Diversas reacciones ha suscitado una reciente homilía del Obispo de Roma, en la que, comentando el Evangelio de la expulsión de los mercaderes del Templo (Lc 19,45-48), entre otras cosas ha expresado que «hay dos cosas que el Pueblo de Dios no puede perdonar: un sacerdote apegado al dinero o un sacerdote que maltrata a la gente. ¡Esto no lo perdona! Y el escándalo, cuando el Templo, la Casa de Dios, se convierte en una casa de negocios, como el matrimonio: se alquila la Iglesia».

Comentando ese Evangelio, dice San Ambrosio: «Él expulsó a los cambistas. Pero, ¿de quién son figura estos tratantes sino de los que procuran enriquecerse con los tesoros del Señor, no tratando de distinguir lo que es un bien de lo que es un mal? El gran tesoro del Señor es la divina Escritura, ya que en el momento de partir Él, distribuyó los denarios entre sus servidores y les repartió los talentos (Mt 24, 14; Lc 19, 13)… Si existe el tesoro de las Escrituras, es evidente que se puede hablar también de los intereses de la Escritura» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. IX, 18).

Las «riquezas de la Iglesia» es un malévolo argumento que muchos exponen para defenestrarla. Mons. Ancel entonces Obispo de Lyon, en su obra «Los obreros y la religión», apuntaba que «teórica e históricamente es fácil de comprender el origen de las riquezas de la Iglesia: cuando el pueblo tenía fe, no dudaba en hacer grandes sacrificios para construir, para la gloria de Dios, iglesias dignas de Él», y añadía que muchas veces es difícil distinguir «lo que es reacción espontánea de lo que es resultado de campañas anticlericales».

Así como para muchos la riqueza de los templos es un escándalo, para otros, especialmente los fieles, muchísimas veces lo es también el uso del dinero de la Iglesia.

Los sacerdotes no son ángeles: tienen necesidad de sustento y vestido como los demás hombres. Partamos recordando que «es muy justo y legítimo ayudar al sustento material del sacerdote con ocasión de prestarnos gratuitamente un servicio espiritual. Consta expresamente en la Sagrada Escritura, donde por una parte, se manda dar gratis lo que se ha recibido gratis (Mt 10,8); y, por otra, Cristo autorizó a los apóstoles a comer y beber lo que les dieren, porque el obrero es digno de su salario (Lc 10, 7), y San Pablo escribe expresamente: ¿No sabéis que los que ejercen las funciones sagradas viven del santuario, y los que sirven al altar, del altar participan? Pues así ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio: que vivan del Evangelio (1Cor 9, 13-14)», pero, por la administración «de sacramentos no puede el ministro de ellos exigir ni pedir nada, por ninguna causa ni pretexto, ni directa ni indirectamente, fuera de las oblaciones señaladas en la tasa oficial diocesana» (Teología moral, Royo Marín, 377).

La actual Ley canónica señala: «Los fieles presten ayuda a la Iglesia mediante las subvenciones que se les pidan y según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal» (c. 1262). Se sobreentiende que esas ofrendas de los feligreses, ya bajo la forma de limosna o bajo la de arancel tienen un triple destino: culto, clero y pobres.

En la Iglesia primitiva la comunicación de bienes espirituales iba conjuntamente con la comunicación de los bienes materiales, pero el diezmo mismo (no necesariamente la décima parte de los ingresos), no era exigido entonces de una manera disciplinaria, éste sólo adquirió su forma típica hacia el siglo IV.

Hay incontables sacerdotes religiosos o seculares que viven una ejemplar pobreza en el tener, y austeridad en el usar, en contraste con quienes predican constantemente sobre los «pobres», pero que llevan una vida bastante mundana. Cuando el sacerdote soslaya poner al corriente de sus entradas a sus fieles, y ostenta una vida carente de austeridad, y más bien, exhibe una atracción al lujo, a la moda y al consumo, siembra en los fieles la sospecha de que sus limosnas lo enriquecen a expensas suyas.

«Por instinto hay una reacción de sospecha contra el sacerdote que lo organiza todo por sí mismo o por medio de alguna persona amiga». En cambio, los fieles se dejan mover por la caridad, sin necesidad de mucha ley externa, cuando éstos saben a dónde van sus limosnas y cómo se van a emplear, e incluso cuando el gasto es necesario, hay dos formas de hacerlo: una manera pobre y una manera rica.

Baste citar los varios casos de corrupción que se han dado en funcionarios eclesiásticos -clérigos y seglares- con responsabilidad de obras de la Iglesia, y en instituciones como «Caritas» y similares instancias de servicio social, o la práctica alemana del «simoniaco impuesto de la Iglesia, por el cual a la vez se excomulga a aquellos católicos alemanes que se rehúsan a pagarlo, y así como que la jerarquía alemana utilice su inmensa riqueza y sus recursos financieros como herramienta de subversión y chantaje a toda la Iglesia Universal» (Simone Varisco).

Se dan abusos en el cobro de aranceles. Las misas con múltiples intenciones por ejemplo. He estado en una Misa en la que el celebrante dio lectura por tres veces, a unas 300 intenciones. Hay ministros poco delicados cuando los fieles acuden a él durante la enfermedad o la muerte de un familiar, y hay parroquias que parecen más una empresa mundana que la casa de Dios, en las que -con ocasión de los matrimonios por ejemplo- se pide además del justo arancel, un pago monetario extra, por el uso de alfombras, el consumo de luz, la música, y hasta las flores, usadas en una y otra boda. ¡Eso es un escándalo! Raya en la misma simonía.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines