Francisco ha dedicado su catequesis de los miércoles a los Mandamientos. Y nos ha hecho saber que en realidad, los mandamientos no son mandamientos. Hubo hasta ahora un error de interpretación, o más bien una descarada mala intención en la Iglesia de los veinte siglos anteriores. Nos engañaron diciendo que hay normas que cumplir, obligaciones que atender y criterios o fórmulas que poner en práctica. Y unas obligaciones morales que vivir. Pero de eso nada. En realidad hay sugerencias, proposiciones, que indican algo, pero sin imponerlo. Vaguedad de vaguedades, todo vaguedad, que decía el clásico.

Nos la dieron con queso y nos estafaron aquellos malditos catecismos antiguos al hablar de los mandamientos que debemos cumplir. Nos dieron el timo del tocomocho aquellos antiguos libros de Moral en los que se hablaba de los deberes para con Dios, deberes para con el prójimo, deberes con uno mismo y todas aquellas verborreas asfixiantes. La tentación de la serpiente en el Paraíso quería mostrar –dice Bergoglio-, a un Dios envidioso del hombre que le dictaba normas, cuando en realidad Dios no quiso hacer eso, sino dialogar con el hombre -y con la mujer-, sin imponer: Podéis comer de todos los frutos del jardín, pero debemos entablar un diálogo constructivo para ver si os parece –no quiero forzaros, por favor-, que comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, sería algo inadecuado e incoherente con vuestra dignidad humana.

Y es que –dice Francisco, en su habitual manejo de las palabras-, Dios no es un déspota. En eso estamos de acuerdo. Es que Su Santidad sabe muy bien lo que es un déspota, porque conoce gente muy cercana que sin duda lo es. Un déspota es un dictador. Un tirano. Tiene razón Francisco al decir que Dios no es como Fidel Castro, o Maduro, o Evo Morales a los que él conoce bien. Creo que nunca se lo ha echado en cara a ellos, pero ha sido porque no ha tenido ocasión de hacerlo. Cuando estaba frente a ellos, se le olvidaba hablar de eso. Incluso fue a visitar a Fidel en su lecho de pre-muerte, pero no era el momento de tocar ese tema. Pero el caso es que Dios no es un déspota y Bergoglio lo sabe bien. El Dios de los musulmanes (ese que dicen que es igualico al nuestro), sí es un déspota y Francisco lo sabe bien, pero tampoco es el momento de decir eso, no se vayan a enfurruñar los muslimes.

Comentaba yo con mis hermanos frailes, que en mi larga vida monástica y sacerdotal, nunca me he encontrado católicos que piensen que Dios es un opresor y mandón. Mucho menos después del bendito y bonachón concilio Vaticano II: pocos católicos habrá que piensen que Dios es un déspota. La catequesis almibarada de los años setenta y siguientes –hasta la fecha-, más bien ha insistido en la idea de que no hay que preocuparse porque ancha es Castilla, y Dios es más bien un compi-yompi, un colega guay, una especie de cardenal Osoro con algo más de categoría, acomplejado y dispuesto a llegar a un consenso para mandar a la porra sus propias exigencias, si así lo piden –y lo reivindican-, las bases. No faltaba más.

Mi abuela palentina solía repetir aquel refrán del Quijote: Le dijo la sartén a la caldera: ¡Quítate allá ojinegra!, para referirse a aquellas personas que ven fácilmente los defectos ajenos y no ven el suyo propio. Y eso es lo que pasa. Francisco ha demostrado suficientemente en este lustroso pontificado (ya llevamos cinco años), que él sí es un déspota. Porque de diálogo, nada. Bueno, sí. Ha dialogado con los ateos, con los musulmanes, con los valdenses, con los gays, con los transferatus, con los agnósticos, con los  kasperitas, con todo bicho viviente (sobre todo si es bicho), pero actúa despóticamente con los rígidos y dubitativos que le mandan cartas de las que se entera por los periódicos.

Entonces, ¿por qué dice esto Francisco en plena catequesis de miércoles? ¿Lo dice para los presentes? ¿O como suele hacer habitualmente, lo dice para enviar otro mensajito a los estáticos encastillados en los mandamientos tradicionales, en las normas y costumbres, en las arenas movedizas de la tradición que impide volar y desarrollarse para evolucionar hacia homo franciscus, especie de punto omega ante el cual toda rodilla se doble…?

Le encomendaré a alguno de mis novicios que haga un trabajillo sobre los actos despóticos de Francisco: eliminar milagros para las beatificaciones (yo decido cuándo son suficientes y cuándo no), inventarse mártires marxistas e imponer su canonización (son mártires porque yo lo digo, aunque hayan muerto en la bañera), eliminar doctrinas que estorban (llegado YO, esto se quita de enmedio), desprenderse o no de Obispos (éste con 75, al paro; éste con 84, en activo); cerrar u hostigar seminarios que no simpaticen con el modernismo; clausurar la vida de clausura –valga la redundancia-, y así podríamos continuar.

Decididamente, estoy de acuerdo. Dios no es un déspota.

Bergoglio, sí.