ENTREVISTA A UN CONVERSO: ANTONIO JOSÉ SÁNCHEZ SÁEZ: PADRE DE FAMILIA, PROFESOR TITULAR DE DERECHO ADMINISTRATIVO DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD HISPALENSE (EXVICEDECANO DE RR. INTERNACIONALES E INSTITUCIONALES DE DICHA FACULTAD)

Padre Javier: Querido Antonio, ante todo, darte las gracias por tu disponibilidad desde el primer momento en que te propuse llevar adelante esta entrevista. Para los que no te conocen todavía, ¿Podrías decirnos quién era Antonio Sánchez hasta antes de su conversión? ¿Cuáles eran tus expectativas, tus sueños, tus aspiraciones? ¿Cuál era el sentido de tu vida? ¿Para qué vivías?

Antonio Sánchez: Encantado de colaborar con vosotros y contigo, querido padre Javier. Daré mi pequeño testimonio para mayor gloria de Dios, y para consuelo de muchos que, como yo antes, estaban muy alejados de Él y gemían bajo el peso de sus pecados, para que sepan que el Padre siempre les espera oteando cada día desde la azotea, aguardando su conversión y su retorno.

Nací en Sevilla, en una familia buena, de clase media. Soy el tercero de cuatro hijos. Tengo tres hermanas. Mi padre trabajaba en una Notaría (ahora ya está jubilado) y mi madre era y es ama de casa. Mi padre, de joven, tenía fe, pero desgraciadamente la perdió después de muchas lecturas inadecuadas y de relacionarse con personas poco creyentes. Siempre ha sido una persona excepcional, pero se dejó conquistar por ese racionalismo mal entendido (fruto del intelectualismo ateo), que expulsa a Dios de la vida, y que cree que el cristianismo se basa en mitos y en oscurantismo. Mi padre siempre me influyó mucho en mi niñez y juventud. Los niños miramos a los padres como ejemplo, y mi padre, con su capacidad intelectual y sus opiniones, influyó mucho en la educación de mis hermanas y la mía.

Yo siempre fui un niño muy estudioso (mi padre nos exigía mucho académicamente). Destaqué en la escuela siempre, y mi vida era el estudio, a todas horas, todos los años de mi vida, y lo sigue siendo. Yo digo que lo tengo por castigo, jeje. Toda mi vida giraba en torno a los libros: los del colegio y luego los de la Universidad, y también los que devoraba en mi escaso tiempo libre (ensayo, política, historia, arte, novela etc.). El sentido de mi vida era ser el mejor de mi clase siempre, sacar todos los Sobresalientes y Matrículas de Honor posibles, aumentar mis conocimientos, entrar en la élite intelectual de mi ciudad y de mi país… Yo valoraba a la gente según su nivel intelectual. Puede decirse que veía la vida desde un plano puramente cerebral y racionalista, en el que la Diosa Razón estaba entronizada en el centro de mi vida. Había poco espacio para lo sobrenatural. Es más, lo veía como algo propio de espíritus débiles y poco instruidos.

Padre Javier: ¿Qué lugar ocupaba Dios en tu vida? ¿Quién era Dios para ti?

Antonio Sánchez: Así como mi padre era una persona puramente intelectual, mi madre, sin embargo, sí tenía y tiene fe, y muchos domingos yo la acompañaba a misa, cuando ella nos lo pedía a mis hermanas y a mí, aunque no entendía nada de la liturgia, muy poco, porque nunca me explicaron en qué consistía la misa, ni en la catequesis, ni en el colegio, ni en la familia. Iba a misa sin comprender, como le pasa a muchos chicos, y, por eso, me parecía aburrida y sin sentido. Iba, por así decirlo, por obligación. Eso sí, gracias al esfuerzo de mi madre, rezaba un avemaría por las noches, algo que nunca me faltó. En la ciudad de Huelva (a donde estuvo destinado mi padre algunos años), yo iba al Colegio de los Salesianos y allí nos inculcaron el amor a la Virgen María, que nunca me ha faltado, y que ahora que he vuelto al seno de la Iglesia, volviendo la vista atrás, sé a ciencia cierta que fue el ancla que impidió que me perdiera del todo, manteniendo la llama de la fe viva, vacilante, eso sí, bajo las toneladas de suciedad y de escombros de mis pecados.

Padre Javier: ¿Eras feliz? ¿Tenías paz? ¿Sentiste alguna vez que te faltaba algo dentro de ti?

Antonio Sánchez: Lo mío, más que una conversión en toda regla fue un alejamiento muy grande. Yo era cristiano, ciertamente, pero de esos que podríamos llamar “apóstata silencioso”, en palabras de San Juan Pablo II, o “bautizado pagano”, en palabras de Benedicto XVI, pues no creía en realidad en nada de lo que Cristo predicaba, y, menos aún, en la Iglesia. No tenía paz espiritual, porque mi cabeza, mi racionalismo, la ponía por encima de las enseñanzas del Señor, y, así, justificaba el aborto, el divorcio, la anticoncepción, la homosexualidad activa, y todo lo que la ideología de izquierdas promovía. Mi padre siempre fue un hombre de izquierdas y yo también lo fui muchos años. Ahora no tengo ideología: ni de derechas, ni de izquierdas. Simplemente sigo a Cristo.

Pero por aquel entonces, por así decirlo, yo me hacía un Dios a mi imagen y semejanza, y creía que Cristo era un revolucionario que, si volviera a la Tierra, estaría apuntado al Partido Comunista o Socialista. Para que te hagas una idea, tenía un póster del Ché Guevara en mi cuarto, por pura ignorancia, pues luego he sabido quién fue en realidad ese personaje, uno de los más alejados en realidad de la doctrina de Cristo. En fin, era el típico cristiano, no ya tibio, sino frío y pedante, que reinterpretaba la Biblia (que no había leído) de manera ideológica y racionalista, a la manera como lo hacían, desgraciadamente, tantos teólogos supuestamente católicos del “espíritu” del postconciclio (en el fondo, marxistas y protestantizados). Pensaba que ser católico tradicional era propio de gente de derechas, de “fascistas”, etc. Luego, tras mi re-conversión, me di cuenta de que también la derecha, en gran parte, por su liberalismo, es igualmente apóstata, ya que muchos de los votantes del PP están, desgraciadamente, igual de mundanizados que los de la izquierda ideológica. Ahora no tengo ideología política, mi única ideología es la que pueda encarnarse en el Evangelio de Cristo y el Magisterio de la Iglesia. Desde ese punto de vista, me faltaba la tranquilidad de Cristo, que intentaba llenar con la curiosidad del intelecto con cientos de lecturas, en lo que podríamos describir como un esfuerzo prometeico de elevación de mí mismo, en ausencia de Dios.

Padre Javier: ¿Cuándo cambia todo con respecto a la fe? ¿Cuándo cae esa venda que no te hacía ver el verdadero sentido de la vida? ¿Qué crees que fue lo que hizo posible el que Dios pudiera entrar en tu día a día?

Antonio Sánchez: Verás, padre Javier, como te iba diciendo, yo era un chico de éxito en los estudios. Para que se haga una idea, conocí a mi novia (mi actual esposa, Isabel), a los 20 años, pero estaba tan centrado en los estudios que sólo quería verla una o dos veces en semana, a lo sumo, para no bajar el rendimiento de mis estudios. No bajé nunca de Sobresaliente en ninguna de las asignaturas de la carrera de Derecho… Siempre sacaba Sobresalientes y Matrículas de Honor. Estaba cegado por la sabiduría, por la “soberbia de la intelectualidad”, por un orgullo del “yo” que me consumía.

