ONE PETER FIVE

Enseñanzas que podemos extraer de la Historia de la Iglesia: breve repaso a  los yerros de los papas   

Nota de la Redacción: Una versión anterior de este artículo se publicó en OnePeterFive en octubre de 2015, con el pseudónimo de Benedict Constable. A raíz de cierta polémica (cuya naturaleza no viene al caso), el artículo se retiró del blog, no sin que antes llegara a un buen número de lectores y fuera calificado elogiosamente como una de las exposiciones más útiles redactadas hasta la fecha sobre la crisis actual de las autoridad eclesiástica. El autor ha efectuado numerosas correcciones al articulo antes de publicarlo, gracias a los comentarios de algunos lectores, entre los que se cuentan historiadores de la Iglesia y expertos en teología dogmática. En esta ocasión aparece con el nombre real del autor.

Hay católicos que no soportan que se critique a un papa por el menor motivo, como si edificio de la Fe católica se fuera a desmoronar si se demostrara que un sucesor de San Pedro fue un sinvergüenza, un asesino, un fornicario, un cobarde, un transigente o un promotor de ambigüedades, herejías o indisciplina. Nada podría estar más lejos de la verdad que afirmar que la Fe se vendría abajo; es demasiado fuerte y estable para ello, ya que no depende de nadie que ejerza el cargo de pontífice. Al contrario, es anterior a todos los que han ocupado el solio pontificio; y de hecho los juzga en base a que hayan sido o no buenos vicarios de Cristo. La Fe se les confía a los papas, al igual que a los obispos, pero no está sujeta a su arbitrio.

La Fe católica la hemos recibido de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, su piedra angular inamovible, garantía constante de verdad y santidad [1]. El contenido de dicha Fe no lo determina el Papa, sino Cristo, y nos es transmitido por las Sagradas Escrituras, la Sagrada Tradición y el Magisterio. Por Magisterio no se entiende todo lo que proceda de los prelados y los papas, sino la enseñanza pública, oficial, definitiva y universal acumulada en los cánones, decretos, anatemas, bulas, encíclicas y otros instrumentos dogmáticos de doctrina que estén en armonía con los anteriores.

Nos encontramos ante el grave problema de la papolatría, que ciega a los católicos a la realidad de que los pontífices son seres humanos pecadores y falibles como todos nosotros, y que sus declaraciones sólo están garantizadas de estar exentas de error en condiciones muy concretas y definidas [2]. Aparte de eso, el alcance de la ignorancia, errores, pecados y catastróficas imprudencias en que puede incurrir un pontífice en el ejercicio de su autoridad puede alcanzar proporciones de mucho calado. A pesar de ello, en la historia secular no hay un elenco de grandes personajes comparable al casi centenar de papas santos, así como numerosos ejemplos de casos peores que los peores pontífices, lo cual es muy revelador sobre la condición del hombre caído.

Con tantos católicos perplejos en cuanto a si un papa puede equivocarse y en qué condiciones, nos parece que vendría bien compilar algunos ejemplos, divididos en tres categorías: (1) pontífices que cometieron graves inmoralidades en su vida personal; (2) papas que hicieron la vista gorda ante herejías o guardaron un silencio culpable ante ellas o mantuvieron una actitud ambigua; y (3), papas que enseñaron (si bien no ex cathedra) algo de índole herética, próximo a la herejía o perjudicial para los fieles.

Puede que no todos los lectores estén de acuerdo en que cada uno de los ejemplos que vamos a citar sea un ejemplo legítimo de la categoría asignada, pero eso es lo de menos. El hecho de que haya algunos casos problemáticos basta para demostrar que los pontífices no son oráculos automáticos de Dios que no transmiten sino revelaciones saludables, buenas, santas y merecedoras de elogio. Si esta afirmación suena a chiste, no hay más que echar un vistazo a los católicos conservadores que se desviven por encontrar algo bueno en todos los desatinos de Francisco negando rotundamente que Roma pueda producir frutos podridos o venenosos.

Papas que cometieron graves inmoralidades en su vida personal

Este apartado, desgraciadamente, no es difícil de completar, y no habría que dedicarle demasiado tiempo. Sería suficiente con poner seis ejemplos entresacados de los casos expuestos por E.R. Chamberlin en su libro Los malos papas. [3]

Juan XII (955-964) regaló tierras a una amante suya, ordenó varios asesinatos y murió a manos de un hombre que lo sorprendió en la cama con su esposa.

Benedicto IX (1032-1044, 1045, 1047-1048) se las arregló para ser elegido pontífice en tres ocasiones, pues vendió el cargo y lo compró nuevamente.

Urbano VI (1378-1389) se quejó de que no oía suficientes gritos mientras torturaban a los cardenales que habían conspirado contra él.

Alejandro VI (1492-1503) se abrió camino hasta el solio pontificio a base de sobornos y puso todo su empeño en promocionar a sus hijos bastardos, como Lucrecia, a la que en un momento dado nombró regente de los Estados Pontificios, o César, a quien Maquiavelo elogió por su gran crueldad. Durante su reinado el libertinaje alcanzó unas cotas nunca vistas: mientras celebraba un banquete, Alejandro mandó traer una cincuentena de prostitutas romanas para que participando en una orgía pública deleitasen a los invitados. Tan escandaloso fue su pontificado que cuando falleció sus clérigos se negaron a darle sepultura en la basílica de San Pedro.

