Cuando tiembla la tierra

El terremoto que ha devastado regiones enteras de Turquía y Siria, abriendo una  grieta de más de 300 kilómetros y dejando un saldo de más de 25. 000 muertos, es una tragedia que debería motivarnos a reflexionar en la precariedad de la vida humana y la acción de Dios en la historia. De hecho, la fe católica, y también la reflexión racional, nos dicen que Dios existe y que nada escapa a su voluntad. Todo tiene un sentido, un significado.

Recuerdo las polémicas que suscité cuando, hablando del tsunami de Japón de 2011, y más recientemente de la pandemia de covid, recordé que Dios castiga. Esas intervenciones las he reunido en un libro publicado por Edizioni Fede e Cultura titulado Dio castiga il mondo. En dichas páginas planteo el problema de fondo: Dios no es indiferente al mal que cometen los hombres. El mal cometido individualmente por las personas, si éstas no se arrepienten antes de morir, es castigado en la eternidad. Y el mal cometido por los pueblos y naciones es castigado en la historia, porque los pueblos y las naciones no tienen eternidad. Dios se sirve de los propios hombres para castigar los pecados colectivos de los hombres, y lo hace por medio de guerras y revoluciones; pero también se vale de la naturaleza, que parece como si rebelase contra el hombre que se rebela contra Dios.

Dios nos habla también a través de los terremotos y los huracanes. Nos recuerda su poder y nuestra fragilidad. Nos recuerda que no sólo nos juzga con vistas a la eternidad, sino también ante la historia. El fin del mundo será una catástrofe cósmica que el libro del Apocalipsis nos presenta de manera misteriosa: la ruina vendrá de todos los elementos que contribuyen a la vida del hombre. Tierra, mar, ríos, estrellas y árboles se convertirán en instrumentos del castigo divino (Apocalipsis 8,7-12). Pero los hombres estarán ciegos y endurecidos y no reconocerán la mano de Dios en el castigo.

Aunque eso tendrá lugar en el fin del mundo, no deja de suceder a lo largo de la historia, y de manera especial en una época como la nuestra que parece prefigurar el fin de los tiempos. El tan extendido conspiracionismo es una de tantas manifestaciones de dicha ceguera que atribuye todo cuando ocurre a la acción malvada del hombre, excluyendo por principio la posibilidad de que Dios castigue.

Por ejemplo, en Twitter y en algunos artículos que se han publicado se afirma que el sismo que ha sacudido Turquía y Siria tendría una causa artificial; habría sido generado por los Estados Unidos con la tecnología HAARP (acrónimo en inglés de Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), programa científico estadounidense que actúa en la ionosfera. La finalidad del terremoto artificial sería castigar a una Turquía deseosa de abandonar la OTAN para colaborar con Rusia y la Siria de Assad.

No hay la menor demostración política ni científica de ello. Los especialistas del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia explican que el sismo se ha debido a la fractura de una falla en una zona de gran actividad sísmica. Esta explicación científica no contradice la voluntad de Dios, porque él es el Creador del universo y señor de la naturaleza. Las fuerzas de la naturaleza no se desencadenan ciegamente, del mismo modo que el hombre no puede intervenir en la historia sin ser instrumento, aunque sólo de forma inconsciente, de los planes de Dios. Todo está sometido a Dios, que lo dispone todo para su gloria.

Hoy en día, valiéndose del alcance de internet, se pretende por el contrario explicar el sentido de cuanto sucede prescindiendo de Dios. Los hombres lo saben todo menos que Él existe. Lo saben todo menos que nada escapa al obrar de Dios. Vivimos en una época de locura, porque la falsa sabiduría del mundo niega sin rebozo la existencia de un Dios Creador que vela por todo lo creado, visible e invisible.

A pesar de ello, Dios es siempre infinitamente misericordioso con nosotros, aun cuando nos castiga. Cuando estamos metidos en los placeres tendemos a olvidarnos de Él. En cambio, cuando gemimos de dolor, alzamos más fácilmente los ojos a Él implorándole.

En el momento más oscuro de la historia, la tierra tembló al morir Jesús en el monte Calvario. Pero el centurión Longinos, que había atravesado con su lanza el corazón de Jesús, vio la mano de Dios en el terremoto y, lleno de temor, proclamó la divinidad de Cristo. Dice el Evangelio que el centurión y los centinelas que custodiaban con él al Señor fueron presos de gran temor viendo el temblor de tierra y cuanto sucedía, y dijeron: «¡Verdaderamente, Hijo de Dios era este!» (Mateo 27, 54).

Cuando tiembla la tierra, los hombres son también presa del temor, que es el principio de la Sabiduría, y se vuelven, o deberían volver, la mirada a Dios. Cuando tiembla la tierra, el grito que debería salir de nuestro corazón debería ser el mismo del centurión: ¡Dios existe y lo hemos herido!

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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