Un día, a los pocos años de conocer a mi novia, fuimos al cine Avenida 5 Cines a ver la película “La pasión de Cristo”, de Mel Gibson. Esa película cambió mi vida. Fue como si me quitaran la venda de los ojos y del alma, como si alguien rasgara la cortina que me impedía ver la realidad de las cosas, la Verdad con mayúsculas del Mundo, de la historia del hombre, de las cosas que me rodeaban… Recuerdo haber llorado muchísimo en la película, como nunca en mi vida. Fue como un segundo bautizo. A duras penas podía contener mi emoción, intentando que mi novia no me viera llorar, pero llorando a mares a pesar de todo, viendo lo que le hicieron a Cristo, y su absoluta sumisión ante sus verdugos durante toda su Pasión. Aquello chocaba con mis esquemas revolucionarios. Fue como si me zarandearan, como si me dieran una paliza espiritual a fondo, ante aquella lluvia de golpes, latigazos, imprecaciones que sufrió el Señor. Al acabar la película estaba exhausto, extenuado… Mi cuerpo temblaba y seguía llorando sin parar, de manera incontenible y, para evitar que mi novia viera que no podía contener mi llanto, me quedé en el asiento durante todos los títulos de crédito, para intentar calmarme, mirando la pantalla. En los últimos fotogramas de los títulos de crédito, apareció una información que fue clave en mi conversión: decía algo así como que esa película estaba basada en las revelaciones contenidas en dos libros: “La Dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo”, de la beata agustina alemana Ana Catalina Emmerich; y “Mística ciudad de Dios”, de la Monja española Sor María Jesús de Ágreda.

Me quedé de memoria con ello y, a la semana siguiente, compré ambos libros en la Librería San Pablo de Sevilla, en la que nunca había entrado, por supuesto. Devoré los dos libros en varias noches, de una manera compulsiva. Todo lo que leí allí sobre la pasión de Cristo siguió quitando escamas de mis ojos. Si al salir de la sala de cine, mi corazón ya estaba convertido y entregado a Cristo, mi mente no lo estaba. Y, ¡qué grande es Dios, padre Javier, que mi mente se fue convirtiendo poco a poco, a través de la lectura… ¡esa misma lectura que me había alejado de Dios, ahora me lo acercaba hasta el corazón! No eran ya las malas lecturas que me habían apartado de Cristo y de la Iglesia, sino de otras que me acercaron, por la razón, a ellos.

Leí en los meses siguientes todas las obras que recopilan las visiones de la beata Ana Catalina Emmerich, a la que le debo, junto a Mel Gibson, mi conversión. El Señor utilizó estos instrumentos para ganarme. Y no sólo eso, sino que tenía auténtica necesidad, sed, de leer cualquier libro de doctrina católica que cayese en mis manos; y cada uno de ellos iba derrumbando los mitos, la ignorancia y las falsedades que yo me había construido sobre Cristo y sobre su Iglesia. Aprendí así que todo en la fe es puramente racional (a salvo, claro está, los misterios profundísimos de los sacramentos), y la misma razón que me alejó de la fe (¡hay qué ver qué grande es Dios!), me acercó a ella de manera sensata y definitiva, sin emotivismos, con la pura inteligencia y sentido común. Mi camino de vuelta a casa lo hizo primero el corazón, al instante, y, durante años, y sigue, mediante el conocimiento de los milagros, apariciones marianas, vidas de santos, doctrina de la Iglesia, la Biblia, etc., a través de mi raciocinio, de mi intelecto, inspirado, claro está, por el Espíritu Santo. Dios sabe cómo tocar a cada alma, con su gracia, para amplificar sus potencias.

Padre Javier: ¿Quién es Antonio Sánchez a raíz de la conversión? ¿Cuál es el sentido de tu vida ahora? ¿Cuáles son tus aspiraciones en estos momentos?

Antonio Sánchez: Mi conversión no fue paulina, sino progresiva. En unos pocos años me he convertido en una persona plenamente católica, y sigo en pleno proceso, porque todos necesitamos avanzar en nuestro camino de conversión. No una persona falsamente católica, como yo era antes (no iba a misa, no me confesaba, no comulgaba, no creía en la Iglesia, etc.), sino católica de veras, creyendo en todo lo que cree la Iglesia. Eso sí, paradójicamente, me siento mucho más pecador que antes, y me veo a años luz de la santidad, por la que lucho denodadamente. En los años posteriores a la visión de esa película me he leído (y esto es literal), cientos de libros, encíclicas, obras sobre teología y magisterio de la Iglesia… pero, sobre todo, la Biblia y el Catecismo, por supuesto, lecturas que han reemplazado por completo a los ensayos que antes leía, y que ahora son las únicas que sacian mi deseo de conocer más a Dios. “Nadie ama lo que no se conoce”, decía San Agustín… Mi rendición, padre Javier, fue total. Ahora vivo y respiro por Cristo, por su Santísima Madre y por la Iglesia católica, la única verdadera, que, como esposa del Señor, ha sido el instrumento en el que se ha encarnado el Espíritu Santo para revelarnos el resto de verdades que Cristo no pudo enseñarnos en sus tres años y pico de vida pública que recogen los Evangelios.

