Cómo y por qué Ratzinger fue un adalid del modernismo. Carta a Aldo Maria Valli

Queridos amigos del blog Duc in altum: soy consciente de que entre los lectores del blog hay muchos que profesan un sincero cariño a Benedicto XVI. Yo también. Por ello, si me he decidido a publicar la siguiente carta no es por falta de respeto, ni mucho menos para aumentar una ya crecida confusión. Simplemente considero que el fallecimiento de Joseph Ratzinger pone punto final a una época, y que ha llegado el momento de hacer análisis desapasionados. Análisis que pueden causarnos desconcierto y hasta dolor, y son sin embargo necesarios para entender cómo hemos llegado a la actual situación. Naturalmente, y como siempre, invito a todos los lectores a presentar sus valoraciones y opiniones escribiéndome a [email protected]

Carta de Antonio Polazzo

Estimado Aldo Maria Valli:

Como tantos otros, yo también he meditado en los últimos días sobre la vida que Josef Ratzinger vivió en este mundo, recientemente concluida tras la cual partió inmediatamente (y no como juez) a la eternidad.

A la luz de su vida pública, lo que más me duele es no haber observado el más mínimo gesto en él, ya sea indirecta o condicionalmente, o de lejos, que expresase una retractación pública o arrepentimiento de las acciones públicas que realizó contra la Fe.

Esta circunstancia ya me habría causado todavía más dolor si, como muchos creen (al contrario de lo que yo pienso, lo digo con toda franqueza), junto a tantas acciones contra la Fe católica hubiera realizado tantas otras por el bien de ella (me refiero únicamente a su vida pública, y por tanto a cuanto expresó e hizo públicamente).

Aunque me duele, en el fondo no me sorprende si es cierto eso de que genio y figura hasta la sepultura.

Me he preguntado cuánta luz habría podido aportar a su vida espiritual ese modernismo que, teniendo en cuenta sus acciones públicas, lo habría consumido, y que lo iguala a Bergoglio, Wojtyła y Montini, y  junto  al nivel intelectual, a Küng y a tantos supuestos gigantes de la Revolución como Congar, Rahner, Chenu, Martini, etc.

Pero es evidente que no tengo respuesta, porque ciertamente es difícil, por no decir imposible, saber cómo fue en realidad, ya que nadie puede acceder a los rincones más íntimos del corazón de los demás.

¿Y qué fue lo que hizo Ratzinger contra la Fe? La lista sería larguísima y creo que resultaría casi imposible hacer una enumeración exhaustiva, teniendo en cuenta la importancia y centralidad de los cargos que durante tantos años desempeñó Ratzinger en la religión del Novus Ordo. O sea, en el contexto de la iglesia conciliar, esto es, el Concilio Vaticano II, del que indiscutiblemente fue un gran promotor.

Podría poner algunos ejemplos para que se me entendiera, hablando de un simple fiel a otro. Pero creo que se podrían poner cientos de ejemplos. Iré poniéndolos al azar en orden cronológico.

Desde luego, antes que nada, me refiero a su aprobación incondicional y a la relativa enseñanza como obispo y más tarde como papa de las heterodoxas doctrinas del Concilio (por ejemplo en lo que se refiere a la libertad de culto) y al Novus Ordo Missae, que puede calificarse como Misa del Concilio, como la llamaba monseñor Lefebvre, misa de Lutero. Es un tema clásico del Tradicionalismo y no me parece este el momento para explayarme sobre el asunto. En todo caso, vale la pena recordar algunas cosas: a) que Joseph Ratzinger, como perito de sensibilidad notoriamente progresista del cardenal Frings, fue uno de los protagonistas del Concilio, y se esforzó con mucho empeño por revolucionar la Iglesia; b) que él mismo afirmó que la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo (Gaudium et spes) «significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa [Dignitatis humanae] y sobre las religiones mundiales [Nostra Aetate]) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Antisyllabus». [1]; c) que el propio Ratzinger reconoció que no había cambiado desde entonces [2].

Estimulado por la entrevista que usted, Valli, le hizo a un viejo colega de Ratzinger, el profesor Hans Küng (aquí), recuerdo cómo colaboró Ratzinger al desmantelamiento del Santo Oficio. Dice Küng:

 «Durante el Concilio los dos estuvimos en primera línea con la mayoría progresista, contra las tendencias conservadoras de la Curia Romana. Fue precisamente Ratzinger quien escribió el discurso en el que el cardenal Frings de Colonia reclamó enérgicamente la reforma del Santo Oficio y fue clamorosamente aplaudido al final». Además, no me da la impresión de que Ratzinger se haya mostrado jamás contrario a dicho desmantelamiento.

Cualquier fiel puede reconocer la incompatibilidad entre la Fe católica y el encuentro interreligioso de Asís de 1986. Veamos algunas cosas que dijo Benedicto XVI durante la conmemoración del vigésimo aniversario de aquel histórico acto:

 «Este año se celebra el vigésimo aniversario del Encuentro interreligioso de oración por la paz, convocado por mi venerado predecesor Juan Pablo II y que tuvo lugar el 27 de octubre de 1986 en esa ciudad de Asís. Como es sabido, no sólo invitó a aquel encuentro a los cristianos de las diversas confesiones, sino también a exponentes de las diferentes religiones. La iniciativa tuvo amplio eco en la opinión pública: fue un mensaje vibrante en favor de la paz y se convirtió en un acontecimiento que dejó huella en la historia de nuestro tiempo. [...] Entre los aspectos más característicos del encuentro de 1986, conviene subrayar que este valor de la oración en la construcción de la paz fue testimoniado por representantes de diferentes tradiciones religiosas, y esto no sucedió a distancia, sino en el marco de un encuentro. De este modo, los orantes de las diferentes religiones pudieron mostrar, con el lenguaje del testimonio, que la oración no divide sino que une, y que constituye un elemento determinante para una eficaz pedagogía de la paz, basada en la amistad, en la acogida recíproca, en el diálogo entre hombres de diferentes culturas y religiones».

En diversas ocasiones, Ratzinger predicó una doctrina errónea sobre la libertad religiosa, irreconciliable con la que enseña la Iglesia. Una de ellas fue en el discurso que pronunció el 28 de noviembre de 2006 en la Nunciatura Apostólica en Ankara con motivo de un encuentro con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la República de Turquía: 

En todo país democrático corresponde a las autoridades civiles garantizar la libertad efectiva de todos los creyentes y permitirles organizar libremente la vida de su propia comunidad religiosa.  Como es obvio, deseo que los creyentes, independientemente de la comunidad religiosa a la que pertenezcan, sigan beneficiándose de esos derechos, con la certeza de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana y de que la presencia activa de las religiones en la sociedad es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos [...] Seguramente el reconocimiento del papel positivo que desempeñan las religiones dentro del cuerpo social puede y debe impulsar a nuestras sociedades a profundizar cada vez más su conocimiento del hombre y a respetar cada vez mejor su dignidad, poniéndolo en el centro de la acción política, económica, cultural y social. [4]

Es harto sabido, como se puede verificar por las imágenes, telediarios y boletines de las agencias noticiosas de la época [5], que durante su viaje a Turquía de 2006 Benedicto XVI visitó la Mezquita Azul de Estambul, donde, con la mano sobre el libro de oración musulmán que le presentó el imán, rezó descalzo a su lado mirando hacia La Meca.

En 2006, aludiendo a lo que afirmó el emperador bizantino Manuel II Paleólogo («Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba»), declaró:

«Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión». ]6] Y en su discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre del mismo año, afirmó: «La visita a Turquía me brindó la ocasión de manifestar también públicamente mi respeto por la religión islámica, un respeto, por lo demás, que el concilio Vaticano II (cf. Nostra aetate, 3) indicó como la actitud que debemos tomar»]7]

El 23 de septiembre de 2011, en el discurso en la sala capitular del antiguo convento de los agustinos de Erfurt, con ocasión del encuentro con representantes del consejo de la iglesia evangélica alemana, elogió a Lutero, y además añadió:

«El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: “Lo que conduce a la causa de Cristo”. Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que el amor a Él, la intimidad con Él, oriente nuestra vida».[8]

Me parece contrario a la Fe católica que en su blasón papal figure la mitra de obispo en lugar de la tiara (que simboliza la potestad pontificia). Cualquiera que esté de acuerdo en que en las cosas de la Fe la forma es sustancia (no sólo cuando la forma es suprimida por Bergoglio, sino también cuando lo hace Ratzinger) reconocerá en ello una señal de la doctrina de la colegialidad propuesta por el Concilio contra las prerrogativas del papa, en continuidad  con el gesto sumamente simbólico de Pablo VI de deponer la tiara (1964), y en todo caso con el de Francisco de poner en el anuario pontificio el título de Vicario de Cristo entre los títulos históricos. 

