Lo hemos oído ya: las universidades han cambiado. Los profesores ya no enseñan “Shakespeare 101”, sino “Shakespeare y el género en los medios”, o “La cultura isabelina de los bardos”[1]. Y se han “cancelado” poetas como Milton o Cranshaw. Los clásicos simplemente no están lo bastante muertos ni son bastante blancos ni bastante masculinos, ahora son también demasiado elitistas. Deleitarse en la grandeza de su lenguaje es intolerancia clasista. Analizar libros de cómic es mucho más noble, una celebración del espíritu proletario.

Paseando por las salas de un edificio dedicado a las artes liberales, en lugar de oír emocionantes debates en clase sobre los méritos objetivos de los textos históricos de las obras de arte, se escuchan “diálogos” que danzan alrededor de interpretaciones relativistas. “Bueno, siento que Van Gogh es un poco agresivo en esta obra”, puede decir un estudiante. (No, hijo, se cortó la oreja sólo por diversión). Y los exámenes no abordan la belleza frente a la fealdad o lo de arriba frente a lo de abajo. Sólo exploran “caminos” horizontales alternativos para “reinterpretar” el arte y la literatura en nuevas formas “subversivas”.

Estos cambios son dirigidos y mantenidos por las administraciones universitarias, que se han vuelto cada vez más burocráticas. Y el “cambio burocrático” tiene sentido si uno se para a pensar cómo funcionan los cursos. Después de todo, se requieren múltiples “caminos” laterales para sostener “diálogos” exploratorios sobre la “construcción de la cultura de campus”, mientras en vez de eso se podrían tener cadenas de mando verticales que simplemente ejecutaran con efectividad. (¿Pero para qué pagar a un profesor adjunto hambriento un sueldo decente cuando se puede pagar a la nueva flota de “oficiales de la diversidad” del campus? Y, además, las jerarquías pueden ser efectivas pero son también inherentemente patriarcales, y eso no lo podemos permitir).

Las semillas del cambio en la universidad fueron plantadas hace décadas, con “amigos” como Michael Foucault despidiendo movimientos artísticos enteros como simples luchas de poder entre los oprimidos y los no oprimidos. Los nuevos “amigos” son los estudiantes mismos, que peinan los libros de texto buscando razones para verse ofendidos para correr a intimidar a los directores del campus hacia la acción, sea ésta cubrir murales, derribar estatuas o prohibir libros.

Pues así es en el Vaticano. Durante décadas ya, los fieles de Roma se han visto sometidos al rumor creciente de redobles de tambor, y no hablo sólo de los bongos que sustituyeron el canto gregoriano y a Palestrina en la misa. Estos son los redobles del cambio y, con el sínodo amazónico de este mes, están llegando al final de su crescendo.

Cuánto mejor para promover el Catolicismo en la región panamazónica sería una valiente búsqueda, de seguro: Cristo encargó a los fieles extender el Evangelio sobre la Tierra, y la Amazonía representa retos de evangelización que justifican la atención. Por ejemplo, la falta de sacerdotes significa que la administración de los sacramentos es desoladoramente escasa en algunas áreas.

Antiguamente, cuando se presentaban obstáculos similares, los mejores misioneros redoblaban su virtud, pidiendo a Cristo que les fortaleciera en compasión, castidad y humildad para poder servir mejor a sus rebaños. Muchos incluso derramaron su sangre, muriendo como mártires y santos. Se puede imaginar que un renovado énfasis tras tan heroica abnegación podría ayudar al Vaticano a conseguir su fin de extender el Catolicismo por el Amazonas. Después de todo, estamos viendo pruebas de que los jóvenes de la Iglesia responden a retos que implican rigor, intensidad y celo. Les gustan la misa tradicional en latín, el incienso y los velos. Probablemente les gustarían los misioneros legendarios como San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, también, si tuvieran la oportunidad de llegar a conocerlos.

Pero es que el Vaticano no lo ve de ese modo. “El tema del sínodo que estamos inaugurando es ‘Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para la ecología integral’”, dijo el cardenal Claudio Hummes durante las notas introductorias el 7 de octubre. “El tema que se afronta sigue las amplias directrices pastorales características del Papa Francisco para crear nuevos caminos”. ¡Ah, caminos! Lo pillo.

Entre los asuntos clave que se han de tratar, el cardenal enumeró el papel de las mujeres, apoyo a la Tierra y a los pobres y “la cara amazónica de la Iglesia: inculturación e interculturalidad en un contexto misionero eclesial”. ¿Eh?

Sólo el número de expresiones de moda en justicia social es bastante para desencadenar un TEPT (trastorno de estrés postraumático) en los que sobrevivan al “primer año de experiencia” programado en sus universidades. ¿Es el sínodo de la Amazonía simplemente un gran taller de diversidad, bullendo en su propia versión de obsequiosos burócratas de campus, con sus camisas de cuello blanco, armados de PowerPoint, portapapeles y regalitos a mogollón?

Solo el tiempo lo dirá, pero los católicos tradicionales, muchos ya quemados con los últimos dos sínodos, hicieron ya sonar campanas de alarma cuando descubrieron algunas de las ideas del documento de trabajo que ha circulado durante este año. Los sucesos que se han desdoblado desde que se inauguró el sínodo el domingo no han hecho nada para aliviar sus temores.

Capital entre las ideas controvertidas era la de los sacerdotes casados. En junio, el cardenal Walter Brandmüller (uno de los dos cardenales de las dubbia que quedan), avisó de que el documento de trabajo amenazaba la tradición del celibato sacerdotal. Y ahora sus predicciones se están mostrando presagios. La noticia del cuarto día del sínodo (9 de octubre), por parte del obispo Erwin Kräutler, fue que dos tercios de los prelados asistentes estaban a favor de ordenar a hombres casados. Y donde se llama a los sacerdotes casados, se sigue seguro la llamada al clero femenino. “Muchos de los obispos están a favor de la ordenación de diaconisas”, dijo Kräutler a los periodistas.

Puede ser divertido debatir estos asuntos en una clase de teología de instituto, o en una cena de Acción de Gracias después unos cuantos coñacs, pero el debate no debería tener lugar en un sínodo. La Iglesia ha hablado definitivamente sobre este tema durante cientos de años y ha proporcionado múltiples razones esclarecedoras sobre porqué los sacerdotes son hombres solteros y célibes (la más importante de ellas que emulan a Cristo, Él mismo un hombre soltero y célibe). La norma está literalmente escrita en piedra, la piedra que es el apóstol Pedro, sobre quien Cristo edificó su Iglesia,

Otro asunto preocupante es el del ecologismo. Sí, los católicos están llamados a ser cuidadores de la Tierra, pero su función como tales debe reflejar un adecuado entendimiento del lugar de la naturaleza en una jerarquía vertical. Por la enseñanza católica, la naturaleza está subordinada al hombre y el hombre está subordinado a Dios. Sin embargo, gran parte del lenguaje del sínodo quiere mezclar (o “integrar”) los tres, como si la naturaleza, la humanidad y Dios fueran entidades conectadas en un plano horizontal (como en una estructura de burocracia).

Para una representación visual de estos esquemas en conflicto, consideremos la distribución de la Eucaristía. Históricamente, el sacerdote, de pie, -y actuando in persona Christi, en la persona de Cristo- bajaba su mano consagrada y colocaba la Eucaristía directamente en la lengua del comulgante, que se arrodillaba en el suelo ante el altar. Así, por la doctrina, el divino literalmente descendía de un plano superior al plano inferior del hombre, que se arrodillaba en un plano aún más bajo, la tierra. La distribución de la Eucaristía de hoy, sin embargo, se alinea más con los tipos de estructuras laterales abogadas por el sínodo. Un ministro laico (que no está ordenado para actuar in persona Christi) está de pie ante el comulgante, que también está de pie, y la hostia pasa de una mano mortal a otra, moviéndose horizontalmente en vez de en vertical, de persona a persona (en lugar de divino a persona), y permaneciendo en un solo plano.

Discutir sobre la distribución de la Eucaristía puede parecer como una insignificante cuestión de estilo pero, como solían enseñar los profesores de literatura (cuando enseñaban los clásicos), el estilo conforma el contenido. Además, el sínodo ha sido la temporada abierta para golpes a los detalles estilísticos desde el segundo día, cuando al papa Francisco bromeó contra el birrete, una prenda preferida por el clero tradicionalista.

Y estos análisis académicos nos traen de nuevo al asunto de las universidades y sus administraciones cada vez más burocráticas (sirviéndonos sólo de ejemplo los burócratas de la diversidad). Sea como catalizador o consecuencia de este giro burocrático, la diseminación de su contenido opera también burocráticamente. Cuando se trata de escribir artículos o discutir ideas, no hay correcto o incorrecto, arriba o abajo, bueno o malo. No se emula a Shakespeare ni a Hemingway ni se intenta elevar el humilde lenguaje de uno para igualar el de ellos. Sólo hay caminos horizontales a nuevas interpretaciones (freudiana, lacaniana o lo que sea) de sus obras.

Ahora vemos que les sigue el Vaticano. El papa ha reunido a sus burócratas de la diversidad para que carraspeen y tartamudeen sobre caminos y diálogos para lograr ideales abstractos, tales como “inculturación e interculturalidad”. Pero han dejado claro que, como las universidades, quieren hacer la diseminación de su contenido burocrática también. El único problema es que su contenido es el amor de Dios, cuya comprensión tradicionalmente significa abrazar la jerarquía y la verdad objetiva (para ponerlo de manera suave). Por el contrario, el acercamiento propugnado por el sínodo es “decididamente naturalista y horizontal, como tortugas con el carácter sobrenatural y vertical de la religión revelada de Cristo”, como dijo Peter Kwasniewski.

Contra este trasfondo se arremolinaba el pasado martes el rumor de que el papa Francisco había negado la divinidad de Cristo en una entrevista con el periodista italiano Eugenio Scalfari. Al día siguiente, en lugar de confirmar o negar el rumor, los gurús de relaciones públicas del Vaticano tomaron una página del libro del colegio, y recitaron obedientemente posible “caminos” ante lo que en realidad haya podido acontecer. Puede ser que Scalfari lo malinterpretara, o quizá lo ha amañado. No fue hasta el sábado, cuando otro oficial vaticano, el Dr. Paolo Ruffini, proclamó un cordial rechazo de la afirmación de Scalfari.

Por desgracia, cuando el papa persiste en conceder entrevistas a un periodista que ya le ha atribuido afirmaciones heréticas en el pasado y cuando despliega respuestas vagas a través de múltiples canales burocráticos antes que un aserto definitivo, se arriesga a una grave confusión. El mundo puede simplemente colegir el camino más escandaloso de todos: que el papa en realidad no cree que Cristo es divino sino simplemente otro hombre. Ya sabéis, un “amigo” como nosotros.

Honora Kenney es una profesional de los medios de comunicación que escribe desde Brooklyn, Nueva York. Está graduada y tiene un máster en Literatura Inglesa por la Universidad de Notre Dame.

Honora Kenney

Artículo original https://onepeterfive.com/amazon-synod-bureaucracy/ traducido por Natalia Martín


[1] Isabelina en cuanto correspondiente a la época de Isabel I de Inglaterra (n. de la t.)