ADELANTE LA FE

Cuarenta años contra la vida: del aborto a la eutanasia (1978-2018)

Los gobiernos Renzi-Gentiloni pasarán a la historia como los que impusieron dos de las leyes más desgraciadas de la República Italiana: el pseudomatrimonio homosexual (20 de mayo de 2016) y la eutanasia, bajo la denominación de «testamento biológico» o DAT (declaración de voluntades anticipadas), aprobada definitivamente por el senado el pasado 14 de diciembre.

Esta ley quedará promulgada en el Boletín Oficial en el cuadragésimo aniversario de la legalización del aborto mediante la ley 194 del 22 de mayo de 1978. De este modo se cierra el círculo. Cuarenta años de agresiones a la vida y a la familia entre el aborto y la eutanasia, pasando por las uniones civiles y el divorcio exprés. Hay que recordar que la ley que introdujo el aborto la firmaron el presidente del Consejo de Ministros Giulio Andreotti y el presidente de la República Giovanni Leone, ambos cristiano-demócratas.

La de la eutanasia la firmará un presidente del gobierno católico, Paolo Gentiloni, y un presidente de la República, Sergio Mattarella, igualmente católico y ex diputado de la Democracia Cristiana. Ninguno de los dos se sentirá obligado a invocar la objeción de conciencia que valerosamente proclamó la Piccola Casa della Divina Provvidenza, más conocida como Cottolengo: «No podemos –ha declarado el superior general de la histórica institución turinesa, el P. Carmine Arice, realizar prácticas que contravengan el Evangelio. Si la posibilidad de objetar en conciencia no está prevista en la ley, tendremos que aguantarnos. Se ha procesado a Marco Cappato, que asiste a personas que quieren cometer suicidio asistido; a nosotros también podrían llevarnos a juicio, y en un posible conflicto entre la ley y el Evangelio tenemos la obligación de optar por el Evangelio». El P. Arice explicó a continuación: «Ante una solicitud de muerte, nuestra institución no puede responder afirmativamente. En la actualidad no está prevista la objeción de conciencia para las instituciones sanitarias privadas, pero creo que en conciencia no podemos responder afirmativamente a una solicitud de muerte. Por tanto, nos abstendremos con todas las consecuencias que ello comporte» (La Stampa, 15 de diciembre de 2017).

A la traición de los políticos católicos que han aprobado ley se añade otra más: En 1978, tras a la legalización del aborto, nació el Movimiento por la Vida, promovido por la Conferencia Episcopal Italiana. Oficialmente, tenía por objeto dar voz a la defensa de la vida en Italia. En realidad, la verdadera misión que le encomendaron los obispos fue impedir la aparición de un movimiento antiabortista similar al que estaba surgiendo en Estados Unidos y otros países.

Esto se hizo patente desde 1981, cuando el Movimiento por la Vida promovió  un referéndum abrogativo para modificar la ley 194 que sin embargo confirmó la legalización del aborto terapéutico durante los nueve meses de embarazo, la financiación pública de los abortos legales, la obligación de las instituciones hospitalarias de llevar a cabo a como diese lugar los abortos solicitados, y la distribución gratuita por parte de los consultorios de anticonceptivos, entre ellos píldoras abortivas a menores de edad.

El referéndum –en el cual los católicos coherentes no pudieron hacer otra cosa que abstenerse– tuvo lugar el 17 de mayo de 1981, y supuso una derrota para el Movimiento por la Vida. Fue el comienzo de la estrategia del «mal menor» que, haciendo una concesión tras otra, nos ha traído al desastre actual. «Fundados en esta estrategia –escribía Mario Palmaro en un memorable artículo de La nuova Bussola quotidiana del 1º de mayo de 2013– los católicos metidos en política –y los órganos de información y formación que los respaldan– ya no deben “limitarse” (sic) a afirmar los principios no negociables oponiéndose a los proyectos de ley que los contravienen, sino que deben tomar la iniciativa promoviendo leyes que sostengan dichos principios parcialmente, pero impidan la aprobación de leyes peores. (…) Pero al menos uno podría preguntarse si esa doctrina del mal menor da verdaderos resultados. Desde luego que los da: resultados catastróficos».

