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El Romano Pontífice tiene el deber de restablecer la paz litúrgica

Conforme avanzamos por el proceso sinodal rumbo al Sínodo de la Sinodalidad a celebrarse en 2023, se ha inflingido una herida al Cuerpo Místico de Cristo. Nos referimos, por supuesto, al dolor espiritual y la injusticia que se ha cometido contra una cantidad considerable de buenos católicos de todas las edades, laicos y sacerdotes, con la publicación de Traditionis custodes por parte del papa Francisco el pasado 16 de julio y con las Responsa ad dubia de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el 4 de diciembre pasado. Una abrumadora mayoría de fieles y sacerdotes ligados al Rito Romano tradicional se mantienen muy alejados de polémicas litúrgicas y eclesiásticas, respetan al Papa y a sus obispos y rezan por ellos. Todo lo que piden es el derecho a seguir viviendo plenamente la celebración de la Santa Misa y de todos los demás sacramentos y ritos; del patrimonio litúrgico con el que se han criado ellos y varias generaciones de jóvenes católicos. Lo cierto es que la Sede Apostólica, con un generoso gesto pastoral, les había garantizado este derecho durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

De todos son conocidas las heridas espirituales con dolorosas consecuencias tanto pastorales como personales para muchos millares de católicos. Además, el precioso patrimonio litúrgico ancestral en su totalidad (que es un bien espiritual de toda la Iglesia que no se debe perder) está en peligro. Por consiguiente, los obispos tienen el deber de manifestar públicamente y con toda franqueza su honda preocupación, con arreglo a la forma actualmente fomentada con el Proceso Sinodal. En su discurso de apertura del Proceso Sinodal, pronunciado el pasado 9 de octubre, el papa Francisco dijo: «Si nosotros no llegamos a ser esta Iglesia de la cercanía con actitudes de compasión y ternura, no seremos la Iglesia del Señor».

Ojalá se dé cuenta Francisco de que ha sido mal aconsejado y demuestre valor pastoral, humildad y auténtica caridad para con esos hijos marginados de la Iglesia y anule las disposiciones canónicas de los dos documentos mencionados. Al hacerlo, con toda seguridad estará «curando las heridas y sanando los corazones quebrantados con el bálsamo de Dios». (Discurso de apertura del Proceso Sinodal, 9 de octubre de 2021).

En este contexto, haremos bien en evocar a un gran santo que pasó a la historia de la Iglesia por ser un verdadero pacificador: San Ireneo de Lyon (†202). En un momento crítico para la historia de la Iglesia, cuando a finales del siglo II la Sede Apostólica quería imponer a un grupo de clérigos y fieles una expresión única de la lex orandi para la fecha de la celebración de la Pascua, eliminando con ello otras tradiciones litúrgicas legítimas, San Ireneo intervino y amonestó respetuosamente al papa Víctor I (†197), recordándole la magnanimidad y moderación pastoral de sus predecesores, en particular Aniceto (†168), que aun teniendo un concepto de la liturgia diferente del San Policarpo (discípulo de San Juan Evangelista), permitió la continuidad de una tradición litúrgica diferente (cf. Eusebio de Cesarea, Historia ecclesiastica V: 23). Por lo que parece, Víctor I hizo caso de la súplica fraternal de San Ireneo.

Hace poco Francisco dio la grata noticia de que piensa proclamar a San Ireneo doctor de la Iglesia, con el significativo título de Doctor unitatis, (Discurso a los miembros del grupo de trabajo ortodoxo-católico San Ireneo, 7 de octubre de 2021). Al evocar el ejemplo de San Ireneo, pacificador y futuro Doctor unitatis, así como el de sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, el papa Francisco debería escuchar el clamor de muchos hijos, jóvenes, padres de familia, seminaristas y sacerdotes ligados al los ritos ancestrales de la Iglesia de Roma, y garantizarles su derecho inmutable a dar culto conforme a los libros litúrgicos del Rito Romano que estuvieron en uso hasta la reciente reforma litúrgica. De esa manera, los hijos marginados de la Iglesia se sentirán parte de «la vida de la comunidad sin que se les pongan trabas, sin que sean rechazados o juzgados» (Homilía del Santo Padre Francisco en la Santa Misa para la apertura del Sínodo, 10 de octubre de 2021).

El papa Francisco ha llamado a toda la Iglesia a «dejarnos alcanzar por las preguntas de las hermanas y los hermanos, ayudarnos para que la diversidad de los carismas» (Homilía en la Santa Misa para la apertura del Sínodo). Que Dios le conceda la gracia para ser verdaderamente un papa de paz litúrgica que promueva «cuanto sea conforme a la verdad, justo, puro y amable» (Fil.4,8). Si el papa Francisco actuara con semejante caridad y humildad pastoral, no se perdería nada. Y se ganaría todo. Y el Dios de la paz estaría con él y con todos los fieles (cf. Fil.4,8).

+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María de Astaná

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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