Queridos hermanos, muchos se echarán las manos a la cabeza al leer el título. ¿Puede alguien  hablar hoy día del cilicio y la disciplina? Muchos dudarán quizá de mi sano juicio. Pero, sí. Santos y buenos medios de penitencia, que aunque despreciados, olvidados y desaconsejados por el hombre, no lo han sido ni lo son por el Señor.

La falsa apertura de la Iglesia al mundo de la que tanto se ha hablado y se sigue hablando, no ha sido más que una apertura a la carne, a la sensualidad, a la mundanidad, a lo soez que llena nuestras iglesias. La falta de pudor en el vestir, en las formas irreverentes de estar y comportarse en el lugar sagrado de la iglesia, la ausencia de respeto ante la presencia de Nuestro Señor. La verdadera secularización de los Santos Sacramentos, su verdadera desacralización. Las injurias al Santo Sacrificio de la Misa, las profanaciones constantes del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor.

Todo, y mucho más que haría interminables las ofensas a Dios, ha ofuscado la mente de clérigos, religiosos y laicos, ha enfriado su corazón, ha debilitado su voluntad y ha oscurecido su fe católica, haciendo que ésta sea irreconocible en ellos. La influencia del mundo sensual, carnal y pagano es de tal profundidad en muchos miembros y estructuras de la Iglesia que hace imposible que puedan ya comprender el valor del sacrificio y la penitencia. La vida ascética, de penitencia y sacrificio, de constante oración, supone un camino que les causa perplejidad por ser el polo opuesto a la frivolidad de sus vidas.

¿Es necesario el cilio y la disciplina? No lo es para la persona corriente, para el que desconoce Quién es Dios o teme acercarse a Él; más para el alma enamorada del  Señor que busca la perfección es un medio para alcanzarla, es un medio de perfecta unión con el Amado. Lo es en el deseo de asemejarse a Él en el dolor, sintiendo Sus  Sacratísimas Llagas y heridas en la propia piel, en nuestra carne mortal. Lo es para apagar el deseo carnal, dando paso a una más perfecta unión espiritual.

¿Ayudan al alma? Si, y mucho. Conducen al alma penitente a la identificación con Jesucristo sufriente, flagelado, escupido, azotado…, crucificado. Ayuda a que muera el hombre, lo carnal, lo concupiscente, lo sensual. ¿No es posible hoy en día la unión perfectísima con Cristo crucificado?

El uso de estos métodos de penitencia corporales son del agrado del Señor cuando se utilizan por amor a Él, cuando son fruto de un deseo ardiente de identificarse con Cristo sufriente, para repararle por tantas ofensas a la Santísima Pureza de su Sacratísima Carne, por tanto sacrilegios cometidos a Su Santo Sacrificio y tantas profanaciones de Su Cuerpo y Sangre.

El dolor en el cuerpo, las marcas del cilicio y del flagelo, incluso la sangre, es unido al dolor de Nuestro Señor; es sublimado para ser unido al dolor redentor, salvador y santificador de Su Sagrada Pasión. Es un dolor que el Señor lo transforma en gozo para el alma, en vida espiritual que la eleva alejándola de lo carnal y sensual adentrándola en los misterios divinos.

Aunque muchos no lo entiendan, ni podrán entenderlo nunca, el sacrifico corporal es santo y bueno para el alma, la ayuda en gran manera en su unión con Jesucristo, en Su Sagrada Pasión, que sigue estando presente en acto, como así nos lo indica el Santo Sacrificio de la Misa tradicional. El Santo Sacrificio del Cordero no termina, la Misa del Señor es interminable. Su Sagrada Pasión no acaba. Sus Sagradas Llagas siguen iluminando, santificando y dando vida a Su Iglesia y a todo lo creado, sosteniéndolo todo con Su Divina Voluntad.

La Sagrada Pasión está viva en el alma del penitente, en el alma de quien quiere contemplar Su Purísimo Cuerpo. Sólo las almas purísimas podrán contemplar su Purísima Carne. El sacrificio corporal fortalece el espíritu, enardece la voluntad en amor, esclarece la fe, porque es sacrificio unido al único  Sacrificio que da vida al alma.

Quien libremente desee usar el cilicio y la disciplina  por amor al Señor, hágalo; es agradable al Cielo, por ser dolor voluntario y desprendido que el alma por amor lo ofrece como ofrenda agradable al Padre en unión con la Ofrenda Santísima del Cordero Divino. Desear el sacrifico corporal es inspiración santa cuando se desea la unión con Nuestro Señor.

Dulce dolor que crucifica con Cristo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.