Dicen que el libro de cabecera de San Pío X era El alma de todo apostolado, del P. Jean-Baptiste Choutard. Empiezo a preguntarme si el de Francisco no será El príncipe de Maquiavelo.

Autores como Ross Douthat, Phil Lawler y Henry Sire han aportado abundante documentación sobre los maquiavélicos métodos del Pontífice. En medio del asunto Viganò, no vendría mal recordar unos cuantos ejemplos destacados que demuestran cómo hace las cosas.

Recordamos cuando lavó a propósito los pies de mujeres, contraviniendo la ley litúrgica universalmente válida que limita el mandatum al lavado de pies de varones. Más tarde cambió la norma para permitir que se incluyera a cualquier bautizado… y procedió a vulnerar dicha ley lavando los pies a un musulmán. Aunque se pueda aducir que el Papa, como supremo legislador, no está tan obligado a cumplir dichas leyes como sus súbditos, debe (como han hecho siempre los pontífices) dar antes y mejor que nadie ejemplo de observar la disciplina de la Iglesia, ya que la verdad es que otros imitarán su ejemplo o encontrarán justificación en él. Por eso, con sus actos públicos contrarios a la disciplina se propone transmitir una actitud de desacato a la ley, dando a entender que razones subjetivas de caridad o misericordia pueden y deben llevar a neutralizar en la práctica la disciplina eclesiástica.

Hemos visto el mismo desacato despreciativo, mensaje neutralizador y siembra de confusión en la controversia de los obispos alemanes sobre si se puede administrar la comunión a los cónyuges protestantes de fieles católicos. Primero el Papa hizo se escoró hacia la izquierda, favoreciendo a los prelados liberales; luego, hacia la derecha, y pareció que apoyaba las retractaciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para terminar, dejando claro que los obispos podían hacer lo que les viniese en gana, aunque la consecuencia fuera una división en bandos en la que cada diócesis tuviera sus normas, en una especie de aplicación del principio cuius regio eius religio.

Más adelante, fiel a su estilo de alterar el Catecismo de la Iglesia Católica y en el nuevo contenido que ordenó incluir, el papa Francisco anotó otra victoria para los progresistas al efectuar un cambio de doctrina o presentar una moción con ese fin, sin expresarse en un lenguaje claramente herético. Ya lo habíamos visto hacer exactamente lo mismo con Amoris laetitia (entendida según las pautas de Buenos Aires), en sus revisiones al procedimiento para los procesos de nulidad y en muchos otros casos, por medio de tácticas como emplear un lenguaje equívoco, una afectada ambigüedad, contradicciones internas, citas falsas y tácticas dilatorias para lograr sus objetivos.

Constantemente hace gala de esa hipocresía, enfrentando a uno y otro bando, manteniendo a los fieles en la incertidumbre y teniendo a una multitud de inquietos católicos conservadores ocupados en reformular o justificar cuanto hace o afirma. Pero una situación en la que ya no hay que matarse por defender al Papa de lo que innegablemente se manifiesta como ruptura con la doctrina y como corrupción moral supone una crisis que ha alcanzado unas proporciones sin precedentes. Como mínimo, quiere decir que este pontífice ha perdido definitivamente la confianza de muchos, introduciendo con ello un marcado elemento de inestabilidad en el papado, dado que los papas que vengan después gobernarán sobre tan débiles cimientos. Todo ello a causa de un pontífice que en en una Misa en 2015 pidió a los jóvenes que hicieran lío.

Quedan todavía algunos católicos que se empecinan en negarse a creer que un papa pueda ser tan malo como este si la interpretación más natural resulta ser cierta… ¡así que no será cierta! «Quizás todas estas contradicciones doctrinales, divagaciones morales y giros repentinos en cuanto a las normas se deban a malentendidos o informaciones erróneas. ¡Cerremos filas en torno al Papa para defenderlo a toda costa de esos detractrores, chismosos y calumniadores!» Al hacer eso, cierran definitivamente los ojos a la realidad. Es una forma de componérselas dando a entender en la práctica que no pasa nada. Es como un niño chico que se tapa las orejas y grita una tontería para no tener que oír lo que le dice una persona mayor.

He conocido otro sector de fieles menos numeroso que forma un ambiente más cerrado e irrespirable, compuesto de intelectuales que se han convencido a sí mismos de que todo lo que diga el Papa tiene que ser verdad (a fin de cuentas es el Vicario de Cristo, y queremos jugar en su equipo, ¿no?), o susceptible de transformarse hábilmente en verdad mediante sutiles distinciones escolásticas sobre el nivel de autoridad de una declaración dada, la estructura de la frase con que la dijo, una mala traducción, etc. A mi juicio, se trata de un mecanismo psicológico para no tener que afrontar la ya innegable realidad de que nos las estamos viendo con un pontífice que podría compararse en cierta forma con un camión al que le han fallado los frenos y se desliza descontrolado por una empinada pendiente camino de un choque monumental.

A estas alturas, los que tratan de evadir la realidad sobre Francisco se parecen curiosamente a los fariseos que en vez rendirse ante la divina realidad de Nuestro Señor discutían sin cesar de sus tradiciones humanas acerca de la interpretación de la Ley y sobre si el Señor transgredía o no algún aspecto de ella. O sea, que en vez de encarar la palpable realidad trataban de refugiarse en la escolástica judía. En nuestro caso actual, la palpable realidad no es algo bueno y santo como el Señor en medio de sus discípulos, sino algo siniestro y repugnante, como cuando Judas robaba de la bolsa común, traicionaba con un beso y luego se ahorcaba.

Ahora bien, como muchos han señalado, la situación no es para desesperar. Por el contrario, es el emocionante y esperadísimo final de una insostenible exaltación del cargo de pontífice, que ha hecho del Papa una combinación de oráculo de Delfos, estrella mediática que recorre el mundo, una máquina de desarrollo doctrinal y la vara para medir la ortodoxia. Lo cual no es sólo contrario al catolicismo, sino que lo corroe, porque sustituye la primacía del depósito heredado de la Fe revelado por Dios y transmitido por los apóstoles otorgando prioridad al voluntarismo papal. Semejante distorsión del dogma proclamado en Pastor Aeternus no puede terminar sino arrojada a las llamas.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).