Todos los que nos hemos acercado a la Sagrada Escritura con afán inquisidor —no pocos ciertamente si tenemos en cuenta a todos los lectores de los últimos veinte siglos—, hemos seguido alguna vez un método poco apropiado: probar por medio de la palabra de Dios lo que en un momento determinado nos convenía. Es decir, indagar en la palabra de Dios con la esperanza de que ésta diga lo que nos gustaría que dijese, y no con la intención de asumir lo que en realidad dice. Lo que ocurre es que al salirnos del Magisterio de la Iglesia y de la Tradición, que son los cauces correctos para entender el mensaje evangélico, las interpretaciones teológicas normalmente se toman licencias que no proceden. El intérprete de la Sagrada Escritura asume por tanto un gran riesgo si indaga y examina por su cuenta todo aquello que le inquieta o de lo que espera obtener respuesta.

Yo asumiré con este trabajo ese riesgo. Porque no recurriré al Magisterio para defender lo que sigue. Y también me acusaré de antemano de haber acudido muchas veces a la palabra de Dios con el juicio previamente informado. Aunque huelga decir que la subjetividad humana entra en juego cuando se trata de ventilar cuestiones intelectuales. Por eso diré que en relación con el tema del que me propongo reflexionar a continuación, el diálogo interreligioso, partía de una posición de rechazo que no he decidido moderar. En realidad me propongo estudiar la conveniencia de tal diálogo más que su razón de ser bíblica. No obstante, sospecho que la Sagrada Escritura no favorece la interpretación que mantiene que en la Biblia se aprueba el diálogo interreligioso; en realidad pienso lo contrario, es decir, que éste no es visto con buenos ojos. He decidido por tanto optar por un camino distinto al habitualmente trazado, un camino también quizá menos agradable a los oídos contemporáneos, a los promotores de consensos, a los constructores de parloteos baldíos e innecesarios. Me tocará seguramente hacer de abogado del diablo. No me queda otra. Temo que dialogar hoy es llenar de ruido el espacio.

Quizá porque asumo las palabras de Baudelaire y no soy ingenuo, ya que la comunicación humana reposa, nos pese o no, sobre el malentendido. Y al mismo tiempo porque compruebo a diario, hasta el hartazgo, que el mundo cada vez está más dividido y tensionado, a pesar de que nunca se ha hablado tanto.

Bien, no menos cierto también es que los hombres están condenados a entenderse o a destruirse mutuamente. ¿Qué hacer entonces? Presentar en primer lugar alguna explicación autorizada de por qué las religiones deben intercambiar opiniones y reconocerse recíprocamente1.

Pues bien, de la siguiente manera se pronunciaba el cardenal Joseph Ratzinger en la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París sobre el sentido del diálogo interreligioso:

«Con el paso del tiempo, los cristianos advirtieron lo inadecuado que era describir a los representantes de otras religiones simplemente como paganos o en términos puramente negativos como no cristianos. Era necesario familiarizarse con los valores distintivos de las otras religiones. Inevitablemente, los cristianos comenzaron a preguntarse si tenían derecho a destruir simplemente el mundo de las otras religiones o si no era posible o incluso imperativo comprender a las otras religiones desde adentro e integrar su legado en la cristiandad. De este modo, el ecumenismo pasó a expandirse al diálogo interreligioso. Ciertamente, el objeto de este diálogo no era simplemente repetir los conocimientos eruditos de religiones comparadas del siglo XIX y comienzos del XX, que a partir de alturas dominadas por el punto de vista liberal racionalista, había juzgado a las religiones con la seguridad en sí misma propia de la razón ilustrada. Actualmente existe amplio consenso en el sentido de que semejante punto de vista es una imposibilidad, y que para comprender la religión es necesario experimentarla desde adentro, y por cierto únicamente esa experiencia, inevitablemente particular y ligada a un punto de partida histórico claro, puede mostrar el camino hacia la mutua comprensión y por consiguiente hacia una profundización y purificación de la religión»2.

Éste es actualmente el discurso de la Iglesia Católica con respecto al diálogo con otras religiones. Un discurso al que pueden hacérsele sin embargo algunas objeciones. Por ejemplo la siguiente: ¿Es el objetivo de la religión cristiana la purificación de la religión? ¿Es su finalidad la comprensión de otras religiones y que ella a su vez sea comprendida? ¿Le vale con ser comprendida por todas las demás religiones? ¿Cuál es la finalidad última de la Iglesia en el mundo?

Leemos en el Evangelio de Lucas las últimas palabras de Jesús a los Apóstoles, justo después de abrirles las inteligencias para que entendieran las Escrituras: «Estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que hay que predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén»3. Luego si los Apóstoles hubieran seguido los consejos del entonces cardenal Ratzinger, ¿qué hubiera sido de los paganos que abrazaron el Evangelio al escuchar sus prédicas? Los Apóstoles no se hubieran podido mover de sus lugares de origen por aquello de no “destruir el mundo de las otras religiones”. Tal vez, y sin molestar demasiado, podrían haber solicitado a las autoridades locales el uso de algunos espacios para celebrar sus reuniones, y pedido permiso, si se veían con arrojo, para intervenir en los foros públicos con la intención de departir con sus iguales y enriquecerse personalmente.

Lo anterior puede mover a la risa pero es perfectamente coherente con la postura dominante de la Iglesia en relación al diálogo con las demás religiones. Una postura que de hecho, en mi opinión —en absoluto relevante pero no por eso inexistente—, puede hacer sonrojar a los espíritus más circunspectos si se toman muy en serio la misión que el Señor confió a los suyos antes de regresar al cielo junto a su Padre: «Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»4.

Le faltó decir al Señor que a los discípulos había que tratar de conseguirlos en todas partes pero sin molestar demasiado, y siempre en un ambiente distendido y fraternal, alcanzando consensos de amplias mayorías; eso sí, preguntando primero si allá donde fueren había ya cristianos o habrían de convertirlos ellos, porque entonces lo correcto sería respetar las creencias de los no cristianos y como mucho dejarles unas octavillas en las puertas de sus casas. En realidad el Señor mandó a sus Apóstoles a cazar gamusinos. Entonces no había cristianos, pero tampoco había gran necesidad de ellos, porque vistas las sombras de las Cristiandad y comprendido con el paso del tiempo la importancia de no destruir los mundos de las demás religiones, casi mejor que estarse quietos; clavar como mucho –al estilo Lutero- unos opúsculos en los templos paganos y al anfiteatro corriendo que combate Efialtes.

Bien, realmente la cuestión es muy seria, y seriamente ha de tomarse también por los que creen, con buena voluntad sin duda, que el diálogo entre religiones sirve para algo importante. Pues no es preciso en modo alguno dialogar para que dos no se maten, basta con que sean civilizados. Esta reflexión, por otro lado, como se precisó al principio de la misma, no es un ejercicio teológico formal. Pero las acusaciones anteriores son suficientes para complicar el discurso de los defensores del diálogo interreligioso. Pues nunca se ha hablado tanto como hasta ahora y nunca ha habido mayor confusión. Y no parece serio alegar que lo que falta precisamente es más diálogo.

Dialogar, llamemos a las cosas por su nombre, es discutir puntos de vista para lograr un acuerdo, o también, conversar intercambiándose el turno de palabra. No tiene más sentidos aquí el término dialogar. Entonces, si como cualquiera es capaz de comprender, y como el propio Ratzinger reconoce en el texto mencionado antes, «el diálogo no es conversación al azar, sino algo dirigido a la persuasión, a descubrir la verdad, pues de lo contrario es inútil», dialogar significará discutir puntos de vista para lograr un acuerdo. Así pues, aquí se revela de nuevo la inutilidad del diálogo religioso. Si en lo que consiste en el fondo dialogar es llegar a acuerdos, ¿a qué acuerdo religioso pueden llegar dos personas que confiesan credos esencialmente antagónicos? «El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama»5. ¿Acaso se ha olvidado la Iglesia de esto?

Duras son a veces las palabras de Jesucristo, como éstas, que revelan una exigencia absoluta y que lo identifican automáticamente con su divina persona.

