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Diálogo o separación: qué hacer con los herejes y pecadores públicos en la Iglesia

El lema del día es el “diálogo.” Invocado por líderes de la Iglesia como un místico mantra de oriente, el diálogo es la solución para cualquier problema. ¿Políticos pro-aborto que dicen ser buenos católicos? Necesitamos diálogo. ¿Sacerdotes que promueven relaciones entre personas del mismo sexo? Necesitamos diálogo. ¿Millones de católicos abandonando la Iglesia en manada? Necesitamos diálogo. Sin importar el asunto, el diálogo hará que el mundo cante en perfecta armonía.

Pero el diálogo no siempre es la respuesta. De hecho, a veces, la Iglesia abrazó lo opuesto al diálogo – la separación – como la forma correcta de encarar ciertos temas. Consideremos el problema de los herejes y pecadores públicos dentro de la Iglesia. ¿Qué debiéramos hacer cuando alguien dice ser católico (o incluso es sacerdote u obispo) pero actúa de un modo esencialmente contrario a la fe? ¿Debiéramos dialogar con él o alejarnos?

Cortar una Parte para Salvar el Cuerpo

Este no es de ningún modo un problema propio de la era moderna. Los primeros cristianos también lo enfrentaron. Su respuesta fue clara: el hereje o pecador público debía ser expulsado de la Iglesia. Sabían que la Iglesia era el Cuerpo de Cristo y que si una parte estaba enferma era mejor cortar esa parte en lugar de dejar que infectara todo el Cuerpo. Es sentido común. Si uno pasa la mayor parte del tiempo rodeado de drogadictos, es probable que también comience a usar drogas. Si su círculo íntimo de amigos son todos comunistas, es muy probable que termine citando a Marx y convirtiendo el rojo en su color favorito. Permitir que quienes promueven la herejía o quienes cometen y promueven actos inmorales públicamente mantengan una imagen respetable en la Iglesia llevará a que esos males infecten todo el Cuerpo de Cristo.

El apóstol San Juan advirtió específicamente sobre los peligros de albergar herejes dentro de la Iglesia. Él escribió, “Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien le saluda participa en sus malas obras” (2 Juan 10-11). Cuando San Juan habla de alguien que “no trae esta doctrina,” se refiere a alguien que alberga y enseña herejías. Su consejo es alejarse del hereje y, de hecho, si uno lo acepta “participa en sus malas obras”. En otras palabras, él es tan culpable de herejía como el hereje.

San Pablo utilizó palabras aún más duras frente a los peligros de aceptar la inmoralidad dentro de la Iglesia. A los cristianos de Corinto les escribió:

“Os escribí en la carta que no tuvieseis trato con los fornicarios. No digo con los fornicarios de este mundo en general, o con los avaros, ladrones o idólatras, pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas lo que ahora os escribo es que no tengáis trato con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con ese tal ni siquiera toméis bocado. Pues ¿qué tengo yo que juzgar a los de afuera? ¿No es a los de adentro a quienes habéis de juzgar? A los que son de afuera los juzgará Dios: “Quitad al malvado de en medio de vosotros”.” (1 Cor. 5:9-13)”

Hay algunos puntos importantes a considerar en este poderoso – y políticamente incorrecto – pasaje. Primero, aquí San Pablo habla específicamente de cristianos que cometen actos inmorales. Deben ser expulsados de la Iglesia. Además, algo más chocante para los oídos modernos, San Pablo dice que se espera que nosotros juzguemos a los que pecan y están dentro de la Iglesia. Hasta aquí llegó la supra-doctrina de la tolerancia.

Evangelización y Separación

¿Pero qué hay con el mandato de Jesús de evangelizar a todo el mundo? ¿No es tarea del cristiano llegar al pecador y a los que viven en el error y acercarlos a Cristo? ¿Cómo hacer eso si no debemos asociarnos con ellos? Aquí está la diferencia clave: estamos llamados a evangelizar a aquellos fuera de la iglesia, sin importar qué tan lejos de Cristo estén, pero estamos llamados a resistir – incluso expulsar – a los que dentro de la Iglesia amparan persistentemente la herejía o realizan actos inmorales. San Pablo, el gran evangelizador cristiano, iría hasta el fin del mundo para traer al rebaño a una oveja perdida, pero no tendría paciencia para permitir que un infame hereje o pecador infecte la Iglesia desde adentro.

Vemos esta actitud en la práctica de la Iglesia primitiva. En la mitad del siglo II, un predicador popular llamado Marción enseñaba herejías. Un día, San Policarpo – un discípulo del apóstol San Juan – se encontró con Marción. “¿Sabes quién soy?” le preguntó Marción. Policarpo respondió, “¡Sí, te conozco bien, eres el primogénito de Satanás!” En Policarpo no había tolerancia para la herejía, una cualidad que aprendió a los pies del mismo San Juan.

Contrastemos esa actitud con nuestro presente. El padre James Martin, sacerdote jesuita que tiene populares seguidores por su defensa del estilo de vida LGBT, ya hace varios años está enseñando herejías y promoviendo la inmoralidad, sin embargo dentro de la Iglesia hay  muchos lo apoyan. Incluso muchos de los que defienden la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad, titubean antes de ser críticos de él. Solo observemos al notable profesor de Princeton, el católico ortodoxo Robert George, que se esfuerza por promover su amistad con el P. Martin. Él defiende su amistad como un importante “diálogo.” Mientras que la ortodoxia personal de George está fuera de discusión y su exaltación del “diálogo” está en línea con los valores de la educación superior actual, su aceptación pública del P. Martin parece contraria a las directivas tanto de San Pablo como de San Juan.

Peligros de la Separación

En la Iglesia de hoy, la acusación de “fariseo” recaerá inmediatamente sobre quienes adopten el enfoque que promuevo. Para la mente moderna, no hay mayor crimen que la intolerancia frente a los “estilos de vida alternativos” o creencias no ortodoxas. Y es cierto que hay que evitar ciertos peligros a la hora de alejarse del hereje o pecador público. Uno puede fácilmente tornarse engreído y ver a casi todos como “impuros” e indignos de relacionarnos con ellos. Pero lo que defiendo (y lo que creo que tanto San Juan como San Pablo defendían) aplica específicamente a los herejes infames y pecadores públicos. Es aplicable al P. Martin, pero no necesariamente a nuestro amigo católico Jaime que sabe menos del catolicismo que el periodista promedio de la CNN. Incluye a Nancy Pelosi (política estadounidense pro-aborto), pero no a la tía Nancy, quien jamás recibió enseñanzas sobre la transubstanciación.

Otro peligro es la mentalidad de fortaleza. Este término se utilizó demasiado en los últimos años, para criticar a la Iglesia después de Trento, y sin embargo es una preocupación válida. Todo católico debiera siempre mirar hacia afuera, buscando evangelizar. Sí, hay tiempos en los que uno debe proteger su propia fortaleza, pero la única manera de ganar una guerra a largo plazo es entrando en la pelea. Retirarnos en nuestra fortaleza es un peligro para los tradicionalistas en particular, quienes frente a cincuenta años de ataques desde dentro de la Iglesia, a veces pueden ver al católico no tradicionalista como un enemigo, poniendo muros frente a todo aquel que está fuera de la comunidad aceptada.

Estos peligros potenciales no debieran llevarnos a dudar de resistir el mal cuando infecta nuestra Iglesia. San Juan y San Pablo se habrían escandalizado por la tolerancia ante el mal que hay hoy dentro de la Iglesia. Necesitamos seguir su ejemplo y rechazar el mal de en medio nuestro, e incluso rechazar a los malvados.

Eric Sammons

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

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Edición en español de la web norteamericana One Peter Five (onepeterfive.com) bajo la dirección de Steve Skojec
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