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Editorial: «Traditionis Custodes: el Vaticano II en los estertores de la muerte»

Por el Padre Claude Barthe

Res Novae

Septiembre 2021

El rechazo del concilio Vaticano Segundo se enfocó de manera concreta en el repudio de la reforma litúrgica, aunque algunos practicantes de la misa tridentina afirman su adhesión al mismo “correctamente interpretado”. En cualquier caso, la existencia de la liturgia tradicional es una muestra persistente y creciente del rechazo ¿marginal? El papa Bergoglio, quien desea convertirse en el papa que materialize por completo el Vaticano II, se ha convencido de que el fenómeno es lo suficientemente importante como para ponerse a trabajar en su erradicación. Con la consecuencia de que lo posiblemente marginal se haya tornado central: la misa tridentina se eleva como el mal a ser destruido; los seminarios que entrenan a los sacerdotes para celebrarla, como úlceras a ser eliminadas. Lo mismo de siempre.

Un regreso a la violencia original de la reforma litúrgica

Entonces la misa se prohíbe nuevamente, como ocurrió bajo Pablo VI. La carta que acompaña Traditionis explica sin ambigüedades el objetivo del texto pontificio: asegurar la «vuelta a una forma unitaria de celebración»: la nueva liturgia. La decisión es brutal y autoritaria: el Papa decide tanto el fin de la misa tridentina como el fin del mundo tradicionalista, al que acusa – ¡justo él! – de atacar la unidad de la Iglesia.

El Vaticano II, cuyo gran diseño – apertura al mundo moderno y su modernismo para facilitar la comprensión por parte de los hombres de este tiempo – quedaría en medio de la ortodoxia tradicionalista y la heterodoxia (en este caso, un relativismo neo modernista). La adopción de algunas proposiciones ambiguas permite, por ejemplo, afirmar que un cristiano separado puede, como tal, tener cierta comunión con la Iglesia: de acuerdo a Unitatis redintegratio, Lutero, quien pensó que había roto con la Iglesia y el Papa, permaneció como un católico “imperfecto” (UR 3).

Desde su elección, el papa Francisco ha andado lo más lejos posible por esta cresta aparente: convierte la colegialidad en sinodalidad, va más allá de Nostra Aetate y la reunión de Asís con la declaración de Abu Dhabi, pero procura no cruzar el umbral detrás del cual uno caería – o caería más rápido – en el vacío en el cual despuntan las teologías progresistas más osadas. Como Pablo VI, permanece fiel al celibato eclesiástico y al sacerdocio masculino, pero esquivando la disciplina tradicional por el camino de los ministerios laicales abierto por el papa Montini (la institución de ministros con roles clericales sin ser clérigos, probablemente para arribar al ministerio de las diaconisas o incluso la presidencia de una eucaristía no formal), y nombrando hombres y mujeres laicos en cargos cuasi jurisdiccionales (y posiciones más elevadas en dicasterios romanos).

En otras palabras, Francisco mantiene suficiente de la institución, pero continúa vaciándola de sustancia doctrinal. En sus propias palabras, está derribando muros.

* Humanæ vitæ y un conjunto de textos que le siguieron a aquella encíclica habían preservado a la moral conyugal de la liberalización que el Concilio había provocado en la eclesiología.  Amoris Letitia anuló esa contención: las personas viviendo en adulterio público pueden permanecer en él sin estar cometiendo pecado grave (AL 301).

* Summorum Pontificum había reconocido un derecho a lo conservado por la Iglesia primitiva, la antigua liturgia, con su asociada catequesis y personal clerical. Traditionis Custodes barrió con ese intento de «regresar»: los nuevos textos litúrgicos son la única expresión de lex orandi del rito romano (TC, art. 1).

El tema es que el Papa y sus asesores asumieron grandes riesgos al tomar estas disposiciones bosquejadas rápida y violentamente. Comentaristas estupefactos hablan de una falta de conocimiento del terreno eclesial occidental por parte del Papa; apuntan hacia una aguda negación de la mayor obra de Benedicto XVI; apuntan a las contradicciones de un gobierno caótico que aplasta a los “infiltrados” tradicionalistas mientras otorga facultades que se asemejan a un cuasi reconocimiento a forasteros tradicionalistas, los de la FSSPX; se sorprenden finalmente, mientras el fuego del cisma arrasa en Alemania y una herejía silenciosa se esparce por todos lados, ante el hecho de que una práctica litúrgica inocente esté siendo atacada por ambos.

Pero uno se imagina que el Papa y su entorno tan solo se encojen de hombros frente a tales críticas. Para ellos, la justificación del ataque represivo que han desatado es decisiva: la misa tridentina cristaliza la existencia de una Iglesia dentro de la Iglesia porque representa un lex orandi ante y, por lo tanto, anti-conciliar. Uno puede ceder ante los desvíos de la iglesia alemana que, en el peor de los casos, son demasiado conciliares, pero uno no puede tolerar la antigua liturgia que es anti-conciliar.

¡El Vaticano II y lo que se encuentra dentro del mismo no está en discusión! De forma muy característica, la carta que acompaña a Traditionis Custodes considera infalible al Concilio: la reforma litúrgica surge del Vaticano II; sin embargo, en este concilio “ejercieron solemnemente su poder colegial»; dudar que el Concilio se encuentra inserto en el dinamismo de la tradición es por lo tanto “dudar del propio Espíritu Santo que guía a la Iglesia.»

Una represión que llega muy tarde

Solo que ahora, en 2021, ya no estamos en 1969, cuando el nuevo misal fue promulgado de forma fresca y alegre, ni en 1985, cuando el informe de Ratzinger y el Sínodo de asambleas catequéticas realizó una evaluación de los frutos del Vaticano II; ni siquiera en 2005, cuando la aparición del término “hermenéutica de la continuidad” de la reforma sonaba como un intento de recomponer cuidadosamente una realidad que se escapaba cada vez más. Ya es demasiado tarde.

La institución eclesiástica está, por así decirlo, en tensión; la misión, extinta y, al menos en occidente, la visibilidad de los sacerdotes y los fieles se ha esfumado. Andrea Riccardi, el personaje principal en la comunidad de Sant’Egidio, lo opuesto a un conservador, en su último libro, La Chiesa Brucia [La Iglesia Arde]: Crisis y Futuro del Cristianismo, considera el incendio de Notre Dame de Paris como una parábola de la situación del catolicismo y analiza su colapso país por país, en Europa. Su discurso es característico del de los bergoglianos desilusionados, que se convirtieron en desilusionados conciliares.

Cómo va a sorprendernos que autores mucho más libres que él frente al aparato eclesiástico suenen la alarma y no duden en decir de dónde proviene el mal. Entonces, el academicista Jean-Marie Rouart en Ce pays des hommes sans Dieu [Este País de Hombres sin Dios], quien piensa que la batalla de la sociedad occidental contra el Islam ya fue perdida de antemano y que solo un “salto cristiano”, es decir, un retroceso radical, podría salvarnos escribe: la Iglesia «debe proceder hacia el equivalente de una contrarreforma, para regresar a esa reforma cristiana que le permitió en el siglo XVII enfrontar victoriosamente al protestantismo que la desafió«. O Patrick Buisson, en La fin d’un monde [El Fin de un Mundo], quien dedica dos partes de su gran libro a la situación del catolicismo: «La Caída de la Fe» y «Lo Sagrado es Masacrado». En un modo que es tanto desconcertante como brutal, escribe, «el rito tridentino, que había sido el rito oficial de la iglesia latina durante cuatro siglos fue declarado indeseable de la noche a la mañana, su celebración fue proscrita y sus fieles perseguidos.» Hemos abandonado el catolicismo para ir hacia “la religión conciliar”.

Más aún, en 2021, el equilibrio de poderes es muy diferente de aquel de 1970 entre quienes habían “realizado el Concilio” y quienes habían sido sometidos a él. Andrea Riccardi, como todos los demás, hace esta observación realista: «el tradicionalismo es una realidad importante en la Iglesia, tanto en organización como en medios.» El mundo tradicionalista, si bien una minoría (en Francia, 8 a 10% de los que asisten a misa), está creciendo en todas partes, especialmente en los Estados Unidos. Es joven y fértil en vocaciones – al menos en relación a la fertilidad del catolicismo de las parroquias – capaz de asegurar la transmisión del catecismo, atractivo al clero joven y a los seminaristas diocesanos.

Esto es lo que al papa Bergoglio, proveniente de Argentina, le tomó largo tiempo comprender, hasta que los obispos italianos y prelados de la curia le mostraron el inaguantable crecimiento del mundo tradicionalista, más visible aún por desarrollarse en medio de un colapso general. Era, por lo tanto, necesario aplicar los “remedios” apropiados, los mismos que fueron administrados al floreciente seminario de San Rafael en Argentina, a la congregación franciscana de la Inmaculada, la diócesis de Albenga en Italia, y la diócesis de San Luis en Argentina, etc.

Hacia una salida de la crisis «hacia adelante»

Sin embargo, la Iglesia conciliar no ha sido revitalizada y la misión ha continuado en declive. Una plétora de documentos ha lidiado con la misión: Ad Gentes, el decreto conciliar de 1965, la exhortación Evangelii Nuntiandi de 1975, la encíclica Redemptoris Missio de 1990, el documento Diálogo y Anuncio de 1991, las exhortaciones apostólicas que tratan incansablemente el tema de la nueva evangelización, Ecclesia in Africa, 1995, Ecclesia in America, 1999, Ecclesia in Asia, 1999, Ecclesia in Oceania, 2001, Ecclesia in Europa, 2003. Se creó un Pontificio Consejo para la Proclamación de la Nueva Evangelización. Se han multiplicado los coloquios sobre el tema de la misión, la cual debe ser articulada con el diálogo, y de la evangelización que no debe ser proselitismo, etc. Jamás se habló tanto sobre la misión. Jamás hubo tan poca conversación.

François Mitterrand solía decir sobre la reducción del desempleo, «lo hemos intentado todo.» Lo mismo vale para la salvación de la Iglesia post-Vaticano II: el intento de maximizar el Concilio, representado por la elección del papa Bergoglio, fue un fracaso, así como el intento de suavizar el Concilio, representado por la elección del papa Ratzinger, también fue un fracaso, debemos admitirlo. Entonces, ¿un regreso al pasado? Sí, pero buscando una salida mirando “hacia adelante”.

Hay muchos, incluso entre los antiguos partidarios del papa Bergoglio, que consideran indefendible la represión brutal del mundo tradicionalista por la sola razón de que se encuentra muy vivo. ¿Podemos imaginar, en un pontificado futuro, un paréntesis a Traditionis Custodes? Sin duda, e incluso algo mejor: una libertad otorgada a las “fuerzas vivas” de la Iglesia. Respecto a esta fuerza esencial, dado que representa la tradición multi-secular, es razonable imaginar la negociación de un acuerdo que resultaría más favorable a la Iglesia que Summorum Pontificum. El objetivo debiera ser remover todo marco, en otras palabras, dar total libertad a la antigua liturgia y a todo lo que la acompaña. Y todo esto en nombre del sentido común. Así como un cierto número de obispos del mundo han permitido desarrollarse en sus diócesis estas “fuerzas vivas”, comunidades, fundaciones y obras que dan fruto misionero, entonces, a nivel de la Iglesia universal, debe llegar el tiempo de dar libertad a todo aquello que funciona.

Summorum Pontificum puede ser considerado como un intento de permitir a los católicos que rechazan la liturgia del Vaticano II convivir con el moderado mundo conciliar. Podría establecerse un nuevo intento con el mundo conciliar aparentemente más “liberal” que el de Benedicto XVI, que ahora es consciente del fracaso irremediable de la utopía abrazada cincuenta años atrás.

Traducido por Marilina Manteiga. Fuente: https://rorate-caeli.blogspot.com/2021/09/op-ed-traditionis-custodes-vatican-ii.html

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