El nombramiento del nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El nombramiento de monseñor Victor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata, para presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe ha sido uno de los actos más inquietantes del pontificado de Francisco. No sólo por haber elegido a tan discutible personaje, sino también por la insólita carta que acompañó a su nombramiento. A monseñor Fernández, conocido por sus posturas frecuentemente divergentes del Magisterio de la Iglesia, sobre todo en el terreno moral, Francisco le dirigió el pasado día 1 de este mes las siguientes palabras: «El Dicasterio que presidirás, en otras épocas llegó a utilizar métodos inmorales. Fueron tiempos donde más que promover el saber teológico se perseguían posibles errores doctrinales. Lo que espero de vos es sin duda algo muy diferente».

¿A qué épocas se refiere el Papa, y cuáles fueron los métodos inmorales que utilizó la Congregación, que desde que en 1965 adoptó su actual denominación ha estado presidida entre otros por los cardenales Josef Ratzinger (1981-2005) y Gerhard Ludwig Müller (2012-2017)? El papa Francisco recomienda al flamante prefecto que evite perseguir errores doctrinales. La Iglesia, afirma citando Evangelium gaudium, «necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad sin que esto implique imponer un único modo de expresarla. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia».

Por lo visto entiende que la Iglesia debe tolerar en su seno, de manera dialéctica, opiniones teológicas diversas con tal de que no sean demasiado rígidas ni excesivamente coherentes con la ortodoxia y «no se contenten con una teología de escritorio, con una lógica fría y dura que busca dominarlo todo». Las verdades de la Fe católica no deben presentarse de un modo rotundo y universal que se ajuste rigurosamente al Magisterio anterior. Ningún documento anterior al pontificado de Francisco, ni siquiera del Concilio Vaticano II, es citado en las once notas que acompañan la desconcertante misiva.

Es más que lógico que un acto de este género cause consternación y perplejidad y suscite interrogantes. El Papa es el Vicario de Cristo, pero por encima del Papa está la Iglesia, y todo católico, como miembro del Cuerpo Místico, tiene derecho a discordar de las palabras y actos de un pontífice que se muestren contrarios a la Fe recibida con el Bautismo. Un pastor que deja de confirmar en la Fe a la grey que le ha sido confiada no parece digno de la misión que encomendó Cristo a su Vicario. Según aquel eminente teólogo que fue Bruno Gherardini (1925-2017), papa indigno es el que ejerce su primado de modo arbitrario usurpando el lugar de Cristo y traicionando su cometido (Contemplando la Chiesa. Considerazioni teologiche sul mistero della Chiesa, nn. 1-3 (2007), p. 183). Con todo, un papa indigno no deja de ser papa. La tentación en que desgraciadamente caen algunos es la de rechazar a Francisco como Vicario de Cristo sin que lo haya decretado oficialmente la Iglesia. Actualmente, el rechazo a la legitimidad de Francisco no sólo se da en quienes lo califican abiertamente de usurpador y antipapa, sino también en quienes, con mayor ambigüedad, hablan de él con desprecio llamándolo simplemente Bergoglio e invitan a los sacerdotes a no mencionar su nombre al principio del Canon de la Misa (una cum).El misterio de la Iglesia, santa por su doctrina y por su divina constitución pero pecadora por su humanidad, hay que afrontarlo con reflexión y de modo equilibrado, con caridad y oración.

A quienes deseen profundizar en tan grave problema, que a veces es tratado de manera incompetente y frívola, les recomiendo dos libros recientemente aparecidos: Super hanc petram. Il Papa e la Chiesa in un’ora drammatica della storia, del padre Serafino Lanzetta (Edizioni Fiducia, Roma 2022) y Non era più lui. Una risposta al Codice Ratzinger sulla rinuncia di Benedetto XVI, de Federico Michielan y Francesco Patruno (Fede e Cultura, Verona 2023, prologado por Nicola Bux).

Es indudable, explica el P. Lanzetta, que con el pontificado de Francisco se ha producido un oscurecimiento total de la persona del papa y del misterio de la Iglesia, con una tentativa de revisión general del Magisterio anterior y de la doctrina relativa a la fe y la moral en puntos neurálgicos. Aun así, «si un papa renunciase al oficio que le corresponde de confirmar a los hermanos en la fe y aun llegase a enseñar doctrinas ambiguas que rozaran la herejía, eso no querría decir de por sí no sea un verdadero pontífice. Habría que preguntarse para empezar cómo es posible que decaiga la fe de un papa. Este, aun elevado a la más alta dignidad de la Iglesia y con una gracia proporcional a su estado, sigue siendo para siempre Simón, al que le cuesta convertirse en Pedro y se deja deslumbrar por sirenas diversas; por el espíritu de la época, que de vez en cuando proponen una vía más cómoda. Una vía que no es la de la Cruz» (pág.43). Aunque el Papa se convierta en instrumento de confusión doctrinal, las críticas legítimas que es preciso hacerle no deben consistir en poner en duda que ejerce con legitimidad –a no ser que haya pruebas manifiestas que demuestren lo contrario– «sino limitarse a verificar a la luz de la doctrina constante de la Iglesia si ejerce o no su ministerio petrino, si cumple o no su misión o si la fe y la moral que enseña el Romano Pontífice son la fe y la moral de la Iglesia» (pág.45).

Si bien la tesis del P. Lanzetta se desarrolla en el plano teológico, los juristas Federico Michielan y Francesco Patruno encaran el asunto desde la perspectiva del derecho canónico. Hay quienes sostienen que Francisco no sería papa porque Benedicto XVI no habría renunciado jamás al pontificado. El doctor Michielan examina detenidamente todas las contradicciones, sobre todo de naturaleza teológica, que se observan en la abdicación de Benedicto, como si hubiese querido renunciar a su cometido de papa sin dejar de ser papa. Estas contradicciones, que se manifiestan en detalles como el seguir utilizando sotana blanca, en mantener su nombre de pontífice y ante todo en el título de papa emérito, no merman la validez de su renuncia. Sigue imperando la confusión, y será necesario que un pontífice futuro despeje la niebla.

En la segunda parte del libro, Michielan entrevista al abogado Francesco Patruno, que no tarda en desmalezar el terreno de conspiracionismo y fantasías pseudoteológicas tan ampliamente extendidos en estos tiempos. «Es más que lógico –afirma el canonista– que los historiadores y los especialistas en derecho canónico planteen un debate científico sobre la legitimidad de un pontífice o sobre la validez de una renuncia. Lo que perjudica la seriedad de la investigación histórico-jurídica es el conspiracionismo».

Uno de los caballos de batalla de dichas tesis conspiracionistas es la cuestión de la sede impedida, según la cual Benedicto XVI se habría visto obligado a renunciar al verse impedido para gobernar. Patruno pone en evidencia la insostenibilidad de tal tesis. Aunque los enemigos de Benedicto pueden haber obstaculizado algunos de sus actos, eso no quiere decir que se haya visto imposibilitado ni afecta la validez de la elección. La idea de que el pontífice anterior ideara una renuncia inválida a fin de tender una trampa al cardenal Bergoglio lo haría gravemente culpable a los ojos de Dios, porque supondría emplear una astucia maquiavélica en vez de confiar en la acción del Espíritu Santo y la Divina Providencia. Quienes sostienen semejante tesis no se dan cuenta de que hacen a Benedicto más diabólico que el rival al que se enfrenta.

Igualmente desprovista de fundamento jurídico es la teoría de que la Mafia de San Galo habría hecho inválido el cónclave de 2013. Todos los cónclaves del siglo XX han conocido la existencia de facciones enfrentadas, empezando por el que eligió a San Pío X tras el veto de Austria al cardenal Rampolla. La propia elección de Benedicto XVI en 2005 se debió probablemente a un acuerdo entre dos bandos opuestos: el grupo de San Galo, del cardenal Martini, y el partido de la sal de la Tierra, del cardenal Ratzinger. Según la verosímil reconstrucción de Patruno, el acuerdo entre las dos camarillas tenía prevista la elección de monseñor Bergoglio después de la de Benedicto, como efectivamente sucedió. De llegar a probarse la existencia de tales acuerdos, no se invalidarían con ello la elección de 2013 ni la de 2005.

Por lo que respecta a la Misa una cum Bergoglio, el abogado Patruno explica bien el pasaje de Santo Tomás que con tanta frecuencia se cita inapropiadamente, según el cual peca quien oye Misa o recibe los sacramentos de un sacerdote hereje, cismático o excomulgado (Summa Theologiae, III, q. 82, a. 9). El pasaje se refiere a los herejes, cismáticos y excomulgados que hayan sido privados del ejercicio de sus facultades por una sentencia de la Iglesia. En tanto que la Iglesia no se haya pronunciado, se podrá ir a Misa y recibir los sacramentos de, por ejemplo, sacerdotes subjetivamente considerados herejes. La communicatio in sacris con herejes es ilícita cuando una sentencia de la Iglesia ha declarado que lo es, pero hasta ese momento es lícito recibir la comunión y oír Misa de esos sacerdotes.

El papa Francisco –afirma juiciosamente el letrado Patruno– será un personaje discutible, pero «mientras no medie sentencia eclesiástica, nadie –sea seglar o sacerdote– puede usurpar el lugar de la Iglesia docente » (p. 213). La opinión que se tenga de Francisco valdrá como mucho lo que puede valer el parecer de un doctor privado. Eso sí, fuera del Papa, nadie es infalible por naturaleza; sólo lo es el Sumo Pontífice en determinadas condiciones cuando ejerce su oficio. Por otro lado, no puede haber Iglesia sin papa, y si el pontífice actual no es Francisco, ¿quién lo es o lo será? Son preguntas ineludibles a las que no se puede dar una respuesta carismática prescindiendo de las más elementales nociones de teología y derecho canónico.

La vía más razonable a seguir en esta dolorosa situación parece ser la que trazó la Correctio filialis del 16 de julio de 2017 (), documento firme pero respetuoso presentado por 40 estudiosos, que más tarde llegaron a ser 200, invitando al Santo Padre a rechazar las herejías y errores que él promueve. Valdría la pena retomar esta iniciativa, y sobre todo que se adhiriera una cantidad suficiente de cardenales y obispos; no para deponerlo, sino para amonestarlo filialmente imitando el ejemplo que dio San Pablo con San Pedro (Gál.2,14). En momento de grave crisis es obligatorio denunciar los errores, así los haya cometido la suprema autoridad apostólica, con todo respeto por el Vicario de Cristo y sin causar tropiezo a las almas, como nos recuerda un teólogo romano, el padre pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996), citando a Santa Catalina de Siena: «Santidad, os ruego que no tenga que lamentarme de Vuestra Santidad ante Jesús crucificado. No podré lamentarme ante nadie más, porque no tenéis otro superior en este mundo»  (La vera Chiesa di Cristo, Pro Manuscripto, Roma 1990, p. 287).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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