He abierto la boca y he atraído al Espíritu, porque  ansío tus mandamientos

(Sal. 119, 131).

El Sentir de Cristo es infinito e inagotable. El mismo Sentir desde  toda la Eternidad y para toda la Eternidad. Su Encarnación no le muda su eterno e infinito Sentir. En todo su Cuerpo y en toda su Alma lo experimenta tal y como lo experimenta en Sí Mismo.

Su Sentir es creador, salvador, redentor, retribuidor. Gracias a su Sentir infinito y eterno se mantiene todo lo creado. Sin su Sentir nada es posible. Su Sentir llena infinitamente desde su Encarnación todo su Cuerpo y toda su Alma tal y como es su Sentir en Sí Mismo y no por participación, pues su Persona es únicamente divina: la Segunda de la Santísima Trinidad.

El Sentir de Cristo sigue palpitando en su Iglesia, es el Sentir que transmitió a sus discípulos. Su eterno Sentir es el Sentir de la Iglesia, que no cambia porque es el Sentir de su fundador, es el Sentir inmutable que alienta y da vida a la Iglesia.

Su Sentir, eterno e infinito, es el sentir que debería anidar en cada uno de nosotros. Es el Sentir que alentó y alienta el cuerpo y alma de la Santísima Virgen María. Si María es Maestra de la verdadera libertad lo es porque es Maestra del verdadero Sentir de todo su ser: el Sentir, creador, salvador, redentor, retribuidor de su Santísimo Hijo.

Su Sentir es el sentir del Padre Eterno y el Sentir del Espíritu Santo, es el Sentir de la Santísima Trinidad. Es el Sentir increado, sin principio ni fin.

Su Sentir se ha hecho Palabra, manifestándose como enseñanza. Su Palabra está viva, es perenne, no cambia, como  vivo, perenne e inmutable es su Sentir.

¿Pretendemos  cambiar el Sentir de Cristo cambiando su Palabra? ¿Osaremos a ello? El Sentir de Cristo juzga a su Iglesia y a cada uno de nosotros. No puede rechazarse u ocultarse sin vernos afectados, porque el Sentir de Cristo todo lo mantiene, sostiene y alienta.

El Sentir de Cristo está impreso en nuestro ser tras el Santo Bautismo, podemos vivir según él o podemos ocultarlo, acallando su palpitar, tergiversando su Palabra Divina.

Cada día se hace patente privilegiadamente en el Santo Sacrificio del Cordero de Dios. Su Sentir se manifiesta en el altar del sacrificio. Es el Sentir por la Gloria del Padre, es el Sentir del Santo y Divino Espíritu, es el Sentir por la salvación de los pecadores. No puede mostrarnos de forma más elocuente su Sentir que el Santo Sacrificio de la Misa. Es el Sentir de Dios Uno y Trino que se ofrece a la pobre criatura pecadora para ensalzarla sobre la inmundicia del pecado. Es el Sentir que quiere transmitir a todas las almas para “sanarlas” de la verdadera herida, el pecado, dándoles la única vida que es su Sentir. El Sentir de Cristo en las almas. Esta es la verdadera vida, la verdadera libertad, el verdadero alimento. No cesemos en ningún instante de ser testigos de  la Verdad de Dios.

Se  multiplicará nuestra  lengua, no se caerá a trozos, será vehículo de la Palabra de Dios, del Sentir de Cristo.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.