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Cuando lo sagrado se transforma en profano es porque el demonio ya está dentro

Hace unos días recibí una llamada telefónica del pedáneo de una de las parroquias rurales que atiendo. Yo no lo conozco personalmente, pues en los siete años que estoy en esa parroquia nunca ha tenido tiempo de venir a visitar la Iglesia. Me llamaba muy preocupado, pues decía que últimamente se estaban perdiendo las tradiciones que en torno a la Navidad siempre hubo en la Iglesia.

Yo quedé asombrado de tanta preocupación por parte de una persona, que aunque no tiene tiempo para venir a la Iglesia, dice que desearía que no se perdieran esas tradiciones. Maravillado por tanto interés (por no decir caradura), le pregunté que qué es lo que sería conveniente recuperar. A lo que me dijo que hacía muchos años se hacía en la iglesia un belén viviente y se le cantaba villancicos, pero que esas costumbres se habían perdido y él tenía mucho interés en que se recuperaran.

En un principio no le quise decir ni que sí ni que no hasta tener más información del plan. Acto seguido me informó que el plan consistiría en hacer una Misa “especial”, tal día y a tal hora, pues no servía la Misa que se celebraba normalmente. Y en ella, como representación de teatro, escenificar el belén viviente mientras el coro cantaba villancicos, la gente tocaba la pandereta y la zambomba, y el resto acompañaba con palmas.

Cuando me dijo esto, empecé a predisponerme de modo negativo por lo que este tipo de “celebraciones” lleva consigo. Es por eso que le dije que lo mejor era hacerlo sin Misa y en los salones parroquiales; pues si se quería un ambiente festivo y alegre, no pegaba hacerlo durante la Misa, en la que se supone se ha de guardar respeto hacia lo sagrado y hacia el lugar en donde se celebra. Le transmití mi preocupación y no me puso obstáculo alguno. Lo cual me confirmó que no tenía interés por la Misa sino que lo que realmente quería era la “fiesta”.

Estábamos ya acabando la conversación, cuando me dice. Mire, Padre Lucas, como esta noche tengo reunión con la comisión de festejos de la comunidad, les propondré el plan y ya le informaré cuál es el resultado.

Han pasado ya tres días y todavía no he recibido respuesta alguna; pero me temo que ya se le ha pasado la fiebre al pedáneo de turno de restaurar las tradiciones antiguas. Probablemente porque haya sido invitado a participar como rey Melchor en la cabalgata de los Reyes Magos.

Hace tres años, en otra de las parroquias que llevo, con motivo de las fiestas patronales, la comisión de festejos propuso organizar una Misa de campaña en la que sacaríamos al santo patrono, traeríamos la imagen de la Virgen de otra iglesia cercana, y reuniríamos todo el pueblo, tendríamos una asamblea festiva en la que se reunirían ambas comunidades parroquiales.

Después de desplegar gran publicidad a nivel local. Llegó el día del santo patrono. Todo estaba preparado. Habían traído hasta la banda de música del ayuntamiento de otra localidad cercana. Se celebró la Misa con toda la devoción que yo pude, aunque la gente no tenía interés alguno, y lo que estaban esperando era más bien que el cura se callara para poder ellos seguir con sus “fiestas”. Acabada la Misa se sacó al santo patrono en procesión, donde más que hacer cantos sacros o rezar algunas oraciones, la gente iba hablando de sus cosas, del partido del Real Madrid, o qué sé yo.

La comisión de festejos estaba inmensamente feliz por el triunfo mediático y de asistencia. Yo, inocentemente pensé para mis adentros: “A ver si ahora consigo que venga alguno más a la Misa dominical”; pero ¡qué va!, el domingo siguiente seguíamos los cuatro viejos de siempre y algún niño de primera comunión con su madre.

El año siguiente, estaba esperando que se repitiera toda la “función”, pero semanas antes de volver a celebrar la fiesta del santo patrono, no acudió ya nadie a la Iglesia para organizar nada. Llegó la fiesta del santo patrono, y si no es porque un alma buena se decidió a traerse unas flores de su casa y montar el trono del santo, no se habría hecho ni procesión.

Los entusiastas organizadores de las fiestas del año anterior habían desaparecido como por arte de magia. Ni organizadores, ni comunidades vecinas, ni nada de nada. Y desde entonces, así hemos seguido celebrando la festividad del patrono de esa localidad, en el más absoluto silencio y en la intimidad de los pocos que asisten normalmente a la Santa Misa. El resto del pueblo ha desaparecido. Parece como que el deseo de recuperar esa tradición y venerar al santo duró menos que un cohete de feria.

Si les cuento todo esto es porque estos hechos, y muchos otros semejantes, me han hecho pensar y tomar conciencia de una cosa que ya sabía, pero que ahora he sido capaz de ver más claramente. Uno de los miles de modos que tiene de “trabajar del demonio” es trivializar lo sagrado; para en un segundo paso, eliminar lo trivial, pues ya no tiene ningún sentido. Y posteriormente, en un tercer paso, acabar destruyendo la fe; que es lo que el demonio pretendía desde un principio.

A poco que sean algo observadores podrán comprobar que este es el “modus operandi” más frecuente que el demonio está siguiendo en los últimos cincuenta años dentro de nuestra bendita Iglesia. El demonio se ha percatado que es más efectivo que atacar de frente.

Examinemos algunos ejemplos y verán cómo me dan la razón en lo que les estoy refiriendo.

En los últimos cincuenta años se han dado los siguientes pasos en la celebración de la Santa Misa y, para justificar los profundos cambios, se han aducido las siguientes razones:

  1. Poner la Misa en lengua vernácula para que así todos la puedan entender, seguir y vivir mejor.
  2. Celebrar la Misa de cara al pueblo para que así los fieles vean mejor lo que el sacerdote está celebrando, y por otro lado lo “sientan” más cercano a sus problemas.
  3. Poner lectores para que el pueblo se sienta más involucrado en los misterios que se celebran.
  4. Poner ministros de la Eucaristía para que ayuden al sacerdote en la distribución de la Sagrada Comunión, y así el sacerdote no se canse tanto y la Misa dure menos.
  5. Permitir que los fieles reciban la Sagrada Hostia en la mano con el fin de que se sientan más cerca de Cristo; y al mismo tiempo lo hagan, como se supone que también lo hicieron los apóstoles y la comunidad primitiva de la Iglesia.
  6. Poner música atractiva y con “mensaje” para que los jóvenes se sientan atraídos a participar en el coro y en la Misa.

Aparentemente las razones que se aducen son legítimas y dignas de valorarse; pero como nos dice el Señor: “por sus frutos lo conoceréis”.

Veamos ahora cuáles han sido los frutos de estas innovaciones:

  1. Las traducciones que se han hecho a la lengua vernácula del Misal Romano no son fieles a los textos originales, por lo que se ha cambiado el contenido de las oraciones, invocaciones…, y a veces en cuestiones esenciales, como es el caso de la fórmula de la consagración del vino. Por otro lado se ha perdido el latín, que siempre fue (y lo sigue siendo) el idioma oficial de la Iglesia, y que tiene de suyo una riqueza vehicular inmensa en la transmisión del sentido de lo sagrado.
  2. Por el hecho de celebrar la Santa Misa de cara al pueblo, se ha perdido uno de los sentidos esenciales de la Santa Misa, cual es el de invocación hecha a Dios por el sacerdote; quien actúa “in persona Christi” y como representante de toda la comunidad cristiana. La Santa Misa tuvo siempre como origen, centro y destino a Dios. Ahora, la “Eucaristía” tiene como centro al hombre, pues es a quien va dirigida. Como se puede ver, el foco se ha desviado intencionadamente desde Dios al hombre. No hace falta ser muy listo para ver la mano del demonio en este manejo.
  3. Al poner lectores para  que hagan el oficio del sacerdote o del diácono en la proclamación del mensaje de Cristo, se ha perdido,- por mucho que se levante y se lleve en procesión el leccionario-, el sentido de que este mensaje viene de Dios y llega a nosotros a través de sus ministros consagrados. Por otro lado, en muchas ocasiones, los lectores no están suficientemente preparados para leer adecuadamente, o no visten respetuosamente, o se creen que son el centro de la celebración. Al mismo tiempo, la profusión de los mismos en cada celebración litúrgica hace que ésta se transforme en un desfile de personas subiendo y bajando del presbiterio. Sin contar con el hecho de la pérdida del respecto hacia el presbiterio, lugar del templo reservado a los sacerdotes, diáconos y acólitos que asisten a la Misa.
  4. Al poner ministros que ayuden al sacerdote en la distribución de la Eucaristía, se ha producido –queramos o no reconocerlo- una pérdida de la fe en la presencia real de Cristo en ese sacramento. Antiguamente, sólo quien tenía consagradas las manos (diáconos, sacerdotes y obispos) podían tocar el Cuerpo de Cristo. Ahora, personas, que incluso en algunas ocasiones viven en situaciones personales escandalosas, se atreven a distribuir la Sagrada Hostia. Es más yo personalmente he podido comprobar a señoras que llevaban la Comunión a los enfermos y transportaban el pixis con el Señor dentro, metido en su bolso de mano junto con el lápiz labial o el preservativo, mientras que de camino, pasaban por el supermercado para hacer las compras del día. Y también conozco el caso de otros que lo han mandado por correo a un familiar que estaba enfermo y vivía en otra ciudad.
  5. El permitir que los fieles reciban la Sagrada Comunión en la mano, ha contribuido directamente a la pérdida  del respeto reverencial y del sentido del misterio que este sacramento tiene. Y con el paso del tiempo, se ha producido una trivialización en la recepción de este sacramento, lo cual ha llevado directamente a perder la fe en la presencia real de Jesucristo en él y como siguiente paso, a recibirlo en pecado mortal.
  6. Al eliminar el canto gregoriano, o el canto popular realmente sacro de la Santa Misa y sustituirlo por un canto “más del gusto de la gente joven”, no se ha conseguido que los jóvenes asistan a la Misa. Puede que en un principio asistan durante una primera fase, pero no pasará mucho tiempo hasta que descubran que la música en la discoteca de la esquina es mucho mejor; y además, se puede tomar un cubata, fumar un porro y bailar con la parienta al mismo tiempo.