Ahora soy un hombre plenamente feliz. Antes me molestaba todo lo que fuera católico. Por ponerte un ejemplo, no dejaba a mi mujer que pusiera ningún cuadro de la Virgen en mi casa, por vergüenza de lo que pudiera decir o pensar alguna de mis visitas (casi siempre gente atea o agnóstica). El sentido de mi vida ahora es sólo uno: amar a Dios, ese Dios de misericordia infinita que está esperando a que sus hijos se arrepientan de sus pecados y vuelvan a casa, a la gracia de Dios; y amar a mis prójimos, intentando dar testimonio de mi fe en público y en privado, a tiempo y a destiempo. Siempre pienso que el señor usa la cuña de la misma madera para convertir a la gente. Si algún Profesor de la Facultad, alguno de los intelectuales que yo admiraba, hubiera proclamado su fe en público cuando yo era un brillante alumno puramente racionalista, a mí me habría hecho pensar y hubiera comprendido la absoluta compatibilidad entre ser intelectual y ser puramente católico, como intento serlo ahora. “Nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza”, dijo Cervantes por boca de D. Quijote.

Padre Javier: ¿Cuáles son las cinco cosas más importantes que has descubierto en tu fe católica y que son esenciales para tu vida?

Antonio Sánchez: Sin duda alguna, los sacramentos: la eucaristía y la misa (lo más frecuente posible); la confesión (recuerdo que cuando me confesé después de tantos años sin hacerlo, lloré de alegría); la adoración eucarística (tengo el honor de hacer un turno en la adoración perpetua en la capilla de San Onofre en Sevilla); el rezo diario del Santo Rosario; y la consagración al Inmaculado Corazón de la Virgen María, al que le tengo una especial devoción, y que renuevo cada semana.

Padre Javier: ¿Cómo influye la fe en tu familia, en tu matrimonio, como padre? ¿Qué crees que os ha aportado la fe y que antes no teníais?

Antonio Sánchez: Bueno, por lo pronto, intento devolverle a mi mujer toda la vida religiosa y la fe que yo mismo le quité en su día. Ella siempre fue creyente. Se casó conmigo porque me quería, a pesar de mi incredulidad y mi tibieza. Y yo la alejé a ella durante el noviazgo, hasta el punto de arrastrarla a lo que podríamos llamar un “noviazgo mundano”. Tras mi conversión, le pedí perdón en público, y desde entonces intento compensarla yendo con ella y mis hijas a misa, rezando el rosario a diario con ella, bendiciendo la mesa, haciendo retiros, etc. Pertenecemos al Apostolado de la oración en Sevilla (Familias por el Reino de Cristo), y hacemos un retiro mensuales juntos.

Respecto a mis hijas, fue providencia que pudieran entrar en los Salesianos de Triana, colegio en el que yo mismo estudié. Reciben una educación católica, que nosotros reforzamos en casa con oración, con enseñanzas, lectura de la Biblia, y llevándolas a misa, y haciéndoles comprender la grandeza de la eucaristía, de Cristo presente realmente en el Sagrario. Son una bendición de Dios para su madre y para mí. Intentamos que comprendan su fe, algo que en mi caso, por no darse, fue trágico para que me fuera alejando de Cristo en mi adolescencia.

Respecto a lo que nos ha aportado la fe: por lo pronto, como matrimonio, estamos abiertos a la vida. Si llega algún hijo más, lo recibiremos encantados. Ya no vivimos en pecado mortal, usando anticonceptivos, como hacíamos antes, y eso es una gracia tremenda de Dios. Nuestra convivencia se ha hecho mucho más bonita, más pacífica. Vamos a una, somos una sola carne. Y hemos puesto a Cristo en el medio de nuestra unión ya que, aunque nos casamos por la Iglesia, yo nunca fui consciente de ello como hasta ahora. Somos de Cristo, y confiamos en su divina providencia, pase lo que pase. Esa confianza ciega me produce una felicidad inmensa.

Padre Javier: ¿Qué es para ti la Iglesia? ¿Qué le dirías a los que dicen no creer en ella o la ven como algo meramente institucional y no como el cuerpo místico de Cristo?

Antonio Sánchez: Recuerdo haber leído en las Revelaciones de Ana Catalina Emmerich que su padre le dijo un día: “No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia como madre”. Esto es cierto.

Verás, padre Javier, yo era el típico cristiano ideologizado. La ideología está matando el catolicismo. Le pasa mucho a la gente de izquierdas (y también a las de derechas, aunque en otros aspectos), que someten las enseñanzas de Cristo a su propia ideología. Y es propio de los cristianos “progres”, como lo era yo antes, decir que creen en Cristo pero no en la Iglesia. Lo que predica la izquierda es que Cristo era un hombre religioso, virtuoso, sabio, pero que no era Dios, sino un hombre muy importante, que tenía un mensaje revolucionario puramente político y social, y que luego de morir fue utilizado por la Iglesia para sus propios fines, recreando a un Cristo que no era verdadero. La Iglesia, desde este punto de vista, es algo espurio, impostado, impostora. Por decirlo resumidamente, separa al Cristo histórico del Cristo de la fe, como si fueran distintos, cuando en realidad son uno y el mismo. Así, yo pensaba, como ellos siguen aún pensando, que la Iglesia ha secuestrado el mensaje de Cristo, que le ha convertido en Dios sin serlo, que se ha inventado el concepto de pecado, el concepto de Cielo, Infierno, de Diablo, de los milagros, etc., y que con ello busca un perverso fin de dominar las conciencias de la gente, a través de la confesión y de la amenaza de la condenación. Yo pensaba, como ellos, que no hay una Verdad sino muchas verdades relativas; que no hay una religión verdadera, y que todas son tradiciones igualmente válidas para llegar a un mismo Dios; que la Biblia no era la palabra de Dios; que los evangelios apócrifos decían una parte de la vida de Cristo auténtica, que no le convenía a la Iglesia; que los libros de la Biblia no eran sino textos escritos por hombres, sin intervención divina, muchos siglos después de la muerte de Cristo; pensaba que la resurrección era una invención de la Iglesia; que bastaba con confesarse uno mismo con Dios, sin intercesión del sacerdote; etc. Yo, me avergüenza decirlo, pensaba todo eso. Pero era pura ignorancia. Los que así piensan, aun sin darse cuenta, no son católicos. Son católicos nominales, pero en realidad son protestantes, como antes lo era yo. Son personas, que, como yo antes, no se han leído el Nuevo Testamento, ni las cartas de San pablo, San Pedro, San Juan, etc. y que se creen todo lo que cuentan las novelas de Dan Brown o las películas de Hollywood.

Tras estudiar a fondo el origen de la Biblia, su historicidad, su antigüedad, y ver cómo nada se contradice en ella, porque es fruto del mismo autor (el Espíritu Santo), una vez más, un paño se cayó de mis ojos. Como ves, padre Javier, se puede llegar a la Verdad, como me ha pasado a mí, mediante la razón, eso sí, pidiendo la gracia de Dios, sin la cual nada podríamos, y mediando la inspiración del Espíritu Santo, al que hay que invocar antes de leer la Biblia, para interpretarla correctamente, y no como hacen los protestantes, cada uno a su manera, según el libre examen de cada uno.

Cristo dijo antes de su Ascensión que nos convenía que se fuera, para así mandarnos, junto al Padre, el Espíritu Santo, que nos instruiría en la verdad completa, que en ese momento los apóstoles no podían comprender. Tras leer el Nuevo Testamento y buena parte del Antiguo, puedo decir que no hay nada en el Magisterio de la Iglesia que no tenga causa directa en la palabra de Dios. La Iglesia no se inventa nada, sólo explica y desarrolla lo que el mismo Cristo dijo, y lo que el Espíritu Santo nos dijo a través de las epístolas, de los Hechos de los Apóstoles, del Antiguo Testamento, etc. Conocí que Cristo mismo instituyó la Iglesia sobre Pedro (Mateo 16, 13-20), su única Iglesia, y que le confirió a los apóstoles y discípulos el don de consagrar el pan y el vino y convertirlos en cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo; y el don de perdonar o retener los pecados; y de echar demonios (por cierto, otro de los elementos que yo consideraba inexistentes o “míticos” de los cristianos y judíos y cuya existencia es una realidad terrible). La Iglesia es la esposa de Cristo, y las puertas del Infierno, como Cristo mismo dijo, no prevalecerán ante ella. La Iglesia no está viuda, porque está desposada con Cristo, que se quedó con nosotros en su eucaristía, ni es huérfana, porque tiene un padre (Dios) y porque María la protege, como su madre.

