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El Niño Jesús, única luz de esperanza en la noche de nuestros tiempos

Las tinieblas de la primera Navidad de la era cristiana no eran sólo las de una gélida noche invernal en Belén, sino la oscuridad de una sociedad en la que bajo el más grande imperio de la historia los hombres estaban lejos de la verdadera felicidad, porque el poder, las riquezas y los honores sólo son causa de afán y sufrimiento cuando se es incapaz de aprovecharlos para la gloria de Dios. La Divina Providencia llenó el vacío del mundo. «No temáis –dijo el Angel a los pastores– porque os anunció una gran alegría que será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor» (Lc. 2, 8-11).

No era fácil reconocer al Salvador y al Señor del Cielo y de la Tierra en aquel Niño que veía la luz en la gruta de Belén. Era necesario hacerse niño como Él, porque los corazones encallecidos de los orgullosos no son capaces de entender lo que es patente a la vista de los sencillos. «Si no volviereis a ser como los niños no entrareis en el Reino de los Cielos» (Mt. 18, 1-4), dice el Evangelio; Dios ha encubierto estas cosas a los sabios y los prudentes y las revela a los pequeños (Mt. 11, 25).

Los pastores se hicieron pequeños como el Niño Jesús adorando en Él a aquel Dios que, como dice San Agustín, «asumió lo que no era para seguir siendo lo que era». «Es un nuevo estado –comenta a su vez an León Magno–, porque aun siendo invisible en su naturaleza se ha hecho visible en la nuestra. Él, que es inmenso, ha querido encerrarse en el espacio; permaneciendo en su eternidad, ha querido empezar a existir en el tiempo». Quien nace en el pesebre es el Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, esperado durante siglos por las naciones, que viene al mundo para glorificar a Dios y redimir a la humanidad.

Los pastores y los Reyes Magos comprendieron su grandeza, mientras que el Sanedrín lo condenaría a muerte. El orgullo no es capaz de entender que existe una sola Iglesia, una sola religión verdadera, un solo Verbo Salvador. Y sin embargo, el día de Navidad la fidelidad, la Verdad, germinará de la tierra (cf. Sal. 84, 12) y nace para todos la salvación del mundo. El valor salvífico de la venida de Jesús es para todos los tiempos y lugares. Los Apóstoles propagaron esa verdad salvífica por el mundo, y los cristianos de los primeros siglos la profesaron en las persecuciones y la vieron públicamente reconocida después de Constantino.

La verdad del Evangelio infundió vida a una gran civilización, que emergió vigorosamente del caos de la edad de la barbarie con el influjo de energía natural y sobrenatural de los pueblos bautizados y ordenados a Cristo. Ese nuevo mundo se conformó armónicamente al orden natural dispuesto por Dios cuando creó el universo y al orden sobrenatural inaugurado por la Redención.

La nueva sociedad, hija del Evangelio, se llamó civilización cristiana. Sus raíces se hunden en el misterio natalicio. «Si se mira desde una perspectiva histórica –dice Plinio Correa de Oliveira–, la Santa Navidad fue el primer día de la civilización cristiana. Una vida todavía en germen e incipiente, como las primeras luces del sol naciente, pero era una vida que ya contenía en sí todos los elementos incomparablemente ricos de la espléndida madurez a la que estaba destinada».

Tras alcanzar su culmen en el Medievo, la civilización cristiana sufrió un proceso de decadencia. En la encíclica Immortale Dei, León XIII afirma que «el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil». La religión, la intelectualidad, la política y la sociedad fueron progresivamente objeto de un proceso de disolución que a pesar de haber sido emprendido en nombre del hombre llegó a negar después de Dios al propio hombre, hecho a imagen y semejanza de Él.

Hoy en día, el mal moral que asalta al cristiano occidental ha llegado a su fase terminal. La metástasis parece extenderse hasta el interior del Cuerpo Místico de Cristo. Reina el desorden en el mundo, y la angustia atenaza los corazones. La Iglesia y la sociedad no viven momentos de paz y tranquilidad, sino de profunda confusión. Los ojos se dirigen al Cielo y no ven otra cosa que la oscuridad de una noche sin estrellas.

Para volver a encontrar el camino no hacen falta reuniones cumbre, solemnes proclamas ni complejos andamiajes intelectuales, sino la sencillez de corazón que penetra hasta el fondo de las cosas revelando sus más recónditos aspectos. El cristiano sabe que el misterio de la Navidad, al igual que el de la Resurrección, es el símbolo y la luminosa realidad de la luz que destruye las más espesas tinieblas. Así sucedió en Belén, y así suele suceder en la historia.

Los corazones orgullosos rechazan con actitud de suficiencia el concepto de que la Divina Providencia sea capaz de actuar para desbaratar  los planes de los hombres y suscitar un gran renacimiento cristiano en el siglo XXI. Los corazones sencillos, contemplando en los días navideños el Santo Pesebre, comprenden que de las tinieblas puede surgir inesperadamente la luz. Todo es actualmente confusión y desorden a nuestro alrededor, mientras en torno al Pesebre reinan el orden, el recogimiento y la vida interior. El mundo que nos rodea es como una espuma amenazante en un mar tempestuoso. Pero el pesebre nos recuerda la profundidad del mar interior del que tomó nombre María, Madre del Verbo Encarnado. Pídamosle a Ella que nos dé al Santo Niño, única e inextinguible luz que no deja de iluminar la noche de nuestros tiempos.

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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