El 14 de febrero S. S. Benedicto XVI tuvo una reunión con los sacerdotes de Roma. Precisamente tres días después de haber anunciado la renuncia a su pontificado, renuncia que se haría efectiva el día 28 del mismo mes.

El discurso que pronunció a los sacerdotes tiene su importancia, pues, no en vano, podemos decir que es un discurso de despedida. Y en un discurso de estas características se dice lo que uno lleva más gravado en su corazón y quiere que quienes le están escuchando recuerden y tomen en consideración. Las palabras del Santo Padre estuvieron centradas en el Concilio Vaticano II, en sus recuerdos del aquel evento, en las expectativas que todos los Padres Conciliares tenían, y como no, en las consecuencias que se siguieron después.

De forma magistral y perfectamente resumida hace un análisis, en la parte final de su discurso, de las funestas consecuencias que han devenido para la liturgia. Para ello emplea dos expresiones enfrentadas: el Concilio de los Padres y el Concilio de los medios de comunicación. Lo que el Papa llama Concilio de los Padres, era el verdadero Concilio, el Concilio de la fe “que busca comprenderse y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra para hoy y para mañana”. Pero el Concilio de los medios de comunicación, era de naturaleza política, no de fe, y éste fue el Concilio que percibió el mundo.El Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política”.

¿Qué buscan estos medios de comunicación? Y respondiendo, S.S. Benedicto XVI hace una radiografía certera de la realidad de la Iglesia que ha llevado al caos litúrgico actual: “Estaban buscando la descentralización de la Iglesia, el poder para los Obispos y después, a través de la palabra “Pueblo de Dios”, el poder del pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa, transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que promulgar, que favorecer”.

La descentralización de la autoridad, del poder, he aquí la raíz del mal que aqueja a la Sagrada Liturgia de la Iglesia. Esta descentralización del poder es lo que ha permitido que con tanta facilidad se haya extendido el falso concepto de “espíritu del Concilio”, que permite a cada cual tomar sus iniciativas en materia litúrgica, convencidos que tienen autoridad para ello. En consecuencia, ya el Magisterio, la Tradición pueden cuestionarse, pueden ser opinables.

Las consecuencias para la liturgia bien las apunta el Papa: “no interesaba la liturgia como acto de fe, sino como algo en los que se hacen cosas comprensibles, una actividad de la comunidad, algo profano. […] El culto no es culto, sino un acto del conjunto, de participación común, una participación como mera actividad. Estas traducciones, banalización de la idea de Concilio han sido virulentas en la aplicación práctica de la Reforma litúrgica; nacieron en una visión del Concilio fuera de su propia clave, de la fe”.

Esta es la realidad que encontramos tristemente en muchos lugares de nuestra Iglesia: una liturgia que ya no es un acto de fe, sino una mera participación común, una mera actividad.

Termina con un mensaje de esperanza:Me parece que, 50 años después del Concilio, vemos como este Concilio virtual se rompe, se pierde, y aparece el verdadero Concilio con toda su fuerza espiritual”.

S.S. Benedicto XVI bien a puesto los cimientos para que, en materia litúrgica, el verdadero Concilio aparezca con toda su fuerza espiritual al promulgar el Motu Proprio “Summorum Pontificum cura”, y dejarnos su ejemplo y su enseñanza.

Gracias Papa emérito.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.