Claramente, el cardenal Gerhard Müller se ha hartado del hombre de Argentina y de su apisonadora papal fuera de control. El Manifiesto de Fe del cardenal apareció después de – y parece haber sido disparado por –  la declaración conjunta de Francisco y Ahmed el-Tayeb, “Gran Imán de al-Azhar” en la que Bergoglio declara: “El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos.”

Dejaré que John Lamont, en este artículo, destruya el argumento desesperado de los últimos defensores de Bergoglio de que él solo se refería a la voluntad permisiva de Dios, es decir, Su tolerancia del mal en el mundo—como si el-Tayeb fuera a firmar un documento declarando que Dios tolera la maldad del Islam.

El Manifiesto de Müller solo puede considerarse como una corrección de los errores que el mismo Bergoglio propaga a través de un degenerado progresismo jesuita, si bien no lo identifica por su nombre. A saber:

  • indiferentismo religioso;
  • una omisión sistemática de toda referencia clara a la divinidad de Cristo y Su autoridad sobre los hombres y las naciones;
  • la constante denigración de la sólida ortodoxia como rigidez farisaica;
  • la subversión de la adherencia al sexto mandamiento, reduciéndola a un “ideal” no siempre alcanzable “en la complejidad concreta de los límites”, junto con la administración de la comunión a los adúlteros públicos vueltos a casar en situaciones en las que se considera “imposible” la práctica de la continencia;
  • la negación de la extrema gravedad de los pecados de impureza, reducidos a “los más leves de los pecados” y trivializados como una fastidiosa “moral debajo de la cintura” por la que se obsesionan sacerdotes que necesitan de un psiquiatra—si bien la Madre de Dios advirtió que “Van más almas al infierno por los pecados de la carne que por cualquier otra razón”;
  • el abandono, en la práctica, del concepto de pecado mortal en general y la minimización de la amenaza del infierno al punto de considerarla inexistente (“nadie puede condenarse para siempre”);
  • la insinuación de que el celibato sacerdotal podría ser abandonado en ciertos lugares tales como el Amazonas — es decir, por supuesto, eventualmente en todas partes;
  • la propuesta (completa, incluyendo un “estudio” cuasi-secreto) para que las mujeres puedan ser “diaconisas” aunque resulten ontológicamente incapaces de recibir un título de Orden Sagrado.

Contra Bergoglio, el manifiesto de Müller afirma las siguientes verdades de la fe:

  • la divinidad y autoridad perentoria de Cristo;
  • la necesidad de la Iglesia y de sus sacramentos para la salvación;
  • el rol único de la Iglesia de enseñar “con la autoridad de Cristo, la divina revelación, que se extiende a todos los elementos de la doctrina, incluyendo la enseñanza moral”—que Bergoglio ha estado socavando por más de cinco años;
  • la necesidad de obediencia a la ley divina y natural para la salvación;
  • la condenación eterna en el infierno de quien “muere en pecado mortal, sin arrepentimiento”;
  • la inadmisibilidad de los “divorciados vueltos a casar” a la sagrada comunión;
  • la defensa del celibato sacerdotal como “signo de vida nueva” y de “la entrega de uno mismo al servicio de Cristo”;
  • la imposibilidad de admitir mujeres a ninguno de los tres estados de este ministerio [del sacerdocio], es decir, el diaconado.

Müller concluye con una nota apocalíptica: que en medio de este pontificado y el silencio generalizado de los obispos respecto a las verdades de la revelación, estamos siendo testigos “del mayor engaño”, “la última prueba de la Iglesia”, “una alucinación religiosa” y “el fraude del Anticristo”.

Ante lo cual, el teólogo favorito de Bergoglio, Walter Kasper, saltó con rabia a defender al Papa, quien lo había rehabilitado incluyendo también a sus sandeces modernistas sobre la “misericordia”, promoviendo a ambos hasta el cansancio. Con una hipocresía descarada, Kasper condenó a Müller como “un redivivus [reencarnación] de Lutero, uno que trabaja por las reformas en la Iglesia, pero luego desea imponerlas sobrepasando al Papa y trabajando en su contra.” Esto, viniendo del mayor promotor de herejías de Alemania, a quien incluso Lutero denunciaría por corromper lo que él consideraba las bases de la religión católica.

