Desde hace tiempo ya no se habla de Iglesia militante (que lucha en la tierra), ni purgante (en el Purgatorio), ni triunfante (en el Cielo), mientras que hoy los pesimistas añaden otra categoría: la de la “Iglesia apóstata” que niega al verdadero Dios. Y esto no por el desgaste de la Doctrina católica, fundada en el Evangelio, que permanece perfecta y eterna, sino porque algún miembro de la Jerarquía, custodio de la Doctrina y de la Evangelización, no demuestra estar a la altura del oficio.

Hoy la calificación más apta para definir la posición de los bautizados es precisamente la de “Iglesia apóstata”: por tanto, no de una situación de alarma, sino que, por estar destinada a imponerse como situación de normalidad al pueblo cristiano, es acogida y justificada también porque los Obispos no hacen oír su reprobación, ni los fieles laicos tienen el valor de protestar.

Más aún, si alguien se atreve a elevar objeciones o críticas a los responsables del Magisterio, es ignorado, acallado o marginado, porque no comprende la importancia de la evolución en curso de la Doctrina post-conciliar, en sentido modernista, es decir, más adecuada a los tiempos.

Por lo que, a la pregunta del título, se puede responder tranquilamente así: la Iglesia católica no necesita de ninguna militancia para afirmar su presencia en el mundo, porque se inserta en el contexto de las demás religiones, que confluyen juntas en la única fe, expresada de múltiples modos, libremente, según la propia educación, cultura, etnia, tradición, nacionalidad, vivida de todos modos según el propio gusto.

En resumen, no se puede proclamar aún abiertamente, pero estamos adoptando el manual del relativismo en campo religioso, por el cual una religión vale lo que la otra, porque todas confluyen juntas en una única religión universal, válida para todos los pueblos y para todas las naciones.

Es cuestión de hombres, no de Doctrina

La decisión que deben tomar hoy los bautizados no es una decisión casual, sino que debe ser bien meditada, porque de ella depende nuestro destino eterno: si al mandato de la Iglesia, no obstante las apariencias, hay personajes que hacen el doble juego porque saben recitar bien, debemos ser muy prudentes porque nos estamos jugando la suerte eterna.

Apelemos al sentido común, fiándonos de verdaderos amigos, de fe segura y de buena reputación: consultando a personas devotas de la Virgen, de mucha oración, con fama de santidad; quizá personas sencillas y piadosas que tienen a menudo dones sobrenaturales. De todos modos, el Santo Rosario – la oración del corazón – puede iluminarnos acerca del camino que debemos elegir: ¡el creyente, atento, de buena voluntad, dócil a las llamadas del Espíritu Santo, no puede ser engañado acerca de su destino eterno!

Desconfiemos de las personas a la vista, agnósticas, patrocinadas por mammona, y sigamos a las personas humildes y sencillas, temerosas de Dios, de pocas palabras pero de gran fe.

También la situación actual de la Iglesia invita a preguntarnos: ¿podemos limitarnos a juzgar a las máximas autoridades eclesiásticas por la apariencia, según sus cargos oficiales, cuando sabemos que tantas personas situadas en lo alto, comprometidas con las sociedades secretas, han ocupado los primeros puestos de la sociedad y no solo de la civil?

¿Es creíble que el papa Benedicto, que ha superado los 90 años, dimisionario en marzo de 2013 por motivos de salud, haya renunciado espontáneamente a la sede de Pedro o que haya sido obligado? ¿Quién impone órdenes a los jefes de la Iglesia: personas sometidas a la voluntad de Dios o a otras voluntades?

Demasiadas preguntas angustian a los creyentes, que inciden en las presencias a las celebraciones parroquiales, mientras que la frecuencia a las audiencias del “Obispo de Roma” en la plaza de San Pedro está en fuerte descenso. A este paso, nos acercamos cada vez más a aquella condición de “apostasía generalizada” que desemboca cada vez más en la manifestación del anticristo (cfr. 2 Ts 2, 3-4). Preparémonos, por tanto, a los malos tiempos que están cerca, enviados como purificación o castigos por parte de Dios Padre para obtener nuestra verdadera conversión.

Una Iglesia penitente y perseguida

Una palabra en uso desde hace siglos en la evangelización y en la catequesis, caída ahora en desuso, es el término bíblico de conversión, que literalmente significa volver sobre los propios pasos, invertir el sentido de marcha para no arriesgarse a graves consecuencias sobre nuestro destino eterno. Un término en estos momentos obsoleto, ignorado por la catequesis oficial, como palabra que debe ser sustituida porque ha sido superada por nuevos conceptos “teológicos” que engloban a todas las religiones en un único bloque, que deberán ser acogidas por todos en una única religión universal, válida para todos los habitantes de la tierra. Una religión impuesta a todos y acogida por amor o por la fuerza con el fin de unificar todo el mundo actual en un único destino dominado por el anticristo.

Las personas designadas para cambiar las directivas en campo religioso están ya en todos los niveles y se identifican con los responsables políticos, porque la política, las finanzas y la religión son gestionadas por el mismo sistema de poder: el mundialismo masónico.

Política, finanzas y religión están en manos de las mismas personas que actualmente dan los últimos retoques al sistema mundial para hacer más fácil el último tramo de camino, antes del gobierno único mundial.

También los medios de comunicación están agregados al gobierno único mundial: oscureciendo o exaltando ciertas noticias se puede influir en la opinión pública y, por tanto, orientar también las decisiones de la gente. Cuando además la opinión pública comienza a sospechar el engaño, entran en función los servicios secretos del gobierno a nivel europeo, que, con amenazas más o menos veladas, desaniman todas las objeciones contrarias.

Creemos ilusionados estar en un régimen democrático libre, con gobiernos elegidos libremente por el pueblo, pero cuando de las elecciones sale una nueva orientación política, ¿es seguro poder gobernar libremente o está condicionado por otras fuerzas a nivel europeo, que dictan la ley e imponen reglas que es difícil ignorar?

En un tiempo, Europa era mayoritariamente católica; ahora la mayor parte de los Estados europeos es luterana, anglicana, ortodoxa o testigo de Jehová: esto significa que nosotros católicos, poseedores de la verdadera Fe, somos considerados del mismo modo que las demás religiones, ignorando la historia cristiana de dos milenios para poder proclamar que solo nosotros católicos estamos en la Verdad.

Esta condición de aislamiento y de lucha por la Verdad, ha distinguido siempre a la Iglesia católica de todas las demás religiones; solo después del Concilio Vaticano II, las cosas están cambiando a causa de la nueva orientación ideológica, es decir, que, como ya se ha dicho, ¡la religión católica ya no es considerada la única religión verdadera sino una entre las muchas que pueden ser elegidas o rechazadas!

Dicha elección además no es del todo libre, sino indicada como una de las muchas que pueden ser elegidas según nuestros gustos: es, sin embargo, despreciada, ignorada y marginada.

Semejante situación puede tomarse como una broma graciosa, pero desgraciadamente es la realidad de las cosas que suena para nosotros católicos de largo recorrido como una injuria que, antes que herirnos a nosotros creyentes, hiere a la Verdad, representada por Dios Padre, que mandó a su Hijo Jesucristo a sufrir el suplicio de la Cruz para nuestra salvación eterna.

Hoy, la persecución contra la Iglesia no viene solo de los enemigos externos que la hieren a nivel doctrinal, pastoral y misionero, sino que viene de enemigos que viven bajo el mismo techo, que fingen apoyarla pero solo en esa posición para destruirla: ¡una verdad verdaderamente trágica!

¡Nuestra salvación viene del Cielo!

En algunas situaciones de las cuales no se adivina la vía de salida, como la actual, en el ápice de la Jerarquía católica – digan lo que digan los optimistas y los ingenuos – vista por personas extrañas y lejanas del pensamiento masónico, pero que están sufriendo por la trágica situación de la Iglesia, ¿qué pueden hacer los creyentes? ¿Resignarse, sufrir en silencio, mirar para otro lado? Intentemos todos resolver el problema según nuestro temperamento, la educación y la preparación espiritual.

Muchas personas rezan al Señor para que intervenga a su manera para salvar la Iglesia católica, la cristiandad y el mundo en el que vivimos: me parece la solución más idónea porque el problema es de alcance mundial – estamos viviendo, en efecto, los últimos tiempos antes del cambio total, que tendrá lugar no con la actuación del programa masónico, sino con la realización del programa de salvación, quizá in extremis, con la intervención de nuestro Salvador Jesucristo.

En efecto, ningún poder humano podrá resolver una situación de semejante gravedad y de semejante alcance: una condición que hace pensar en los siete flagelos del Apocalipsis. Nadie nos lo recuerda, pero la Iglesia católica está atravesando una situación de este tipo que, sin embargo, nadie – como ha sido predicho por las profecías – lo proclama y nos lo recuerda.

La confirmación la tenemos ya: ¿no sería el tiempo de que las autoridades de la Iglesia nos prepararan a los acontecimientos futuros para informarnos de que nos estamos acercando a los últimos tiempos? ¿Temen quizá que los hombres se preparen a afrontar los últimos tiempos descritos en el libro del Apocalipsis?

Se tiene la impresión, en efecto, de que las autoridades eclesiásticas, que conocen las profecías – escritas, quizá, en el “verdadero” tercer secreto de Fátima en posesión suya – quieren privarnos de algunas noticias que nos beneficiarían, al respecto de la preparación a los últimos tiempos.

Desde hace muchos años, la “Iglesia” jerárquica es cómplice de una gran hipocresía, amplificada después del Concilio Vaticano II: lo comprueban varios indicios que, aunque mantenidos como verdades por diferentes autoridades de modos tal vez “incompletos”, provocan en la gente cada vez más dudas, en el camino de la Verdad. Es también uno de los motivos por los que algunos prelados evitan tratar temas apocalípticos.

Otro motivo podría ser el de deber preparar al pueblo cristiano a los últimos tiempos, pero en la atmósfera que rodea la catequesis propuesta por las altas jerarquías, ¡no parece que dichos temas hayan salido a la luz, al menos en los últimos cinco años!

¿Por qué debería la Jerarquía preparar a sus fieles a la aproximación de los últimos tiempos? La Iglesia católica es obra de Dios y no puede ser destruida por sus enemigos, que siguen el proyecto de satanás: ¡han conseguido ocupar sus vértices, pero deben dar todavía el último paso para llegar a la meta, es decir, sustituir a Dios, poniéndose en el lugar de Dios!

Esta es la lógica evangélica: o se está de parte de Dios o se está contra Dios. No hay vías intermedias. Jesús lo dijo claramente.

En conclusión, se puede decir que más que militante, hoy la Iglesia es sufriente, no solo por ser hostigada por muchos enemigos externos – comunistas, radicales, ateos, masones, relativistas, filósofos, periodistas, hombres de cultura, etc. – sino que las heridas más dolorosas las está recibiendo de sus falsos amigos, infiltrados en la alta Jerarquía: desde esa posición privilegiada, están preparando la manifestación de su verdadero enemigo, el anticristo, en proceso de manifestarse al mundo con todo su poder.

No nos queda sino rezar el Santo Rosario cada día y realizar a menudo la Consagración al Inmaculado Corazón de María, por nosotros y por nuestros seres queridos, según la fórmula de San Luis María de Montfort.

Marco

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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