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“Cuando el pastor se convierte en lobo, el rebaño debe defenderse”: Dr. Michael Fiedrowicz

El siguiente ensayo del eminente patrólogo y estudioso de la liturgia romana, Michael Fiedrowicz, analiza a los teólogos clásicos sobre el derecho de resistencia al abuso de la autoridad eclesiástica. Fue escrito antes de la publicación de las Responsa de Culto Divino, pero previéndolo. Publicado por primera vez en IK-Nachrichten de Pro Santa Ecclesia, diciembre de 2021/enero de 2022, la traducción en inglés es exclusiva de Rorate Caeli. — Peter A. Kwasniewski.

«Cuando el Pastor se Convierte en Lobo, el Rebaño debe Defenderse»

Prof. Dr. Michael Fiedrowicz

Esperar lo peor

Es parte de la sabiduría de la Iglesia Católica tener siempre en mente el peor de los casos, es decir, tener en cuenta el peor de todos los escenarios imaginables que ocurran. Se piensa, por ejemplo, en las instrucciones De defectibus de los Misales tradicionales, donde se consideran todas las situaciones posibles que puedan perturbar el orden de la celebración, y se dan instrucciones sobre cómo proceder si, por ejemplo, el sacerdote se desmaya después de la consagración de la hostia, la santa sangre se congela en el cáliz en un invierno muy frío, o algo venenoso cae en ella.

La categoría de casos tan extremos en la vida de la Iglesia también incluye la posibilidad de que un sucesor de Pedro ignore el mandato dado por Cristo al Príncipe de los Apóstoles: «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17), y ejerza su oficio de manera contraproducente.

En la antigüedad eclesiástica, algunos papas actuaron infelizmente, como Liberio, que excomulgó a Atanasio, el campeón de la ortodoxia de Nicea, a mediados del siglo IV, u Honorio I, quien a mediados del siglo VII fue acusado de haber avivado la llama herética de Monotelismo, no con su autoridad apostólica sino por negligencia. Pero no fue hasta el comienzo de los tiempos modernos que los teólogos individuales abordaron explícitamente la cuestión del abuso de la autoridad papal. Curiosamente, estos autores solían defender las prerrogativas del oficio papal contra las críticas del lado protestante, pero al mismo tiempo no querían dejar a la Iglesia abierta a ataques. Formularon las condiciones necesarias para el caso de un abusus potestatis papal, cuya posibilidad no podía excluirse.

Condiciones de legítima resistencia

Las reflexiones al respecto del teólogo dominico español Francisco de Vitoria no fueron en modo alguno meramente hipotéticas. En sus conferencias Sobre la autoridad del Papa y el Concilio (1534) criticó duramente los abusos de poder de los papas del Renacimiento, quienes concedieron todo tipo de dispensaciones con tanta generosidad que el número de quienes las disfrutaron fue mucho mayor que el de quienes adherían fielmente a los mandamientos de la Iglesia. Si un Papa obviamente estaba arruinando a la Iglesia al conceder dispensaciones arbitrariamente, entonces, se concluyó, los obispos tendrían que negarse a aceptarlas e implementarlas, sin perjuicio de la deferencia debida al pontífice. De Vitoria escribió: “Si las órdenes o actos del Papa destruyen la Iglesia, es posible resistir e impedir la ejecución de las órdenes” (Relecciones Teológicas, proposición 22). Estas claras palabras llevaron al Papa Sixto V a colocar las conferencias publicadas por los dominicos en el Índice de Libros Prohibidos, pero Sixto murió antes de que se publicara el decreto, por lo que su sucesor retiró la sanción planeada.

El problema ya había sido tratado de manera aún más fundamental por el cardenal Juan de Torquemada, quien en su tratado sistemático sobre la Iglesia (1489) defendía la infalibilidad y el poder plenario de los papas, al tiempo que consideraba la posibilidad de una ruptura papal con la tradición. —sobre todo en el ámbito de la liturgia— que podría convertir al sucesor de Pedro en un cismático:

El Papa puede separarse del cuerpo de la Iglesia y del colegio episcopal sin ningún motivo razonable, simplemente por su obstinación, no observando lo que la Iglesia universal observa en virtud de la tradición apostólica […] o no observando lo que ha sido decretado universalmente por los concilios generales o por la autoridad de la Sede Apostólica, especialmente en lo que respecta al culto, es decir, si no quiere observar por sí mismo lo que concierne al estatuto universal de la Iglesia y al rito universal de culto de la Iglesia. (Summa de Ecclesia , lib. IV, párr. I, cap. 11)

Las usurpaciones papales en la herencia litúrgica de la Iglesia también estaban en la mente del famoso teólogo jesuita español Francisco Suárez (1548-1617) cuando discutió el caso de un Papa cismático que no necesita ser un hereje formal: “El Papa puede ser cismático si no quiere adherirse a la unidad y unión con todo el cuerpo de la Iglesia, como debería: si pretendiera excomulgar a toda la Iglesia, o si quisiera abolir todas las ceremonias eclesiásticas que se basan en la tradición apostólica” (De caritate, disp. XII, secc. I; nr. 2). Suárez también enfatizó el derecho a rechazar la obediencia y resistir: “Si él (es decir, el Papa) ordenase algo contrario a las buenas costumbres, no será necesario obedecerlo; si trata de hacer algo contrario a la justicia manifiesta y al bien común, será lícito resistirlo” (De Fide , disp. X, secc. VI, n. 16). 

