugares se ha descrito como una “gran aclaración”.

iv Un precioso y casi olvidado manual moderno de santificación basado en fuentes antiguas, que ahora puede comprarse traducida por los editores Wipf and Stock, de Eugene Oregon.

v Doy sólo una breve descripción aquí. Eric Sammons ha realizado una excelente serie de dos partes que brinda detalles sobre esta enseñanza en OnePeterFive. Creo que un peligro para los principiantes es pasar demasiado tiempo tratando de determinar en qué categoría se encuentran. Un sacerdote que sabe cosas una vez me dijo: “Si preguntas en qué etapa estás, eres un principiante”. ¿Su consejo? Solo reza. Solo empieza. Ponte en marcha. Deja que Dios te diga en qué etapa estuviste en varios momentos de tu vida, después de que hayas terminado, ya que la única opinión importante es la de Él.

vi Esto no quiere decir que una persona no puede ser salvada sin oración. Dios puede hacer lo que quiera, y no pretendemos decir lo contrario. Pero esta es la forma normal de perseguir la santidad, que no es más que buscar la unión con Él. Saber esto y negarse a hacerlo porque Dios puede salvar de todas formas pone al alma en grave peligro de pecado de presunción.

vii Y el período post-conciliar no ha ayudado al permitir una proliferación de charlatanes neo-modernistas, casi de la Nueva Era, que deforman la terminología. Debe tenerse cuidado con la “oración centrante” y las “técnicas de meditación” basadas en cualquier cosa que no sea cristiana.

viii Una cosa buena y santa, de no ser desdeñada. Pero no es suficiente para toda la vida.

ix En la vida benedictina, la oración se divide en dos: oración litúrgica e individual, oración personal. Cómo encajan tanto la oración litúrgica, el Oficio Divino como la Misa, puede ser un tema para otro día

x Es una buena idea comenzar con una breve oración pidiéndole al Espíritu Santo que llene nuestra mente y corazón. “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador y renueva la faz de la tierra”.

xi Por eso, en la Edad Media, no podría dársele un breviario propio a un monje, se esperaba que aprendiese todo el Salterio de memoria.

xii Aunque, por supuesto, es preferible hacerlo sin distracciones como comer o beber.

Hilary White
Nuestra corresponsal en Italia es reconocida en todo el mundo angloparlante como una campeona en los temas familia y cultura. En un principio fue presentada por nuestros aliados y amigos de la incomparable LifeSiteNews.com, la señora Hillary White vive en Norcia, Italia.