[Imagen: Beato Rolando Rivi, seminarista mártir por no dejar la sotana]

Pletórico de ilusión entró en el despacho del párroco el joven y nuevo vicario parroquial, P. Javier. El viejo párroco, don Carlos, le espetó en cuanto le vio: Querido Javier, no te recomiendo el uso de su sotana, los fieles no lo entenderían; además, los demás sacerdotes adscritos a la Parroquia no la llevan. Ya sabes, Javier, no es conveniente que desde el principio te destaques.

Ingenuamente el joven vicario le respondió: precisamente, don Carlos, antes de entrar en la Parroquia una señora me felicitó por llevar sotana. Contestándole el párroco: Si, si, pero eso no indica nada, hágame caso por su futuro en la Parroquia.

Javier terminó por quitarse su sotana, que con tanta ilusión se había hecho a medida, y la colgó en la sacristía esperando llevársela a casa y guardarla. El tiempo pasó, la sotana seguía en la sacristía pero el curtido sacerdote Javier ya no se acordaba de ella. Es más, ya no usaba el “claryman”, y vestía a la usanza de su viejo párroco, camisa y chaleco sin mangas.

El tiempo pasaba y Javier estaba plenamente integrado en la Parroquia, ya desaparecieron aquellos escrúpulos iniciales hacia los desmanes litúrgicos de los demás sacerdotes. Todo le parecía bueno si con ello los fieles le felicitaban. Llegó la hora de la jubilación del párroco, y todos los ojos estaban puestos en el P. Javier, o mejor en Javi como la gustaba que le llamasen, como el sustituto. Gozaba del aprecio de los demás sacerdotes, de los fieles y, lo que es más importante, del Sr. Obispo.

Javier fue nombrado el nuevo párroco. Lleno de satisfacción personal celebró su nombramiento con una buena comida, como las que acostumbraba con mucha frecuencia con su incondicional grupo selecto de feligreses. Así fue como festejó su nombramiento.

Pasaba el tiempo, y llegó el día en que se presentó un nuevo viario parroquial. El P. Javier lo recibió en su despacho, aquel en que años atrás él fue recibido por don Carlos. El nuevo vicario era verdaderamente casi un niño, pues había sido ordenado con dispensa por no tener la edad reglamentaria. Venía vestido con una espléndida sotana y un alzacuello blanco, que le sobresalía sobremanera.

Nada más verle, Javier, le dijo al imberbe vicario: mi querido amigo no te recomiendo que lleves la… De repente el párroco no pudo completar la frase con la palabra sotana. El joven vicario al ver el rostro pálido de su párroco le preguntó si se encontraba bien. Javier le contestó que no pasaba nada, que le agradaba que fuera con la sotana y le animaba a que la siguiera usando. Le despidió.

Cuando Javier se encontró solo se dirigió a la sacristía y empezó a rebuscar su antigua sotana. La encontró caída en el suelo llena de polvo y moho. Demasiados años. Al cogerla sintió un vuelco en el corazón, y no pudo evitar entristecerse. Lloró amargamente ante el Sagrario.

Desde aquel día, el P. Javier, ya no era el mismo. Se le veía taciturno y poco hablador. Un día, inesperadamente, para sus feligreses, anunció su marcha de la Parroquia diciendo que le habían detectado un problema de corazón y debía mantener reposo y vida tranquila.

Después de la marcha del párroco nunca más se supo de él. Años después el que fue joven vicario de Javier, y en la actualidad el nuevo párroco, tuvo una confidencia de él. El padre Javier, ya con años encima, se puso en contacto con el nuevo párroco, aquel imberbe vicario que apareció en el despacho con su flamante sotana. Le contó que aquella tarde no pudo pronunciar la palabra sotana, pues de forma súbita vino a su mente aquel día en que se presentó en la parroquia con sotana y a instancias del párroco se la quitó; y con ella se fue su ideal de sacerdocio. Nunca fue el sacerdote que en su interior siempre quiso ser. Se dejó llevar por las circunstancias.

La razón de dejar la parroquia no fue la fingida enfermedad del corazón, sino la herida en el alma que ya no podía soportar por no haber sido fiel a su ideal sacerdotal. Los años de retiro en silencio sanaron su dolor. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, cicatrizó su herida, suavizó su dolor y le devolvió la esperanza y la alegría sacerdotal.

Tras la confidencia personal del padre Javier al párroco, ya no se supo más de él. El nuevo párroco continúa con su sotana, y ¡oh milagro!, ha conseguido transformar la parroquia.

Y es que un sacerdote lleno de celo es capaz de transformar un pueblo.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa