Hoy me he visto envuelto en una discusión en Facebook en la que, después de decir algo sobre el “paradigma del Novus Ordo”, alguien me preguntó, de forma más bien indignada, qué significa esa frase.

Lo expliqué lo mejor que pude y me gustaría extenderme aquí con mayor profundidad.

Quiero decir, al principio de este post, que una de las quejas que a veces nos llegan a 1P5 tiene que ver con nuestro tratamiento de la liturgia. Recientemente pedí testimonios a nuestros lectores y uno de ellos, a pesar de ser un seguidor, me respondió con la misma preocupación:

“Estoy de acuerdo con los artículos sobre la Forma Extraordinaria frente al Novus Ordo. Creo que podéis alejaros del 99,9% de los católicos que no tienen un acceso práctico a la Forma Extraordinaria de forma regular, al recordarnos (con demasiada frecuencia) lo deficiente que es”.

Entiendo que para algunos esto supone un problema y, aunque estoy seguro de que lo he dicho antes, voy a decirlo otra vez aquí: si no te queda más remedio que ir al Novus Ordo, no te menospreciamos por ello. Si estás muy metido en una parroquia de Novus Ordo y no puedes convencerte para dejarla, lo entendemos. Si la misa tradicional en latín que tienes más cercana está a más de una hora de camino y en un horario terrible, empatizamos contigo sabiendo lo difícil que puede ser, a veces imposible.

Y es más: si no tienes acceso más que al Novus Ordo, si es todo lo que has conocido, quiere decir que eres víctima de un delito. No, no es culpa tuya. Te han robado algo precioso a lo que tienes derecho por nacimiento, por herencia, a lo que tienes derecho como el más sublime acto de adoración que puedes ofrecer a tu Creador. Y, aún peor, te han lavado el cerebro a través de las formas y su repetición para que el verdadero culto católico te parezca ajeno e inaccesible y, por eso, eres el sujeto de una grave injusticia; y llegaría a decir de una gran maldad.

No lo has pedido. Y si aún no estás seguro de lo importante que es, es que no puedes conocer lo que no conoces.

Sé todo esto por experiencia, porque durante la mayor parte de unos treinta años estuve en el mismo barco; pasé mi vida “de compras” por las parroquias buscando la mejor misa que pudiera encontrar. En momentos en que no tenía acceso a una buena liturgia de rito romano, me refugiaba en los ritos orientales, que me gustaban y a los que admiraba, pero donde nunca me encontré de veras en casa.

Fue necesario un sacerdote de mi familia, que estaba descubriendo todo esto él mismo, para abrirme los ojos. Peleé con él. Me pidió simplemente que leyera algunas cosas y sacara mis propias conclusiones. Lo hice, preparado para pelear más.

Pero al contrario, vi que mis objeciones se derretían a la luz de la verdad. Todas las cosas contra las que había luchado en la Iglesia (los abusos, los momentos en que casi había perdido mi fe por lo poco seria que había sido mi experiencia del Catolicismo, la falta de verdadera reverencia eucarística, todo ello) lo afrontaban todos los que se habían opuesto a la implantación de cambios gigantes y sin precedentes en el acto central de culto de la Iglesia.

Y así, animado por esta convicción, en los últimos quince años he sido fiel a la decisión de que nunca más me pondré a mí mismo ni a los que quiero bajo el tiránico abuso de poder que se nos infligió. A pesar de una fuerte propensión a criticarme a mí mismo, es una decisión de la que nunca me he arrepentido. Y, aunque se ha difuminado la rabia que sentí cuando descubrí por primera vez lo que con tanto descuido había sido desechado, todavía me enfurece que haya una parroquia católica a menos de 5 millas [8 km.] de mi casa a la que sé que nunca perteneceré, porque la religión que se practica en ella es tan irreconciliablemente diferente de la he llegado a conocer que me vuelve incómodo el estar físicamente ahí.

En cambio, tengo que conducir 30 millas [48 km.]  para obtener la misma experiencia católica que se encontraba en cada parroquia de cada población rural del globo hace menos de medio siglo. ¡Y es bastante fácil comparado con lo que muchas personas tienen que hacer!

Novusordismo y Catolicismo: no son la misma religión

La frase que encabeza esta sección fue popularizada por mi amiga de muchos años, colaboradora de 1P5 Hilary White. Ha escrito sobre ello y lo ha explicado ella misma ampliamente más de una vez. He aquí sólo un ejemplo:

“Hace unos años, de hecho, en 2003, como culminación de un largo periodo de investigación (sobre la vida religiosa), me di cuenta de que la fisura en la Iglesia era peor de lo que me habían hecho creer por los que entonces categorizábamos como escritores católicos “conservadores”. Este fue el momento incómodo en que me volví “tradi” y, aunque nunca he deseado retroceder y no saber lo que sé, el entendimiento no ha venido sin coste. No soy “tradi” porque quiero serlo. Soy “tradi” porque no puedo dejar de saber las cosas que ahora sé.

Había empezado por una postura de creer en la simplista narrativa conservadora. Algo como esto: hubo un grupo de prelados “progresistas” en el Concilio y después que habían intentado “secuestrar” los documentos conciliares, y en consecuencia sus actos, para sus propios fines. Tuvieron gran éxito y las cosas habían ido muy mal hasta los años 80 y 90, en particular bajo los malos obispos bajo Pablo VI. Pero entonces Juan Pablo II los desbarató, “limpiando” seminarios y nombrando (mayormente) nuevos obispos “conservadores”. El intento de secuestrar la barca había fallado en su mayor parte y las cosas estaban volviendo lentamente al curso natural de la Iglesia. Había montones de signos de que este joven movimiento “conservador” -en particular entre los seminaristas- era el futuro. Las (por decir) nuevas universidades católicas se estaban identificando conscientemente como universidades ex corde ecclesiae; las parroquias y algunas diócesis enteras se estaban deshaciendo de los bongos y retirando las guitarras y las marionetas y los globos de la misa… todo iba regresando poco a poco a lo normal.

Suena muy bien. Ganan los buenos. El problema es que no era verdad. El fundamento de lo “normal”– es decir, de la ortodoxia– era de hecho un suelo falso. La realidad de la Iglesia era que, bajo ese falso suelo, había un vasto edificio, una Iglesia perdida, que había sido enterrada y casi olvidada, y sobre la cual se me prohibía estrictamente hablar. Aún más, ese falso suelo era movible.”

En el tiempo en que se había dado cuenta de todo esto, Hilary había estado investigando y también explorando órdenes religiosas de monjas. Lo que encontró la dejó decepcionada y confusa. Y eso fue cuando vio que todavía podía ser peor:

“Fui a ver a un sacerdote que conocía -que había estado intentando decirme que mi búsqueda iba a ser en vano- y le conté lo que había encontrado. Estuvo receptivo pero me preguntó: “Hilary, ¿qué esperabas encontrar?” Le dije lo que había esperado y, para mi sorpresa, se rió: “No pensarás que eres conservadora, ¿verdad?” Me quedé sin habla y le dije algo así como: “¿Qué otra cosa puede haber?” Dijo: “Me has dicho que no puedes respaldar el argumento de que todo está bien bajo Juan Pablo II, de que la Iglesia ha vuelto a su curso. Esta visita ha confirmado que lo que has estado sospechando todo el tiempo es de hecho verdad. Hilary, siento mucho tener que decírtelo: no eres conservadora, eres tradicionalista.”

Yo, literalmente, no sabía de qué me estaba hablando. Me mandó un correo más tarde para que mirara algunas cosas en internet y unas pocas recomendaciones de libros. Soy rápida estudiando y rápidamente se me hizo claro que esta postura -la más despreciada y perseguida en la Iglesia, como ha resultado ser- es la única que encaja en todos los hechos observables. Me deprimió bastante esta revelación, principalmente porque significaba que (¡otra vez!) no iba a encajar fácilmente en ninguna de las instituciones de la Iglesia.

Pero no podía escapar: había y hay una vasta escisión en la Iglesia católica que significaba de facto un cisma. Se estaba produciendo una religión nueva y falsa, como las toxinas de una infección bacteriana que enferman el cuerpo, dentro de todas las instituciones de la Iglesia, y casi nadie lo había notado. Era un cisma escondido que había anidado dentro de la institución católica y estaba sin corregir por entero, desde la clausura del Vaticano II. El Neomodernismo había triunfado en sustituir las enseñanzas auténticamente católicas hasta el punto de que sostener las doctrinas de la Fe en ciertas áreas y profesarlas en alto eran suficiente para ser mandado al ostracismo de este “renacer conservador católico”. El Nuevo Modernismo se había convertido, de hecho, en el nuevo conservadurismo.

“Me costó mucho tiempo”, sigue Hilary, “mucha lectura, muchas charlas y mucho pensar y visitas y aprendizaje para entender todo esto pero, cuando lo hice, fue como ser sacada de la Matrix. El universo entero del Catolicismo no era en realidad de ningún modo lo que yo había creído”.

La cuestión es: si el Catolicismo no es nada de lo que creíamos que era, ¿qué es entonces?

Pues bien, no es Novusordismo. Y esto me trae otra vez a la discusión de esta mañana.

El paradigma del Novus Ordo

¿Qué es el paradigma del Novus Ordo? Pues bien, el paradigma del Novus Ordo es algo más que la Nueva Misa simplemente. Es una reconfiguración de la religión católica entera de tal modo que sería completamente irreconocible para nuestros tatarabuelos católicos.

En una cosa estoy de acuerdo sin reservas con Ann Barnhardt: el Novus Ordo (y todo lo que vino con él) fue “concebido con malicia”.

Y ahora quitémonos esto porque puedo oír las objeciones que vienen: sí, ofrecido según las rúbricas, el Novus Ordo es válido. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la Eucaristía de realiza y que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor durante esa liturgia.

Pero demasiados se quedan aquí.

Técnicamente un sacerdote tiene el poder de consagrar la Eucaristía en cualquier lugar. Está legalmente prohibido, pero puede hacerlo. Puede sentarse en un bar, borracho, y consagrar el pan y el vino si dice las palabras correctas con la intención correcta. Podría incluso hacer lo mismo en una misa satánica con intenciones de profanación. Tras los informes de que el cardenal Bernardin participó en tales liturgias blasfemas, no se puede evitar reconocer que otros sacerdotes– algo terrible– deben de hacer lo mismo. (Hace unos años, un satanista estadounidense dijo que la Hostia consagrada que iba a usar para una misa negra le había sido dada intencionalmente por un sacerdote católico).

Por tanto, la mera validez no es suficiente para que podamos decir “Ah, bueno, me basta”.

Debemos preocuparnos por lo que expresa la liturgia y cómo nos ayuda a entender y a estar receptivos a los misterios que hace presentes y nos invita a contemplar.

Deberíamos, si estamos ahí por las razones adecuadas, preguntarnos también si la liturgia es en primer lugar y sobre todo agradable a Dios. (Si crees que mira todos los actos de adoración de modo similar, puedes haberte perdido la historia de Caín y Abel).

Por desgracia, el Novus Ordo fue diseñado a propósito para despojar la liturgia católica de su sacralidad, de su aspecto sacrificial y de su poder pedagógico. Las historias de los que dirigieron las reformas litúrgicas de los años 60 dejan eso muy claro, como lo deja el efecto que la misa ha tenido en los fieles. Qué ironía más trágica que una liturgia que hace a Cristo verdaderamente presente simultáneamente distraiga de Él, dañando la fe de los que se acercan a alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre.

Y, por otro lado, se dice que el Diablo es un legalista consumado. Influir en el desarrollo litúrgico de tal modo que lo hace a la vez válido y tóxico me parece a mí como una firma.

Pero dije que se trataba de algo más que la nueva misa, y así es. No se pararon ahí. Cambiaron todos los sacramentos. Quitaron cosas críticas como los exorcismos que se dan en el bautismo. Neutralizaron bendiciones, derogaron indulgencias, trocaron o eliminaron funcionalmente devociones. Cambiaron todo el Oficio Divino.

También introdujeron prácticas no obligatorias pero hoy casi universales, como la comunión en la mano, las monaguillas, el versus populum, los ministros de la Eucaristía laicos y las liturgias completamente vernáculas, todo lo cual ha servido para disminuir la fe en la Presencia Real, nutrir la ideología humanista y convertir la liturgia católica en algo que se parece muchísimo a la protestante o a la autoadoración en su lugar.

Nuestro sentido colectivo de lo sagrado ha sufrido un golpe serio, al igual que la realidad ontológica del sacerdocio ordenado (y, con él, las vocaciones), la manera en que entendemos nuestro lugar en la Iglesia y la teología fundamental expresada en la participación en la auténtica vida sacramental.

El agua bendita ya ni es agua bendita. Pregunta a cualquier exorcista si usa la bendición nueva para el agua. Te dirán todos que no, porque su eficacia es cero. Un sacerdote que conocí decía que oyó una voz ronca salir de una posesa, rociada con agua bendecida convencionalmente, que decía: “¡Sacerdote sin fe! ¡Eso no es agua bendita!” Ese mismo sacerdote, celebrante él mismo toda su vida del Novus Ordo, me dijo que salió inmediatamente y encontró un viejo libro de bendiciones y empezó a usar la antigua bendición del agua desde ese momento. “Agua bendita de fuerza industrial” la llamó.

Y, por supuesto, el P. Gabriel Amorth, discutiblemente el exorcista más famoso del mundo, se lamentó mucho del nuevo rito de exorcismo, despojado de poder hacer mucho de cualquier cosa, dejando al exorcista vulnerable e indefenso.

Si hacemos una comparación entre antes y después, podemos ver que todo está diluido en torno a la Iglesia postconciliar, disminuido o prácticamente destruido. Los resultados están claros: desplome de la asistencia a misa, pérdida de fe en la Eucaristía, más del 90% de los católicos practicantes encuestados dicen que piensan que la contracepción está muy bien, un repunte enorme en el apoyo a cosas como el “matrimonio homosexual” entre católicos, y suma y sigue.

¿Actúa todavía Dios a través de este paradigma? Claro que sí. Pero estoy convencido de que lo hace a pesar de lo que se ha hecho, no a causa de ello. Ama a sus hijos y quiere verlos en el Cielo. Y no son pocos los buenos sacerdotes que van por ahí haciendo lo que pueden con lo que tienen para su trabajo. Martin Mosebach habla de esto en su excelente libro The heresy of Formlessness (La herejía de la falta de forma):

“He descrito mi convicción de que es imposible mantener la reverencia y la adoración sin sus formas tradicionales. Por supuesto, siempre habrá gente que esté tan llena de gracia que pueda orar incluso cuando los medios de oración les han sido arrancados de las manos. Muchas personas, también, preocupadas por estos hechos, preguntarán “¿No es aún posible celebrar la nueva liturgia del papa Pablo VI válida y reverentemente?” Naturalmente que es posible pero el mero hecho de que sea posible es el argumento de más peso contra la nueva liturgia. Se ha dicho que tocan a muerto por la monarquía cuando se le hace necesario a un monarca ser competente: esto es porque el monarca, en el sentido antiguo, está legitimado por su nacimiento, no por su talento. Esta observación es aún más verdadera en el caso de la liturgia: el toque a muerto por la liturgia suena en el momento que requiere un sacerdote bueno y santo para realizarla. Los fieles no deben mirar nunca la liturgia como algo que el sacerdote hace por sus propios esfuerzos. No es algo que sucede por buena fortuna o como el resultado de un mérito o carisma personal”.

El arzobispo Lefebvre dio una charla en 1965 en la que disertaba sobre porqué Martín Lutero atacó el ofertorio de la misa: el mismo ofertorio del que los “reformadores” se deshicieron finalmente cuando publicaron el misal de Pablo VI:

“Ciertamente, durante unos pocos años, Lutero dijo una misa válida, mientras no se oponía aún a la idea del Sacrificio, mientras era más o menos católico; pero más tarde, cuando rechazó el Sacrificio, el sacerdocio y la Presencia Real, su misa dejó de ser válida. ¿Pero como puede una misa ser tan equívoca? No puede ocurrir con la misa antigua porque la misa antigua es tan clara… El ofertorio completo expresa qué es lo que estamos haciendo. El ofertorio es una definición del Sacrificio de la misa. Por eso se oponía tanto Lutero al ofertorio, porque era demasiado claro, y por la misma razón hizo esos cambios en el Canon, para dejar incierto si es una lectura o una acción. Y sabemos que la Consagración es una acción sacrificial”.

Así que, aunque hay muchos buenos católicos, tanto sacerdotes como laicos, todavía atascados en el paradigma del Novus Ordo -si estás leyendo esto puede ser muy bien que seas uno de ellos-, el contraste entre el creer de los católicos que asisten a la misa tradicional en latín y el de los del Novus Ordo se hizo abundantemente claro en una encuesta reciente. Desgraciadamente no es fácil encuestar adecuadamente a los católicos de la misa en latín porque están en guetos y apartados. En muchas ciudades es más fácil encontrar una misa con polka o mariachi que la misa de todos los tiempos. Así es como estamos, incluso 12 años después del Summorum Pontificum.

Por esto es por lo que la gente dice cosas como que “el Novusordismo y el Catolicismo no son la misma religión”. No es por ser ofensivos y no es sólo por la misa. Es simplemente una afirmación sincera sobre prácticamente todo en la vida católica. Es la Iglesia escondida, intencionadamente enterrada bajo el falso suelo de Hilary. Como hermanos que casi no se parecen, hay suficiente hibridación entre el paradigma católico tradicional y lo que existe hoy, como para poder decir que son parientes. Más o menos. Si entrecierras bastante los ojos.

Y lo vuelvo a decir: a todo el mundo, a cada persona que dice “La gran mayoría de nosotros asistimos a misas del Novus Ordo. Es todo lo que tenemos…” le han robado brutalmente su derecho por nacimiento. Sois las víctimas de un crimen tremendo, y merecéis que se os restituya, porque Dios quiere que se os restituya para que podáis crecer en fe, gracia y virtud y que lleguéis a conocerle, amarle y servirle lo mejor que podáis.

Los hombres que manifiestamente lo hicieron no querían que tuvierais todo eso. Si lo hubieran querido, no os habrían robado los medios que se han probado más eficaces a tantos e incontables santos a través de los siglos para ayudar a las almas a llegar al Cielo. Los hombres que siguen imponiendo esta agenda, que buscan marginar, echar o suprimir cualquier celo en la tradición católica no son mejores. (Y sí, la mayoría de esos hombres son clérigos ordenados).

Así que ¿a qué señor sirven?

Los frutos amargos

Estamos viendo los frutos amargos de esta revolución eclesiástica madurar en la crisis de la Iglesia de hoy. La pérdida del sentido de lo sagrado está clara sólo sea por la crisis de los abusos sexuales, que empezó, al igual que la revolución, antes del Concilio y la nueva misa, pero que vio su fruto ahí. Teológicamente, el intento de eliminar el pecado mortal, el adulterio, el Infierno, el celibato sacerdotal, las órdenes sagradas reservadas a los varones, el único papel de la Iglesia como medio de salvación provisto por Dios y la Iglesia como un cuerpo de institución divina ocupado primariamente en la salvación de las almas (y no como una ONG medioambiental, a favor de la inmigración sin restricciones, pro-socialista) es todo parte y envoltorio de esto. No hemos llegado aquí sin todo lo que tomó forma en los años 60 y quedó sin verificar desde entonces.

Eso es lo que es el paradigma del Novus Ordo. Es este total sucedáneo de Catolicismo que nos endosaron como esperando que olvidaríamos lo que existió antes.

Funcionó por un rato. Pero Dios tenía otros planes.

Cuando voy a misa en una capilla tradicional, es lo más parecido que puedo experimentar a un salto en la máquina del tiempo. Todo es diferente, desde la teología del púlpito a la forma de los sacramentos, o a las devociones que alberga o a los consejos del confesionario. Es todo sorprendentemente diferente de lo que ocurre cuando tengo una causa para entrar en la parroquia del barrio.

Y quiero decir cualquier parroquia de cualquier barrio. Si alguna vez has estado de viaje y has necesitado confesarte o ir a misa, conoces ese sentimiento de temor que te llega cuando eliges una parroquia católica en la guía telefónica o en Google por no tener ni idea literalmente de lo que te vas a encontrar, y qué mala va a ser la experiencia. Es para darte urticaria.

Desgraciadamente no hay soluciones fáciles. Para mí, se hizo claro hace muchos años que tendría que hacer los sacrificios que fueran necesarios para llevar a mi familia a una parroquia que sea auténticamente católica. Disfrazar las nuevas misas para que parecieran misas antiguas no iba a valer. Hubo un tiempo en que teníamos 70 millas [113 km.] de ida, o llevábamos bebés exhaustos o caprichosos a la misa vespertina en la que nunca conseguíamos sitio en el banco. En las parroquias de Novus Ordo que permitían la misa tradicional en latín con calzador, a veces nos sentíamos poco bienvenidos, como si fuéramos un obstáculo a la vida normal de la parroquia, y estaban impacientes por que nos marcháramos. Y así, hemos conseguido la proximidad de una buena misa, un requisito no negociable de cualquier mudanza. Hemos tachado sitios en los que vivir por no tenerla, incluso si contaban con otras cosas que de verdad queríamos.

Ha habido tiempo en que, lo admito, me he quejado de estos sacrificios. Aunque sé que las cosas se podrían poner peores, y esto es de verdad, no podría volver a ello.

Soy “tradi” porque no puedo dejar de saber las cosas que ahora sé.

Tampoco pensamos que sea una buena idea confundir a nuestros niños al tratar de mantener los pies en ambos mundos. Una vez llevé a una de mis hijas a una misa Novus Ordo de víspera porque ese domingo teníamos algo de lo que debíamos ocuparnos inexcusablemente por la mañana. Era, podría apostarlo, una parroquia de la media, con monaguillas y guitarras. En la escala de lo extravagante, no tenía una nota especialmente alta. Me recordó a una misa de Steubenville[1]. Pero mi hija, que tenía 12 años, pronto se levantó y se fue. Cuando la seguí, me dijo con voz indignada y los ojos llenos de lágrimas que no sabía lo que pasaba pero que eso “¡no es una misa!”

No creo que entre ella y yo hubiera habido nunca una conversación litúrgica hasta ese punto de su vida. No estaba particularmente interesada en asuntos teológicos. Era que no había conocido más que la misa tradicional en latín. El contraste le fue tan chirriante que la entristeció profundamente.

Una vez que lo has visto, no puedes no haberlo visto. Incluso siendo un niño.

Entiendo lo difícil que este tema puede ser para la gente que se siente juzgada, o para la gente que quiere algo más y mejor pero que simplemente no tiene modo de llegar a ello. Y lo siento, porque es difícil, y lo sé.

Pero es que es verdad. E importa mucho, muchísimo. Y hay todavía mucha gente que simplemente no sabe nada de ello, porque no tienen a nadie en sus vidas que les diga lo que se han perdido.

Así que vamos a seguir escribiendo sobre el tema aquí. Y esperamos que lo tomarás en el espíritu con que se ofrece. Es importante que, a toda la gente buena que se despierta de la pesadilla de la Iglesia, se le diga lo que se han estado perdiendo todo este tiempo.

Steve Skojec

Artículo original: https://onepeterfive.com/the-novus-ordo-paradigm-what-it-is-and-why-it-matters/ Traducido por Natalia Martín


[1] Encuentros para adolescentes católicos en la ciudad de Steubenville (Ohio), en ambiente similar al de las JMJ (nota de la T.)