El 8 de abril de 2005 el cardenal Ratzinger dio públicamente de comulgar a fray Roger Schutz, monje protestante fundador de la comunidad de Taizé. Ello no sólo da una imagen terrible ante los creyentes, sino que supone un acto profundamente revelador de la mentalidad ratzingeriana (es un decir, porque todavía hay muchos que se obstinan en no querer ver quién era Ratzinger).

La comunidad de Taizé, que se encuentra en Francia, está integrada por hermanos procedentes de diversas sectas, y es un ejemplo palmario del falso ecumenismo condenado por la Iglesia. En 1982, Ratzinger escribió sobre Taizé: «Taizé constituye un magnífico ejemplo de inspiración ecuménica […] De parecida manera, debería ejercitarse también una comunidad de fe y de vida»[9]

En 2008 elogió a los EE.UU. como modelo ejemplar de laicidad:

«Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba compuesto de comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso. Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado. Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente. Así, encontramos este conjunto de un Estado voluntaria y decididamente laico, pero precisamente por una voluntad religiosa, para dar autenticidad a la religión. Y sabemos que Alexis de Tocqueville, estudiando la situación de Estados Unidos, vio que las instituciones laicas viven con un consenso moral que de hecho existe entre los ciudadanos. Me parece que este es un modelo fundamental y positivo. Por otra parte, hay que tener presente que en Europa, mientras tanto, han pasado doscientos años, más de doscientos años, con muchas vicisitudes. Actualmente, también Estados Unidos sufre el ataque de un nuevo laicismo, totalmente diverso. Así pues, primero los problemas eran la inmigración, pero la situación se ha complicado y diferenciado a lo largo de la historia. Sin embargo, me parece que hoy el fundamento, el modelo fundamental, es digno de ser tenido en cuenta también en Europa».[10]

Como vemos, abundan las imágenes en las que Ratzinger protagoniza encuentros ecuménicos o interreligiosos, y en los que incluso se lo ve rezando junto a miembros de sectas cristianas o de otras religiones. Y algo debería causar estupor a los que incluso desde esta perspectiva ven en Ratzinger una especie de antibergoglio, no faltan afirmaciones en las que manifiesta desprecio o condena a los tradicionalistas que en los años de Montini y de Wojtyła defendían la Misa de San Pío V y se oponían al Concilio. En Teoría de los principios teológicos escribió:

[...] Asistimos hoy al renacimiento de un nuevo integrismo, que sólo en apariencia garantiza lo estrictamente católico mientras que, en realidad, lo corrompe en su misma raíz. Hay una pasión propensa a la calumnia, cuya odiosidad está a mil leguas del espíritu del evangelio. Hay una fijación en la letra que declara inválida la liturgia de la Iglesia y se sitúa así, por su propia decisión, fuera de esta Iglesia [11].  Es preciso precaverse de descalificar tales procesos [de oposición al Concilio]. Es indudable que hay aquí zelotismo sectario, que es el polo opuesto del catolicismo[12].

La Operación Summorum Pontificum, que fue la manera ratzingeriana de mantener dentro del modernismo a los católicos que aman la Misa de San Pío V, hay que entenderla a la luz de este pensamiento. Cuando en una reciente entrevista monseñor Gänswein afirmó que lo que se proponía Benedicto XVI con el motu proprio Summorum Pontificum era «encontrar la paz interior, la paz litúrgica, para los que se sentían en casa en la Misa antigua para alejarlos de Lefebvre» [13], está claro que está diciendo eso mismo. Puede ser que para monseñor Gänswein la religión del Concilio no sea modernista, pero me parece imposible que quien esté convencido de lo que es no se dé cuenta de que la finalidad principal de Summorum era que los fieles estuvieran menos dispuestos a traicionar su fe en las filas del modernismo, o sea la doctrina, la Misa, el código y la mentalidad surgida del Concilio. Huelga decir que en la lógica de Summorum la aceptación del Concilio Vaticano II y la Misa de Montini era el requisito para que se pudiera autorizar la celebración en la forma extraordinaria, y la misma carta que acompañaba el motu proprio (la cual ponía de relieve el carácter vinculante del magisterio conciliar) no se olvidaba de manifestar: «Obviamente para vivir la plena comunión tampoco los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo».[15]

Lo entiende perfectamente quien ha observado que Ratzinger autorizó la Misa Tradicional en latín, pero desde una perspectiva modernista, es decir, no por la Fe católica, sino porque esa Misa corresponde al gusto y sensibilidad de ciertas personas. [16]

Por último, no hay que olvidar que en los largos decenios del postconcilio, en los que la Roma modernista (como lo sigue haciendo) perseguía ardorosamente el objetivo de suprimir la Santa Misa (con cierta persecución y castigo de los sacerdotes que la defendían) quien desempeñó el cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe fue durante mucho tiempo el propio Joseph Ratzinger.

Ignoro si, como usted sugiera (aquí) Joseph Ratzinger fue un hombre de cuyo ambiente curial era posible beneficiarse fácilmente. Realmente es difícil imaginar a quien en un principio había ejercido una función de gran relieve y en ofensiva contra la Tradición como perito en el Concilio, al mismo tiempo que de renombrado teólogo en varias universidades, más tarde arzobispo de Múnich (una de las más grandes diócesis del mundo, en el corazón de Europa) y por último prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como un mártir indefenso a la merced de unos astutos oportunistas que ocupaban cargos administrativos más o menos altos. [17]

Claro que, en todo caso, esto poco importa. Lo que siempre importa es la Fe. Y él fue un maestro indiscutible de los novadores de la fe.

Concluyo rogándole que no le quepa la menor duda de que, con toda sinceridad, no albergo ni he albergado jamás el menor resentimiento ni rencor hacia Ratzinger. Desde que se hizo saber que le faltaba poco para comparecer ante el Señor, he rezado por su alma, y ruego al Señor que haya podido concederle la gracia de la conversión antes del fin.

Sencillamente, como hablamos de una persona que ha tenido y sigue teniendo mucha influencia en la vida, y por la eternidad, de tantos fieles dados los cargos de los que ha sido materialmente titular y por la manera en que se lo representa mediáticamente, creo que se hace un mejor servicio a la verdad y al bien propio y el del prójimo diciendo las cosas tal como las veo, aun a riesgo de dar a algunos la impresión de que no tengo respeto humano.

P.D.: He procurado incluir la fuente de las citas que me ha parecido oportuno poner, pero por falta de tiempo no me ha sido posible a veces de manera completa indicando el número de página. Por un lado, no tengo motivos para dudar que las citas son correctas. Por otro, salta a la vista que se trata de una carta y no de un trabajo científico. En todo caso, presento mis disculpas al lector por lo que pueda faltar.

___________________________

[1] Cfr. J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos (1986)Si se desea emitir un diagnóstico global sobre este texto, podría decirse que [de Gaudium et spes, la constitución pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo] significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones mundiales) una revisión del Syllabus de Pío IX,
una especie de Antisyllabus. […] Contentémonos aquí con la comprobación de que el documento juega el papel de un Antisyllabus y, en consecuencia, expresa el intento de una reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir del año 1789. […] Se fueron corrigiendo así, via facti, sobre todo en el espacio centroeuropeo, las posiciones de la Iglesia frente a la nueva fase de la historia abierta por la revolución francesa, tal como habían sido fijadas por los pontífices Pío IX y Pío X siguiendo criterios unilaterales condicionados por las situaciones concretas. De todas formas, no se llegó a una reorientación básica de las relaciones con el mundo que surgió de los acontecimientos de 1789. De hecho, en los países de fuerte mayoría católica seguía predominando en amplios círculos una óptica prerrevolucionaria. Hoy apenas nadie puede dudar que el concordato español y el italiano pretendían preservar, en demasía, una concepción del mundo que ya no respondía a las circunstancias reales. Y tampoco puede nadie discutir que a este aferrarse a una construcción jurídica de las relaciones entre la Iglesia y el Estado ya obsoleta respondían similares anacronismos en el ámbito de la enseñanza y en las relaciones con el método crítico histórico de la ciencia moderna.

[2] Véase a este respecto  V. Messori – J. Ratzinger, Informe sobre la Fe, pgs.22- 24, BAC Madrid 1985. Dice Messori: «En el Concilio, el joven teólogo Ratzinger participó como experto del episcopado alemán, conquistándose el aprecio y solidaridad de quienes en aquellas históricas sesiones veían un a ocasión preciosa de adecuar a los tiempos la praxis y la pastoral de la Iglesia. […] Confirmando su reputación de estudioso «abierto», en 1964 el profesor Ratzinger aparece entre los fundadores de
aquella revista internacional Concilium, que agrupa a la llamada “ala progresista” de la teología […] Hace veinte años, Joseph Ratzinger estaba allí, entre los fundadores y directivos de una publicación-institución que habría de convertirse en interlocutor crítico de la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Qué supuso tal colaboración para quien iba a ser, con el tiempo, Prefecto del ex Santo Oficio? ¿Una desgracia? ¿Un pecado de juventud? Y entretanto, ¿qué ha ocurrido? ¿Un viraje en su pensamiento? ¿Un «arrepentimiento»? Se lo preguntaré como bromeando, pero su respuesta será rápida y seria: “No soy yo el que ha cambiado, han cambiado ellos». […] Y un poco más adelante afirma: «He tratado siempre de permanecer fiel al Vaticano II, este hoy de la Iglesia, sin nostalgias de un ayer irremediablemente pasado y sin impaciencias
por un mañana que no es nuestro”».

[3] Carta de Benedicto XVI a S. E. monseñor Domenico Sorrentino con ocasión del XX aniversario del encuentro interreligioso de oración por la paz (https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2006/documents/hf_ben-xvi_let_20060902_xx-incontro-assisi.html). Más adelante en la misma carta se ve que es peor el remedio que la enfermedad: «Para que no haya equívocos con respecto al sentido de lo que Juan Pablo II quiso realizar en 1986, y que se ha calificado con una expresión suya como espíritu de Asís, es importante no olvidar el cuidado que se puso entonces para que el encuentro interreligioso de oración no se prestara a interpretaciones sincretistas, fundadas en una concepción relativista. Precisamente por este motivo, desde el primer momento, Juan Pablo II declaró: «El hecho de que hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas. Ni es tampoco una concesión al relativismo de las creencias religiosas» (Op. cit., p.1252). Deseo reafirmar este principio, que constituye el presupuesto del diálogo entre las religiones que recomendó hace cuarenta años el concilio Vaticano II en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (cf. Nostra aetate, 2). Aprovecho de buen grado la ocasión para saludar a los exponentes de las demás religiones que participan en algunas de las conmemoraciones de Asís. Al igual que nosotros, los cristianos, también ellos saben que en la oración se puede hacer una experiencia especial de Dios y encontrar estímulos eficaces para trabajar por la causa de la paz. En este aspecto también es preciso evitar confusiones inoportunas. Por eso, también cuando nos reunimos para orar por la paz es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986, y sigue siendo válida también hoy. La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla».

[4] Cfr.: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/november/documents/hf_ben-xvi_spe_20061128_diplomatic-corps.html y L’Osservatore Romano del 30.11.2006, pág. 7.

[5] Cfr. Por ejemplo (el que tengo más a la mano) este artículo del Pime:https://www.asianews.it/notizie-it/Nella-Moschea-blu-di-Istanbul-il-Papa-prega-per-la-fratellanza-di-tutta-l’umanit%C3%A0-7894.html .

[6] Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con representantes del mundo de la cultura, aula magna de la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006, cfr.: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg.html#_ftnref3 ; véase nota 3.

[7] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2006/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20061222_curia-romana.html.

[8] Cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110923_evangelical-church-erfurt.html .

[9] J. Razinger, Teoría de los principios teológicos (1986).

[10] Benedetto XVI, 15.04.2008, Intervista ai giornalisti durante il volo diretto negli Stati Uniti d’America, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2008/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20080415_intervista-usa.html .

[11] J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos  (1986).

[12] J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos  (1986). Il sapore dei discorsi di Bergoglio sugli “indietristi” non è dunque una assoluta novità fra i novatori.

[13] Cfr: https://www.aldomariavalli.it/2023/01/04/ganswein-la-traditionis-custodes-e-il-cuore-spezzato-di-benedetto-xvi/

[14] Eso espero; puedo también suponerlo.

[15] Benedicto XVI, 7 de julio de 2007, Carta a los obispos que acompaña la carta apostólica motu proprio data Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/letters/2007/documents/hf_ben-xvi_let_20070707_lettera-vescovi.html.

[16] Cfr. monseñor Donald Sanborn (https://inveritateblog.com/2023/01/13/the-death-of-ratzinger/): «Fomentó la Misa Tradicional en latín, pero desde una perspectiva modernista, es decir, porque esa Misa corresponde al gusto y sensibilidad de ciertas personas».

[17] Con todo, que fuera un hombre de pensamiento más que de acción, influye tal vez en el sentido de la impresión que Ud. tenía.​
(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Original)

Del mismo autor

Últimos Artículos

Tres corazones ardientes

Si me remonto a la llamada plenitud de los...

El siglo oscuro de la Iglesia

La Iglesia ha conocido numerosas épocas de crisis, y...

El papa Francisco y San Pedro Damián

Las palabras sobre la homosexualidad en los seminarios que...