Algunos acontecimientos significativos

El caso de Noa Pothoven, que recientemente llegó a las primeras planas de los medios globales, nos revela una realidad a la que el término monstruoso le queda corta: una muchacha quiere morir, supuestamente por las cicatrices emocionales de abusos sexuales que sufrió algún tiempo atrás (y convenientemente nadie en los medios profundiza en qué fue de los abusadores o en qué circunstancias de desorden social y sexual se produjeron esos ataques), pero por ser menor de edad el Estado no le podía brindar el “derecho a la eutanasia” y, luego de años de libros, reportajes y documentales y demás actos cargados de sentido por parte de la atribulada joven, se le “permite” matarse de hambre y sed sin intervención de nadie, ante la mirada “compasiva” de sus padres, amigos y del público y gobierno holandés.

Por otro lado, las megalópolis occidentales actuales, símbolos del progreso al que deberíamos aspirar los tercermundistas, se convierten en literales basurales, donde los estragos materiales palidecen ante la  ruina humana, expresada en demencia colectiva, con sus correlatos de violencia, autodestrucción y fealdad horrorosa.

Mientras tanto, ¿qué ocurre con la sal de la tierra, con la ciudad edificada sobre una montaña, es decir, con los católicos? Al odio  que sembraron el Concilio Vaticano II y sus consecuencias ruinosas entre los fieles, el clero y la jerarquía, se le ha añadido, en una escala nunca antes vista, la tonelada de cizaña sembrada por Francisco, que hace ver a las “polarizaciones” de los tiempos de Pablo VI como discusiones de sobremesa.  El “mirad cómo se odian” –antes solo observable en nuestros corrillos tradicionales, famosos por la eximia “caridad” con la que los católicos tradicionales solemos tratarnos entre nosotros- se ha convertido en un signo absoluto de las miríadas de debatidores católicos de todas las líneas y pelajes en los múltiples hilos de contención y lucha en las redes sociales. Pero eso no es lo peor: «Pues todo lo secreto tarde o temprano se descubrirá, y todo lo oculto saldrá a la luz» (Lc. 8: 17), dice la Escritura, y tanto los reportes de diversas investigaciones en Estados Unidos, como algunos bien documentados documentales (valga la redundancia) nos revelan el grado de malicia e inmoralidad a los que llegó el clero y sus jerarcas cómplices en los últimos sesenta años.  

Los falsos mesianismos, por otro lado, campean, entre la puerilidad  y el escándalo.

¿Qué es lo que está sucediendo?

El enfriamiento de la caridad y una lección paulina de teoría de la cultura

Esto parece escapar a cualquier degradación cultural natural y remitirnos a una señal esjatológica: “et tunc scandalizabuntur multi et invicem tradent et odio habebunt invicem  et multi pseudoprophetæ surgent et seducent multos  et quoniam abundabit iniquitas refrigescet caritas multorum” (Mt. 24:10-13): “Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente. Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará.”

La traición y el odio mutuos parecen convertirse en pan de cada día en muchos ambientes, incluso en algunos insospechados. El padre Castellani decía que había que traducir este pasaje como habrá tantas injusticias que se hará casi imposible la convivencia[1].

Vayámonos ajustando los cinturones porque ese es el panorama que nos espera en los próximos años.

La razón de todos estos procesos ya ha sido descubierta por san Pablo: “porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, .y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; .igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, .detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.” (Rm 1: 21-32).

Este pasaje es una completa teoría de la cultura y una historia de la decadencia de Occidente. La época que comenzó con la Oratio de hominis dignitate de Pico de la Mirandola y que creyó que, con el Estado-Providencia del siglo XX y con el laicismo soft del liberalismo occidental, alcanzaría su mayor perfección, poniendo al hombre en el centro de todo, acabó por degradarlo hasta extremos inimaginables. Louis  Veuillot ya lo decía: «Cuando la insolencia del hombre ha rechazado a Dios obstinadamente, Dios le dice al fin: “Hágase tu voluntad” y deja caer la última plaga. No es la peste, no es la muerte; es el hombre. Cuando el hombre es entregado al hombre, entonces se puede decir que conoce la ira de Dios».

Un tiempo de esperanza

¿Habrá que entregarnos a la desesperanza, entonces? ¿Estrellar nuestras cabezas contra los muros y pedir que las montañas nos cubran?

Para nada: vivimos, paradójicamente, en un tiempo de gran esperanza.

La virtud teologal de la esperanza consiste en esperar los bienes que Dios nos ha prometido en la revelación. Podríamos decir que consiste en esperar la caridad que por fe conocemos. Como toda virtud teologal, la esperanza viene de Dios y tiene como objeto a Dios. Está lejísimos del wishful thinking de creer que todo “saldrá bien” en un sentido carnal.

Para aclarar un poco más este asunto, me permitiré citar un fragmento del examen de conciencia de mi  Misal de fieles de la FSSPX, donde se nos explica que para ejercitar la virtud de la esperanza, debemos «pensar con frecuencia en el Cielo y en los bienes eternos. Desearlos ardientemente. Despreciar los bienes y placeres de esta vida y vivir en santo temor de ofender a Dios».

¡Bendito sea Dios, entonces, que nos permite vivir en una época donde las cebollas de Egipto son tan evidentemente repulsivas y donde los bienes y placeres de esta vida se revelan casi instantáneamente destructivos, aun en una dimensión meramente temporal! Podríamos decir que, a diferencia de nuestros ancestros que tuvieron la desgracia de vivir en una época donde la Revolución tenía un rostro menos podrido y potencialmente más engañoso, nosotros vemos su podredumbre más claramente. Y eso hace que no tengamos excusa, que estemos casi físicamente obligados, a pensar con frecuencia en el Cielo y en los bienes eternos.

Sea lo que fuere: Levate capita vestra!  “Cuando comiencen a suceder estas cosas, tened ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc. 21:28). O estamos ante un typo de la «tribulación como nunca antes se ha visto» y nos aproximamos al typo intrahistórico de la Jerusalén Celeste anunciado por san Buenaventura, san Maximiliano Kolbe o san Luis María Grignion de Monfort o ya estamos ante la consumación final de la crisis histórica y la irrupción de la solución divina definitiva.  En ambos casos, se acerca nuestra liberación.


[1] Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2011, p. 336

César Félix Sánchez
Católico, apostólico y romano. Licenciado en literatura, diplomado en historia y magíster en filosofía. Profesor de diversas materias filosóficas e históricas en Arequipa, Perú. Ha escrito artículos en diversos medios digitales e impresos