ADELANTE LA FE

Conozca cómo se forjan los novicios en un seminario celoso

En medio de una gravísima crisis en la Iglesia Católica, con el modernismo desatado a modo de lepra contagiosa, no todo está perdido. Se puede recuperar la salud de las almas mientras haya católicos dispuestos a vivir la santidad. Se necesitan almas que se jueguen su tiempo, su seguridad, su prestigio y su vida por Cristo y su Reinado Social. Los seglares también estamos llamados al combate en pos de la santidad, pero necesitamos sacerdotes santos, fieles a la tradición, a la liturgia tradicional, que nos muestren el camino del cielo.

Igualmente, la iglesia necesita almas víctimas, religiosos y religiosas que inmolen su vida en un claustro en una vida de silencio, de profunda oración y de ásperas penitencias para reparar el pecado de la humanidad y hacer propicio el rostro de Dios. Muchos seminarios de antaño formaban santos sacerdotes con disciplina militar y en un ambiente monacal. El seminarista se curtía en las virtudes cristianas recias con una vida ascética y entregada con corazón indiviso a Dios.

Carlos Bellmont Pastor, realizador de Agnus Dei Prod y Mater Dei Prod ha escrito una sencilla obra de teatro ELEGIDOS PARA SU GLORIA donde recrea el ambiente de un seminario con el celo de los primeros jesuitas. En esta entrevista profundiza en la vital importancia que tiene la existencia de seminarios profundamente católicos donde se formen santos sacerdotes para el bien de la sociedad y de las naciones. El mismo trabajó como técnico en medios audiovisuales de un seminario cacereño en España conviviendo durante varios años con los novicios y nos cuenta su experiencia, la que, unida a otras circunstancias, le llevó a escribir esta obra.

¿Por qué se decidió a escribir una pequeña obra de teatro sobre los santos seminarios antiguos?

Surgió en una conversación con usted por teléfono. Ambos somos entusiastas y fervientes admiradores de la obra de D. José María Pemán “El Divino Impaciente” de cuyos textos solemos hablar muy frecuentemente cuando hay ocasión, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones o manifestar posturas sobre temas dados en nuestras conversaciones cotidianas, sobre todo lo referente a la vida espiritual, lo cual indica la gran potencia doctrinal de esta majestuosa obra. Quería plasmar esa necesidad de aportar en una pequeña obrita todo un conjunto de enseñanzas que proceden, no de un servidor, sino de la misma “ciencia de los santos” y que hoy tristemente está muy olvidada.

¿Cómo se documentó para poder hacerlo?

Fundamentalmente me basé en la obra “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas” del padre Alonso Rodríguez S.I., obra decisiva e insustituible, libro de cabecera de todo novicio católico que quiera llegar a ser lo que Dios quiere que sea, es decir, santo. Ahondé, igualmente, en obras biográficas de San Luis Gonzaga o de San Juan Berchmans de la clásica y antigua editorial “Apostolado de la Oración”, esos libros con esas pastas negras duras, elegantes y austeramente decoradas de principios del diecinueve que te dicen “aquí no encontrarás herejía alguna”.

De la misma manera estudié textos sobre la vida del beato padre Bernardo de Hoyos donde se describe muy en profundidad cómo vivían los jesuitas en el seminario con las distintas distribuciones que tenían, la austeridad de vida, el trato de Amor con Dios, la oración como principal herramienta de unión con Dios, profunda vida de sacramentos, la figura del “Director espiritual”, las cuentas de conciencia, etc…

Igualmente sobrevolé, por decirlo de alguna manera, ese maremágnum de obras que constituyen el teatro teológico español, particularmente los “autos sacramentales”, donde autores como Juan de Pedraza, Lope de Vega, Juan de Timoneda o José de Valdivielso coronan de gloria esos siglos con sus enseñanzas de claro matiz religioso formativo y edificante.

En definitiva, trato de plasmar todo ese poso de literatura santa que he rumiado de los clásicos de espiritualidad católica durante ya unos cuantos años. También he de puntualizar su participación en algunos fragmentos de la misma que ha sido de gran ayuda.