Padre Javier: Dice el Señor en el Evangelio: “Atesorad tesoros en el cielo donde no hay polilla ni carcoma que se los coman”, unas palabras contradictorias en una sociedad capitalista y consumista como en la que nos encontramos viviendo en estos momentos. ¿Qué suscitan estas palabras del Señor en tu corazón?

Antonio Sánchez: Efectivamente, padre Javier. Son palabras muy fuertes, que nos conminan a dejar los honores y riquezas de este mundo, en el que tenemos muchas raíces, demasiadas (yo el primero), y a trabajar por Dios y por los demás, para que, cuando muramos y tengamos que enfrentarnos a nuestro juicio particular, podamos llevar las manos llenas de buenas obras que enseñar a Dios. Nos salvamos por las obras, no por la “sola fide”. No basta decir que se cree en Dios, ni tampoco que se conoce a Dios, si eso no se traduce en el cumplimiento de los mandamientos y en ayudar a nuestros hermanos, con obras espirituales (evangelizar) y obras de caridad material (la limosna, por ejemplo). Hoy en día veo más pobreza espiritual que material. Muchos tienen dinero. Incluso veo gente muy humilde a los que no les falta un móvil ni Internet. Pero muchos desconocen a Cristo. Y creo que, en nuestra Europa laicista y anticlerical, no hay nada más revolucionario que predicar a Cristo y su misericordia para con todos, previo arrepentimiento y conversión.

Padre Javier: ¿Crees que la gente se plantea que hay vida después de la muerte, que es aquí y ahora donde nos estamos jugando dónde estaremos después de morir? ¿Qué pensabas antes de tu conversión y que piensas ahora?

Antonio Sánchez: Desgraciadamente, cada vez veo más gente con “miopía espiritual” padre Javier, gente, incluidos muchos católicos, que sólo se preocupan de este mundo, porque dicen que no hay nada más después. Es el naturalismo, que se ha metido hasta la médula en cuerpo místico de Cristo. Antes de mi conversión, pensaba que todos nos salvábamos (apocatastasis), que el Infierno no existía, o que, en todo caso, que estaba vacío. Es una herejía muy propia de nuestro tiempo, en el que se niega la existencia del Demonio, del Infierno, del pecado mortal, de la condenación eterna, porque es un tema que molesta y que te conmina a cambiar de vida. A la gente no le cabe en la cabeza que si Dios es todo amor pueda permitir que alguien se condene eternamente.

Tras leer la Biblia y ver las cientos de veces que se menciona el Infierno, la condenación eterna, la gehenna, horno ardiente, por parte de los profetas y el mismo Cristo, y de conocer las experiencias del Infierno vividas personalmente por tantos místicos (Santa Teresa, Santa Faustina Kowalska, Sor Josefa Menéndez, los pastorcitos de Fátima; San Juan Bosco, Santa Gema Galgani, etc.) uno cambia radicalmente de opinión. Y comprendí que Dios es misericordioso, sí, pero que también es justo; que su misericordia exige arrepentimiento de los pecados y propósito de enmienda, para poder salvarse. En la bellísima parábola del Hijo pródigo, el hijo se va de casa (cae en pecado), y, cuando ve lo bajo que había caído, con menos dignidad que los cerdos (deseando comer sus habas), se arrepiente y vuelve al Padre, que le estaba esperando, y el hijo se le confiesa al padre diciéndole “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Después de eso, el Padre le abraza y le restituye en su gracia y le pone el anillo, el traje y le mata el ternero cebado. Es una explicación clara y contundente de que la misericordia consiste en volver arrepentido a la casa del Padre, que nos esperando siempre, para perdonarnos cuando caigamos. Hay que llevar el traje de fiesta para entrar en su Reino, porque nada manchado ni impuro puede ver a Dios, entrar en su fiesta. Dios es amor, pero un amor santo, que aborrece el amor pecaminoso.