Otro teólogo de la orden jesuita, el cardenal Robert Belarmino, explicó en 1586 qué forma podría tomar esta resistencia:

Así como es lícito resistir a un Papa si atacase físicamente, también es lícito resistirle si ataca el alma o aflige al estado, y mucho más si busca destruir la Iglesia. Está permitido, digo, resistirle no haciendo lo que manda y evitando la ejecución de su voluntad. Pero no es lícito juzgarlo, ni castigarlo, ni deponerlo, lo cual únicamente incumbe a un superior. (De Summo Pontifice , lib. II, cap. 29,7)

Hasta ahora, hemos escuchado voces representativas de teólogos de renombre, mostrando que en circunstancias graves uno puede o incluso debe resistir incluso al Papa. 

El deber de todos los creyentes

«Cuando el pastor se convierte en lobo, el rebaño debe defenderse». Estas palabras, no dichas inicialmente del papado, pero transferibles a él en determinadas circunstancias, proceden del abad Dom Prosper Guéranger, OSB.

En su obra de varios volúmenes sobre el año eclesiástico, que comenzó en 1841, describe (en el día de la fiesta de San Cirilo de Alejandría, el 9 de febrero) cómo el adversario de Cirilo, el patriarca Nestorio de Constantinopla, gritó desde el trono episcopal a la multitud reunida en la fiesta de Navidad del 428: “María no dio a luz a Dios; su Hijo era solo un hombre, el instrumento de Dios”. El abad benedictino de Solesmes describió la reacción horrorizada de los fieles. De la multitud, un hombre llamado Eusebio, un laico educado y más tarde obispo de Doryläum, se levantó para protestar y movilizar la resistencia contra las declaraciones escandalosas del obispo de la capital imperial. En otra carta de protesta, escrita y distribuida en nombre de los fieles profundamente afectados, el Patriarca fue acusado abiertamente de herejía. Cada lector, decía, debe hacer conocer el contenido de esta carta y distribuir copias a todos los obispos y clérigos y laicos de Constantinopla.

Guéranger comenta sobre el evento:

Si el pastor se convierte en lobo, el primer deber del rebaño es defenderse. Normalmente, la doctrina de la fe viene de los obispos a los fieles, y no corresponde a los fieles, subordinados según el orden de la fe, juzgar a sus superiores. Sin embargo, todo cristiano, precisamente porque puede usar el nombre cristiano, no solo tiene el conocimiento necesario de lo esencial del tesoro de la revelación, sino también el deber de protegerlo. El principio es invariable, ya sea de fe o de conducta de vida, es decir, de dogma o de moral. Una traición como la de Nestorio es rara en la Iglesia, pero puede suceder que algunos pastores, por tal o cual motivo, callen ante situaciones en las que está en juego la fe misma. Los verdaderos fieles son aquellos que, en tales circunstancias, tomen sólo de su bautismo la guía de su conducta, no los pusilánimes que, bajo el engañoso pretexto de la sumisión a las autoridades existentes, posponen su oposición al enemigo con la expectativa de recibir una instrucción que no es ni necesaria ni apropiada. (L’année liturgique: Le Temps de la Septuagésime , París 1889, 321 ss.)

Luchando por la verdad

La resistencia es costosa. Dom Guéranger lo demostró citando al obispo Cirilo de Alejandría, quien intervino en la polémica y criticó a aquellos pacifistas de la Iglesia que, aunque no compartían el error de Nestorio, sin embargo, creyeron oportuno no oponerse a sus tesis por temor a provocar un escándalo aún mayor oponiéndose a la autoridad de un patriarca.

El obispo Cirilo no se contaba entre los que pensaban que podían simplemente controlar la blasfemia nestoriana sin tener que actuar ellos mismos (cf. ibid., 324). Escribió (epístula 9):

Si rehuimos decir la verdad para la gloria de Dios por temor a las molestias, ¿cómo podemos atrevernos a celebrar en presencia del pueblo cristiano las luchas y triunfos de los mártires, cuya fama se basa precisamente en el hecho de que se dieron cuenta en sus vidas la palabra: “Luchad hasta la muerte por la verdad” (Sir 4, 28)?

Citando los comentarios de Guéranger en una misa pontifical en la forma tradicional en el día de la fiesta de San Cirilo de Alejandría (9 de febrero de 2017) en la ciudad de Kansas, nada menos que el cardenal Raymond Burke destacó la virtud heroica del santo al defender la fe contra el consejo de «muchos de sus compañeros obispos que lo instaron a permanecer en silencio para mantener la fachada de la unidad de la Iglesia». El cardenal subrayó que ante las mentiras —incluso las de altos rangos eclesiásticos— la respuesta necesaria “de San Cirilo y de todos los fieles en todos los tiempos y lugares” es resistir. Añadió: “San Cirilo tuvo la honestidad y el coraje de luchar contra una mentira, incluso si fue difundida por un compañero obispo, apoyada por otros obispos y tácitamente tolerada por los demás. Gracias sean dadas a Dios por su honestidad y valentía, mediante las cuales nos fue transmitida la fe verdadera y de salvación”.

[N. del T.: «Dedicado» al R.P. José María Iraburu]

Original Traducido por Agustín

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