Tomado de una cátedra del cardenal Piacenza, Penitenciario Mayor, para sacerdotes germano-hablantes en la diócesis de Ausburgo en un curso acerca del fuero interno.
Iacopo Scaramuzzi
Vatican Insider (La Stampa)
15 de enero de 2015

«Cuando en el cristianismo se presentan la misericordia y la verdad como antagónicos, o cuando menos como contradictorios, esto es siempre el resultado de una percepción parcial». Esto es lo que el cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor del Tribunal Penitenciario Apostólico, ha dicho en una cátedra impartida en Wigratzbad en la diócesis de Ausburgo, Alemania, durante un curso acerca del fuero interno para sacerdotes germano-hablantes.

«Ahí donde el Salmo 85 dice (y de donde he tomado el título de mi cátedra) “Amor y Verdad se han dado cita”, nos encontramos con una realidad nueva, no hecha por la mano del hombre; algo que debe ser añorado, intensamente esperado, pero hecho realidad exclusivamente según la dádiva de Dios», afirma el cardenal, que está centrando sus reflexiones en el Sacramento de Reconciliación.

«Es necesario reconocer la primacía de la conciencia, como lo hizo de manera tan firme el beato John Henry Newman; y la manera en que él entiende esta primacía corresponde de una manera misteriosa precisamente a la primacía de la verdad como un elemento constitutivo del hombre, que no acepta ser legitimado de manera caprichosa, de manera fraudulenta, ni por una autoridad fuera de sí mismo, pero que requiere que la misericordia sea proclamada por “otro” fuera de sí mismo en profunda armonía con la verdad de lo que es y de aquello en lo que espera», afirma Piacenza. «Incluso en la trágica negación de la verdad objetiva que es una de las características de nuestros días, en una época inconsciente de cualquier ayuda que pudiera recibir de la metafísica; desde ese puesto de observación privilegiado que es el confesionario a diario podemos vislumbrar la dramática necesidad de la verdad presente en el corazón de todo hombre, una necesidad que no se puede reprimir o eliminar, porque fue puesta en el corazón de todo hombre cuando Dios dijo “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra….a imagen de Dios lo creó”».

«Precisamente porque la misericordia y la verdad no son primordialmente ideales a los que nos avenimos—o ideales platónicos que contemplamos— y que por el misterio de la Encarnación se han convertido en realidades tangibles, visibles y capaces de ser oídas, a través del encuentro personal con Cristo, el Logos hecho carne», continua el cardenal, «es posible afirmar que lo que ocurre en el Sacramento de Reconciliación es, en cierta manera, el encuentro supremo con la misericordia ofrecida por Dios al hombre, y de la verdad del hombre y su relación con Dios que esta llamado a reconocer. En este sentido, parece haber tres características de la misericordia y de la verdad que podemos encontrar vivas en el Sacramento de la Reconciliación: su coinherencia, su objetividad y su relación inherente». En cuanto a la coinherencia, «cuando en el cristianismo se presentan la misericordia y la verdad como antagónicos, o cuando menos como contradictorios, este es siempre el resultado de una percepción parcial. Difícilmente se puede concebir un énfasis tan marcado en la misericordia que el resultado sea un detrimento a la verdad; y de manera opuesta, un énfasis en la verdad que resulte en detrimento de la misericordia. Mas esta polarización en efecto ocurre porque es parte de la incesante tensión cuya fuente es el misterio de la Encarnación. Tiene una cierta legitimidad mientras se mantenga dentro de limites donde quedan incluidos ambos, cuando no cae de manera destructiva en una disyuntiva no-católica, como la que puede verse en la oposición que se hace entre la doctrina y la actividad pastoral. En cada instancia en la que la actividad pastoral se contrapone a la verdad —una actividad pastoral que está llena de misericordia en oposición a una doctrina saturada de la verdad fría e inmisericorde— nos encontramos con cautivos de un marco teórico precristiano en el que la verdad y la radical novedad de la Palabra hecha hombre aún no están lo suficiente y adecuadamente integradas. Este es el verdadero oprobio de la cristiandad. Después de dos mil años esa afirmacion de la verdad todavía parece intacta, con toda su demoledora fuerza y con respecto a toda filisofía o espiritualidad humana. En el cristianismo la misericordia y la verdad son coinherentes, inseparables, a tal punto que podemos decir que son idénticas. Podemos decir, parafraseando [el credo de] Calcedón, que la misericordia y la verdad están unidas aunque no se confunden, y son distintas sin estar separadas» En este sentido «la misericordia sin la verdad no es cristianismo y, a la misma vez, que la verdad sin misericordia tampoco es cristianismo».

Con respecto a la objetividad, «el buen confesor siempre esta llamado a estar consciente de la coinherencia de la misericordia y la verdad al brindar ese delicado y amoroso servicio a la persona, el cual debe conducirla a una amplitud de criterio y a un reconocimiento de una verdad objetiva que proviene de fuera, porque es una dádiva y una revelación y una condición para una auténtica y objetiva experiencia de misericordia», afirma Piacenza.

Y con respecto a la inherente relación entre la misericordia y la verdad, «la verdad cristiana jamás es un cetro que se blande contra otra persona, es un servicio humilde a la verdad de ese ser y un llamado benéfico a la única y auténtica relación, la que es capaz de llevar al hombre a la plenitud de su ser, su relación con Dios».

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original]