También se palpa que le ha ayudado mucho haber vivido un tiempo en un seminario católico…

Tuve la gracia de conocer, experimentar y vivir directamente en un santo seminario ubicado en Cáceres, España. Allí pude comprobar cómo se forjaban los novicios al igual que se formaría un San Luis Gonzaga o un San Juan Berchmans. De hecho, el padre fundador de este edificante seminario, el R.P. Rodrigo Molina, tenía como modelo de novicio ejemplar al mismo Berchmans, lo cual indica el profundo amor del padre por la exquisita formación de sus discípulos. Fueron para un servidor años de formación, y aunque mi labor se centraba concretamente en los medios de comunicación, convivía con ellos en las mismas celdas, en el mismo refectorio, en la Santa Misa, en las peregrinaciones, etc.… todo esto se me ha grabado muy profundamente y quizás se ha visto manifiesto en “Elegidos para Su Gloria”.

¿Nos podría contar los ejemplos de santidad y virtud que ha visto?

Lo que más me llamaba la atención en ellos era la virtud de la obediencia – a la orden de un superior, inmediatamente se ejecutaba la misma sin rechistar lo más mínimo – el espíritu de recogimiento, de mortificación en todo, en palabras, en ayunos voluntarios, siempre recogida la mirada como los santos y esa alegría interior que irradiaban aún en las duras pruebas contra las tentaciones o incluso contra las propias pasiones, en las molestias de la vida comunitaria que pudieran surgir, pero eso sí, siempre alegres… o ese santo reclutamiento alejado de sus “deudos y allegados” (que diría Santa Teresa de Jesús) y todo por amor a Cristo, a las almas y un profundo amor a María Santísima. No conozco otro lugar donde más se hable de María Santísima.

En ellos irradiaba un deseo enorme de ser santos. Y esto era lo principal. Querían. Y habían encontrado el lugar idóneo para ello, a la vieja usanza, como aquella frase añeja pero muy actual de los santos que dice: “Da la sangre para recibir el Espíritu”. Y así era. También me llamaba la atención que los hermanos deseaban estar siempre junto al Santísimo, expuesto las veinticuatro horas del día, noches incluidas (las hermosas noches “velando” al mismo Dios sacramentado), y no moverse de allí. Esto es algo grande porque aprenden que no se puede hacer nada ni ser nadie sino es por, en, para y con Cristo, y Cristo crucificado. Aprendían el valor de sufrimiento, el valor de la abnegación y sobre todo el amor profundo a Nuestro Señor. Y esto a un servidor le ha servido para la vida diaria.

Igualmente me admiraba el cuidado que tenían los superiores a la hora de seleccionar los libros que llegaban a la librería del seminario. No dejaban que entrara ningún libro errático en la doctrina o que tuviera herejías. Todos eran minuciosamente leídos por expertos en la materia para evitar contaminaciones teológicas o filosóficas que pudieran corromper la recta formación de los novicios. En la librería solo había libros de doctrina profundamente católica y ortodoxa. Estos libros perversos donde se encontraba alguna herejía iban inmediatamente a la sección del averno ¡Qué bien hace tener una relación escrita de “libros prohibidos! ¡Y qué lástima ver hoy día en muchos seminarios que dicen ser católicos infectados de autores herejes, de doctrinas hinduistas… o comunidades religiosas contaminadas de yoga, reiki y demás devastadoras prácticas orientales!

Con sus sotanas, la cruz en el pecho misionero, sus manos juntas en recogimiento, enjutos, alegres, serviciales, muertos al mundo, irradiaban santidad. Me llamó mucho la atención, como anécdota, cuando paseando por el pasillo, y al poco de entrar en el seminario, veía las habitaciones de los hermanos y observaba que en estas mismas sólo había una austera mesa de madera de estudio con su estantería llena de libros, y un humilde flexo, una cruz de madera colgada en la pared con la inscripción de “Sígueme”, pero no había cama alguna. Cuál fue mi sorpresa cuando al preguntar por ello a un hermano, este no me respondió, si bien con una leve sonrisa parecía decirlo todo. Días más tarde me enteré que dormían en el suelo. Y fue con el tiempo que empecé a entender, leyendo vidas de santos, como a San Pedro de Alcántara que dormía en suelo y con una piedra como almohada, estos mismos querían imitarlos ¡Qué mejor disposición que esta de querer imitar a los santos! San Ignacio de Loyola así lo hizo en su convalecencia y le fue muy bien.