A esta altura de la Debacle Bergogliana, probablemente habrá entrado en la mente de todo católico serio y tradicionalista que Bergoglio actúa como un anti-Papa, uno que ataca a la Iglesia y las enseñanzas que él debiera conservar y defender. Muchos se preguntan a puertas cerradas cómo es que este hombre extraño y bastante vulgar, con sus ideas subversivas y un claro desprecio por los católicos devotos y la tradición, incluso en temas de moral básica, puede ser Vicario de Cristo. Ni Juan Pablo II ni Pablo VI fueron tan lejos, y afirmaron en cambio repetidas veces la ortodoxia, en momentos críticos, a pesar de la confusión y la decadencia eclesiástica provocadas por su búsqueda de lo novedoso.

Hace tiempo que sostengo que discutir con sedevacantistas es una total pérdida de tiempo. Ya sea que un Papa renunció a su oficio debido a la herejía — ciertamente una posibilidad reconocida por teólogos que hasta el cardenal Burke mencionó — es y será siempre una cuestión académica.  No existe un mecanismo para el juicio definitivo en la materia, y el hipotético pero jamás probado “concilio imperfecto” para declarar que un Papa se ha destituido a sí mismo a causa de una herejía (un remedio que yo mismo he considerado con simpatía en estas páginas) tampoco ofrecería una solución definitiva para la Iglesia universal. Provocaría en cambio algo como el Gran Cisma de Occidente, mientras una gran fracción de los fieles, tal vez incluso la mayoría, continuaría reconociendo al Papa “caído”, rechazando a cualquier sucesor elegido en un cónclave, cuya convocatoria podría ser refutada interminablemente, a menos que o hasta que un futuro Papa — ¡suponiendo que su validez no fuese también cuestionada! — declarara que su predecesor había perdido su puesto. Ese resultado implicaría algo parecido a la anatematización de Honorio I (r. 625-638) por parte del papa San León II (r. 682-683) por el apoyo de Honorio a la herejía monotelita. Sin embargo, incluso en este caso, jamás se declaró que Honorio haya perdido su cargo, y se encuentra incluido en el canon de Papas válidos.

¿Pero qué tal si un Papa elegido válidamente fuera a defeccionar del Oficio Petrino sin realmente abdicar o perderlo, reteniendo de esta manera el puesto y su autoridad mientras rechaza sus deberes y limitaciones? Un Papa como tal no tendría ningún aprecio por la enseñanza tradicional y su praxis aunque haya sido afirmada por sus predecesores inmediatos. Se consideraría a sí mismo con derecho de proponer alguna novedad que considera apropiada según su propia “visión” de la Iglesia. Propondría, en un abuso categórico del papado, rehacer la Iglesia de pies a cabeza según sus propias ideas, como si fuera posesión suya por el simple hecho de ser el Papa.

Un Papa semejante declararía una intención como la que Bergoglio pronunció en su propio manifiesto, Evangelii Gaudium: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación.” Para un Papa como este, la auto-preservación de la Iglesia resultaría menos importante que la búsqueda de sus propias ideas acerca de lo que la Iglesia debe ser y hacer. Y ahí se encontraría la defección del cargo que de todas maneras conservaría. Porque un Papa así ejercería un “ministerio” que no sería el ministerio Petrino de la conservación y la preservación de lo heredado, ni un ejercicio del auténtico Magisterio, sino una iniciativa ultra vires de innovación desconectada de la tradición.

En cuanto a esto, tengo en cuenta lo que el perspicaz padre John Hunwicke acaba de escribir sobre el asunto de “la suspensión de las funciones del Magisterio”. Alabando el Manifiesto de Müller, él supone que “consciente o inconscientemente, Gerhard Mueller tiene en mente la enseñanza del Beato John Henry Newman sobre la situación durante la Crisis Arriana” cuando “el cuerpo del episcopado fue infiel al encargo que había recibido”, el Papa, las grandes sedes episcopales, e incluso los concilios generales “dijeron lo que no debieron haber dicho, o hicieron lo que oscureció y comprometió la verdad revelada” y “hablaron diversamente, uno contra el otro….por casi seis años…”

“Me parece,” continúa el padre Hunwicke, “que el momento en que el PF decidió no responder a la Dubia de los cuatro cardenales fue el momento formal, oficial… el disparo… cuando el Ministerio Petrino entró en su actual ‘suspensión temporaria’. Cuando, de igual manera, ignoró la Corrección Filial que algunos de nosotros le enviamos, él confirmó esa suspensión. Por lo tanto, estamos oficialmente en un período en el que las funciones del Magisterio Papal están en una vacatio que culminará cuando el mismo órgano del Magisterio Petrino regrese del silencio dogmático al ejercicio audible de las funciones correctamente atribuidas al mismo en la tradición católica…”

