Revestido el Sr. Obispo en la sacristía se dirige al Párroco diciéndole que la Santa Misa se retrasa ya que aún no han llegado los fieles a la iglesia, pues no ha escuchado ningún ruido de la presencia de éstos. El Párroco le contesta: De ningún modo Excelencia, la iglesia está llena de fieles desde hace ya un buen rato. Ante la sorpresa del Sr. Obispo, el Párroco le contesta que al finalizar la Santa Misa le explica.

Al salir de la sacristía camino del altar el Obispo se para unos instantes asombrado al ver la pequeña iglesia abarrotada de fieles, pero su sorpresa no fue solamente por la cantidad de feligreses presentes sino la actitud que tenían, pues todos estaban de rodillas en profundo silencio preparándose para el gran misterio de la fe que tendría lugar en breves momentos.

El Obispo inició las oraciones al pie del altar con emoción contenida, y durante el sermón, desde el precioso y centenario púlpito, se lo notó la voz entrecortada. Pero fue durante la distribución de la Sagrada Comunión donde se le observó alguna lágrima deslizarse por su mejilla al ver comulgar a los presentes, arrodillándose absolutamente todos independientemente de la edad, y con una devoción ejemplar.

Al terminar la Santa Misa, el Obispo sin decir nada al Párroco se retiró a rezar su acción de gracias. Al regresar de nuevo a la sacristía le preguntó con viva curiosidad al Párroco cómo había conseguido que feligreses tan rudos, ignorantes y sencillos estuvieran con tanta devoción en la Santa Misa y con tanto silencio. Pues nada igual había visto desde su ordenación sacerdotal.

El Párroco le explicó que no ha sido labor suya, pues cuando tomó posesión de la Parroquia ya encontró a los fieles con tal actitud. Entonces le replicó el Sr. Obispo que le contara quién les había enseñado este respeto. El Párroco le relata su experiencia al llegar al pueblo.

Tras mi primera Misa, el siguiente día de llegar a la Parroquia y asombrado al ver el comportamiento de los feligreses, me dirigí al sacristán para que me dijera a qué se debía tan ejemplar actitud en la Santa Misa. Entonces el sacristán me explicó.

Los más mayores, Sr. Cura, recordamos el último sermón de don Maximiliano. Eran los años del Concilio Vaticano II. Él nos informó de este acontecimiento. Pero nos mostró su asombro y preocupación cuando al ir al Obispado vio por primera vez a sacerdotes sin la sotana y oficiar la Santa Misa mirando a los fieles, en español y con muchos cantos y bailes. Recuerdo perfectamente aquellas palabras: “Mis queridos hijos, hoy posiblemente sea mi último sermón pues con muchos dolores estoy venciendo mi enfermedad para hablaros. Con preocupación he visto cosas que no puedo entender que estén ocurriendo en nuestra Madre Iglesia. Yo quiero daros hoy un consejo: venga lo que venga nunca dejéis el gran silencio. Haced lo que os digan, debéis obedecer, pero, hijos míos, recordad que vuestro silencio será la garantía de vuestra fe, que lo que ha sido santo y bueno para vosotros lo seguirá siendo siempre”.

Y así ha sido, Sr. Cura. Con la nueva Misa ha sido imposible guardar el gran silencio, y por tanto decidimos seguir con las misas que nos celebraba don Maximiliano.

Esta es la historia en breves palabras, Excelencia. Estas personas sencillas han comprendido que hay cosas que no pueden cambiar, que han sido, son y serán. Y una de estas cosas es el silencio, pues en él pueden adentrarse a meditar el gran misterio del Sacrificio de la Misa, en él participan activamente de lo que ocurre en el altar, en ese silencio el corazón se ensancha permitiendo que el Señor lo ilumine con sus insondables misterios.

En el silencio han aprendido a reconocerse pecadores y a reconocer la grandeza del Creador, han aprendido a humillarse y exaltar al Redentor. El silencio les ha permitido no perder en ningún momento el asombro ante el milagro de los milagros, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor realmente presente en el altar.

Excelencia, hoy como ayer estas personas siguen fieles a lo recibido, a la fe de sus mayores y la manifiestan con la devoción y piedad que siempre han conocido. Y ha sido el gran silencio lo que les ha permitido ser fieles a la fe que no cambia, que permanece.

P. Juan Manuel Rodríguez de la Rosa