Introducción

Para explicar el método de Santo Tomás en su famosa obra, la Suma Teológica, necesitamos primero refrescar el concepto de teología. Asimismo, comprender para quiénes fue escrita y pensada la Suma.

La Summa Theologicae es una obra escrita en su casi totalidad por Santo Tomás de Aquino, entre 1265 y 1274, unos diez años, dirigida a los estudiantes iniciales de teología. El propósito de la misma era proveer de un saber teológico sistemático, ordenado, que sirviera de manual introductorio. Es decir, lo que para nosotros es una obra muy difícil y compleja fue –para los medievales– sólo el plato de entrada. Increíble, ¿no es así?

Vayamos a definir el vocablo teología. ¿Qué es la teología?

La teología es una ciencia que tiene por objeto a Dios. Aquello que se estudia en la teología es Dios, y la llamamos “ciencia” porque es un conocimiento por las causas. Seguramente les parecerá extraño a ustedes que llamemos “ciencia” a lo que es un saber sobre Dios, que al fin de cuentas no podemos ver. Usualmente, relacionamos el término “ciencia” a los laboratorios, los experimentos, las máquinas, la matemática, las sustancias químicas, los robots… Todas cosas que podemos palpar, ver, tocar. Al decir que la teología es ciencia lo decimos en un sentido distinto: lo decimos en el sentido de “conocimiento por las causas” dado que cuando conocemos algo en sus causas, lo conocemos científicamente. En este sentido la teología es ciencia, aunque no podamos ver, ni tocar ni medir ni comprobar en un laboratorio la existencia de Dios.

Por otro lado, este conocimiento de Dios al que podemos llegar en la teología tiene lugar gracias a lo que Dios mismo nos ha revelado. Es decir, la teología se nutre de Revelación Divina. Cuando estudiamos teológicamente a Dios, lo hacemos desde lo que Dios mismo nos reveló. Por eso, la teología es inseparable de la Biblia.

Dios, por tanto, y miren qué sorprendente, puede ser estudiado. Y podemos profundizar en Él tanto desde la filosofía –sin citar la Biblia– o desde la teología, invocando la Biblia y todo lo que Dios ha revelado (que incluye las Sagradas Escrituras, por supuesto, pero la desborda). El primer orden del conocimiento es natural, no milagroso, porque todo hombre –aún sin la fe– puede llegar a él: así, por ejemplo, observando el diseño del cosmos podemos inferir la existencia de un Diseñador. Observando la racionalidad que late en las entrañas mismas de los animales, los vegetales y minerales –en todo el ecosistema–, podemos inferir la fuente de esta misma racionalidad: una Razón Superior. Este conocimiento de Dios, accesible a todo ser humano, se llama conocimiento natural de Dios.

La teología, en cambio, es un conocimiento sobrenatural porque su fuente –la Revelación Divina– sería inaccesible para nosotros si Dios no la hubiese revelado. Es decir, la teología supone la fe. Por tanto, lo que el teólogo hace es profundizar con su propia razón humana los misterios de la Revelación Divina. Entender y razonar a partir del dato que le da la fe. La teología es teo y logos al mismo tiempo: teo = Dios, logos = razón. Es el punto armónico de encuentro entre el hombre y Dios. No es algo sólo para alumnos, también es necesario para el docente.

No se llega a la teología sin el ejercicio, por tanto, del intelecto (no sólo de la razón, no sólo de la argumentación). La inteligencia humana es racional, por supuesto (racional = llega a la verdad a través de un proceso, el razonamiento, un proceso estructurado en distintos pasos), pero también puede captar verdades de forma inmediata, intuitiva. La inteligencia humana es racional, por supuesto, pero también accede a la realidad por caminos distintos al raciocinio y la argumentación. Por ejemplo, por el camino de la poesía. La lírica. La música. La literatura. La imagen, la metáfora. La rima.

Cuando la inteligencia de la persona se desarrolla de este modo, el hombre está en las condiciones óptimas para aceptar el mensaje revelado y, así, hacer teología, que es otra manera de profundizar en la verdad. Por eso es que la teología es inseparable del hambre por la verdad que todos nosotros hemos experimentado ya desde la niñez y que –espero– sigamos experimentando todavía hoy.

Esta sed por la verdad se manifiesta, ya desde la infancia, cuando el niño despierta a la edad de “las preguntas”. A partir de los 3 años, ya hay niños que preguntan a sus padres cosas. Saben algo y quieren saber más. Están admirados por lo que van viendo, sus ojos no descansan, buscan siempre ver un mundo que es nuevo, animales, colores, plantas, movimientos, sonidos, todo los sorprende, los deleita y desafía. Están realmente admirados, con enérgicos deseos de entender y aprender. Con sus más y con sus menos, esta disposición espiritual –si no es perturbada por los pseudo docentes de educación sexual integral, por ejemplo– suele continuar toda la infancia llegando a la cumbre en la pre-adolescencia.

La pre-adolescencia es la etapa decisiva, porque en ella esta sed de verdad se encuentra en un momento único: la persona experimenta, por un lado, toda la candidez que le viene como consecuencia de la lógica falta de experiencia. Por otro, experimenta por primera vez el gran poder de su capacidad intelectual, que en esos años él mismo advierte como superior a lo vivido en su infancia. De ahí que sea tan importante llegar a una buena resolución de esta etapa de la vida. ¿Cuál es esa resolución? Vivir en la prioridad del logos. Que el pre-adolescente vea que la verdad, la justicia, el bien siguen siendo lo más importante –como lo fue en su infancia– y no que sus referentes (padres, docentes, familia) le decían una cosa cuando era chico pero que, ahora, le dicen otra. Es muy triste para ese pre-adolescente verse decepcionado por aquellos referentes.

Si la pre-adolescencia se resuelve mal, el adolescente será un escéptico. Un descreído de la nobleza, la justicia y el honor, y un mero practicando del poder y el interés. Si se resuelve bien, tendremos a un adolescente con convicciones morales fuertes, con principios íntegros, capaz de ser fiel, combatir, mantener su palabra. Es este segundo tipo de joven el que está en condiciones de entender la filosofía y, por tanto, la teología. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Confiamos en la verdad, en ese mundo de justicia, ideal? ¿O nos cansamos de luchar “contra todos” en la soledad y, ahora, aceptamos vivir en la mentira, en la conveniencia?

Ahora sí estamos en condiciones de profundizar en el método de la Suma. Porque ahora entendemos lo importante que es la teología.

No hay teología sin amor, sin pasión por la Verdad.

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El esquema o estructura que constantemente se aprecia en la Suma es la presentación de un tema, en forma de afirmación (por ejemplo, Sobre cómo proceden las cosas desde el primer principio); luego, el tema se subdivide en varios artículos encabezados por preguntas. Así, por ejemplo, la cuestión 45 de la Primera Parte habla de esto. Y se plantean 8 artículos, algunos de cuyos títulos son:

Crear, ¿es o no es hacer algo de la nada?

–Dios, ¿puede o no puede crear algo?, etc.

Las preguntas siempre son disyuntivas: por sí o por no.

Cada uno de estos artículos comienza con argumentos contrarios a su propio título. Así, por ejemplo, el artículo plantea si crear es hacer algo de la nada, y Santo Tomás dirá “No, no es hacer algo de la nada porque…”. Y ofrecerá sus razones.

Siguiendo los ejemplos, en el segundo artículo se plantea si Dios puede crear; y nuevamente Santo Tomás presentará argumentos que respalden que no puede, desafiando así a nuestra mente.

A veces, sin embargo, esta forma de presentación nos descoloca como lectores. Por ejemplo, este artículo llamado Dios, ¿puede o no puede crear algo? parece que, evidentemente, exige una respuesta afirmativa. Y con énfasis: ¡por supuesto que sí! ¿No lo aprendimos en Catequesis?

En este caso, la respuesta final efectivamente es afirmativa. Sin embargo, lo interesante de la Suma es precisamente su método, respecto del cual veremos en detalle en esta conferencia. El “método” no es otra cosa que el camino por el cual se llega a algo. La palabra método, en efecto, significa camino a seguir. Designa el procedimiento, los pasos que debemos tomar para llegar algún lado.

Es precisamente en el método tomista donde radica el desafío: los argumentos que el Aquinate plantea por el no, por la negativa, tienen que ver con CÓMO SE ENTIENDE que Dios puede crear. Es decir, a la afirmación –sin dudas verdadera– “Dios puede crear”, Santo Tomás puede oponerle –con inteligencia y, diríamos, hasta con picardía– otra verdad, que a primera vista parece contradictoria. Otra cosa que también hace es oponerle directamente un error que –por cómo es presentado– parece verdad.

Cuando leamos estas objeciones, probablemente, nos quedemos cavilando un rato. Es bueno que nos demos un tiempo para intentar pensar por nosotros mismosla respuesta, antes de ir a las “Soluciones”.

Ante todo, no sabremos si estamos ante un argumento falso que parece verdadero o ante otro argumento verdadero que parece oponerse a la verdad inicial. Ahí está el juego, en razonar, en pensar, en intentar “encontrarle la vuelta” y descubrir toda la diversión que hay dentro de cada artículo, cuya unidad es una joya y un milagro.

Así, nuestra mente puede buscar –de forma espontánea– un camino para conciliar ambas cosas, y está bien, eso es lo correcto. Por eso la lectura de la Suma es un desafío; Santo Tomás nos desafía a pensar, a entender la fe movidos por la presión de otros argumentos.

Tenemos entonces que la estructura de la Suma es la siguiente:

  • Título donde se plantea el tema
  • Artículo donde se desliza el interrogante, en forma disyuntiva

Pero aquí no termina la estructura. Dentro de cada artículo, como se dijo, Santo Tomás plantea objeciones que siempre comienza de la misma forma: “Parece que las cosas son de tal manera”. Y ofrece sus argumentos. La mayoría de las veces, invoca la autoridad de Aristóteles. En otras ocasiones, también a San Agustín e incluso reproduce frases textuales de la Biblia. En otros casos, se apoya en definiciones generales –de autor desconocido– sobre elementos o conceptos filosóficos. Por ejemplo, en la definición de acción, movimiento, cambio, etc. Y en otras circunstancias, propone argumentos falsos que parecen verdaderos.

Cabe insistir en este punto en que los argumentos presentados bajo ciertas autoridades –Biblia, San Agustín y Aristóteles– siempre son verdaderos. Si Santo Tomás los opone con otra verdad, es para que ejercitemos la mente y hagamos el esfuerzo de intentar ver cómo se concilian dos afirmaciones que, en principio y a vuelo de pájaro, parecen contradictorias.

Luego de presentar sus argumentos en contra, Santo Tomás termina con una frase cortante, seca y lapidaria. Suele decir: “Contra esto (es decir, contra estos argumentos), está lo siguiente…”, y ahí sostiene tal cosa. Y sentencia. En latín, a esta parte le decimos Sed contra.

A continuación, luego del Sed contra, el Aquinate desarrolla la explicación en detalle, con todos sus pormenores, del problema. Es el famoso respondo dicendum, también conocido como “el cuerpo del artículo” o simplemente respondo. Es la parte más sustanciosa del mismo.

En el respondo, Santo Tomás no ofrece una respuesta directa a las objeciones planteadas al principio. Va por otro camino. Resuelve el dilema partiendo de definiciones, razonando, distinguiendo sentidos de las palabras que –a primera vista– se nos ocultaban hasta llegar a establecer una respuesta al título del artículo. En el caso que tomamos como ejemplo, el santo establece al final que crear es, efectivamente, hacer algo de la nada y establece que Dios puede, efectivamente, crear algo. Y lo hace conciliando las objeciones con su tema. No siempre rechaza el valor de esas objeciones –salvo que se trate de argumentos erróneos– sino que descubre lo que tienen de verdadero, puntualizando sus límites.

Luego, Santo Tomás resuelve cada una de las objeciones planteadas. Una por una, por separado.

Por tanto, la estructura que refleja el método de Santo Tomás es la siguiente:

  • Título del tema
  • Artículo en forma de pregunta disyuntiva
  • Objeciones
  • Contra esto…
  • Respondo dicendum
  • Solución a las objeciones

Desarrollo

               Como dijimos al principio, esta estructura se mantiene en toda la Suma. Y también el método, esto es, el procedimiento por el cual Santo Tomás llega a la verdad.

               Veamos un ejemplo.

En la cuestión 3, el Aquinate hablará de la simplicidad de Dios. Y en el artículo 1, se pregunta si Dios es o no cuerpo. Espontáneamente, cualquiera de nosotros respondería negativamente. Sin embargo, Santo Tomás invoca la autoridad de la Biblia y reproduce las siguientes frases: Los ojos de Dios miran a los justos (Sal 33,16): La derecha de Dios hizo proezas (Sal 117,16). Tener ojos y poseer mano derecha es propio del ser corpóreo. “Por lo tanto –dirá Santo Tomás–, Dios es cuerpo”. Todas las objeciones de este artículo son de ese estilo: se reproducen partes de la Biblia donde se le atribuye a Dios partes corpóreas, una figura o un lugar.

Sin embargo –y para realmente estimular la mente al desafío de pensar la fe–, Santo Tomás nos vuelve a provocar en el Sed Contra, invocando la Escritura. Concretamente, el Evangelio de San Juan. Y ahí leemos: “Dios es Espíritu” (Jn. 4,24).

               Estudiemos la lógica de Santo Tomás.

Tomás opone una frase de la Escritura que habla de Dios como un ser corpóreo a otra frase de la misma Escritura que lo presenta como un ser incorpóreo. Pone frente a frente dos frases incompatibles –al menos en apariencia– sustentadas en la misma autoridad: la Biblia. ¿Y cómo saldrá de este callejón sin salida nuestro santo y maestro? ¿Está arrinconado? ¿Quedó atrapado en su propia trampa?

Notemos primero que para poder diseñar este ejercicio, debe conocerse previamente las partes de la Biblia que la integran.

Y recordarlas. De lo contrario, ¿cómo se las podrá poner una frente a otra?

Resolver este tipo de aparentes incoherencias   es más importante de lo que puede parecer a primera vista. Muchos se precipitaron en el ateísmo o perdieron su fe por no saber cómo solucionarlas.

El camino que elige Santo Tomás para resolver el dilema es el uso el lenguaje. No hay contradicción en atribuirle, por escrito, caracteres corpóreos a Dios porque “la Sagrada Escritura nos transmite lo espiritual y divino bajo imágenes corporales”. Es decir, transmite algo (lo espiritual y divino) de determinada forma (bajo imágenes corporales). ¿Por qué? No lo dice Tomás pero arriesgamos que se trata de una cuestión pedagógica: el hombre aprende a partir de las imágenes, de los ejemplos, de lo concreto –somos un cuerpo unido a un alma, un alma unida a un cuerpo– y nos es más fácil entender las cosas así. Además de que las imágenes, si son bellas, transmiten también placidez y serenidad, predisponiendo la mente a comprender mejor.

Así, por ejemplo, en el libro de Job (11,8-9), se dice que Dios “es más alto que el cielo”. Y aunque la altura sea propia de los seres corpóreos, lo que aquí se quiere indicar es “la fuerza de su poder (el de Dios) sobre todo”, sobre todas las cosas. También se dice en la Escritura que Dios es “más profundo” que el infierno. Son profundos los mares, los abismos, lo sabemos. Estrictamente hablando, los espíritus no pueden ser “profundos” porque no tienen extensión. Pero la Biblia aquí quiere dar a entender –usando el término profundidad– la facultad que Dios tiene “de conocer lo oculto”. Por último, en la cita de Job reproducida por Santo Tomás, leemos que el autor sagrado dice de Dios lo siguiente: “Su medida tiene la longitud de la Tierra y la latitud del mar”. Nuevamente, el Aquinate explicará el porqué de este lenguaje, diciendo que “por la longitud” se pretende indicar “la duración de su existir”. El hombre antiguo ignoraba la longitud de la Tierra y, por tanto, la longitud de la Tierra era una buena manera de hacerle presente la duración infinita de Dios. Y termina el santo: “por la latitud” del mar, se indica el amor de Dios “a todo”.

Pero Santo Tomás no cierra aquí la interpretación sino que invoca a otro autor –en este caso, Dionisio– que nos explicará cómo entender las palabras profundidad, longitud y latitud. Dice Dionisio que por la profundidad de Dios hay que entender lo inalcanzable de su esencia; por la longitud, el despliegue de su fuerza que todo lo penetra; por la latitud, su presencia en todas las cosas por cuanto todas las cosas existen bajo su protección.

De esta manera, distinguiendo y precisando los sentidos de las palabras, el Aquinate logra reconocer (no introducir) armonía entre las afirmaciones de la Biblia.

Podemos concluir nosotros que Dios, en sentido propio, estricto, no tiene cuerpo. En sentido metafórico, valiéndonos del lenguaje para poder entender lo invisible mediante lo visible, repetimos con total tranquilidad y sin miedo alguno esos versículos que le atribuyen corporeidad a Dios.

Conclusión

No fue, en absoluto, deseo de Santo Tomás sembrar duda alguna sobre el valor de la fe o de las Escrituras. Antes bien, su confianza imperturbable en que la Verdad Divina no podía contradecirse a sí misma –y que, por lo tanto, tenía que haber alguna manera de conciliar fragmentos de la Biblia, aparentemente incongruentes entre sí– lo llevaba con total libertad a formularse los más complejos y complicados argumentos. Confiaba tanto en la racionalidad del universo que exprimía su propia racionalidad al máximo, sabiendo que la primera nunca podría ser derribada por la segunda.

Asimismo, y a fin de evitar malos entendidos, Santo Tomás no puede ser señalado como un vulgar “relativista”; esto es, un hombre que tenía la vana afición de discutirlo todo. A diferencia del relativista, él reconoce maestros de talla –Aristóteles, San Agustín, Dionisio, entre otros– sobre los cuales se apoyará. No critica por criticar, no pone la duda como comienzo de la filosofía. Como buen hombre de fe, la Escritura es su punto de partida inmodificable. Pero eso sí… ¡Santo Tomás quiere entenderla! Y quiere hacérnosla entender a nosotros.

Sin dudas, la lectura de la Suma Teológica es exigente. Nos pondrá incómodos, nos revelará nuestras limitaciones. Precisamente por eso, nos hará crecer. Porque el alma sólo progresa con esfuerzos intensivos: leer algo que no representa ningún obstáculo no nos cambia demasiado. Por eso la Suma es una lectura para valientes, para personas que tengan el coraje de pensar la fe, buscar entenderla, saliendo de la comodidad. La fe busca el intelecto y, cuando maduramos, la fe es la cruz del intelecto (Crux intellectus, decía el Padre Castellani). Por lo mismo, una tarea que ejercitará nuestra humildad. Porque probablemente, la lectura de la Suma humille nuestro orgullo: nos creemos muy inteligentes, muy “piolas” y “vivos”, pero toda sensación quedará hecha trizas cuando nos coloquemos ante la profundidad, la magnitud y la penetración del santo intelecto de Tomás de Aquino.

La Suma será, probablemente, compleja para nosotros. Pero muy nutritiva: media hora de lectura de la Suma será más provecha que muchos otros libros y publicaciones, donde lo que brilla por su ausencia es todo tipo de método.

Como enseña habitualmente la profesora Alejandra Monroig, la Suma Teológica requiere de nosotros la conversión de pensamiento: estamos atados a un modo de razonar erróneo. Somos perezosos y no queremos salir de ese estado. Algunos razonamos mal, y otros ni siquiera estamos acostumbrados a dar argumentos. Como si no nos importara.

Cuando algo no nos gusta, muchos preguntan con arrogancia ¿Y por qué? ¿Por qué yo tengo que hacer esto, o no hacer aquello? Ahora bien, pedimos a los demás razones de lo suyo. ¿Podríamos dar razones de lo nuestro? Por eso, acercarse a la Suma Teológica requiere reconocer que –muchas veces y por lo general– estamos muy lejos de poder sostener racionalmente lo que afirmamos.

Que aproximarnos a esta obra sea para nosotros un momento clave en nuestra formación. No sólo para los alumnos sino también para los docentes. Muchas gracias.

Juan Carlos Monedero