Conozcan… la dignidad del matrimonio cristiano, que simboliza el amor entre Cristo y la Iglesia; pero comprendan la excelencia mayor de la virginidad consagrada a Cristo, de suerte que con la donación total de cuerpo y alma se entreguen al Señor tras una elección seriamente meditada y generosa. (Decreto Optatam totius. Nº 10. Concilio Vaticano II)

Cuando la Iglesia apareció en aquella Roma pagana, fastuosa y moralmente corrompida, era una “pequeña doncella” que ya mostraba las galas de la belleza de sus virtudes, ante las cuales llegarán los poderosos de la tierra a postrarse ante ella.

Qué galas podrían ser más hermosas las de aquella incipiente y pujante Iglesia que las de la virginidad, castidad, rectitud moral, pureza, pudor. ¡Qué extraño todo para aquellos patricios y matronas romanas tan dados al placer del cuerpo!

Aquella Iglesia que se abría camino en la Roma corrompida ya hacía notar su fuerza, vigor, fortaleza, en el ejemplo de sus hijos e hijas. Firmeza, consagración, libertad, heroísmo caracterizaban a aquellos primeros cristianos, y en especial a aquellas jóvenes y mujeres que abrazaban la virginidad a imagen de su amante Esposo Jesucristo.

No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les concede desde lo alto. En esta doctrina se promulga el estado inmutable de consagración religiosa y también del estado voluntario virginal.

Fueron legión, verdadero ejército glorioso de continentes y vírgenes quienes abrazaron este estado por el Reino de los cielos, siendo escándalo del mundo pagano y sacrílego.

La virginidad, dice San Ambrosio, puede aconsejarse, no mandarse. Es objeto de aspiración, no de precepto, pues la gracia no se impone, sino se desea, supone la libre elección, no la servidumbre obligatoria.

Fue esta libre elección la que llevó a muchas vírgenes al martirio, ante el pasmo y cólera de sus verdugos. Pero ante el mundo de enemigos con el que se encontraron, se alzaron las voces de obispos que las alentaron: Abrazad con cariño entre vuestras manos la cruz de Cristo nuestro Señor y elevándola en lo alto con vuestras obras, pisad firmes sobre el profundo mar de este mundo y pasad adelante… hasta tanto la divina Bondad os lleve a aquel descanso del gran sábado de gloria y os trasplante a aquel monte de su herencia, donde María dirige los coros de los bienaventurados (San Ambrosio).

La virginidad aparece frente a la ideología pagana como virtud que no tiene su origen en el hombre sino en el Cielo, diciéndole a ese mundo idólatra que el cuerpo yo no es medio y meta, sino que es el alma quien lo gobierna y dirige para que sea también vehículo de gloria y alabanza al Creador.

La fuerza irresistible de la virginidad derrumba los resortes paganos del placer corporal, y como luz que viene de lo alto ilumina, transformando, lenta y eficazmente, a aquella sociedad.

Y esa luz virginal sigue iluminando hoy como ayer al mundo actual, sigue siendo hoy como ayer gloria de la Iglesia, y hoy como ayer la virginidad es fermento santo de frutos de abnegación, entrega, negación personal y martirio por el Amado Esposo.

La vida virginal es otra Misa, porque está en continuo sacrificio de alabanza al Padre eterno, es el continuo sacrificio de Jesucristo en su entrega al Padre. Introibo ad altare Dei, – Entraré en el altar de Dios, El Dios que alegra mi juventud-, se dice en las oraciones al pie del altar en la Misa tradicional. Esa juventud del corazón que en la virginidad y en la castidad se manifiesta lozana, fresca, fuerte y gozosa.

¡Bienaventuradas las vírgenes que respiráis gracia tan inmortal, como los huertos flores, los templos religión y los altares incienso sacerdotal! (San Ambrosio).

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.