Como habrán podido concluir, muchos de los intentos que se han hecho en los últimos cincuenta años con el fin de acercar lo sacro y lo religioso al pueblo, primero, no ha conseguido su propósito, pues las iglesias están más vacías que nunca; y por otro, lo que se ha producido es simplemente una pérdida de lo sagrado, de la fe y de las costumbres cristianas. En una palabra, intentando acercar los hombres a Dios, lo que se ha producido de verdad es acercarlos más al demonio. Es verdad que no podemos generalizar, pues siempre habrá gente que actúe de buena fe; pero hablando en términos generales eso es lo que ha ocurrido.

Así pues, bajo el pretexto de acercar a los fieles más a Dios, lo que se ha producido es todo lo contrario. ¿No ven en todo esto el triunfo del demonio? Todo esto hace pensar, siguiendo a Pablo VI, que ya lo dijo hace cincuenta años, que el “humo de satanás se ha introducido en la Iglesia”; aunque ahora, ya no es sólo el humo sino también las llamas, llamas que no aparentan ser otra cosa que la antesala de las llamas del infierno.

La estrategia del demonio es pues muy clara cuando quiere destruir algo que es sagrado:

  • Primero intenta aparentar la conveniencia de que eso se haga más fácil y accesible a todos.
  • Una vez dado el primer paso, se puede comprobar un aparente auge en las celebraciones, que es lo que ahora se ha dado en llamar “la primavera de la Iglesia”. Son celebraciones “humanas” donde se acude mucho a lo psicológico y poco a lo espiritual. Y no puede ser de otro modo porque lo espiritual y lo sagrado ya no existe.
  • Cuando ya se ha producido esto, entonces se da un tercer paso, y que consiste en eliminar todo contenido religioso y sagrado que pudiera haber quedado. Para conseguirlo, se pone cualquier celebración religiosa al mismo nivel que las celebraciones de otras religiones, haciendo celebraciones de diversas religiones en común, encuentros de Asís,…
  • Y cuando ya se ha llegado a este nivel, antes o después uno acaba pensando: “Si todo es igual, ¿para qué seguir haciendo esto o lo otro? Que cada uno viva y haga lo que más le plazca siempre y cuando no moleste a otro”.

Dicho con palabras de más fácil comprensión, el demonio ha conseguido lo que pretendía: acabar con la religión y con el hombre.

Ahora, examinen ustedes y comparen todo este análisis con lo que está ocurriendo con muchas procesiones, encuentros mundiales de jóvenes, y muchos otros modos de “revivir” tradiciones cristianas; aunque cueste aceptarlo porque es duro, no es sino una estrategia del demonio para acabar con nuestra fe y luego con nosotros.

Así pues, cuando les venga alguien que no es muy de Iglesia diciendo que es necesario “revivir ciertas tradiciones populares cristianas” examínese antes y vea si procede movido por la auténtica fe, o si más bien le está haciendo el juego al demonio. Si fuera esto segundo, pongan todos los medios posibles para que no ocurra. Y es que cualquier intento de “vulgarización” de lo sagrado es el primer paso para después destruirlo por completo.

Padre Lucas Prados




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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