León X (1513-1521) fue un Medici derrochador que en una sola ceremonia dilapidó la séptima parte de las reservas acumuladas por sus antecesores. En su descargo, hay que señalar que promulgó la bula Exurge Domine (1520) contra los errores de Lutero, en la que entre otras condenó la proposición «que los herejes sean quemados es contra la voluntad del Espíritu» (nº 33).

Clemente VII (1523-1534), también de la familia Medici; sus intrigas políticas con Francia, España y Alemania le acarrearon el Saco de Roma.

Se podrían citar más casos.

Esteban VII (896-897) detestaba a tal punto a su predecesor Formoso que mandó desenterrarlo, someterlo a proceso, amputarle el dedo que había llevado el anillo pontificio y arrojar su cadáver al Tíber, y declaró nulo (sin serlo) todo lo que había mandado Formoso. De haberse mantenido tan desacertada declaración, habría afectado la vida espiritual de muchos, pues los sacerdotes no habrían consagrado la Eucaristía ni absuelto válidamente los pecados.

Pío II (1458-1464) escribió una novela erótica antes de su consagración como pontífice.

Inocencio VIII (1484-1492) fue el primer papa que reconoció oficialmente a sus hijos bastardos, y los colmó de favores.

Pablo III (1534-1549) obtuvo el capelo cardenalicio gracias a las influencias de su hermana, amante de Alejandro VI. Fue padre también de hijos ilegítimos, nombró cardenales a dos nietos suyos, de 14 y 16 años respectivamente, y libró una guerra a fin de obtener el Ducado de Parma para sus descendientes.

Urbano VIII (1623-1644) practicó mucho el nepotismo, y favoreció la castración de niños para que pudieran cantar con voz aguda en el coro pontificio. Su conducta fue censurada por varios cardenales, entre ellos Ludovisi, que llegó a amenazarlo de ser destituido por favorecer la herejía.

Si bien hay polémica en cuanto a la medida en que estos pontífices obraron mal, aun dejándoles amplio margen, hay que reconocer que ha habido papas que se lucieron en lo que se refiere a conductas impropias.

Papas que hicieron la vista gorda ante la herejía, guardaron un silencio culpable o mantuvieron una actitud ambigua ante ella

San Pedro (†64): Por atrevido que parezca comenzar por San Pedro, hizo una concesión vergonzosa en la aplicación de un artículo de fe: la igualdad de los cristianos judíos y gentiles y la abolición de las leyes ceremoniales judaicas; por esta falta lo reprendió San Pablo en su cara (cf. Gál. 2, 11). Este episodio ha sido objeto de tantos comentarios por parte de los Padres y Doctores de la Iglesia y por autores más recientes que no vale la pena que le dediquemos más espacio. Es de señalar que la Divina Providencia permitió que su primer vicario fallara en más de una ocasión para que no nos escandalicemos cuando lo hiciera uno de sus sucesores. Por esta razón escogió también a Judas: para que las traiciones perpetradas por prelados no nos llevaran a perder la fe en que Dios sigue llevando las riendas de la Iglesia y de la Historia.

Liberio (352-366). Aunque la historia es compleja, la podemos resumir en pocas palabras. Con la típica arrogancia bizantina, el emperador arriano Constantino depuso a Liberio en 355 por no abrazar el arrianismo. Al cabo de dos años de exilio, Liberio llegó a un acuerdo con el Emperador, que seguía siendo arriano, y éste le permitió regresar a Roma. Se desconoce con exactitud qué transacción doctrinal firmó, o incluso si llegó a firmarla (según San Hilario de Poitiers lo hizo), pero no deja de ser muy significativo que Liberio, papa número 36, es el único de los 54 que hubo entre San Pedro y San Gelasio I que no es venerado como santo en Occidente. Al menos en aquella época, a los pontífices no se los canonizaba automáticamente, y menos cuando tenían un desempeño desastroso o no eran los pastores ejemplares que debían ser.

Vigilio (537-555). Contra Vigilio hay cuatro acusaciones. En primer lugar, intrigó con la emperatriz Teodora, que le ofreció la silla de San Pedro si reinstalaba en el trono a Antimo, que había sido depuesto del trono en Constatinopla [4]. Segunda: usurpó el solio pontificio. Tercera, cambió de postura con relación a los Tres Capítulos (escritos que habían sido condenados por los obispos orientales por excederse en su orientación antimonofisita). En un principio Vigilio se negó a aceptar la condenación, pero cuando la confirmó el Segundo Concilio de Constantinopla, se cedió a la presión imperial y ratificó el decreto conciliar. Al parecer Vigilio consideraba problemática la condenación de los Tres Capítulos porque en Occidente se entendía que socavaba la doctrina del Concilio de Calcedonia, pero con todo se dejó persuadir. Y por último, su actitud vacilante en esta cuestión y su decisión definitiva dieron lugar a un cisma en Occidente, ya que algunos obispos de Italia se negaron a aceptar el decreto de Constantinopla. Este cisma entre Roma y Orienta habría de durar muchos años [5].

Honorio I (625-638). En su campaña para reconciliar a los monofisitas de Egipto y Asia, los emperadores orientales abrazaron el monotelismo, doctrina que proponía que aunque Cristo posee dos naturalezas tiene una sola voluntad. Cuando los teólogos la rechazaron por herética, se propuso una formula de conciliación que hacía concesiones peores, al afirmar que aunque Cristo posee dos voluntades, éstas tienen no obstante una sola operación. Esto también era falso, pero el patriarca de Constantinopla se esforzó por promover la reconciliación acallando el debate y prohibiendo discutir el asunto. En 634 escribió al papa Honorio en busca de apoyo a su postura, y el pontífice se lo dio, mandando que no se defendiesen ni una ni dos operaciones. En su respuesta, Honorio desautorizó a los ortodoxos que habían empleado la expresión «dos operaciones». Y algo aún más grave: apoyó a los que querían enturbiar la claridad doctrinal a fin de reconciliar a una facción que estaba en rebeldía contra la Iglesia.

Quince años más tarde, el emperador  Constante II promulgó un documento llamado Typos en el que ordenaba precisamente la misma normativa que había prescrito Honorio. Pero el nuevo pontífice, Martín I, convocó un sínodo que condenó el Typos y mantuvo la doctrina de las dos operaciones. Airado, Constante mandó llevar a Martín a Constantinopla y, tras un cruel encarcelamiento, lo desterró a Crimea, donde murió. Por esta razón se lo venera como mártir, siendo el último pontífice mártir hasta la fecha. En 680-681, tras la muerte de Constante, se celebró el Tercer Concilio de Constantinopla, que desechó el intento de armonización con los monofisitas en favor de la reconciliación con Roma. Alardeando de solidaridad con el perseguido Martín, se hizo célebre por desautorizar a su predecesor: «Resolvemos que Honorio sea expulsado de la Santa Iglesia de Dios». El pontífice a la sazón reinante, León II, en una carta en la que aceptaba los decretos del concilio condenó igual de categóricamente a Honorio:  «Declaramos anatema a Honorio, que no esforzó por depurar esta Iglesia apostólica con la doctrina de la tradición de los apóstoles, y con profana perfidia consintió que esta Fe sin mancha se corrompiese». Y en una carta a los obispos de España, León II condenaría nuevamente a Honorio como «que no sofocó la llama de la herejía en cuanto brotó, como es propio de la autoridad apostólica, sino que la avivó con su negligencia».

Juan Pablo II (1978-2005). El papa Wojtiła convocó el encuentro mundial de religiones celebrado en 1986 en Asís de tal modo que la impresión que dio de indiferentismo y la comisión de actos sacrílegos y blasfemos no fue accidental, sino conforme al programa previamente aprobado por el Pontífice. Su beso al Corán se hizo célebre. Fue, pues, culpable de dejación de funciones en la  defensa y proclamación de la única Fe verdadera, la católica, causando un escándalo considerable para los fieles [7].

Papas que enseñaron algo de índole herética, próximo a la herejía o perjudicial para los fieles

Entramos ahora en un terreno más controvertido, pero es indudable que los casos abajo enumerados presentan graves dificultades a los optimistas y ultramontanistas, en el sentido que ha adquirido últimamente esta palabra: se refiere a los que conceden excesiva autoridad a lo que dice y hace el pontífice reinante, como si se tratara de la única norma, o de la principal, para determinar lo que constituye la Fe católica.

Pascual II (1099-1118). Motivado por su deseo de obtener la cooperación de Enrique V, este papa revirtió la norma de sus predecesores y concedió al Emperador el privilegio de investir a los obispos con anillo y báculo, símbolos de la autoridad temporal y espiritual. Esta concesión desató una avalancha de protestas por toda la Cristiandad. San Bruno de Segni (c. 1047-1123) calificó en una carta de herética la postura de Pascual II, porque contradecía las decisiones de muchos concilios, y sostenía que quien defendiese la postura del Papa incurría igualmente en herejía. En represalia, el Pontífice destituyó a San Bruno de su cargo de abad de Montecassino, pero al final se impuso el parecer de Bruno y el Papa revocó su decisión anterior[8].

Juan XXII (1316-1334). En sus predicaciones públicas entre el 1 de noviembre de 1331 y el 5 de enero de 1332 negó la doctrina según la cual las almas de los justos acceden a la visión beatífica, y sostenía que ésta se retrasaría hasta la resurrección de la carne al final de los tiempos. Este error ya había sido refutado por Santo Tomás de Aquino y muchos otros teólogos, pero su resurgimiento por boca del mismísimo Papa provocó la ardorosa oposición de gran cantidad de prelados y teólogos, entre otros Guillaume Durand de Saint Pourçain, obispo de Meaux; el dominico inglés Thomas Waleys, cuya oposición pública le valió un proceso y una condena de cárcel; el franciscano Nicolás de Lyra, y el cardenal Jacques Fournier. Cuando el Papa intentó imponer tan errónea doctrina en la Facultad de Teología de París, el rey de Francia, Felipe IV de Valois, prohibió su enseñanza y, según cuenta Jean Gerson, canciller de la Sorbona,  llegó al extremo de amenazar con la hoguera a Juan XXII si no se retractaba. Un día antes de morir, Juan XXII se retractó de su error. Su sucesor el cardenal Fournier, que adoptó el nombre de Benedicto XII, procedió a definir ex cathedra la verdad católica a este respecto. San Roberto Belarmino admite que Juan XXII sostuvo una opinión materialmente herética con intención de imponérsela a los fieles, pero Dios nunca se lo permitió [9].

Pablo III (1534-1549). En 1535, este pontífice aprobó y promulgó el radicalmente novedoso y simplificado breviario del cardenal Quiñones, el cual, si bien había sido aprobado como optativo para la recitación privada del clero, terminó por ser utilizado públicamente en algunos casos. Algunos jesuitas lo acogieron con los brazos abiertos, pero la mayoría de los católicos –entre ellos San Francisco Javier– opusieron graves reparos y se le opusieron, a veces con vehemencia, al ver en él un ataque injustificable a la tradición litúrgica de la Iglesia [10]. Su mera novedad constituía un abuso de la lex orandi y por tanto de la lex credendi. Era perjudicial para quienes lo utilizaban porque los apartaba de la tradición orgánica del culto; se trataba del invento de un particular, y suponía una ruptura con el legado heredado de los santos. En 1551, el teólogo español Juan de Arce dirigió una enérgica protesta contra el mencionado breviario a los Padres del Concilio de Trento. Afortunadamente, Pablo IV repudió el breviario por un rescriptum en 1558, 23 años después de la aprobación pontificia inicial, y San Pío V prohibió totalmente su utilización en 1568. Así pues, cinco pontífices y 33 años después de la aprobación original por un papa, quedó sepultada esta mercancía averiada [11].

Pablo VI (1963-1978). Por ser el papa que promulgó todos los documentos del Concilio Vaticano II, toda cuestión problemática que se encuentra en dichos documentos –cuestiones problemáticas [12] que no son insignificantes ni pocas, y han sido identificadas por muchos– debe achacarse a la responsabilidad de dicho pontífice. Se podrían señalar, por ejemplo, afirmaciones materialmente erróneas de Gaudium et Spes (por ejemplo, el nº 24, que dice: «El amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento» [13] o el nº 63, que declara: «El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social» [14]. Pero tal vez será la declaración sobre la libertad religiosa Dignitates humanae (7 de diciembre de 1965) la que pasará a la historia como lo más bajo que pudo caer la asamblea conciliar. Como una especie de carrusel desbocado, la polémica hermenéutica en torno a este documento durará hasta que un papa o un concilio futuros lo desechen definitivamente. A pesar de los hercúleos esfuerzos, no exentos de verborrea, para conciliar Dignitatis humanae con el magisterio anterior, en principio se puede afirmar verosímilmente que la afirmación en dicho documento de que es un derecho natural sostener y propagar el error, aunque sus partidarios lo entiendan como cierto, es contrario a la razón natural y a la Fe católica [15].

Mucho peor es la primera edición de la Instrucción general del Misal romano promulgada con la firma de Pablo VI el 3 abril de 1969, que contenía afirmaciones formalmente heréticas sobre la naturaleza del Santo Sacrificio de la Misa. Cuando un grupo de teólogos encabezados por los cardenales Ottaviani y Bacci señalaron estos graves problemas, el Papa dispuso que el texto se sometiera a correcciones a fin de que pudiera presentarse una segunda edición corregida. A pesar de las que las diferencias en el texto son asombrosas, la primera edición nunca se repudió oficialmente ni se ordenó que se destruyese; fue simplemente sustituida [16]. No sólo eso; aunque explicarlo excedería los límites de este artículo, la promulgación del Novus Ordo Missae constituyó en sí una dejación de funciones por parte del Papa en lo que se refiere a salvaguardar y promover la tradición orgánica del Rito Latino y motivo de inmenso daño para los fieles.

Juan Pablo II afirmó en numerosas oportunidades el derecho a cambiar de religión, sea cual sea ésta. Esto sólo es posible cuando se profesa una religión falsa, porque la falsedad no obliga a nadie, mientras que todo el mundo tiene la obligación de adherirse a la única religión verdadera. Si se es católico, es imposible tener derecho, ni natural ni de parte del Dios que creó la naturaleza, a abandonar la Fe. Por consiguiente, una declaración como ésta: «La libertad religiosa, por tanto, es como el corazón mismo de los derechos humanos. Es inviolable hasta el punto de exigir que se reconozca a la persona incluso la libertad de cambiar de religión, si así lo pide su conciencia» [17] es falsa si se toma al pie de la letra; y además peligrosamente, se podría añadir, dada su base su base conceptual liberal, naturalista e indiferentista.

Francisco. No se sabe ni por dónde empezar con este egregio doctor (no lo digo en el sentido elogioso de doctor egregiuis). En realidad, existe todo un portal de internet, Denzinger-Bergoglio, creado por teólogos y y filósofos, que se han tomado la enorme molestia de enumerar con gran lujo de detalle las afirmaciones de este pontífice que contradicen las Sagradas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia Católica. Con todo, podemos identificar varias enseñanzas falsas particularmente peligrosas.

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1.- La aprobación de que se administre la Sagrada Comunión a católicos divorciados y vueltos a casar que no tienen intención de vivir como hermanos con su cónyuge, expresada como posibilidad en la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia y ratificada como algo efectivo en la carta a los obispos argentinos publicada en Acta Apostolicae Sedis [18].

2.- El intento de alterar la doctrina sobre la pena capital, expuesto por primera vez en un discurso de octubre de 2017 y ahora impuesto a la Iglesia por medio de una modificación en el Catecismo, a pesar de que la nueva doctrina contraviene abiertamente una tradición unánime que hunde sus raíces en las Escrituras [19]. Lo peor de esta modificación, como muchos ya han señalado, es que proclama a voces algo muy grato a los progresistas, liberales y modernistas: que doctrinas transmitidas a lo largo de siglos o milenios y publicadas en todos los catecismos escolares que han salido de las imprentas, son revisables, hasta el punto de decir lo contrario cuando el Papa baila al son que marcan los tiempos. Sabe Dios qué desarrollos de doctrina nos aguardan ahora que somos tan modernos e ilustrados y tenemos más perspicacia moral que los bárbaros que nos precedieron. ¿La ordenación de mujeres, la superación de los últimos vestigios del primitivo patriarcado? ¿La legitimación del control de natalidad y la sodomía, liberándonos por fin del biologismo reduccionista que ha sido la pesadilla de  la doctrina moral católica con el coco de los actos intrínsecamente desordenados? Y así podríamos seguir.

Un amigo mío benedictino suele decir: «El problema no es el problema». Y un padre dominico escribió muy acertadamente: «En realidad, la cuestión no es la pena de muerte. Lo que quieren es cambiar el lenguaje para que el Catecismo permita a los teólogos evaluar la doctrina y el dogma con criterios historicistas. O sea: Tal verdad ya no vale porque los tiempos han cambiado. Los hegelianos se han salido con la suya.»

3.- La reforma de las anulaciones, que en la práctica equivale a reconocer una especie de divorcio católico, en vista del novedoso concepto de presunción de invalidez [20].

El repaso que hemos hecho de los pontífices desde Pascual II hasta Francisco nos permite captar algo esencial: si un papa puede sostener y enseñar herejías, aun temporalmente o para un grupo determinado, es posible con más razón que actos disciplinarios promulgados por el Santo Padre, incluso si están dirigidos a la Iglesia Universal, sean todavía más perjudiciales. A fin de cuentas, la herejía es peor en sí que una disciplina laxa o contradictoria.

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Melchor Cano, aquel eminente teólogo del Concilio de Trento, es conocido por esta afirmación:

Quienes defienden ciega e indiscriminadamente toda decisión del Sumo Pontífice son los que más socavan la autoridad de la Santa Sede: en vez de afianzar sus cimientos los destruyen. ¿Qué se gana discutiendo con herejes que no defienden la autoridad pontificia con sano juicio sino basados en sentimientos, ni debaten para sacar a relucir la verdad mediante argumentos convincentes, sino para ganar a otros a sus ideas y su voluntad. Pedro no tiene necesidad de nuestras mentiras y adulaciones [21].

Volvamos al punto de partida. La Fe católica ha sido revelada por Dios, y ningún hombre la puede alterar: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb. 13,8). El Papa y los obispos son los honrables servidores de dicha Revelación, y tienen el deber de transmitirla fielmente, sin alteración ni modificación, a lo largo de las generaciones. San Vicente de Lerins lo explicó maravillosamente: puede haber desarrollo en el modo de entenderla y exponerla, pero nunca contradicción ni evolución. Las verdades de la Fe, contenidas en las Escrituras y la Tradición, han sido definidas, interpretadas y defendidas con autoridad en las actas estrechamente definidas de los pontífices y los concilios a lo largo de los siglos. En este sentido, sería bastante apropiado decir: «Búscalo en el Denzinger; ahí está la doctrina de la Fe».

El catolicismo es, siempre ha sido y siempre será estable, perenne, objetivamente cognoscible, un firme peñón de certidumbre en un mar de caos, a pesar de los esfuerzos de Satanás y sus secuaces para trastornarlo. La crisis que atravesamos es en gran medida fruto de la amnesia colectiva de haber olvidado quiénes somos y qué creemos, junto con una nerviosa tendencia al culto a la personalidad, a querer buscar por todas partes al gran héroe que nos salvará. Pero nuestro Jefe supremo, nuestro Rey de reyes y Señor de señores, es Jesucristo. Seguimos y obedecemos al Papa y a los obispos en la medida en que nos transmiten la doctrina pura y saludable de Nuestro Señor y nos guían para seguir la vía de santidad que Él nos ha señalado, no cuando nos ofrecen agua contaminada o nos arrastran al fango.  Así como Nuestro Señor fue en todo un hombre como nosotros menos en el pecado, los seguimos a ellos en todo menos en el pecado; sea pecado de herejía, cisma, inmoralidad sexual o sacrilegio. Los fieles tenemos el deber de formarnos la mente y la conciencia para que sepamos a quién seguir y cuándo. No somos autómatas ni marionetas.

Los papas tampoco; son hombres de carne y hueso, dotados de intelecto, libre albedrío, memoria, imaginación, opiniones, aspiraciones y ambiciones. Pueden cooperar mejor o peor con la gracia y desempeñar mejor o peor las obligaciones de su supremo cargo. Es incuestionable que el Sumo Pontífice tiene una autoridad singular y exclusiva en la Tierra como Vicario de Cristo. De ahí se desprende que tenga el deber moral de hacer uso virtuoso de ella por el bien común de la Iglesia. Y que puede desde luego pecar abusando de su autoridad o no ejerciéndola cuando debe o como debe. La infalibilidad bien entendida es el don que recibe del Espíritu Santo. El ejercicio correcto y responsable de su cargo no está garantizado ni mucho menos por el Espíritu Santo. En este sentido el Papa tiene que rezar y trabajar, trabajar y rezar, como todos nosotros. Los pontífices pueden lo mismo hacerse merecedores de canonización que de abominación. Al final de su peregrinación en la Tierra todo sucesor de San Pedro se ha ganado la salvación o la condenación eternas. Y del mismo modo, todos los cristianos se santificarán siguiendo las enseñanzas auténticas de la Iglesia y repudiando todo error y vicio, o se harán acreedores a la condenación por haber seguido doctrinas falsas y abrazado el error y el mal.

Ya veo a algunos de mis lectores objetando: «Si el Papa puede descarriarse y dejar de enseñar la fe ortodoxa, ¿de qué sirve tener un papa? ¿Acaso la razón de ser del Vicario de Cristo no es que podamos tener la certeza de la verdad de la Fe?»

La respuesta a esta pregunta es que la Fe católica es anterior a los papas, aunque éstos ocupen un lugar importante en lo que se refiere a la defensa y formulación de ella. Los fieles pueden conocer la Fe con certeza por innumerables medios, entre los cuales podríamos incluir también cinco siglos de catecismos tradicionales de todo el mundo cuyas enseñanzas concuerdan. El Papa no puede decir, parafraseando a Luis XIV, «la Fe soy yo».

Fijémonos por un momento en las cifras. El presente artículo enumera once pontífices inmorales y diez que, en mayor o menor medida, incurrieron en herejía. En total ha habido 266 papas. Si hacemos cuentas, tenemos un 4,14% de sucesores de San Pedro que se hicieron dignos de oprobio por su conducta moral y 3,76% que se lo merecen por haber jugueteado con el error. Por otro lado, unos 90 pontífices preconciliares son venerados como santos o beatos, lo cual supone el 33,83%. Podríamos debatir sobre cifras (¿me habré pasado de tolerante o de severo en las listas?), pero habría que estar ciego para no ver en estos números la mano palpable de la Divina Providencia. Una monarquía constituida por 266 reyes que ha durado 2000 años y puede jactarse de semejantes proporciones de logros y fracasos no es una obra humana que se mantenga por su propio esfuerzo.

De estas cifras se desprenden dos enseñanzas: en primer lugar, nos maravillamos del evidente milagro que constituye el Papado y sentimos gratitud. Aprendemos que debemos confiar en la Divina Providencia, que guía a la Santa Iglesia de Dios en las tempestades de los siglos haciendo que dure más que los relativamente pocos papas malos que hemos tenido que soportar, bien a modo de prueba, bien en castigo por nuestros pecados. En segundo lugar, aprendemos a discernir y ser realistas. Por una parte, el Señor ha conducido a la gran mayoría de sus vicarios por el camino de la verdad para que podamos conocer que nuestra confianza está segura en la nave de San Pedro, con él al timón. Pero el Señor también ha permitido que una pequeña cantidad de sus vicarios vacile o falle para que comprendamos que no son justos de un modo automático, ni gobiernan con una sabiduría innata y sin esfuerzo ni son portavoces directos de Dios a la hora de enseñar. Los pontífices deben decidir por voluntad propia cooperar con la gracia que reciben para ejercer el cargo, y también se pueden descarrilar. Pueden pastorear bien o mal la grey, y de vez en cuando hasta pueden convertirse en lobos. Es raro que suceda, pero sucede porque Dios lo permite en su voluntad, precisamente para que no abdiquemos de la razón, dejando la fe en manos de otros y avancemos sonámbulos hacia el desastre. La historia de los papas es un testimonio notable de que un poder espiritual casi milagroso mantiene a raya las fuerzas de las tinieblas para que no prevalezcan las puertas del Infierno. Pero en esa historia hay los borrones precisos para que seamos cautos y estemos alerta. El consejo de ser sobrios y velar no sólo se aplica a la relación con el mundo que nos rodea, sino también a nuestra vida en la Iglesia, porque «nuestro adversario el Diablo ronda como león rugiente buscando a quién devorar» (1 Pe. 5,8), desde el último de los feligreses al primero de la jerarquía.

Nuestro maestro, nuestro modelo, nuestra doctrina, nuestra forma de vida… todo esto se nos da gloriosamente manifestado en el Verbo Encarnado, escrito en las tablas de piedra de nuestro corazón. No nos lo esperamos del Papa, como si no existieran ya en su forma acabada. La misión del Papa es ayudarnos a creer y a hacer lo que el Señor nos llama a cada uno a creer y hacer. Y si algún ser humano en la Tierra se interpone –así sea el propio Pontífice– debemos resistirle y hacer lo que sabemos que se debe [22]. El gran Prosper Guéranguer escribió:

Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en la fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trata de ciencia o de conducta, de moral o de dogma (…) Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos esperan para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos un programa que no es necesario y no se les debe dar [23].

Notas:

[1] Sobre la inmutabilidad de la Fe que se deriva de la naturaleza y misión de Cristo, ver mi Discurso de Winnipeg y el artículo que publiqué en OnePeterFive con el título El culto al cambio frente a la inmutabilidad cristiana.

[2] Para entender mejor este punto, recomiendo leer lo que dijo el P. Adrian Fortescue y los excelentes posteos del P. Hunwicke, como ésteéste, y ésteEsta explicación de la infalibilidad también merece ser tenida en cuenta.

Cuando la Fe se considera más «aquello que dice el papa reinante» (simplemente hablando) que «lo que siempre ha enseñado la Iglesia» (colectivamente) nos encontramos ante una exaltación de la persona y cargo del Papa. Como dijo Ratzinger en tantas ocasiones, el Papa es servidor de la Tradición, no dueño de ella; está sujeto a ella, no tiene autoridad sobre ella. Por supuesto, puede tomar y toma decisiones doctrinales y disciplinarias, pero serán relativamente pocas las cosas que diga que se ajusten formalmente a la infalibilidad. Todo lo que enseñe como papa (cuando se vea que se propone enseñar de ese modo) debe ser acogido con respeto y sumisión, a menos que contenga algo contrario a lo que siempre se ha transmitido. Los ejemplos que he puesto demuestran que en ciertos casos (hay que reconocer que excepcionales) los buenos católicos tuvieron que resistir. Según entiendo, eso es también lo que dicen el cardenal Burke y el obispo Schneider: que si, por ejemplo, los sínodos sobre el matrimonio o la familia o sus subproductos papales tratan de imponer a la Iglesia una doctrina o disciplina contraria a la Fe, no podemos aceptarla y es preciso resistir.

[3] E.R. Chamberlin, Los malos papas, Círculo de Lectores, Barcelona 1976.

[4] Sigue (a veces palabra por palabra) la reseña de Henry Sire en Phoenix from the Ashes, (Kettering, Ohio: Angelico Press, 2015), 17-18. Recomiendo este libro; es el mejor análisis de la historia de la Iglesia contemporánea que he leído.

[5] No llevó adelante esta iniciativa; pero sólo porque lo prohibió el Emperador.

[6] Ver una vez más lo relatado por Sire en Phoenix, 18-19.

[7] Ver Sire, Phoenix, 384-388.

[8] Según la detallada exposición de Roberto de Mattei. Es cierto que la palabra herejía era de uso mucho más generalizado en otros tiempos, siendo prácticamente un comodín para referirse a todo lo que pareciese siquiera heterodoxo, pero en la postura temporal de Pascual II en torno a las investiduras subayace un concepto erróneo de lo que es la autoridad verdadera, debida, independiente, conferida por Dios e instransferible de la jerarquía eclesiástica sobre la temporal. Dicho de otro modo: es un asunto de gravedad, no una mera disputa sobre procedimientos burocráticos.

[9] Para más detalles, ver este artículo.

[10] Ver Alcuin Reid, The Organic Development of the Liturgy, 2ª ed., San Francisco, Ignatius Press 2005.

[11] No tiene nada de extraño que casi 400 años más tarde el arzobispo Bugnini expresara en 1963 una desmedida admiración por el breviario de Quiñones, que en muchos aspectos sirvió de modelo para la nueva versión de la Liturgia de las Horas.

[12] En Phoenix from the Ashes, Henry Sire brinda excelentes comentarios sobre muchas de las dificultades planteadas por el Concilio. También se puede consultar Roberto de Mattei, El Concilio Vaticano II: una historia nunca escrita, Homo Legens 2018. Monseñor Bruno Gherardini ha hecho también valiosísimas contribuciones. Y Paolo Pasqualucci ha enumerado 26 puntos de ruptura. No estoy necesariamente de acuerdo con todos los puntos de Pasqualucci, pero su descripción basta para demostrar el desastre causado por los documentos del Concilio y la era de confusión que han acarreado. El mero hecho de que en los últimos cincuenta años los papas hayan dedicado tanto tiempo a hacer aclaraciones (no hay más que pensar en los ríos de tinta que han corrido en torno a Sacrosanctum Concilium, Lumen gentium, Dignitatis humanae y Nostra aetate) es suficiente para ver que el Concilio no cumplió su razón de ser: ayudar a los católicos a conocer mejor su fe y vivirla más plenamente.

[13] El punto 24 de Gaudium et spes afirma: «El amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento», lo cual contradice las palabras del propio Cristo: «”Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.” Éste es el mayor y primer mandamiento. El segundo le es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas» (Mt. 22, 37-40). ¿Cómo se nos va a exigir que a un mismo tiempo aceptemos las Palabras de Cristo, según las cuales el mandamiento primero y mayor es amar a Dios y el segundo amar al prójimo, y aceptar también Gaudium et spes 24, que dice que el primer mandamiento obliga a amar a Dios y al prójimo? (cf. Apostolicam actuositatem 8.)

Si bien el amor a Dios y al prójimo están estrechamente vinculados, el amor al prójimo no puede estar al mismo nivel que el amor a Dios, como si fueran un mismo mandamiento y no hubiera distinción. Por supuesto que al amar al prójimo amamos a Dios y amamos a Cristo, pero Dios es el objeto primero, último y propio de la caridad, y si amamos al prójimo es a causa de Dios. Amamos al prójimo e incluso a nuestros enemigos precisamente porque amamos más a Dios y de un modo cualitativamente diferente: el mandamiento que obliga a amar a Dios le corresponde por su infinita bondad y supremacía, mientras que el mandamiento que obliga a amar a nuestros semejantes se ajusta a la bondad limitada de ellos y al lugar relativo que les corresponde. Si hubiese un solo mandamiento de amor, se nos permitiría amar a Dios como nos amamos a nosotros mismos –lo cual sería pecaminoso– o bien amar al prójimo con todo nuestro corazón, alma y espíritu, que también sería pecado. En resumidas cuentas, es imposible que un mismo mandamiento nos obligue a amar a Dios y al prójimo.

En el punto 161 de Evangelii gaudium del papa Francisco encontramos la misma postura errónea: «Junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos: “Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).» En este caso se ha interpretado el texto de Juan 15, 12 como si hablara del primero y mayor de los mandamientos, que no lo es, según enseñó Nuestro Señor mismo. La misma confusión es característica de Romanos 13, 8-10 y Santiago 2,8, que se citan a continuación en el mismo punto 161 de Evangelii gaudium, que dan a entender que la ley de la que habla es global, cuando en realidad se refiere a la ley moral. Es decir, que afirmar que quien ama al prójimo cumple la totalidad de la ley quiere decir que hace todo lo que exige la ley en nuestro trato mutuo. No se refiere a nuestra obligación de amar a Dios primero y sobre todas las cosas, nosotros mismos incluidos.

[14] En Gaudium et spes 63 dice: «El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social». Esto podría ser cierto en un universo hipotético en el que el Hijo de Dios no se hubiera hecho hombre (aunque persistiría la duda, dado que el Verbo de Dios es el prototipo de toda la creación), pero en el universo real, del que el hombre es jefe, fuente y centro, el fin de toda vida económica y social no puede ser otro que el Hijo de Dios, Cristo Rey, y por consiguiente, la realización de su Reino. Cualquier otra cosa será una distorsión y una desviación. Aunque el mismo documento afirme en otro punto que Dios es el fin último de hombre, no disipa la dificultad que nos topamos en el nº 63.

[15] Para una excelente exposición de los problemas, ver Sire, Phoenix, pp. 331-358.

[16] Los detalles se pueden encontrar en Michael Davies, Pope Paul’s New Mass, (Kansas City: Angelus Press, 2009), 299-328; Sire, Phoenix, 249, 277-82.

[17] Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999. Compárese la fórmula expresada en una carta de 1980: «Libertad para adherirse o no a una religión en particular e integrarse a la comunidad confesional correspondiente».

[18] Véase este agudo estudio de John Lamont.

[19] Ver este y este artículos míos y éste de Ed Feser en First Things. Sin duda habrá miles de respuestas más, todas igual de elocuentes para mostrar la magnitud del problema que, una vez más, ha creado Francisco para él y para toda la Iglesia.

[20] Para empezar, tal suposición contradice la ley moral y la divina. En segundo lugar, aunque no hubiera ningún problema doctrinal con el contenido de los pertinentes motus proprios, el subsiguiente aumento considerable de anulaciones otorgadas en base a pretextos endebles redundará indudablemente en perjuicio de los fieles al debilitar el ya débil concepto que tienen del vínculo indisoluble del matrimonio y su compromiso hacia él. Así, será mucho más probable que algunos matrimonios válidos sean anulados (sancionándose de ese modo el adulterio y profanando los sacramentos) y disminuyendo la estima que se tiene del matrimonio. Buenos comentarios al respecto los encontrarán aquíaquíaquí y aquí.

[21] Reverendissimi D. Domini Melchioris Cani Episcopi Canariensis, Ordinis Praedicatorum, & sacrae theologiae professoris, ac primariae cathedrae in Academia Salmanticensi olim praefecti, De locis theologicis libri duodecim (Salamanca: Mathias Gastius, 1563), 197.

[22] San Roberto Belarmino: «Del mismo modo que es lícito hacer frente al pontífice que agrede el cuerpo, también lo es resistir al que agrede las almas o altera el orden civil, y sobre todo al que intenta destruir a la Iglesia. Sostengo que es lícito resistirle desobedeciendo sus órdenes y evitando que se haga su voluntad; ahora bien, no es lícito juzgarlo, castigarlo ni deponerlo, ya que estas acciones corresponden a un superior» (De Romano Pontifice, II.29, citado en Christopher Ferrara y Thomas Woods, The Great Façade, 2ª ed. [Kettering, Ohio: Angelico Press, 2015], 187).

[23] El año litúrgico, Ed. Aldecoa, Burgos 1954, pp. 744-745.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski

El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).
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