ADELANTE LA FE

Del amor infinito de Dios

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn. 3, 16).

Yo he guardado los mandamientos de mi Padre.

Queridos hermanos, el Amor infinito de Dios es un amor que salva, salvífico, hasta el punto que nos entregó a su propio Hijo para que quien creyera en Él no perezca. Dios no quiere que ninguna alma se condene, porque la elección de la condenación es posible. La libertad que Dios ha dado al hombre es la libertad para amarle y salvarse, más es también la libertad para rechazarle y condenarse. Ante el dolor de la pérdida de una sola alma, Dios ha entregado al mundo a su Hijo, Jesucristo, para que el mundo se salve.

Qué ley de amor nos ha dejado nuestro Señor Jesucristo: Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn. 15, 9-10). No nos exige más que lo que Él mismo se ha exigido. Así como el Señor guardó los mandamientos del Padre, mostrando que le amaba, de igual forma quiere que guardemos sus mandamientos para indicarle que le amamos.

El Señor nos instruye, nos enseña, nos recuerda que como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis  en mí (Jn. 15, 4). Solamente podemos permanecer en Él cumpliendo los mandamientos. La imagen de la vid nos recuerda el Cuerpo Místico de Cristo en el cual todos están unidos a la Cabeza, Jesucristo, y en Él unidos unos con los otros. El incumplimiento de la ley de divina implica la pérdida de la gracia, y quien la incumpla  tendrá el destino de los sarmientos secos: Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden (Jn. 15, 6).

Dios ama a todos los hombres: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores (Mt. 5, 45). Y nos llama a todas horas a su servicio (Parábola de los viñadores. Mt. 20, 1-16). A todos nos ha dejado la misma ley, y sólo espera que en alguna hora de nuestra vida la sigamos fidelísimamente y mostremos de esta forma nuestro amor hacia Él.

El Señor ha venido para evangelizar a los pobres, me ha enviado [el Espíritu Santo] para enunciar la redención  a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor (Lc. 4, 15). Cristo mismo inaugura el tiempo de la Nueva ley, que es el año de gracia, el tiempo de la misericordia y de la redención por medio de su ley, de sus mandatos, de los mandamientos.

Nuestro Señor quiere, como su Padre, salvarnos a todos y resucitarnos en el último día. Esta es la voluntad de Aquel que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn. 6, 39-40).

Queridos hermanos, ¿amamos a Dios? ¿Queremos corresponderle? Entonces: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará un Paráclito para que esté con vosotros siempre (Jn. 14, 15). El Amor infinito de Dios es el deseo ardiente por la salvación de todas las  almas, que todas se salven. Nos entregó a su amado Hijo para que cargara sobre Él los pecados de todos los hombres y expiara por ellos, redimiéndonos  por el sufrimiento y la muerte en Cruz, para que ninguno se condene por el incumplimiento de la ley divina.

La Iglesia si no enseña el camino de salvación se opone al amor de Dios.

Cuando, por ejemplo, el sexto y noveno mandamientos dicen: No fornicarás… No desearás la mujer de tu prójimo. Ex. 14 y 17, nos muestran el amor infinito de Dios que  nos advierte cuál es el camino de salvación, para que no nos desviemos de él y podamos perder el alma eternamente, haciendo infructuosa la preciosísima Sangre del Redentor.

Si el Papa, los Obispos, clérigos, Pastores, en general, no indican, con la misma claridad que nuestro Señor Jesucristo, el camino de salvación mostrando lo santo y lo pecaminoso de nuestras acciones, si no muestran el camino de salvación y el de condenación, entonces no nos aman como Dios nos ama. No aman verdaderamente a las ovejas a su cuidado. No las aman con el amor salvífico del Amor infinito de Dios. Entonces las almas desorientadas por sus Pastores andan en la confusión, en la duda, en la contrariedad, en definitiva, en la oscuridad que las lleva a la condenación eterna.

Cuántas veces he querido reunir a tus hijos [Jerusalén], como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas (Mt. 23, 37). Así es nuestro Señor Jesucristo, como una gallina que nos cobija bajo sus alas para que obremos siempre el bien. Más quienes debiendo indicarnos el camino de salvación no lo hacen, son como halcones que volando alto buscan sus presas para destruirlas; así, les convencen de las virtudes del pecado, y engañándolas hacen que pierdan sus almas.

El Señor nos dice lo que está bien y lo que está mal, y nos da la libertad para elegir, no nos obliga, y espera en su Amor infinito que nosotros optemos por Él. Él nos da los medios para seguirle, su ley divina. Si nuestros Pastores no nos dicen lo que está bien y lo que está mal, entonces nos conducen hacia lo que está mal, queriendo hacernos ver que lo pecaminoso es lo bueno. Entonces privan a las almas de la libertad de elección entre el bien y el mal, haciéndolas esclavas de las engañosas enseñanzas que predican. ¿Qué es sino el que un importante clérigo haya cuestionado las mismas palabras de nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Escritura? Si no os gusta lo que el Señor dice, y  la Iglesia ha trasmitido,  interpretarlo a vuestro gusto. Halcones  rapaces, que no gallinas que con sus alas cubren a sus polluelos.

La esencia del Amor infinito de Dios es que nos índica el bien y el mal, dándonos libertad para elegir. Dios nos muestra el camino de salvación y el camino de condenación, y espera de nuestra libertad que le amemos siguiendo el camino de salvación. Quien no se asemeja al Amor infinito de Dios mostrando el camino del bien y del mal, busca la condenación de las almas, al privarlas de la libertad de elección, porque no las ama.

Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Ave María Purísima.

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.