Por tanto, dialogar con el otro “en términos de igualdad” puede dar la impresión a éste de que efectivamente quien está en posesión de la verdad, ¿o no es Cristo la Verdad?, no posee tal verdad. Pensemos en alguien que afirma la Trinidad, y en otro que la niega: ¿Deberían aceptar ambos que la divinidad la forman dos personas, y no una ni tres, para lograr el anhelado acuerdo? ¿No es esta forma de diálogo entre religiones, además, una forma de decir que no se está dispuesto a sumar ni un solo fiel más al bando de la Verdad, que si éste ha de venir que lo haga por aquellos caminos inescrutables que solo Dios conoce, porque es preferible respetar a los no creyentes que anunciarles la superioridad del Dios revelado por el Hijo? Si no es así, lo parece.

En fin, conozcámonos mutuamente. Y que no se preocupe nadie. Bautizarse no es tan importante. Ante todo el folclore y los remilgos humanos.

Se escucha por otra parte, entre los defensores del diálogo interreligoso, que «la humanidad necesita que ni una injusticia más lleve el sello de la religión»6. Sin embargo, esto es un ensueño que, podrá regalar los oídos del mundo moderno, pero olvida lo fundamental: las religiones son obra de hombres, y allá donde estos imponen sus manos se proyectan sombras y luces. La finalidad de tal diálogo, o uno de los objetivos clave, al parecer, consistiría en «pronunciar juntas el voto del bodhittsava Dharmakara: no entrar en el nirvana sin conseguir facilitar dicha entrada a todos los hombres y mujeres»7. Pero resulta que Jesús en la cruz prometió la entrada en el paraíso a uno de los ladrones —justamente al que lo había confesado—, y del otro no dijo nada8. Así que si él es el Camino, la Verdad y la Vida, y nadie va a la Padre sino a través de él, ¿en qué lugar quedan quienes no creen en su mensaje?9

«Al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestros monumentos sagrados, me he encontrado incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que veneráis sin conocerlo, eso es lo que yo os vengo a anunciar»10. Pablo, antes de hablar en el Areópago se interesó por las creencias de los ciudadanos de Atenas, es cierto, pero no para compartir después experiencias entre unos y otros, sino para poder anunciarles mejor a su Señor, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios. El Redentor.

Para dar por acabada esta reflexión informal acerca del diálogo interreligioso, sería conveniente centrar el problema. Decía al principio que no iba a echar mano del Magisterio, ni del pasado ni del más reciente. Y no por desconocimiento. Sé perfectamente qué se dice por ejemplo en Notra Aetate. Me proponía sencillamente plantear algunas dificultades a lo que propone este documento sobre el diálogo interreligioso, un diálogo que la mayor parte del clero está dispuesto a defender con uñas y dientes. Pues bien, más allá de dimes y diretes, me parece a mí que lo fundamental es resolver por qué es preciso el diálogo entre religiones y para qué ha de fomentarse. Las respuestas sólo pueden ser trascendentes, no nos engañemos. Decir para conocerse siempre tiene el inconveniente de que te pueden replicar, ¿y para qué es oportuno conocerse?

Como decía, para que dos personas no lleguen a las manos no hace falta dialogar, basta con ser civilizados. Si dialogar es llegar a acuerdos, un diálogo religioso sólo traerá consigo que las partes implicadas en el diálogo renuncien a ser lo que son. En todo o en parte.

A la Iglesia se le encargó anunciar al Señor y hacer discípulos suyos en todos los pueblos, bautizándolos en su nombre, no llevarse bien con otras religiones ni acomodar el magisterio de Jesucristo al gusto de quienes han elegido «otros caminos» para llegar al Padre.

Señores, nosotros conocemos al Salvador; aquí lo tienen. ¡Abrácenlo!

A eso debió de reducirse entonces todo diálogo con los fieles de las demás religiones.

Luis Segura

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1 Diálogo interreligioso será tratado aquí como sinónimo de diálogo ecuménico. No se entendería de otra manera la cita del cardenal Joseph Ratzinger.

2 http://humanitas.cl/html/biblioteca/articulos/d0454.html

3 Lc 24, 45-47.

4 Mt 28, 19-20.

5 Mt 12, 30.

6 J. Avilés, “El jardín de los senderos que se bifurcan”: RUT.

7 Idem (http://teologiarut.com/articulos_ver.php?ref=35).

8 Cf. Lc 23, 43.

9 Cf. Jn 14, 6.

10 Hch 17, 23.

Luis Segura
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros