Se han encontrado la benevolencia y la fidelidad, se han dado el abrazo la justicia y la paz. Brota de la tierra la fidelidad y mira la justicia desde lo alto de los cielos.  Sal, 84, 11-12.

Queridos hermanos, la Santísima Trinidad en su amor infinito hacia el hombre, viéndole caído y desprovisto de la gracia original por la prevaricación de nuestros primeros Padres, y a diferencia de cómo actuó con los ángeles caídos que por su pecado de soberbia  los condenó al fuego eterno del infierno, promulgó el Decretó la Encarnación de la segunda Persona, el Verbo. Dios no pudo permitir que su obra pereciera a causa de uno, Adán, y además que el mundo quedara a merced del maligno, frustrándose el fin para el que Dios creó al mundo y la hombre.

No pudo la Santísima Trinidad decidir mejor medio para la salvación del género humano, que el mismísimo Hijo de Dios se encarnase. Así como Adán actuó con soberbia con el mismo Dios, queriendo, de alguna manera, usurpar la divinidad y el señorío  de todas las cosas, así Dios, en su infinita bondad, no sólo perdonó su  injuria, sino que eligió un medio de suma honra y provecho para el hombre, pero de suma humillación y sufrimiento para Dios. Como dice San Pablo a los Filipenses (2, 6-8): Quien , existiendo en la forma de Dios, no reputó como codicioso tesoro mantenerse igual a Dios, antes bien se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humillo, hecho obediente, hasta la muerte, y muerte de cruz.

Veamos la maravillosa perfección que dejar entrever el Decreto de la Encarnación.  Queremos mostrar cómo la infinita misericordia que Dios muestra en la Obra de la Encarnación es consecuencia de su no menos infinita justicia. En verdad, misericordia y justicia se abrazan, son indisociables, no existe una sin la otra. La misericordia no es más que la expresión de la justicia; así como la justicia es en base a la misericordia.

Vemos la justicia divina cuando el mismo Dios encarnado asume voluntariamente la “deuda” que el hombre, en el pecado original, contrajo con Dios; sufriendo la pena de muerte que mereció nuestra propia culpa. La  Sagrada Pasión y muerte en cruz de Nuestro Señor  Jesucristo,  es la “paga” que mereció de justicia divina, y por misericordia divina se nos aplican los méritos de la Sagrada Pasión, puesto que todo quedó recopilado en Él, todas las cosas en Él, en el árbol de la Cruz. La justicia de Dios llevó Jesucristo al Calvario, y la misericordia nos dio los infinitos méritos de la Sagrada Pasión.

No podemos menos de asombrarnos de la sabiduría de Dios que actuó de tal forma, mostrando su omnipotencia y santidad; pues justicia y misericordia se estrechan en abrazo eterno para redimir al linaje humano de su perdición. Justicia y misericordia se abrazan en unión perfectísima para arrancar al hombre de las garras de su enemigo mortal, y rescatarlo del engaño diabólico de la atracción y seducción del pecado.

Con innumerables gracias hemos de dirigirnos a la Santísima Trinidad por habernos descubierto en esta obra de la Encarnación las infinitas grandezas de su amor, el misterio de su misericordia y justicia. ¿Cómo podremos corresponder a tanto amor y misericordia? Sólo dedicándonos a su servicio, con deseo de amarla como Ella nos ama, imitando sus virtudes, y esforzándonos en vivirlas.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa