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El legado de Fray Gerundio

Se cumplen estos días tres años desde que nos dejó nuestro querido Fray Gerundio de Tormes. Con él no sólo se marchó el hermano de religión, sino también el maestro y consejero de tantas y tantas noches de jugosas conversaciones al calor de su celda. Su amor a la Iglesia y a Nuestro Señor, perfectamente conjugados con una delicada fidelidad a ambos a lo largo de su vida religiosa, unido a su carácter alegre y optimista, con tonos humorísticos no exentos de ironía, nos iba abriendo los ojos a los jóvenes que nos reuníamos en torno a su magisterio de padre y hermano.

Yo fui uno de sus queridos “novicios ingenuotes”, como le gustaba decir. Su ironía y regocijo no se detenía solamente en nuestra capacidad de atolondramiento para interpretar los sucesos eclesiásticos, sino que se extendía incluso a nuestro aspecto exterior, de tal modo que, sin faltar nunca al respeto que a todos mostraba, nos regalaba motes cariñosos que ya quedaron entre nosotros como algo establecido. Nadie se sentía enfadado y ni siquiera molesto por ello. Tal era el cariño que nos profesaba y demostraba. Mi aspecto físico de alto grandullón y desgarbado, le sugirió la idea de llamarme desde el primer día –de nuevo su ironía-, Fray Luco. Y con este nombre me quedé.

Ahora, pasados los años, tan solo este cariñoso apelativo me trae a la memoria recuerdos añorados de este buen hombre, sabio y santo religioso, que aplicando sencillamente el sentido común, su larga experiencia -y una pizca de picardía-,  tanto nos enseñó sobre la Iglesia y en particular sobre aquellos eclesiásticos, que la están entregando sin cuartel a los Enemigos. Ya nos decía Fray Gerundio entonces, que si Nuestro Señor hablaba de pastores con piel de oveja, y nos alertaba sobre su equívoco magisterio, no era un aviso referido a los pastores anteriores al Concilio, sino a todos los tiempos. Y es posible que con más fuerza para los tiempos actuales. Porque podría parecer, a tenor de lo que hoy día se piensan muchos, que los pastores post-conciliares son todos almas cándidas que dan la vida por sus ovejas; y que las pieles de cordero ya no se venden en Seminarios y Facultades de Teología. No es así, por desgracia.

El aniversario de la muerte de Fray Gerundio nos ha hecho pensar en proseguir su obra de alguna manera. Por supuesto, con la humildad de quien sabe que intenta imitar a un gigante; pero también con la convicción de continuar despejando dudas en torno a las patrañas, ambigüedades y cobardías actuales, en unos tiempos en los que se ha desatado la desvergüenza herética y cínica de quienes tendrían que ser los guardianes y defensores de la Fe. Siempre quedaremos con la sensación de que él nos habría dicho mucho más. Pero su ayuda y su inspiración nos mantendrá firmes en el propósito.

Su último artículo, lo escribió Fray Gerundio en forma de Cartas desde el Purgatorio. Bien sabía él ya por entonces, que le quedaba poco tiempo en este mundo. En una de sus últimas reuniones, decayendo ya la lucidez de su inteligencia, nos decía que una de las tareas de los frailes como nosotros era la de rezar. Rezar a Nuestro Señor en forma de oración, y oración por la Iglesia en forma de enseñanza. Una enseñanza que intente destapar la impureza y la apostasía reinantes. Como él mismo hizo, eso solamente se puede conseguir con una vida personal de pureza y de fe, que no se limite a señalar los errores y las trampas, sino que los sufra y los sienta con verdadero dolor.

Fray Luco

Fray Gerundio de Tormes
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