ADELANTE LA FE

El Valle de los Caídos, símbolo de la Fe Católica

El peregrino que por primera vez llega al Valle de los Caídos no puede sustraerse a una triple conmoción. La primera, el particular paisaje geográfico, el Valle de Cuelgamuros en las Sierras del Guadarrama con sus grandes formaciones graníticas y su vegetación compuesta predominantemente de coníferas que dan al entorno un aire de silencio umbrío que llena el ánimo de profunda paz. Lo segundo, la audacia arquitectónica que sorprende y admira al comprobar que la gran Basílica está excavada en el corazón de la piedra que más parece haber sido horadada por el alma que por las máquinas. Lo tercero, y lo que más conmueve, el profundo sentido religioso admirablemente expresado en la gran y sobrecogedora Cruz que domina el Valle y que invita al recogimiento y la plegaria.

El Valle no es tan sólo un mausoleo aun cuando en su interior estén las tumbas de quienes, de un lado y del otro, ofrendaron sus vidas en la guerra de 1936 a 1939. Tampoco es solamente  un monumento a la memoria histórica de una gesta, la Cruzada, aunque sin lugar a dudas la recuerde y la reivindique con total legitimidad. Menos todavía, como lo ha afirmado cierta propaganda malintencionada, puede decirse que sea la vana pretensión de autohomenaje de algún personaje histórico aun cuando en su interior yazgan en sus tumbas hombres ilustres. No. El Valle es, por sobre todas las cosas, un grandioso monumento cristiano cargado de un profundo significado. La piedad española ha sabido valerse de la piedra para esculpir en ella la gran verdad de nuestra Fe: que Cristo es el único Redentor y Salvador del hombre y que con su Cruz ha unido a los que estaban separados reconciliándolos en su propio Cuerpo conforme con la enseñanza del Apóstol San Pablo: Los que estaban lejos han sido acercados por la sangre de Cristo: Porque Él es nuestra paz, el que de ambos hizo uno, derribando de en medio el muro de separación, la enemistad […]  para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo por medio de la Cruz matando en ella la enemistad (Efesios 2, 13-16). Sólo bajo la Cruz los hombres pueden reconciliarse y lo que este Monumento dice al mundo es que allí, a la sombra de la inmensa Cruz que señorea el Valle, los españoles han puesto la cifra y la esperanza de su reconciliación.

En este sentido resulta oportuno recodar algunos testimonios, hoy poco o nada conocidos o adrede olvidados, que evidencian cuál fue el espíritu que animó a quienes concibieron y llevaron adelante la construcción del Monumento. El Arquitecto Don Diego Méndez Gonzalez, que fue Consejero de Arquitectura del Patrimonio Nacional, en su estupendo libro El Valle de los Caídos. Idea. Proyecto. Construcción, explica desde lo arquitectónico como se buscó y logró la absoluta preeminencia de la Cruz sobre el resto del conjunto:

El Monumento puede y debe definirse como una gran Cruz, integrada, con sobriedad, en el paisaje. El desarrollo de esta idea es lo que le da carácter y fisonomía singulares e inconfundibles […] la gran Cruz desnuda se impone por todas partes a la mirada, y centra la atención de una manera absorbente, al paso que prevalecen en las soluciones arquitectónicas y decorativas los recursos simples y necesarios[1].  

Pero no menos ilustrativo es recordar, siquiera someramente, cómo nació y se gestó la idea de levantar semejante Monumento. Todos los testimonios concuerdan en que el Valle fue una idea muy temprana de Franco. Según Pedro Muguruza, arquitecto del proyecto, en un informe de abril de 1940, aseguraba que “ya hacía más de un año que el Caudillo tenía el propósito de erigir un gran monumento nacional a los Caídos de la Cruzada”[2]. De hecho, una primera alusión pública a lo que sería en el futuro el Valle de los Caídos la encontramos en un discurso pronunciado en junio de 1939, durante la inauguración de un monumento en memoria de Emilio Mola, en el que Franco anunciaba la construcción de un monumento al que definía como “un lugar que tendrá basílica, tendrá monasterio y tendrá cuartel; tendrá la reciedumbre de España, tendrá la aspereza de la tierra, tendrá la soledad de la oración”[3]. Es evidente que en el pensamiento del Caudillo ya estaba la idea central del Valle que, muy poco tiempo después, se pondría en ejecución.

Por Decreto del 1 de abril de 1940 el Gobierno de Franco dispone, en efecto, la construcción del Monumento; en sus considerandos se menciona

[…] la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de peregrinación en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”[4].

Pero quizás el testimonio más significativo lo ofrece el Decreto Ley del 23 de agosto de 1957 que establece la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Creemos necesario traer a la memoria el párrafo más significativo de esta notable pieza normativa:

La Cruz grandiosa que inspira el Monumento imprime a esta realización un carácter profundamente cristiano. Por ello el sagrado deber de honrar a nuestros héroes y nuestros mártires ha de ir siempre acompañado del sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélico. Además, los lustros de paz que han seguido a la victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de la unidad y hermandad entre los españoles. Este ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfan los brazos pacificadores de la Cruz[5].

Pieza notable, repetimos, ya que en ella queda claramente expuesto el significado del Valle como lo que en realidad es: un símbolo inequívoco de la Fe Católica que alentó la gran empresa de la Cruzada, primero, y luego la entera obra de gobierno de quien, con toda justicia, merece ser recordado como el último Caudillo de la Cristiandad.

Con estos testimonios, y muchos más que omitimos en honor a la brevedad, queda muy en claro que el Valle de los Caídos es un gran Monumento a la Fe Cristiana y una muestra más, de las mejores, de la esencial catolicidad de España.  Esto explica que suscite el odio permanente e inextinguible de los enemigos de la Fe de Cristo y de la España Católica. Erraríamos gravemente si atribuyéramos las reiteradas embestidas de que es objeto a una mera cuestión política o a un rencor histórico de los herederos de aquella república ominosa abatida tras limpia guerra en 1939. Algo de esto hay, sin duda. Pero lo fundamental es el odio a la Fe. Por eso en esta España nacida de la Transición (que mejor cuadraría llamar apostasía) el Valle es un contrasentido, una presencia intolerable, un cuerpo absolutamente extraño que hay que extirpar. El rechazo al Valle mide “con pasmosa exactitud” el grado de desintegración y de disolución que hoy afecta a la noble nación española. Pero la falta de una condigna y adecuada reacción a nivel mundial de parte de los católicos mide, también, el grado de indiferencia y de ignorancia en que hemos caído.

Es que el Valle, sin mengua alguna de su españolísima alcurnia, pertenece a toda la Catolicidad. Es un ejemplo pero a la vez un legado de España a todo el orbe católico. Su defensa compete, en primer lugar a los católicos españoles pero ningún católico puede desertar de ella. Y menos los que, por gracia de Dios, hemos nacido en este extremo austral de la Hispanidad Católica.

En muestra de ello lleguen estas líneas a nuestros hermanos de España.

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[1] Diego Méndez Gonzalez, El Valle de los Caídos. Idea. Proyecto. Construcción, Madrid, 1982, página 15.

[2] Pedro Muguruza, Informaciones, 2 de abril de 1940, página 3.

[3] Este Discurso lo recoge Isaías Lafuente, en su libro Esclavos por la patria, la explotación de los presos bajo el franquismo, Madrid, 2002, 113.

[4] Decreto del 1 de abril de 1940 disponiendo se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de ,Juventudes, en la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama (El Escorial), conocida por Cuelga-muros para perpetuar la memoria de los caídos en nuestra Gloriosa Cruzada. Boletín Oficial del Estado, 2 de abril de 1940, página 2240.

[5] Decreto Ley del 23 de agosto de 1957 por el que se establece la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los caídos, Boletín Oficial del Estado, n. 226, de 5 de septiembre de 1957. El subrayado es nuestro.

Mario Caponnetto

Nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. Médico por la Universidad de Buenos Aires. Médico cardiólogo por la misma Universidad. Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.
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