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Creo en el Papa Francisco…

Circula, en estos días, por las redes sociales, este curioso “credo”:

Creo en el Papa Francisco como sucesor legítimo del Apóstol Pedro.

Creo que el Espíritu Santo habla a la Iglesia por medio de él.

Creo que guía a la Iglesia Católica como verdadero Pastor.

Creo que, diligentemente, se preocupa por toda la humanidad porque todos somos hermanos, hijos de Dios.

Creo en su magisterio, que está en perfecta sintonía con la Fe y Moral de la Iglesia.

Creo que sus opiniones personales reflejan la actitud evangélica de los creyentes en Cristo.

Rechazo toda ofensa a su persona, descrédito o insulto, así como quien rechaza su autoridad afirmo que está en un error tanto eclesiástico, como de comunión.

Junto con el texto circula, además, un video en el que puede verse a un sacerdote celebrando misa que reza el extraño “credo” antes de la bendición final.

Este Papado no deja de sorprendernos. Los fieles católicos siempre hemos rezado por el Papa con aquella antigua y bella oración que aprendimos de niños:

V. Oremos por nuestro Papa N: N:

R. El Señor le conserve, le dé la vida, le haga feliz en la tierra y no le entregue a la voluntad de sus enemigos.

V. Tú eres Pedro.

R: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia-

V. Oremos. Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira propicio a tu siervo N: N. al que quisiste destinar como pastor de tu Iglesia: te suplicamos le concedas que con la palabra y el ejemplo sea de provecho a los que preside, de modo que llegue a la vida eterna juntamente con el rebaño a él confiado. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

℣. Oremus pro Pontifice nostro N.N.

. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

℣. Tu es Petrus

℣ Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam.

Oremus. Deus, ómnium fidélium pastor et rector, fámulum tuum N.N., quem pastórem Ecclésiae tuae praeésse voluísti, propítius réspice: da ei, quaésumus, verbo et exémplo, quibus praeest, profícere; ut ad vitam, una cum grege sibi crédito, pervéniat sempitérnam. Per Dominum nostrum Jesum Christum. Ámen.

En esta oración no se hace profesión de fe en el Papa, ni en su magisterio (que no es propiamente suyo sino de la Iglesia) ni menos aún en sus opiniones personales que, cualquiera sabe, no integran en absoluto el magisterio ordinario. Por el contrario, se reza por el Papa al que se le nombra como siervo de Dios, se impetra a Dios que lo conserve y que lo libre de las acechanzas de sus enemigos. Se recuerda que el Papa es Pedro y es la piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Finalmente, se pide que las palabras y el ejemplo del Papa sean de provecho a todos a quienes él preside y que, unidos, el Pastor y el rebaño, lleguen juntos, un día, a la vida eterna.

¿Cuál es el sentido, entonces, de este “credo” si ya tenemos esta oración que, además, suele (o solía) cantarse en gregoriano seguido del Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat? ¿Se trata, tan sólo, de una lamentable expresión de obsecuencia o mejor dicho de papolatría, un mal que no es de hoy en la Iglesia? ¿Quizás algún devoto admirador de Francisco se haya excedido en su afán, en el fondo loable, de expresar su amor al Papa? Por desgracia nos vemos obligados a pensar que es algo más serio que todo esto.

En realidad, esto “credo” no es sino un síntoma más de la descomposición de la Iglesia, de la grave crisis que la corroe desde dentro y de este proceso de autodemolición, previsto por Paulo VI y que Francisco intenta consumar con celo digno de mejor causa.

Cada palabra, cada gesto de este Pontificado, corrobora, día a día, que asistimos a un intento de vaciamiento de la Fe y de una gravísima tergiversación del mensaje cristiano reducido a un mero mensaje terreno, a una fraternidad mostrenca, a una espiritualidad evanescente, a un sincretismo desolador. Por eso hace falta sustituir el amor al Papa (uno de los signos distintivos de la identidad católica) por el culto a un hombre que, en el fondo, no es más que una nueva forma de idolatría.

Con este “credo” lo que se busca es silenciar y amedrentar a quienes, por amor a la Iglesia y al Papado, levantamos nuestra voz para denunciar tantos males. Así, ya ni siquiera las opiniones personales del Papa pueden ser cuestionadas aun cuando, visiblemente, contradigan elementales verdades de la Fe o entren en franca colisión con el Magisterio auténtico de la misma Iglesia. No sólo, se nos dice, estamos en el error: también se nos acusa de romper la comunión.

Opongamos, por tanto, nuestra firme resistencia a esta ofensiva de los enemigos de Cristo y de su Iglesia que, por desgracia, están hoy más dentro que por fuera de ella.

Y con la fe de nuestros mayores no dejemos de implorar: Oremus pro Pontifice nostro.

Mario Caponnetto
Mario Caponnettohttp://mariocaponnetto.blogstop.com.ar/
Nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. Médico por la Universidad de Buenos Aires. Médico cardiólogo por la misma Universidad. Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.

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