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Consideraciones sobre el nacimiento instalado en la Plaza de San Pedro

EN GREGE RELICTO1

En el centro de la romana Plaza de San Pedro se alza una estructura metálica apresuradamente decorada con tubos de luz bajo la cual se alzan unas cuantas estatuas horrendas, semejantes a tótems de aspecto inquietante, que ninguna persona con dos dedos de frente se atrevería a identificar con personajes de la Natividad. El fondo solemne de la fachada de la basílica vaticana aumenta el abismo que media entre la armoniosa arquitectura renacentista y la indecente exhibición de bolos antropomorfos.

Poco importa que tan atroces artefactos sean obra de alumnos de una poco conocida escuela de arte de la región de los Abruzos. Quienquiera que sea el que haya osado montar esta afrenta lo ha hecho en una época en la que, entre innumerables monstruosidades en el terreno de los pseudoartístico no ha sido capaz de hacer nada hermoso, nada que merezca conservarse para la posteridad. Los museos y galerías de arte moderna rebosan de creaciones, instalaciones y provocaciones fruto de mentes trastornadas a caballo de los años sesenta y setenta: cuadros que no se pueden contemplar, esculturas que dan asco y obras cuyo tema y sentido escapa a la comprensión. De ellas están también repletas las iglesias, que en aquellos infaustos años no se libraron de la osada contaminación por parte de artistas que son apreciados por motivos ideológicos o políticos en vez de por su talento.

Desde hace décadas, arquitectos y artistas crean estructuras horripilantes, mobiliario y ornamentos sagrados de tal fealdad que repugnan a los sencillos y escandalizan a los fieles. Era inevitable que en el clima inmigracionista bergogliano brotase de esa mala hierba una barca de bronce a modo de monumento al inmigrante desconocido a la derecha de la columnata de Bernini destrozando la armonía mientras su pesada mole hunde los adoquines de la plaza para consternación de los romanos.

Es preciso recordar que el blasfemo nacimiento o pesebre de este año fue precedido por otro igual de sacrílego en 2017, ofrecido por el santuario de Montevergine, meta de peregrinación del mundillo homosexual y transexual italiano. Este antibelén, «meditado y estudiado conforme a los dictados y la doctrina del papa Francisco»,que representa supuestas obras de misericordia: un hombre desembarcado, un cadáver cuyo brazo cuelga lacio, la cabeza de un detenido, un arcángel con una guirnalda de flores que forma un arcoiris y la cúpula de San Pedro en ruinas2.

Tentativas análogas en las que la Navidad sirve de pretexto para legitimar infelicísimos experimentos han resultado un suplicio para numerosos fieles obligados a soportar las extravagancias del clero y un afán de innovar a toda costa, la voluntad deliberada de profanar –en el sentido etimológico del término, volver profano– lo que es sagrado, separado del mundo, reservado al culto y la veneración. Pesebres ecuménicos con impensables mezquitas; belenes inmigracionistas con la Sagrada Familia en patera o nacimientos construidos a base de papas y chatarra.

Hasta los más ciegos se dan cuenta ya a estas alturas de que lo que se quiere no es actualizar la escena del Nacimiento, como hacían los pintores del Renacimiento o del siglo XVI al representar a los Reyes Magos con indumentaria de su época; asistimos a la arrogante imposición de la blasfemia y el sacrilegio mediante una antiteofanía de la fealdad como atributo necesario del mal.

No pocos problemas habrá planteado meter en el horno esas piezas de cerámica. El ingenio de los profesores de la mencionada escuela de arte los resolvió desmontándolas en pedazos. Algo por estilo sucedió en el Concilio, donde astutos expertos consiguieron hacer entrar en los documentos oficiales novedades doctrinales y litúrgicas que en otros tiempos no habrían ido más allá de las conversaciones de algún grupúsculo clandestino de teólogos progresistas.