Alzando las apuestas, el P. Hunwicke cita la histórica Carta Abierta a Bergoglio del padre Tom Weinandy, en la que le advirtió que “un obispo que promueve una enseñanza herética ‘deja de llevar consigo como obispo las cuatro marcas de la Iglesia y, por lo tanto, no podría actuar justificadamente como un miembro eclesial dentro de la Iglesia. Puede continuar actuando fuera de la Iglesia, o incluso dentro de la Iglesia, pero sus acciones carecerían de un carácter eclesiástico genuino, dado que las cuatro marcas esenciales e indispensables de la Iglesia estarían ausentes en su ministerio engañoso.”

“Si este pontificado se prolonga,” dice el P. Hunwicke, “necesitaremos deshacer tal vez algunas de las implicancias de la última frase.”  Mientras tanto, el fétido indiferentismo religioso evidenciado en la declaración conjunta de Bergoglio y el-Tayeb sugiere precisamente la posibilidad de un Papa que, según él concluye, ha:

…dejado conscientemente de molestarse en permanecer dentro de los parámetros establecidos por el Magisterio al que él está obligado a someterse como todos los demás. Fas est et ab hostibus doceri: no olviden jamás las escalofriantes palabras del P. Rosica, que este Papa está libre de las ataduras a las escrituras y la tradición. No encuentro evidencias actuales para especular factiblemente que las divagaciones del PF fuera de la ortodoxia vayan a aceptar restricciones en el futuro. Es como si, habiéndose encontrado al final de un pozo, hubiera decidido que lo único que puede hacer es seguir cavando con energía redoblada hasta llegar a Tasmania.

A lo que el P. Hunwicke agrega, y me apresuro a mencionarlo aquí, la siguiente advertencia: “Por supuesto que de ninguna manera sugiero que [Francisco] y los silenciosos obispos heterodoxos hayan perdido el derecho o la capacidad para utilizar el Magisterio de su o sus cargos. Al contrario. Precisamente, tal como hizo Newman, observo simplemente que, de hecho, ni él ni ellos lo están utilizando.” Ciertamente, la Iglesia jamás consideró que los obispos arrianos perdieron sus cargos, ni el papa Liberio, cuya “caída” consistió en suscribirse a la fórmula semi-arriana durante su cautiverio. Antes bien, defeccionaron temporariamente de los cargos cuyo ejercicio correcto retomaron una vez que el Arrianismo fue derrotado y la ortodoxia restaurada en toda la Iglesia (con la ayuda del Sacro Emperador Romano, Teodosio I).

Sugeriría entonces, que hoy somos testigos de un Papa desertor que no ha perdido la capacidad de ser Papa, porque no ha abdicado, pero que ha decidido ser otra cosa en lugar del Vicario de Cristo, mientras utiliza la vestimenta papal y se sienta en la silla papal. Como un padre que abandona sus deberes para con su esposa e hijos pero que continúa siendo el jefe de la familia, Bergoglio, quien ha abandonado sus deberes para con la Iglesia, la tradición y las almas, sigue siendo la cabeza terrena de la gran familia eclesial. Como un padre descarriado que regresa a casa retoma una vez más las cargas de la paternidad, Bergoglio puede regresar para ejercer — o más precisamente para comenzar — un correcto ejercicio de su papado. Y es por esto que, a pesar de toda inclinación débil y carnal en su contra, oramos para que Jorge Mario Bergoglio, bajo la influencia del Espíritu Sano, asuma no solo el manto sino la sustancia del pontificado que lleva el nombre de Francisco.

Apéndice 

NO IMPORTA:

Tal como reportó Gloria TV en una entrevista con Der Spiegel, el cardenal Gerhard Müller sólo ha culpado a los asesores de Bergoglio, quienes tienen “malas intenciones,” por el torrente de heterodoxia en las palabras y hechos de Bergoglio. En cuanto a Francisco, él ha declarado: “Este Papa es ortodoxo.”

Entonces, según Müller, cada cosa heterodoxa dicha y realizada por Bergoglio durante casi seis años, con extraños pronunciamientos y decisiones desastrosas, se debe a sus malos asesores.

Santo cielo. Es tiempo de dejar de confiar en el cardenal Müller.

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

Christopher A. Ferrara
Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.