En el Santo Sacrificio de la Misa el Divino Cordero de Dios nos une espiritualmente a la liturgia celeste del Cielo; y es el Divino Espíritu de Dios el que se encarga de unirnos a todos congregados en torno al altar, y en presencia de la Santísima Virgen María, también “Victima” al pie de la Cruz y “cómplice” de aceptar la Santa Pasión en el Calvario al entregar al Padre Eterno a su Santísimo Hijo.

El Divino Cordero está con toda la humanidad haciéndonos partícipes de tomar su Santo Cuerpo y su Divina y Misericordiosa Sangre derramada por la salvación de las almas de Dios Padre.

En la Santa Misa, y ante la Santísima Virgen, estamos postrados ante este divino y bendecido momento en el que hemos sido partícipes de acompañar a Nuestro Señor Jesucristo desde el Monte de los Olivos hasta el Calvario, pasando por las diferentes estaciones del Camino de la Cruz.

He aquí el Cordero de Dios Ecce Agnus Dei– sufriendo por todo lo que ha de sufrir, entregándose entero al Padre Eterno en unión con el Divino Espíritu. Siente, como hombre, el sufrimiento por el que se entrega al Padre por la salvación de las almas.

El Cordero de Dios se prepara ante Dios Padre, Dios de Justicia, asumiendo la sentencia de este divino Juicio en el que la humanidad fue juzgada para toda para eternidad. Nos juzga el Padre Eterno. A ti y a mí. Si no fuera por este juicio de Amor que es la Santa Misa, hubiéramos sido ajusticiados por causa del Pecado original.

El Cordero de Dios se dispone a decir: Padre Dios hágase tu voluntad. Y así, la Sangre de este Divino Cordero brota y se desliza desde su bendita Cabeza, emanando por sus poros gotas de sangre derramadas por ti y por mí. ¡Qué estremecedor el sacrificio del altar!

El Divino Cordero de Dios se prepara, tiembla, sudoroso, emana un olor imposible de oler, nuestros pecados huelen a eso exactamente, huelen a maldad, a los hijos de la maldad.

El Cordero Divino de Dios se prepara nuevamente, empieza a caer, a pesar de estar inmóvil su bendito Cuerpo postrado en tierra ante el Padre, en el Monte de los Olivos. El Divino Cordero prosigue ante Dios Padre camino del Calvario.

Señor Jesucristo que te has ofrecido como Víctima y Cordero Divino de Dios para la salvación de las almas de Dios Padre; indignos somos, Señor, de ser testigos de tu Santo Sacrificio, pero amorosos de Ti te pedimos Ámanos en cada momento para que te sintamos palpables en ese latir de tu bendita presencia en el altar del sacrificio. Anti ti, Señor sólo podemos ofrecerte nuestra nada.

Señor mío y Dios mío, perdónanos porque no sabemos ante lo que nos presentamos en cada Santa Misa: ante el justo Juez y Dios todopoderoso. Intercede por nosotros indignos, pero suplicantes ante Ti para que con tu Sacrificio Santo limpies todos nuestros pecados. Amén.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa