Ahora que a los de Planned Parenthood se les ha visto la patita vera, desnudita de embelecos y eufemismos democráticos —patita que se nos muestra hasta las trancas sucia de sangre y de vísceras pequeñitas—, se nos ha dado la oportunidad de comprobar cómo funcionan los vesánicos y mefíticos mecanismos del NOM, y cómo, con el culete encogido por las ansias de servir a sus amos, sus más rendidos vasallos se azacanean con denuedo en tejer los trampantojos que favorezcan a aquellos.

Así, si hace escasos meses la virago de la Hillary proclamaba a voz en grito que los gobiernos han de emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales sin Iglesia, las gentes se quedan sin esqueleto moral que las sustente; y al verse así deshuesadas, se transforman en un gurruño mansurrón y descerebrado, que puede ser moldeado al mefítico antojo del poder—, estos días, tras la publicación de esos vídeos hórridos publicados por el Center for Medical Progress (CMP), donde se nos enseña cómo se comercia con los cuerpecillos hechos trizas de los niños abortados, a esa virago se le desata la lengua acerba y la echa a pacer por doquier, inverecunda ella, para afirmar que la publicación de tales vídeos supone un ataque abyecto contra el derecho a decidir de la mujer. Entretanto, el melindroso aguachirle de Obama, que asperge por entre los belfos escurrajas azufradas y mentecateces sin cuento, vomita, con su impostado dejo de santidad y bonhomía, la más inicua deprecación que haya llegado nunca a las asombradas orejas de la gente, cuando asegura, supongo que ante un gineceo entusiasta y entontecido: “Dios bendiga a Planned parenthood”, en lo que viene a ser un como ciscarse en cuanto hay de sagrado en este mundo. Y finalmente, para que la tropa esa que disfruta con el bisturí se vaya de matute y siga disfrutando de los 500 millones de dólares que el gobierno del aguachirle mentecato les otorga, un juez de aspecto enteco, desabrido y un tanto virolo para los derechos fundamentales, escurrido como de carnes y de principios, dicta una resolución en la que impide la difusión de los vídeos del CMP, para que la grey pastueña continúe en su entontecimiento y siga refocilándose en la basura televisiva con que aturde sus meninges, ignara de los crímenes que se cometen al albur de unos pretendidos derechos de la mujer.

Y todo ello aun conociendo que los cachos de niño se expenden como casquería en plaza de abastos, con el desparpajo morboso de los psicópatas o de los funerarios impíos que aparecen en las películas de entrañas desparramadas, a tanto el gramo de riñón o de intestino, tras despedazarlos con meticulosidad de miniaturista y extraerles hasta el tuétano de los más finos huesecillos, no vayan a malbaratar algún espécimen y menguar, así, sus cetáceos beneficios.

Y es que ante los postulados y requerimientos del NOM, que desea una sociedad postrada entre excrementos y cascotes de moralidad ya empodrecida; una sociedad enferma y hecha cagarruta, en suma, donde ya escaseen criaturas que obliguen a sus padres a elevar la testuz de la basura en que la han incrustado y pelear por ellas, ni los cachos de bebé son importantes; apenas unas pocas células sin relevancia, cuya destrucción puede ser cínicamente menudeada por cualquier político avispado, entenebreciéndola entre derechos irreales y eufemismos democráticos. Y, así, tras entenebrecer la verdad y evitar que las imágenes sean difundidas para horror de la población, los de Planned Parenthood podrán seguir con sus escabechinas y cumplir los deseos del NOM; partiendo arriba, en la cabeza; rompiendo abajo, tras machetear las piernecillas; cercenando cuerpecitos y eviscerando vientres diminutos, pues tras las mutilaciones se topan ellos, que pierden el culo por un Lamborghini, con los órganos que habrán de proveerles de suculentos dividendos.

Pero cuando el alma se me encoge cual gurruño, sin embargo, es al comprobar, trémulo por la indignación y por la rabia, que los medios informativos de la Iglesia Católica —más concretamente, ciertas tertulietas de baratillo que se ufanan por lanzar ditirambos sin cuento a un gobierno anticristiano— silencian estos crímenes en sus programas más sobresalientes; pues el tiempo parece que se les acaba con las caricias al poder. ¿O acaso espero demasiado, iluso y torpe de mí, al pretender que el mensaje transmitido desde tan eclesiales medios propenda a la defensa de la vida y no a la encomiástica salutación a un partido anticristiano? ¿Soy ingenuo al exigir cierta valentía? ¿Es lógico acaso, en suma, que se silencie el más nefando de los crímenes?

Por lo visto, sí.

Gervasio López