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De la desconfianza de sí mismo

La desconfianza propia, hija mía, nos es tan necesaria en el Combate Espiritual, que sin esta virtud no solamente no podremos triunfar de nuestros enemigos, pero ni aun vencer la menor o la más leve de nuestras pasiones.

Esta verdad debes imprimir y grabar profundamente en tu espíritu; porque aunque verdaderamente no somos sino un puro nada, no obstante no dejamos de concebir una falsa estimación de nosotros mismos, y persuadiéndonos sin algún fundamento a que somos algo, presumimos vanamente de nuestras propias fuerzas.

Este vicio, hija mía, es un funesto y monstruoso efecto de la corrupción de nuestra naturaleza, y desagrada mucho a los ojos de Dios, el cual desea siempre en nosotros un fiel y profundo conocimiento de esta verdad: que no hay virtud ni gracia en nosotros que no proceda de su bondad, como de fuente y origen de todo bien, y que de nosotros no puede nacer algún pensamiento que le sea agradable.

Pero si bien esta importante desconfianza de nosotros mismos es un don del cielo, que Dios comunica a sus escogidos, ya con santas inspiraciones, ya con ásperos castigos, ya con violentas y casi insuperables tentaciones, ya con otros medios que nos son ocultos; no obstante, porque su divina Majestad quiere que hagamos de nuestra parte todo el esfuerzo posible para adquirirla, te propongo cuatro medios, con los cuales, ayudada del socorro de la gracia, la alcanzarás infaliblemente.

El primero es que consideres tu vileza y tu nada, y reconozcas que con tus fuerzas naturales no eres capaz de obrar algún bien por el cual merezcas entrar en el reino de los cielos.

El segundo, que con fervor y humildad pidas frecuentemente a Dios esta virtud; porque es don suyo, y para obtenerla debes desde luego persuadirte, no solamente que no la tienes, sino también que nunca podrás adquirirla por ti misma. Después postrándote en la presencia del Señor se la pedirás con fe viva de que por su infinita bondad se dignará concedértela; y si perseverases constante en esta esperanza por todo el tiempo que dispusiere su providencia, no dudes la alcanzarás.

El tercer medio es, que te acostumbres poco a poco a no fiarte de ti misma, y a temer las ilusiones de tu propio juicio, la violenta inclinación de nuestra naturaleza al pecado, la formidable multitud de enemigos que nos cercan de todas partes, que son sin comparación más astutos y fuertes que nosotros, que saben transformarse en ángeles de luz (2 Cor. 11.), y ocultamente nos tienden lazos en el camino mismo del cielo.

El cuarto medio es, que cuando cayeses en alguna falta, entres más vivamente en la consideración de tu propia flaqueza, y entiendas que Dios no permite nuestras caídas sino solamente a fin de que alumbrados de una nueva luz nos conozcamos mejor y aprendamos a menospreciarnos como viles criaturas, y concibamos un sincero deseo de ser menospreciados de los demás.

Sin este menosprecio, hija mía, no esperes adquirir perfectamente jamás la desconfianza de ti misma, la cual se funda en la verdadera humildad, y en un conocimiento experimental de nuestra miseria; porque es cosa infalible y clara que quien desea unirse con la soberana luz y verdad increada, debe conocerse bien a sí mismo, y no ser como los soberbios y presuntuosos, que se instruyen con sus propias caídas, y solo empiezan a abrir los ojos cuando han incurrido en algún grave error y desorden de que vanamente imaginaban que podrían defenderse, permitiéndolo Dios así a fin de que reconozcan su flaqueza, y con esta funesta experiencia vengan a desconfiar de sus propias fuerzas.

Pero Dios no se sirve ordinariamente de un remedio tan áspero para curar su presunción, sino cuando los remedios más fáciles y suaves no han producido el efecto que su divina Majestad pretende. Su providencia permite que el hombre caiga una cantidad más o menos de veces, según vea que es mayor o menor su presunción y soberbia: de manera, que si alguno no se hallase tan exento de este vicio como lo fué la bienaventurada virgen María nuestra Señora, es seguro que no caería jamás en alguna falta.

Todas las veces, pues, que cayeres, recurre sin tardanza al humilde conocimiento de ti misma, y con ferviente oración pide al Señor que te de su luz para que te conozcas tal cual eres verdaderamente a sus ojos, y no presumas de tu virtud; de otra suerte no dejarás de reincidir de nuevo en las mismas faltas, y por ventura cometerás otras más graves, que causarán la pérdida de tu alma.

Padre Lorenzo Scúpoli

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Las tentaciones de San Antonio Abad

Fuente




San Miguel Arcángel
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