SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Docilidad al confesor

Discípulo— Padre ¿se debe también docilidad al confesor?

Maestro. — Lo que se ha dicho de la confianza, debe repetirse respecto a la docilidad, o sea, creerle, fiarse de él, dejarse guiar, poner en práctica sus órdenes, sus prohibiciones, sus consejos.

D. — Padre, sucede a veces que el confesor dice: Basta, lo he entendido. ¿Qué se ha de hacer entonces?

M. — Hay que callar al punto y pasar a otra cosa.

D. — Más, puede parecer a uno que aún no lo ha dicho todo, ni la mitad siquiera…

M. — Cuando el confesor habla así, es señal de que desde la primera palabra, ha comprendido cuál es el estado del alma, y que puede aliviar lo que aún no se ha dicho, o lo que no se sabe explicar.

D. — ¿Así que no obran bien aquéllos que, cuando el confesor les interrumpe para preguntarles o pedirles una explicación, no le hacen caso, o bien, en vez de escuchar lo que dice el confesor, piensan en otras cosas que les quedan por confesar, para no olvidarse de ellas?

M. — No, no hacen bien. Apenas el confesor abra la boca, debe ponerse toda atención, aun a costa de que se olviden cien cosas que quedan por decir: va se dirán después cuando el confesor nos invite a ello.
D. — ¿Y si se olvidan?

M. — Si esto sucede, paciencia. Se confesarán en las siguientes confesiones.

D. — ¿Estará bien hecha esta confesión?

M. — Estará bien hecha, porque cuando inculpablemente se omite una o más cosas, aunque sean graves, la confesión es igualmente válida y se puede comulgar todos los días, quedando únicamente la obligación de confesar lo que se olvidó, en la primera confesión que se haga.

D. — Padre, ¿dicha atención y obediencia deben prestarla todos, aun aquéllos que son más instruidos que el confesor?

M. — Todos, absolutamente, teniendo en cuenta que quien habla en aquel momento es el mismo Jesucristo, oculto en la persona del confesor.

D. — ¿Qué dice, Padre, de aquéllos que cada vez que se confiesan desean que se les den largas explicaciones, fervorines y muchas buenas palabras?

M. — Tal pretensión es pura vanidad. El confesonario no es ningún pulpito, ni tampoco cátedra escolástica, más si el confesor tiene a bien hacerlo, se le debe prestar toda atención. Que no te pase como a cierto muchacho, que mientras hablaba el confesor, él contaba los agujeros de la reja, y a cierto punto exclamó: “Ciento dos Padre”. O también como a cierta viejecita, que se durmió en el confesionario y obligó al confesor a salir del mismo para despertarla. O peor aún como a la señorita del jamás.
D. — Cuente, Padre, eso del jamás, que debe ser ameno.

M. — Tan ameno como verdadero.

Se confesaba un día una señorita bastante elegante, aunque acaso algo excéntrica, con un célebre padre misionero. Acabada la acusación de los pecados, el Padre comenzó la prédica, y a toda exhortación del misionero, ella, la señorita, distraída siempre, respondía ¡Jamás!

Continuó el padre un buen rato y luego le dijo:

— Pero, señorita, ¿acaso no presta usted atención a lo que le digo?

Y ella al punto con desenfado:

— ¡Jamás!

— ¿No quiere, pues, arrepentirse?

— ¡Jamás!

— ¿Ni dejar aquellas ocasiones?

— ¡Jamás!

— Entonces, ¿no quiere que le dé la absolución?

— ¡Jamás!

— ¿No quiere salvar su alma?

— ¡Jamás!

— Piénselo seriamente, señorita, no se obstine, hágalo por amor de Jesucristo, de María Santísima de los Dolores.

— ¡Jamás, Padre, jamás.

—Siendo así, vaya de nuevo a arrepentirse de sus pecados.

— ¡Jamás!

— ¡Eh, acabemos!

— ¡Jamás, jamás!

— Sepa que me voy, y la dejo ahí plantada, con escándalo de todos… se dispone a levantarse y marchase.

Entonces, la señorita, elegante, tan distraída como antes, creyendo terminada la exhortación, dice con toda gentileza:

— ¡Muy bien, Señor! ¡Mil gracias! ¡Perdone tanta molestia y ruegue por mí!

D. — ¡Digno de contarse! Se comprende; con la cabeza llena de humo, ¿cómo tenía que atender a la confesión? Pero dígame, Padre, ¿es necesario también creer al confesor?

M. — Ciertamente. Así como el confesor está estrechamente obligado, por razón de su oficio, a creer al penitente, y sólo al penitente en todo aquello que le confía, así el penitente está obligado a creer candorosamente al confesor; sin embargo, sucede muchas veces lo contrario. No son pocos los que, confiando plenamente su corazón al confesor, para obtener el remedio y el consuelo, no piensan luego a recoger el fruto de esta confianza que depositaron en el confesor. El confesor dice muchas veces a un penitente:

— La causa de vuestro mal es aquella casa, aquella persona, aquella ocupación, aquel lugar, etc.

Y el penitente:

— No, aquella casa, aquella persona, aquella ocupación, aquel lugar, me son sumamente útiles… no puedo pasar sin ellas…

A otro le dice:

— Mirad que esa lectura, ese pasatiempo, esa relación es peligrosa.

Y el penitente:

— De ningún modo. Padre, sé lo que hago… Tendré juicio…

A un tercero:

— Aquella aversión, esos celos, esa envidia os son funestos.

Y el penitente:

–– Pero, Padre, son los otros los que me odian, los que me envidian…

Y así se refuta la corrección; como si bastara no querer estar enfermo, para ya estar sano.

D. — No se practica así con el médico del cuerpo, ¿no es verdad, Padre?

M. — Antes se le cree ciegamente, se renuncia inmediatamente a la propia opinión y en la elección de la cura y de los remedios, se cumple exactamente cuánto prescribe.

D. — ¿Y por qué con el confesor no se tiene la misma docilidad?

M. — Verdaderamente es incomprensible. Con otros penitentes ocurre lo contrario. El confesor dice, por ejemplo a ciertas personas:

— No penséis más en vuestra vida pasada; no os confeséis de tal o tal pecado. O bien: “No os preocupéis por aquel temor, por aquella duda: no hagáis caso de aquella tentación”.

A tales palabras, y aseveraciones tan precisas, se le debería dar pleno ascenso, y descansar completamente seguros y tranquilos, y sin embargo continuamente se les oye decir: “Quien sabe si no me habré explicado bien… No me debe haber entendido el confesor… Quizá no habré tenido el dolor necesario…” Y no advierten tales almas que siguiendo en esta forma estarán siempre inquietas.

Una señora, de aquellas que no son raras, fuese un día al médico a manifestarle una retahíla de males. El doctor habiéndola oído pacientemente, por fin le recetó algunos papelitos para que se los tomara a horas fijas. La buena señora no quedó completamente satisfecha; no obstante, base al farmacéutico, entrega la receta para que se la despache, espera, paga y se va. Cuando llega a casa, en vez de tomar la medicina, se dice entre sí: “¿Y si el médico no me hubiera entendido bien?… ¿o yo no me hubiera explicado suficientemente?… ¿o el farmacéutico se hubiera equivocado?… Me parece que dudaba algo… ¡Pobrecita mía!…, Estaba desconcertada… ¿Tomar los papelitos? ¡Nunca!”

Al día siguiente va a otro médico, le refiere la historia de sus padecimientos, con más cuidado y precisión. El médico la escucha atentamente, y después le ordena un frasco para tomarlo a cucharadas. La señora da las gracias, paga y sale en seguida, inmediatamente va a otra farmacia, presenta la receta y una vez despachada, se vuelve muy contenta a casa. Mas antes de tomarse la medicina, reflexiona todavía y dice: “¿Cómo puede ser esto… Aquél me ordenó los papelitos y éste el frasco… Se comprende que no están de acuerdo; no deben conocer bien mi enfermedad; ordenan quizás a bulto… ¿habré de ser yo víctima de su ignorancia? ¡Ah, no! —Y arrincona el frasco, resuelta a no probarlo… ¿se jugaría la vida?…”

Se va en seguida a un tercer médico, le repite la letanía de los dos días anteriores, siempre con mayor exactitud y precisión. También éste la escucha con todo el interés y después le ordena unas píldoras para tomarlas por la mañana y por la tarde. La enferma, persuadida de que al fin encontró quien la curase, se presenta un tercer farmacéutico y retira las píldoras. Mas al llegar a casa, peor que nunca. “¿Por qué las píldoras más bien que los papelitos o el frasco?… ¡Los médicos no saben nada!… ¿Y me habré de morir así como así… sin que nadie me comprenda? ¡Pobrecita mía, pobrecita mía!” Y se afana, llora, se desespera, de tal modo que da compasión; y no pueden consolarla ni la servidumbre, ni las vecinas de casa, ni las amigas, ni cuantos la conocen. Según su dictamen, a ella nadie le comprende, se ha de morir, inexorablemente tiene que morirse; con todo, sus males son más imaginarios que reales.

D. — ¡Pobrecita, de verdad! Haría llorar si no hiciese reír.

M. — Pues bien, igualmente dan compasión aquellos penitentes que no quieren sujetarse a ser dóciles al confesor y creerle ciegamente respeto a las cosas de su alma.
D. — Cuando el confesor responde de las cosas de nuestra conciencia, es señal que conoce, mejor que nosotros, nuestro interior y sabe valuar, mejor que nosotros, nuestras miserias; así como el médico después de prolijas visitas, conoce mejor que nosotros nuestras enfermedades, ¿no es verdad, Padre?

M. –– ¡Muy cierto! ¿Te parece que querrá ir él al infierno por librar a otros de él?

D. –– ¡Eso, nunca!

M. –– Pues así como nos fiamos del médico, así debemos fiarnos del confesor. Sólo el alma que renuncia a su propio juicio y acepta ingenuamente del confesor ya sea la corrección, ya el consuelo, podrá sentirse tranquila y segura.

CONFESAOS BIEN

Pbro. Luis José Chiavarino
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Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor