ADELANTE LA FE

¿El fin del aborto legal en EEUU?

Mis lectores saben que no suelo escribir sobre temas de actualidad política. Prefiero reflexionar desde la tranquilidad de una perspectiva más remota. No soy amante de lo que se llama “estar al día”; confieso que no entiendo el interés febril con que algunos siguen las noticias, como si fuera una acuciante necesidad conocer todos los pormenores de lo que ocurre en la política. Hoy, sin embargo, pienso escribir sobre una noticia que tiene un significado enorme, porque creo que pocos ciudadanos de a pie son conscientes de hasta qué punto puede significar un antes y un después en la guerra contra la Revolución. Me refiero a la nominación del juez Brett Kavanaugh para ocupar la plaza vacante en el Tribunal Supremo de EEUU.

¿Por qué es de tanta envergadura esta noticia? Para los que desconocen el funcionamiento del sistema legal y judicial de EEUU, explicaré lo que está en juego. En dicho país, por extraño que parezca, el gobierno de la nación NO HACE LAS LEYES. Bueno, las pequeñas, que importan relativamente poco, sí. Las gordas, las que cambian el rumbo del país, las dicta el Tribunal Supremo, compuesto por nueve jueces vitalicios, cada uno nominado por el Presidente y confirmado por el Senado. Cuando uno de los jueces del tribunal se muere o se retira, toca nombrar a uno nuevo. Lógicamente, cada presidente nomina a jueces que son de su tendencia política e ideológica, siempre que cuente con un Senado afín. En sólo dos años Donald Trump ha tenido la suerte de nominar a dos jueces y de contar con un Senado con mayoría republicana; primero nominó con éxito a Neil Gorsuch, tras la muerte de Antonin Scalia, y ahora ha nominado a Brett Kavanaugh para reemplazar al jubilado Anthony Kennedy. La primera nominación ocurrió sin gran revuelo, porque fue cambiar a un juez conservador por otro, pero la segunda nominación ha desatado un auténtico huracán político. En el caso de Kavanaugh, se trata de un juez católico, PRO-VIDA, para sustituir a uno liberal. El titular es éste: la Revolución, con el juez Kavanaugh, perderá su mayoría 5-4 en el Tribunal Supremo, y por primera vez en 40 años el otro bando tendrá la mayoría.

Esto significa, en teoría, que se podría deshacer toda la legislación anti-cristiana de las últimas décadas. El aborto que fue legalizado a nivel federal en 1973, gracias al famoso caso del Tribunal Supremo, Roe vs Wade, se podrá derrogar por fin. En los últimos tiempos se ha utilizado el Supremo como una puerta trasera, legalizando todo tipo de ingeniería social que no se ha conseguido legalizar de forma democrática. Un buen ejemplo es el mal-llamado matrimonio homosexual. Cada vez que se sometía a votación en los estados, vencía el matrimonio real (digo “matrimonio real”, porque el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres es tan ficticio como un matrimonio entre un hombre y su perro). Hasta en el estado liberal de California, donde gobernaba el partido Demócrata, con el apoyo masivo de grandes fortunas y multinacionales, el matrimonio homosexual salió derrotado por los electores. Tras decenas de fracasos, los promotores de la perversión sexual se han dado cuenta de que la mejor forma de hacer realidad el matrimonio legal entre dos personas del mismo sexo es a través de una sentencia del Tribunal Supremo. En 2017 lo lograron con la sentencia Obergefell vs. Hodges: subvirtieron el orden natural de la familia, además de ir en contra de la voluntad popular. Es un ejemplo de la hipocresía del Nuevo Orden Mundial, para quienes la democracia es buena, pero sólo cuando da a la Revolución los resultados deseados.

El partido Demócrata sabe perfectamente lo que se juega con la nominación de Kavanaugh. Por esta razón han pasado al ataque con una violencia y una falta de escrúpulos inusuales, hasta para ellos. Una “señora” (en un sentido laxo de la palabra), Christine Blasey Ford, ha acusado a Kavanaugh de acoso sexual en una fiesta CUANDO IBAN AL INSTITUTO; es decir, hace 36 años, cuando ella tenía 15 años y él 17. Ford, una demócrata convencida, nunca denunció la supuesta agresión. No recuerda exactamente donde ocurrió, ni la fecha exacta. Para colmo, no hay ni un solo testigo que corrobore su versión de los hechos; las cuatro personas a las que ella alude en su testimonio dicen no saber de lo que está hablando. Una de ellos, Leland Keyser, una amiga de toda la vida, dice que no recuerda estar nunca en una fiesta con el Sr. Kavanaugh.

Para cualquier persona con un ápice de sentido común está claro que la acusación de Ford es una mezcla de oportunismo político y victimismo feminista. Si con esta maniobra los demócratas logran tumbar la nominación de Kavanaugh, o al menos retrasarla hasta las elecciones al Senado, podrán evitar la pérdida de su mayoría progresista en el Tribunal Supremo. Y si, además de eso, la “Señora” Ford consigue sus 15 minutos de fama como la víctima nacional del machismo, será como matar dos pájaros de un tiro. Lo tremendo no es que haya gente perturbada, capaz de adoptar el papel de víctima por injusticias que sólo han ocurrido en su imaginación; lo realmente tremendo es que haya tanta gente que les tome en serio. Si resulta que a partir de ahora, siguiendo las directrices de Hillary Clinton, hay que creer a TODA MUJER que denuncie un maltrato a manos de un varón; si nos olvidamos del principio de la presunción de inocencia; si ya no hace falta aportar pruebas incriminatorias para que una acusación sea creíble; y si ahora una acusación equivale automáticamente a una sentencia de culpabilidad, más valdría abolir de inmediato todo el sistema judicial.

Espero y le pido a Dios que los senadores republicanos no se dejen engañar por esta farsa y confirmen pronto la nominación de Kavanaugh. Lo interesante será una vez que se confirme en el Tribunal Supremo, porque los poderes de la Revolución ya no tendrán el recurso de aprobar leyes anti-cristianas mediante sentencias judiciales, y a partir de ese momento si deciden seguir adelante con su programa de ingeniería social, imponiendo sus leyes, a pesar de la oposición del pueblo Y de los tribunales, será muy evidente para todos los ciudadanos estadounidenses que hay una élite por encima del sistema democrático. Francamente no sé lo que harán en ese caso. Por un lado se enfrentan a la posible ilegalización del aborto; por otro no quieren que se les vea el plumero. La confirmación de Kavanaugh no sólo puede significar el final del aborto legal en EEUU; puede significar también el final del paripé democrático, cuando el Enemigo por fin se quita la careta y todo el mundo se da cuenta de quién ha estado siempre detrás de la Revolución: el Demonio en persona.

Christopher Fleming

De nacionalidad británica. Casado con tres hijos. Profesor de piano y organista. Vive en Murcia, España. Converso del ateísmo y del protestantismo-modernismo. Católico hasta la muerte, por la gracia de Dios.
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