El resultado de tal experimento pseudoartístico es algo que se vuelve más horroroso y espeluznante cuanto más se pretende que el tema representado sea la Natividad. Por mucho que se quiera llamar pesebre o nacimiento a un revoltijo de figuras monstruosas, no responde a la finalidad por la que se exponen en los templos, las calles y las casas representaciones del Nacimiento, que es motivar la adoración del misterio de la Encarnación por parte de los fieles. De la misma manera que por mucho que se haya llamado concilio al Vaticano II no hace menos problemáticas sus declaraciones, y desde luego no ha confirmado a los fieles en la Fe ni aumentado la frecuencia de recepción de los Sacramentos, ni mucho menos ha convertido a los paganos a Cristo.

Y así como la belleza de la liturgia católica ha sido sustituida por un rito que sólo destaca por su sordidez; y como la sublime armonía del canto gregoriano ha sido desterrada de nuestros templos para que resuenen con ritmos tribales y música profana; y como la perfección universal de la lengua sagrada ha sido desplazada por la babélica proliferación de lenguas vernáculas, también se ha frustrado la veneración tradicional y popular ideada por San Francisco para desfigurar su sencillez y despojarla de su alma.

La instintiva repulsión que suscita este nacimiento y la actitud sacrílega que revela constituye un símbolo perfecto de la iglesia bergogliana. Tal vez este alarde de descarada irreverencia hacia una tradición secular tan querida a los fieles en general y a los niños permita entender el estado espiritual de quienes lo han querido colocarlo allí, a los pies del obelisco, como un desafío al Cielo y al pueblo de Dios. Almas sin Gracia, sin Fe y sin Caridad.

Habrá quienes, intentando en vano encontrar algo de cristiano en tan oprobiosas imágenes de cerámica, vuelva a decir que el horror ya se perpetró al despojar nuestras iglesias y nuestros altares y corromper la sencilla y cristalina integridad de la doctrina con ambigüedades típicas de herejes.

No lo podemos negar; esa cosa no es un nacimiento o pesebre, porque para serlo tendría que representar el misterio sublime de la Encarnación y el nacimiento de Dios según la carne, la admiración adorante de los Magos y los pastores, el amor infinito de María Santísima por el divino Niño y el asombro de la creación y de los ángeles. En resumidas cuentas, debería representar nuestro estado de ánimo ante el cumplimiento de las profecías, el placer que sentimos al contemplar al Hijo de Dios en el pesebre y nuestra indignidad para ser objeto de la Misericordia redentora. Lo que por el contrario se ve, y significamente, es desprecio a la piedad popular, rechazo a un modelo perenne que evoca la inmutable eternidad de la Verdad divina y la insensibilidad de almas estériles y muertas ante la majestad del Niño Rey y las rodillas dobladas de los Reyes. Se aprecia la tétrica palidez de la muerte, el carácter sombrío y aséptico de la máquina, las tinieblas de la condenación y el odio envidioso de Herodes que ve amenazado su poder por el de la Luz salvadora del Niño Rey.

Una vez más, tenemos que reconocer al Señor también en esta prueba, aparentemente de menor impacto pero coherente con las grandes tribulaciones que estamos soportando, porque hace que nos caiga de los ojos la venda que no nos permite ver. Esta irreverente monstruosidad es el sello de la religión universal del transhumanismo auspiciada por el Nuevo Orden Mundial. Es la manifestación explícita de la apostasía, de la inmoralidad, del vicio y de la fealdad como modelo. Y como todo lo que construyen las manos del hombre sin la bendición de Dios, y de hecho en oposición a Él, está destinado a perecer, a desaparecer, a desmoronarse. Lo cual no sucederá porque acceda al poder otro con gustos y sensibilidades diferentes, sino porque la Belleza es auxiliar imprescindible de la Verdad y la Bondad, del mismo modo que fealdad es compañera de la mentira y la maldad.

+Carlo Maria Viganò

23 de diciembre de 2020

 Feria IV infra Hebdomadam IV Adventus

1El rebaño ha sido abandonado. La frase está tomada de Adeste fideles, pero obviamente con un sentido distinto.

2https://es.corrispondenzaromana.it/el-deplorable-pesebre-de-la-plaza-de-san-pedro/

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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