No se equivocaba Francesco Agnoli cuando puso de relieve las ambigüedades y transigencias del Movimiento por la Vida  (Storia del Movimento per la Vita. Tra eroismi e cedimenti, 2010), y sobre todo de Carlo Casini, que fue su presidente durante veinticio años, hasta que en 2015 le sucedió Luigi Gigli. Durante treinta años Casini fue diputado democristiano en Italia y en el Parlamento Europeo. Desde 2009 Gigli es parlamentario de tendencia popular-democristiana que ha apoyado los gobiernos Monti, Letta, Renzi y Gentiloni.

¿Cabe imaginar un accionar libre e indipendiente por parte de personajes sometidos simultáneamente a dos poderes: el de sus respectivos partidos y el de la Conferencia Episcopal Italiana, gracias a cuyo notorio financiamiento el Movimiento por la Vida prospera (y muere)?  Y si el Movimiento por la Vida, que habría debido sensibilizar a las multitudes, no ha opuesto la menor resistencia al testamento vital, cómo callar la responsabilidad que ha tenido la Conferencia Episcopal Italiana, y sobre todo su secretario monseñor Nunzio Galantino, que no ve el mayor enemigo e la eutanasia, sino en el ensañamiento terapéutico y espera «que alguien empiece  a darse cuenta de que la Iglesia no es tan puritana  como la pintan» (Avvenire, 18 de noviembre de 2017)?

El arzobispo de Trieste, Giampaolo Crepaldi, uno de los pocos purpurados que se han expresado abiertamente contra la ley de marras, ha subrayado el clima de indiferencia en que se ha aprobado el testamento vital, sobre todo en el mundo católico: «Muchos de sus integrantes se han echado para atrás en la defensa de valores tan fundamentales para la dignidad de la persona, temerosos tal vez de crear de ese modo más muros que puentes. Pero los puentes que no tienen sus cimientos en la verdad no se sostienen».

Comentando las palabras de monseñor Crepaldi, el vaticanista Giuseppe Rusconi, recuerda «la grave responsabilidad de buena parte de la jerarquía católica, que ha manifestado públicamente una vaga indiferencia ante un proyecto de ley nefasto para la dignidad de la persona humana y una actitud totalmente contraria a la Doctrina social de la Iglesia. Grave es la responsabilidad de buena parte del las asociaciones supuestamente católicas que han claudicado de sus principios. Y grave es la responsabilidad de buena parte de los medios de prensa italianos supuestamente católicos, empezando por Avvenire’, que de pronto incluso ocultándose tras algún título aparentemente casi combativo– han izado la bandera blanca» (www.rossoporpora.org del 15 de diciembre de 2017).

Avvenire depende de la Conferencia Episcopal Italiana, cuyo secretario, monseñor Galantino, goza de la confianza del papa Francisco. Y las palabras pronunciadas por Francisco sobre el fin de la vida el pasado 19 de noviembre en la sede de la Pontificia Academia para la Vida, fueron interpretadas por todo el mundo como una especie de puerta abierta a esa forma de eutanasia que es el testamento vital. Palabras necesarias, escribe Corrado Augias, «para eliminar las últimas resistencias de algunos católicos y –probablemente– convencer al menos a una parte para que preste su consenso» (Repubblica, 16 de diciembre de 2017).

A la pregunta de si las palabras del papa Bergoglio supondrían una apertura a la ley sobre las voluntades anticipadas, monseñor Galantino respondió: «No soy político, pero espero que los políticos cumplan con su deber, y no sólo en este aspecto» (Avvenire, cit.).

¿A quién, por otra parte, sino al Pontífice reinante se debe el llamamiento a «construir puentes donde se alzan muros» (audiencia del 25 de febrero de este año)? Los muros se han derribado y se han construido puentes: el resultado, como afirma monseñor Crepaldi, es que «ha prevalecido una ideología libertaria y, en definitiva, nihilista, expresada en conciencia por tantos parlamentarios. Y así, Italia avanza hacia un futuro tenebroso fundado en una libertad agotada y falta de esperanza».

Tanto el papa Bergoglio como buena parte del mundo católico han asumido junto a Paolo Gentiloni y Matteo Renzi la responsabilidad moral de la mencionada ley. Pero nada de cuanto sucede en la historia escapa al juicio de Dios, que castiga a los culpables de los escándalos tanto en el tiempo como en la eternidad. Sólo teniendo presente la suprema justicia del Señor podremos apelar a su infinita misericordia para librar del merecido castigo a nuestra desventurada nación.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Roberto de Mattei

Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.