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Conmemoración de los 110 años del nacimiento de Don Julio Meinvielle, campeón del antimodernismo

Vida

Julio Ramón Meinvielle nació hace 110 años en Buenos Aires, el 31 de agosto de 1905 bajo el pontificado de San Pío X. Estudió en el seminario pontificio de Villa Devoto, y se doctoró en filosofía y teología. Fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1930. En 1932, con apenas veintisiete años, publicó su primer libro, Concepción católica de la política (Buenos Aires, Cursos de Cultura Católica).

La cuestión socio-política a la luz de la eternidad

El origen de este primer libro está en la necesidad de poner orden en la inteligencia de los hombres que viven en la sociedad moderna y postmodernay en particular de la juventud, presa más fácil de los errores del subjetivismo relativista propio de la modernidad. Ahora bien, para poner orden es necesario sentar las bases de la filosofía política o arte de vivir virtuosamente en la sociedad y sacar las conclusiones lógicas, que guiarán especialmente a los jóvenes en su vida individual, familiar y social, hasta su conclusión en la eterna bienaventuranza.

Meinvielle, ocupándose de política católica –es decir, universal–, que se propone expandir el Reino de Cristo más allá de la sacristía y del campanario hasta impregnar toda la realidad, siempre ha sostenido firmemente el principio tomista según el cual el único fin verdadero de los hombres es Dios. Este es el Fin último; los otros (el bien común temporal) son sólo fines próximos o intermedios que no deben ser objeto de desprecio (como los desprecian el espiritualismo y el individualismo liberal), pero tampoco se les debe dar un carácter absoluto (como hacen el materialismo y el colectivismo socialista). El P. Meinvielle cita con frecuencia el tratado De regimine principum (Lib. I, cap. 15), donde Santo  Tomás explica que la sociedad civil o política es como una nave cuya navegación presenta dos aspectos: surcar los mares y llevar llevar pasajeros al puerto de destino. Es decir, que la política y el bien común o social tienen un cometido doble: uno inmanente (navegar) y otro trascendente (llegar al Cielo).

La Civilización cristiana o Cristiandad tiene como fin inmediato el bien común temporal y social de los ciudadanos, pero su fin último es el Sumo Bien (De regimine principum, Lib. I, cap. 16). La política representa el fin intermedio; por eso se practica, pero no es necesario detenerse en ella (S. Th., II-II, q. 58, a. 5). El bien del hombre, así como su Fin último personal y el bien común social y temporal están ordenados entre sí, y en cierto sentido coinciden (S. Th., I-II, q. 21, a. 4, ad 3). El bien social, político o común no puede dejar de estar ordenado como fin próximo al fin último, al bien trascendente e infinito del hombre, que es Dios.

En ese primer libro suyo, Meinvielle explica a través del Aquinate y del Magisterio pontificio que la política es una virtud y no un vicio (como sostienen los falsos místicos y los espiritualistas que rechazan la carne[1]), en concreto la virtud de la prudencia, que elige los medios mejores para obtener el fin al que tiende. Ahora bien, el fin de la política es la vida social de los hombres que constituyen un estado. Por consiguiente, la política es la prudencia aplicada a la vida social, del mismo modo que el monacato es la prudencia aplicada a la vida individual y la economía es la prudencia aplicada a la vida en el hogar. Meinvielle siempre enseñó que ordenar es subordinar dentro de una jerarquía de valores los problemas económicos a los sociales, y éstos a los religiosos y espirituales.

Catolicismo integral y catolicismo contaminado de liberalismo

Para el paladín del catolicismo integral, monseñor Umberto Benigni[2], así como también para el P. Julio Meinvielle[3], «el catolicismo integral no acepta que se intente relegarlo al ámbito de la consciencia, de la interioridad, de lo privado. El catolicismo integral se reconoce social y no privado. Intransigente, integral y social son términos mutuamente relacionados que remiten a una exigencia esencial del Cristiansmo: el Reinado social de Cristo» (E. POULAT, voz Integrismo, en el Dizionario Storico del Movimento Cattolico in Italia, dirigido por F. Traniello – G. Campanini, Torino, Marietti, 1981, vol. I tomo 1, p. 49). El rechazo de lo social y de la verdadera politica es el constituyente formal del catolicismo liberal, mientras que el empeño social y político ordenado al Fin último sobrenatural es la esencia del catolicismo integral y antimodernista.

Meinvielle fue un hombre trascendente o vertical, o sea, un hombre de Dios y orientado a Dios, y al mismo tiempo profundamente inmerso en la realidad del mundo actual, a pesar de no ser del mundo. Esta sola característica distingue al P. Meinvielle de los espiritualistas o cristianos desencarnados que, por culpa de una concepción errónea de la espiritualidad, deformada y transformada por ellos en un espiritualismo que exalta demasiado el aspecto espiritual y descuida, por no decir desprecia, el aspecto corporal del hombre. Con ello, no imitan a Jesús, el Verbo encarnado, que, engendrado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen María «se hizo carne y habitó entre nosotros».

El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; por otra parte, es un animal social por naturaleza que vive en el mundo que lo rodea, pero debe participar del espíritu del mundo o de lo mundano, que es diametralmente opuesto al de Jesús. Jesús vivió en una época dominada por el fariseísmo y el saduceísmo, pero los combatió y no se retiró del mundo en el que había querido venir a vivir. Vino para salvar las almas, las familias y la sociedad, y refutó los sofismas de los fariseos y los saduceos y predicó el Evangelio, porque no se puede afirmar la verdad sin combatir el error.

Como se ve, hay dos errores: uno por exceso (el espiritualismo platónico-cartesiano), que concibe al hombre como un puro espíritu unido accidentalmente a un cuerpo, y otro por defecto (el materialismo marxista liberal), que concibe al hombre como un animal solamente material y sensible. La sana filosofía (Aristóteles y Santo Tomás) y la Revelación nos presentan al hombre como una unidad sustancial de cuerpo y alma, de espíritu y materia. Indudablemente el alma es más noble que el cuerpo, y éste debe estar sujeto al alma, pero sin el cuerpo el alma sería el fantasma de un cadáver.

El hombre debe salvar su alma, pero también debe amar a Dios y al prójimo, y por lo tanto no puede pensar sólo en sí mismo, sino que debe preocuparse también de la familia y de la polis en la que vive. Si en la Ciudad reinan el orden y la Ley Natural, le resultará más fácil al hombre salvar su alma.

El catolicismo liberal no quiere reconocerlo, y se refugia en la sacristía o el campanario abandonando la sociedad en mano del «Princeps huius mundi». Pero esto es una contradicción en los términos, por católico quiere decir universal, abierto a toda la realidad, mientras que la expresión «de campanario» significa «limitado, estrecho y falso de sentido de lo universal» (DRAE) por su naturaleza social, el catolicismo no es de campanario ni individualista; de lo contrario dejaría de ser universal. Pío XII enseñó: «De la forma dada a la Sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y se insinúa también el bien o el mal en las almas. […] Ante tales consideraciones y previsiones, ¿cómo podría ser lícito a la Iglesia […] permanecer indiferente espectadora de los peligros [para sus hijos], callar o fingir que no ve condiciones sociales, que […] hacen difícil o prácticamente imposible una conducta de vida cristiana?» (Pío XII, radiomensaje La solennità, Pentecostés de 1941).

El hombre es por naturaleza un animal racional y social (o sea inteligente, libre y que vive en una sociedad o polis). Rechazar el elemento político o social del hombre es ante todo un error filosófico y antropológico, un concepto erróneo de lo que es el hombre[4], y desemboca en el error teológico del individualismo religioso o catolicismo liberal, el cual rechaza el Reinado social de Cristo y de su Iglesia en el mundo y la universalidad del Cristianismo romano, que por esta característica se distingue de todas las iglesias nacionales.

Apóstol del Reino social de Cristo

Meinvielle ha intentado explicar acontecimientos históricos y sociales de su tiempo a fin de «restaurarlo todo en Cristo». Todo, incluso las esferas temporal, social, política, económica y filosófica, pero eso sí, en Cristo. Nunca sobre un cimiento perecedero, que sería arena y no roca. «Petra autem erat Christus» (San Pablo).

El P. Meinvielle pensaba y actuaba de modo combativo, pero sin acritud. El objeto de su vis polémica era la gloria de Dios y la salvación de las almas, no la humillación y derrota personal del adversario. Fue un intelectual combativo: no buscaba sutilezas filológicas ni hacer alarde de cultura y erudición literaria, sino expresar juicios intelectualmente ciertos e inteligibles. Su apostolado se puede definir como el de la iluminación de las inteligencias y el refuerzo de las voluntades.

A lo largo de toda su vida estudió las obras del Doctor Común y vivió el Tomismo en todos sus aspectos: filosófico, dogmático, moral, ascético, social y económico. La doctrina del Angélico no quedó relegada al intelecto de Meinvielle (lo cual habría sido «el tomismo limitado de los profesores», que no salía de las aulas de los seminarios, como lo llamaba León XIII), sino que ha penetrado y reforzado su libre albedrío e iluminado su concepción política y económica con miras a la restauración del reinado social de Cristo.

Este es el auténtico tomismo de los verdaderos cristianos y los santos, que dan a los demás aquello de lo que están  llenos, según el adagio del Aquinate: «contemplare et contemplata aliis tradere; contemplar y transmitir el objeto de nuestra contemplación». No tiene nada de tomista la fe como cultura, como alarde de erudición personal, que se queda en el intelecto del maestro, que se gloría de su propia ciencia. El conocimiento va de la mano con la buena voluntad para la santificación personal y la edificación –ya este mundo, aunque de modo imperfecto– del Reinado social de Cristo. La inteligencia sin buena voluntad engendra orgullo, y la voluntad sin inteligencia es ciega. El P. Meinvielle ha puesto ambas al servicio de Dios y del Reinado social de Cristo, según la escuela del Doctor Angélico y el magisterio petrino.

Verdadera y falsa prudencia

Meinvielle siempre defendió y buscó la verdad sin sacrificarla a ninguna prudencia o respeto humanos, transigencias ni concesiones, sin aguarla, plenamente consciente de que las verdades a medias son más peligrosas que los errores patentes. No es la prudencia la que debe conformar, sujetar y someter la inteligencia humana a la realidad («veritas est adaequatio rei et intellectus»), sino únicamente las virtudes intelectuales, perfeccionadas por los dones especulativos del Espíritu Santo: ciencia, inteligencia y sabiduría, que someten y ajustan el intelecto humano a la realidad, y lo llevan por tanto a captar la verdad. Y así, la sabiduría, la inteligencia y la ciencia unidas a la verdad iluminan al hombre para obrar con prudencia. Sólo así es el hombre verdaderamente prudente y elige los medios mejores para entender el verdadero Fin (próximo y remoto) del hombre.

No es, como pretenden los católicos liberales, la prudencia la que encamina el intelecto a la verdad y la opción de la voluntad por el bien. Esa es la prudencia de la carne, que equivale a transigencia, a cobardía, a acomodar los principios especulativos y prácticos a la conveniencia del sujeto, para quien lo verdadero no es lo real, sino lo que le conviene. Cuando en 1970 Meinvielle terminó de escribir De la Cábala al progresismo, quiso pasar seis meses reflexionando antes de darlo a la estampa en el momento más propicio o menos desfavorable, y luego lo lanzó sin cambiar de parecer. Su prudente decisión estuvo dictada por la sabiduría intelectual y no fue la de la carne la que guió su juicio intelectual. De lo contrario no habría publicado el libro ni habría sido atropellado por una camioneta mientras cruzaba por un paso de peatones, y no habríamos podido beneficiarnos de la luz intelectual llena de amor que salta de cada página del libro. La vida intelectual de don Julio iba mano a mano con la pastoral, la iluminaba el aspecto doctrinal y se enriquecía caritativamente de ella.

La acción social del P. Meinvielle

En 1933, un año después de su primer libro, don Julio fue nombrado párroco de la barriada marginal de Versalles, en Buenos Aires, lo que hoy se llamaría una periferia degradada. Estaba rodeado de miseria, ignorancia, soledad y males morales y sociales. Meinvielle agarró el toro por los cuernos y se apresuró a construir un salón para reuniones, conferencias y catequesis. Sabía que para resolver los problemas sociales y morales hay que ir a la raíz: la doctrina desviada que los ha creado (el liberalismo y el marxismo), proponer el antídoto (la doctrina social de la Iglesia) y, con ayuda de la Gracia, llevar de vuelta la vida cristiana al ambiente social degradado (con los sacramentos): «Veritatem facientes in Caritate», como escribía San Pablo. En ningún momento abandonó, ni en la vida pastoral de su extensa parroquia de barriada obrera, la polémica, la defensa de la verdad y el desenmascaramiento del error. Polémica viva, incesante, sutil, nunca malintencionada ni mezquina. Fue un sacerdote de Cristo social y combativo en todo momento. Nunca se recluyó en la sacristía ni en el irenismo o pacifismo doctrinal, que evita toda disputa y confrontación con el error y con el que yerra; siempre persiguió el objetivo de iluminar para redimir, nunca de humillar para quedar bien.

Meinvielle amaba a los pobres verdaderamente pobres. No le habrían gustado los falsos poderes de hoy, enviados en tropel para destruir lo que queda de la civilización greco-romana y cristiana, con el respaldo económico del estado masónico y el aval de la teología neomodernista.

Dios amó la pobreza y se hizo hombre, y hombre pobre: Jesucristo, el último de los pobres, que nació desnudo en un pesebre dentro de un establo y murió desnudo sobre una igualmente desnuda Cruz. Quien ama a los pobres ama a Cristo; quien odia a los pobres, odia a Cristo y no es amado por Dios. El liberalismo odia a los pobres, a los que considera réprobos, malditos y fracasados, y el comunismo saca partido del dolor de los pobres para incitar el odio de clases. El Cristianismo, por el contrario, trata de levantar a los pobres, pero no prometiéndoles un paraíso en la Tierra, sino animándolo a trabajar, defendiéndolo de quienes le defraudan la paga justa a los obreros y ayudándoles a aceptar su condición social como medio de santificación personal, aunque ésta se puede y debe mejorar.

El P. Meinvielle tenía el mismo lema que San Vicente de Paul: «Pobre entre los pobres, ayudemos a los más necesitados». No era un teoconservador americanista ni un «cristiano» por el socialismo. Era un católico social integral, ni individualista ni colectivista. Al cabo de unos años, la parroquia de don Julio tenía piscina cubierta con agua caliente, dos piscinas al aire libre, un aula bien equipada y una sala de cine. Todos los santos han construido escuelas, oratorios, refectorios, hospitales o campos deportivos, sobre todo para los pobres. Pensemos en San Juan Bosco, San José Benedicto Cottolengo y, más recientemente, el padre Pío de Pietrelcina. No eran politicastros enfeudados a un partido con representación parlamentaria, sino que se ocupaban de la salvación de las almas, que viven formando cuerpos y sociedades con otros hombres. Eran santos sociales, porque decir santos asociales es una contradicción en los términos. «El católico liberal es la contradicción en persona», afirmaba el cardenal Louis Billot. No sólo es contradictorio: quiere salvar las almas sin preocuparse por el cuerpo y la naturaleza social del hombre.

El segundo libro de Meinvielle

Su segundo libro se titula Concepción católica de la economía (Buenos Aires, Cursos de Cultura Católica, 1936). Es la lógica continuación y especificación del primero. De hecho, así como la política es prudencia social, la economía es la prudencia doméstica. Aristóteles y Santo Tomás han distinguido entre la economía, que es el arte de ahorrar y  ajustar el balance con miras al recto funcionamiento del hogar, y la especulación crematística o pecuniaria, que es es el arte de enriquecerse como fin y no como un medio ordenado al bienestar de la familia. Como se puede observar, el mundo moderno se tiende al enriquecimiento y al bienestar puramente material como fin último y esclavo de la  especulación, que hipócritamente llama economía, de la cual no es sino una deformación.

Don Julio, después de haber sentado las bases de la sana filosofía política, ofreció a sus lectores los principios de la economía o recto funcionamiento material de las familias ordenados al fin sobrenatural. Había entendido bien que la plutocracia judaica y masónica estaba estrangulando la economía de las familia cristianas. Por eso profundizó en el problema escribiendo su tercer libro, El judío en el misterio de la historia (Buenos Aires, Asociación de los Jóvenes de Acción Católica, 1937), al cual siguió Los tres pueblos bíblicos en su lucha por la dominación del mundo (Buenos Aires, Adsum, 1937), que trata del mismo tema ampliándolo y profundizándolo.

Polémica con Maritain

Los años treinta fueron los años de la polémica con Jacques Maritain, que en 1936 había escrito Humanismo integral, libro en el que proponía la doctrina de una nueva cristiandad laicista y aconfesional, la libertad como Fin último y absoluto, el valor supremo de la persona humana incluso cuando se adhiere al error y obra el mal. No sólo eso: en la contienda de España tomaba partido por los rojos contra la reacción del general Francisco Franco.

Meinvielle replicó afirmando que la civilización moderna aspira a la autonomía absoluta del hombre frente a Dios, y por consiguiente, como había enseñado Pío IX en el Syllabus, la Iglesia no puede transigir en ese sentido, porque sólo Dios es absoluto, mientras que el hombre es creado, dependiente y contingente. Pío XI y el episcopado español condenaron a Maritain, y calificaron a la guerra civil española de Cruzada contra el comunismo y batalla entre Cristo y el Anticristo.

El P. Meinvielle profundizó en el problema del liberalismo en su libro De Lamennais a Maritain (Buenos Aires, Nuestro Tiempo, 1945)7, y en 1946 se publicó la correspondencia entre el padre Julio Meinvielle y el padre Reginaldo Garrigou-Lagrange sobre Maritain, seguida de una voluminosa Crítica de la concepción de Maritain sobre la persona humana (Buenos Aires, Nuestro Tiempo, 1948).

Lucha contra el comunismo y el progresismo cristiano

En los años cincuenta, Meinvielle afrontó el problema del comunismo ateo y materialista en varios libros: De la aceptación del comunismo (1954); Política argentina (1956); El comunismo en la revolución anticristiana (1961); El poder destructivo de la dialéctica comunista (1962). Don Julio demostró que la subversión o revolución ha existido y actuado constantemente en el mundo desde el pecado de Adán, e incluso en pleno Medioevo, pero a partir del humanismo y el Renacimiento ha experimentado un movimiento uniforme e universalmente acelerado con el protestantismo, las revoluciones inglesa y francesa, el comunismo y finalmente con el progresismo llamado cristiano, que ha infiltrado la subversión incluso en los ámbitos católico y eclesiástico.

En los años sesenta, se ocupó del neomodernismo con su siguiente ensayo: La cosmovisión de Teilhard de Chardin (1960); La Ecclesiam Suam y el progresismo cristiano (1964); La Iglesia y el mundo moderno (1966); Un progresismo cobarde (1967). Facilitó a su amigo el padre Cornelio Fabro buena parte de los textos con que refutar a Karl Rahner, cuya obra conocía, y publicó en 1974 sus dos conocidísimos libros: La svolta antropocentrica di Karl Rahner y L’avventura della teologia progressista (Milán, Rusconi).

La obra maestra, y el fin glorioso del P. Meinvielle

En 1970 apareció De la Cábala al progresismo (Salta, Ediciones Calchaquí)8. Es la obra maestra de Meinvielle, y una obra maestra en sí. Uno de esos libros que, si bien no son muy conocidos todavía, pasarán a la historia de la Iglesia. Demuestra que el origen de todos los errores está en la falsa Cábala esotérica judaica, que ha llegado a influir aun en los nuevos teólogos y peritos concilares (Teilhard de Chardin, Rahner, Küng, Schillebeeckx, Congar, Chenu, Daniélou, de Lubac, Von Balthasar, etc.). Es un libro que hay que estudiar en profundidad y darlo a conocer, porque ayuda a entender la verdadera naturaleza y raíz de los males que nos rodean para que nos podamos proteger. El profesor Pierre Boutang, catedrático de la Sorbona, ha definido a Meinvielle y a su obra en los siguientes términos: «Es el teólogo más profundo del siglo XX, porque ha sabido mejor que nadie dar a la teología una amplitud político-social».

Con todo, este último libro fue la gota que derramó el vaso. Meinvielle había sido objeto de amenazas, injustamente encarcelado y denunciado por varias asociaciones judías, y jamás había cedido un ápice. Es más, solía decir que ser perseguido por los judíos lo honraba. Y como había acelerado el paso, se decidió callarle la boca.

A principios de julio de 1973 fue atropellado por un automóvil mientras cruzaba la calle por un paso de peatones. Durante el último mes de su su vida no pudo hacer otra cosa que rezar el rosario. El 2 agosto de 1973 falleció[5] y fue sepultado en el atrio de su parroquia, que estaba dedicada a Nuestra Señora de la Salud, en la calle Marcos Sastre 6115, en el porteño barrio de Versalles.

Una vida tan productiva sobrenatural y socialmente no podía dejar de atraerse el odio de los enemigos de Cristo: «Veritas odium parit; la verdad engendra el odio». Meinvielle fue odiado por los enemigos de Dios, pero amado por Dios y sus fieles servidores. ¡Quiera Dios que su vida y sus obras nos iluminen, nos sirvan de ejemplo y nos acompañen a lo largo de la vida para que podamos hacer frente a la marea creciente del neomodernismo, convertido con Francisco I en transmodernismo, metamodernismo o el punto omega del modernismo cósmico, de manera que, conservando íntegramente la fe, podamos entrar en el Reino de los Cielos!

Eusebius

[Traducido por J.E.F.]

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[1] Es preciso distinguir claramente entre espiritualismo y espiritualidad. El primero es un error filosófico que considera la materia intrínsecamente mala y por tanto el cuerpo no puede ser parte de la esencia humana. Sería además una prisión para el alma del hombre, que debe liberarse del cuerpo a fin de vivir una vida racional y espiritual. Este error lo sostenían filosóficamente Platón y Descartes, teológicamente las religiones de Extremo Oriente como el budismo y el hinduismo) y las herejías gnósticas y maniqueas. La espiritualidad, por el contrario, es la parte de la teología que estudia la vida sobrenatural del hombre que Dios le ha infundido de forma gratuita mediante la Gracia santificante. La espiritualidad se divide en vía ascética (lucha contra el pecado y esfuerzo por imitar las virtudes de Cristo) y vía mística (unión con Dios mediante la actuación habitual y predominante de los siete dones del Espíritu Santo, que nos ayudan a vivir las virtudes, sobrenaturales sólo en cuanto a la esencia, de modo heroico en cuanto al modo).

[2] No es casualidad que su obra maestra se titule Storia sociale della Chiesa, Milano, Vallardi, 7 vols., 1926-1933.

[3] Tampoco es casualidad que su primer libro llevase por título Concepción católica de la política (Buenos Aires, Centro de cultura católica, 1932). Lo político y lo social son consustanciales al catolicismo integralmente romano, mientras que el individualismo y el desprecio a la virtud de la prudencia política son el constituyente formal del catolicismo liberal y el modernismo político, condenado específicamente por San Pío X en la encíclica Notre Charge Apostoliquede 1910.

[4] En De regimine principum, Santo Tomás de Aquino se remite a Aristóteles y enseña que el hombre es social por naturaleza y sólo los místicos y los locos viven aislados.

[5] Léon de Poncins, fallecido en Tolón en 1975, corrió la misma suerte.




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