La característica propia de este tercer domingo del tiempo de Adviento es la alegría ante la cercana venida del Señor: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4, 4; antífona de entrada).

En la primera lectura de la Misa (Ciclo A: Is 35, 1-6ª. 10), el profeta Isaías también habla de alegría: «El desierto y el yermo se regocijarán, | se alegrará la estepa y florecerá […] festejará con gozo y cantos de júbilo» (v. 1-2).

«En la Biblia se alegran hasta el desierto y la tierra árida, saltan de gozo los montes (Salmos 88, 13), se ciñen de regocijo los collados y los valles alzan su voz y cantan himnos de alabanza (Salmos 64, 13); el sol parece como esposo que sale del tálamo y exulta cual gigante que recorre su camino (Salmos 18, 6). De esta suerte la naturaleza exhala el calor de la alegría divina y lo derrama en el alma del creyente» (Mons. STRAUBINGER in Is 35, 1).

Alegría porque Dios viene en persona y nos librará de todos nuestros males (vv. 5-6). Esa presencia de Dios llega a su plenitud en Jesucristo «a quien todos los profetas anunciaron, […] Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres» (Pf. II Adviento).

En su respuesta a los discípulos de san Juan Bautista, Jesús se aplica a sí mismo la profecía de Isaías, confirmando así la llegada del reino mesiánico (Evangelio: Mt 11, 2-11). Y termina sus palabras con un elogio: «En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (v. 11)

I. «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista» ¿Por qué le alabó? No por la nobleza de su origen, por su riqueza o por su sabiduría sino porque vivió santamente, dando ejemplo de las más admirables virtudes. Podemos fijarnos en aquellas que Cristo destaca en san Juan:

  • Alaba primeramente su firmeza. No es como una caña que mueve fácilmente el viento a un lado y a otro.
  • En segundo lugar, alaba su penitencia. Vestía y se alimentaba pobremente, en medio del desierto.
  • Alaba, por último, su condición de profeta a quien no le movía otra cosa que un deseo ardiente por dar conocer al Mesías y una pasión por la verdad y la santidad que le llevaron al martirio por denunciar públicamente que el rey Herodes vivía en adulterio.

II. Pero el elogio termina en una aparente paradoja: «el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él». Porque san Juan Bautista era aún un profeta del Antiguo Testamento que anunciaba al que había de venir, aunque ya estaba en medio del mundo. En cambio, la nueva alianza, el Reino de Jesucristo, será tan superior que cualquiera en él será mayor que Juan. Porque Dios se nos ha dado en la Encarnación haciéndose Dios con nosotros (Mt 1, 23). Se nos da personalmente a cada uno en la gracia, y ha prometido que le veremos por toda la eternidad en el cielo si vivimos aquí en la tierra de acuerdo con nuestra condición de hijos suyos por el Bautismo, cumpliendo su santa Ley y ejercitándonos en la virtud.

En particular, podemos recordar hoy e imitar esas virtudes de las que decíamos nos da ejemplo san Juan Bautista:

  • Su firmeza. No comparten la firmeza del Bautista algunos cristianos que, cuando los alaban y les salen bien las cosas son buenos; pero cuando les ocurre una contrariedad se abaten, pierden la esperanza y casi la fe.
  • Su penitencia. Viviendo con espíritu de austeridad y mortificación.
  • Su condición de profeta. A nuestra manera, todos los cristianos debemos ser una especie de profeta, dando testimonio de Jesucristo con nuestras obras y nuestras palabras, llevando a los demás ante Jesucristo mediante el apostolado.

Por habernos traído a Jesús, la Virgen María su Madre es saludada con el título de Causa de nuestra alegría. En la Visitación, cuando llevaba a Jesús en su seno, saludó a Isabel: «en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre» (Lc 1, 44).

Ella que protagoniza este tiempo de Adviento nos ayude a ser sembradores de gozo.  Vivir en alegría y comunicar el verdadero sentido de la alegría cristiana a los demás. Sólo así podemos corresponder de algún modo al beneficio inmenso de haber querido el Señor hacerse Dios con nosotros, al darnos su gracia y la esperanza de la gloria del Cielo. Aquella alegría eterna que anunciaba el profeta:

«Llegarán a Sión con cantos de júbilo:

alegría sin límite en sus rostros.

Los dominan el gozo y la alegría.

Quedan atrás la pena y la aflicción» (Is 35, 10).

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".