El seminario difundía todo él y con plenitud formación católica en las cuatro paredes. Las comidas austeras y completas, en silencio, adornadas siempre con la voz del hermano lector que alimentaba al mismo tiempo las almas de unos hermanos deseosos de aprender las cosas de Dios para luego darlo a los demás con fervor. Se olía ese deseo santo de prepararse para dar todo de uno mismo conforme a lo que la Santa Madre Iglesia desea de sus hijos: salvar almas. Edificante también era que todo, cualquier acto o acción lo encomendaban a Dios, a la Virgen o a los santos. Ante todo, la formación se dirigía a “enamorarse de Cristo”, vivir la vida de Cristo, ser otros Cristos – “Alter Christus” -, lograr que “ya no sea uno el que viva, sino que el mismo Cristo viva en ellos”. Siguiendo la santa y sana teología, divinizar al hombre, no humanizarlo, sino, repito, divinizarlo para ser “Luz en un mundo enfermo y degradado por el pecado” con el fin de salvar las almas, y como verdaderos hijos de Dios aspirar a la divinización del alma aplastando la naturaleza caída del hombre.

¡Qué amor he visto tan grande a Jesús Eucaristía en este bendito lugar! Tremendo. ¡Con cuánta unción celebraban estos varones santos el Santo Sacrificio de la Misa, con que reverencia tocan el Cuerpo de Nuestro Señor sus sacerdotes…! ¡Cuánto silencio en el seminario! ¡Cuánto amor por las cosas de Dios! Silencio, silencio, silencio. Unión con Dios. Oración.

Se percibe que utiliza expresiones bonitas del castellano antiguo…

Estoy convencido que el lenguaje, la palabra, es el mejor vehículo de expresión, aunque muchos crean que sea la imagen. Por lo tanto, es una pena que se haya vulgarizado nuestro precioso idioma con palabras soeces o de pobreza intelectual, y las expresiones antiguas clásicas son un remanente enriquecedor que encierran un profundo conocimiento y una inefable sabiduría ¡Qué importancia tienen las palabras! Habría que volver al uso y costumbre de estas significativas expresiones que enriquecen nuestro idioma.

Cuando se trata de crear no basta con un argumento más o menos interesante, hay que embellecerlo y enriquecerlo como hacen los poetas ¿no? Y qué mejor que rebuscar en el baúl de esos recuerdos que muchos se empeñan en ocultar, cuando no eliminar ¡Qué pena! Porque, al fin y al cabo, si se desprecia lo bueno, lo santo, irá en detrimento de nuestra formación.

La obra rezuma igualmente una clara influencia ignaciana….

Si los jesuitas de hoy día entendieran que han errado profundamente, y el tiempo lo dirá, en la formación de sus novicios… ¿Qué diría hoy San Ignacio de Loyola? ¡Dios mío! ¿Se forman para ser guerrilleros o para ser santos varones al servicio de la bandera de Cristo Rey? ¿Son sacerdotes o simples formadores de ONG´s? ¿Buscan la santidad o la convivencia con el mundo?

Los seminarios que forjaron los antiguos jesuitas eran centros de luz, de santidad, de catolicidad, de profundo amor a Cristo, a María Santísima, a los santos… vean, estudien, lean sus biografías. ¿Cómo llegó a ser santo San Luis Gonzaga o San José María Rubio? No cabe duda que en la ejercitación en un santo seminario con las normativas que su santo fundador, San Ignacio de Loyola quiso para sus discípulos. Las “Constituciones” son aprobadas porque en ellas radican los medios más eficaces para santificarse. No hay otra razón.

¡Qué bien hicieron San Carlos Borromeo o San Juan de Ribera! dos ilustres y santos reformadores de seminarios ¡Y cuánta falta nos hace hoy día luchar y combatir la relajación de los seminarios católicos! Pero, eso, ha de ser fin y meta de aquellos que están llamados a hacerlo, y es una grave responsabilidad. Hay un dicho o frase que siempre ha calado entre los novicios de antaño: “Sicut populus sic sacerdos” (El pueblo será como sean sus sacerdotes) Insisto ¡Qué grave responsabilidad!

La formación jesuita de los novicios era de sobra conocida de entre los ciudadanos de pueblos y naciones. Se les asemejaban a los mismos ángeles. Sí, era una formación dura, exigente, autoritaria, pero santa, luminosa, transparente, edificadora… forjadora de santos… ¡Si no quieres llegar a ser santo, este no es tu lugar! Así de claro.

¿Hasta qué punto es importante cuidar con mucho celo la formación y ascética y piedad de los futuros sacerdotes?

Se ve en los clásicos de Espiritualidad cristiana. Se ve en la vida de los santos. No hay santidad sin cruz. Imposible. Como seglar enamorado de lo santo, aunque uno sea un pobre hombre, es evidente que sin ascética no hay sacerdocio, y sin ascética ni siquiera hay cristiano que se precie porque el cristiano es cruz, el cristiano es un penitente y esta es la mejor definición de cristiano, penitente ¡Pues cuánto más el novicio! ¡Cuánto más el sacerdote!

Es como decir falsamente que hay un Cristo sin cruz, que todos los caminos son anchos y están a nuestro capricho y que todos nos conducen al cielo ¡Menuda barbaridad! Cruz, sacrificio y abnegación ¿Podemos eliminar de cuajo todos esos ejemplos edificantes de nuestros santos que conforman y dan vida a la Iglesia Católica de un plumazo? ¿Podemos ser santos sin purgación? Camino equivocado sería pensar que podemos vivir con nuestros pecados, nuestras imperfecciones sin tratar de poner remedio y esforzarnos por vencerlos. Dios nos quiere limpios, Dios nos quiere puros, Dios nos quiere muertos al mundo, a la carne y al demonio. Dios sólo nos quiere para Él, y sólo estaremos con Él cuando estemos trillados de lo malo, de lo impuro y de lo superfluo. Son pocos los valientes realmente ¿no?

Hemos de quitarnos la idea de que el sacerdote es uno más de entre los demás hombres ¡Qué error! El sacerdote es un elegido de Dios para ser sólo de Dios y por ello ha de estar alejado del mundanal ruido ¡Qué pestilencia ver a un sacerdote disfrutando de las diversiones mundanas! Se hace extraño ver a un sacerdote que no predica sobre el pudor, el pecado, el demonio, el cielo, la muerte o el juicio, la salvación o la condenación. Esos santos sacerdotes prudentes que enseñan, cuando toca y exhortan sin respetos humanos contra la inmodestia, las malas conversaciones, las palabras malsonantes y encaminan y enseñan a las almas el camino del cielo. ¡Qué poco se oye hablar hoy día de la Gloria de Dios y de la salvación de las almas! ¡Qué poco se oye hablar de vivir el Evangelio!

¿Por qué es importante que los seminarios sean lugares de mucha oración, mortificación, silencio, austeridad…pobreza, alegría…?

No hay otro camino. El hombre que quiere ser luz ha de apagar toda esa inmundicia o costra de pecado que lleva en su interior para dar a los demás esa gracia que recibirá del Altísimo con su fervorosa y abnegada mortificación. Se ha de empezar purgando, luego Dios si así lo quiere le iluminará con sus enseñanzas para finalmente dejarse unir con Él. Sin oración no hay salvación, sin mortificación no hay renuncia ni ejercitación en las virtudes cristianas, y sin virtudes cristianas ¿Se puede ser santo?

Si no es uno santo “de inocente” lo será “por penitente” y este último quizás sea el que más abunda y es edificante porque así se ve mejor la enorme gracia del mismo Dios en la forja de las almas. Cuando un sacerdote hace oración se nota. Un seminario sin oración es como un cuartel sin armas ni soldados. Allí donde hay ruido no está Dios, cuánto más en un seminario. Decía el padre Royo Marín que vio y observó mucho con sus propios ojos que el aguijón destructor o veneno demoledor de las congregaciones o de los institutos religiosos era el maldito dinero, es decir, su mala administración. La relajación viene por la admisión de inapropiadas vocaciones y por el apego al dinero. San Sabas era un hombre santo, estúdienlo.

El novicio se forja “enamorándose de Jesucristo” y busca ser otro “Alter Christus” de manos siempre de María Santísima y a imitación de los santos. El santo novicio que aspira a ser sacerdote ha de buscar ante todo la “divinización de su alma y de su ser” dejando atrás su pobre humanidad caída. Esto parece extraño a los ojos de muchos hoy día porque no han entendido rectamente la teología católica y se han asentado en lo groseramente terrenal como desoyendo la misión de Cristo de santificar las almas. Jesús quiere hacernos “divinos” y “santos”, desquitarnos de la esclavitud de Satanás a la que estábamos y estamos sometidos. Somos los bautizados hijos de Dios por adopción y esta es una responsabilidad enorme para con Dios pues existe una batalla en la cual tenemos que decidirnos enrolarnos en la bandera de Cristo o en la de Satanás, no hay otro camino. Jesús nuestro Maestro no busca lo puramente humano en nosotros, sino que, partiendo, sí, de esto, nos quiere elevar a lo celestial y esto ya aquí en la tierra. Y qué mejor que un santo seminario donde “almas escogidas” y llamadas a su santo servicio, muy en compañía, por decirlo de alguna manera, conducen las almas por ese camino estrecho y maravilloso que lleva al cielo.

¿Qué otras virtudes deben tener todo buen seminarista?

Todo se encuentra en la tradición y todo está en la sana y santa instrucción, por cierto, milenaria, en dejarse forjar y tallar a imitación de Jesucristo Nuestro Señor. Esto es lo que he aprendido en los libros santos y en mi experiencia personal conviviendo en un santo seminario. Rumiar, meditar los libros de espiritualidad católica clásica, oración, mucha oración, y aquí se encontrarán los medios necesarios para ejercitarse en las virtudes cristianas: de entre una muy nutrida biblioteca católica, buenos y santos son el Tomás de Kempis, el clásico “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas” del padre Alonso Rodríguez, la magnánima obra “Teología de la Perfección Cristiana” de Fray Royo Marín o “Compendio de Ascética y Mística” de Adolphe Tanquerey y tantos otros libros de espiritualidad puramente católica. Creo que los directores espirituales no pondrían pega alguna a estas ilustres y recomendables obras.

¿Quiere añadir algo más?

Oración, mucha oración… para pedir a Dios que envíe a su mies santos sacerdotes, obreros santos que trabajen la viña del Señor sometidos a una doctrina santa y ortodoxa que abone la tierra que por desgracia hoy se encuentra árida y llena de culebras. Deseamos ver por nuestras ciudades esos novicios que aspiran al mayor de los dones de Dios, el sacerdocio católico, con sus sotanas, alegres y austeros, mortificados y muertos al mundo, para que nos den la luz que tanto necesitamos para reformar un mundo en tinieblas. Novicios que vivan en santos seminarios alejados del mundanal ruido, crucificados a todo lo que no es de Dios, que vivan sólo para Dios para luego darlo a los hombres para la santificación de nuestras almas.

El mundo irá mejor cuando se reformen muchos seminarios católicos siguiendo la santa Tradición Católica, porque son los sacerdotes santos quienes están llamados a dar luz al mundo, luz a las almas, a los gobiernos, a las instituciones, a las familias, a las naciones, etc…. Ven ¡Qué grande misión! Los enemigos de la Iglesia Católica lo saben muy bien y hacen todo lo posible para destruirlos. Que esta sencilla obrita de teatro sea quizás un acicate para otros que teniendo realmente talento puedan ilustrar, formar y edificar a todos los que quieren seguir el camino del cielo.

PD Si alguna EDITORIAL CATÓLICA está interesada en la publicación de esta obra pues hay pocos ejemplares para distribuir y necesitamos una más amplia difusión, por favor, pónganse en contacto con nosotros en el siguiente correo electrónico: [email protected]

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc…y últimamente en Agnus Dei.