Como decía, padre Javier, Dios es también justo, y somos nosotros los que, con nuestros pecados, caemos en la esclavitud del Demonio, pisoteando la sangre de Cristo, que ofreció su salvación a todos los que la aceptaran cumpliendo sus mandamientos, haciendo buena obras, confesándose cuando se cae en pecado, y comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre cuando se está en gracia.

Algo que mucha gente no entiende es que la salvación está condicionada a aceptar esa nueva alianza que fue el sacrificio del cordero inmaculado, Dios hijo, en la Cruz (toda alianza es un pacto y exige nuestra aceptación). Eso sí, con su gracia, se pueden resistir las tentaciones y vencerlas. La santidad no es para unos pocos héroes, sino para todos. Todos estamos llamados a ser santos para poder entrar en el Cielo; y si alguno muere con pecados veniales, siempre tenemos el gran acto de misericordia de Dios, que es el purgatorio. Bendición del Cielo.

Desgraciadamente, el Infierno es una realidad eterna, muy dura, que hay que recordar, y son muchos los que se condenan (“Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran.”, Mateo, 7, 13-14). Yo no soy más fuerte ni más santo que los demás. Pero todos tenemos que corresponder a la gracia que Dios nos da y seguirle en su santidad. Y, cuando caigamos, pues al confesionario, sin escrúpulos, y a seguir caminando.

Padre Javier: Los que te conocemos sabemos que la escatología te apasiona. Para los que no lo sepan: ¿Qué es la escatología? ¿Por qué te apasiona tanto?

Antonio Sánchez: Desde el principio, querido padre Javier, el Espíritu Santo me dio un carisma que podríamos llamar “apocalíptico”, sin yo buscarlo. La lectura de “La Dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo”, de Ana Catalina Emmerick, me gustó e impresionó tanto que indagué sobre la autora. Esta monja alemana, agustina, estigmatizada y beatificada por San Juan Pablo II, describió con tanta claridad la casa donde la Virgen vivió en Éfeso tras la ascensión de Cristo, que fue encontrada posteriormente tras unas excavaciones. Es este tipo de cosas las que me siguen fascinando de nuestra fe, como hombre de ciencias que soy: ver cómo la ciencia confirma la fe y viceversa. Pues bien, tras leer ese impresionante libro, que aconsejo a todo el mundo, me compré las profecías completas de dicha beata, como dije antes. El mismo Cristo le dijo que nadie en la historia de la Iglesia había tenido la gracia de ver tantas cosas del pasado, presente y futuro: tuvo, durante toda su vida, maravillosas y detalladísimas visiones sobre el Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, sobre los mártires de los primeros tiempos y sobre el fin de los últimos tiempos. Y fueron visiones muy concretas, con detalles que los historiadores, lingüistas y teólogos han confirmado uno a uno, siendo ella una pobre mujer analfabeta. Es impresionante todo lo que dice y cómo todo se ha ido confirmando.

Pues bien, esas profecías me cautivaron; muchas ya se cumplieron en la historia, como la guerra civil en España, lo que les añade una especial veracidad. Desde entonces, sentí un gran deseo de conocer la profecía católica, de la que he leído mucho. Es un tema complejo, que sólo se puede estudiar con discernimiento, una vez que se conoce la Biblia, para no quedar contaminado de la cantidad de falsos profetas que pululan por Internet. Nunca una profecía será de Dios si en algo contradice la revelación pública. He estudiado a fondo las apariciones y mensajes de la Virgen en los últimos 150 años. Es un tema que me apasiona. Parece que la Virgen está empeñada en advertirnos de la proximidad del fin de los últimos tiempos (que no es el fin del Mundo); de la necesidad de conversión urgente, ante la inminencia de los hechos revelados en el Apocalipsis, en Daniel, Ezequiel, Isaías, Abdías, Sofonías, San Pablo, San Pedro, San Juan, etc.

Da mucho que pensar que una gran parte de la Biblia habla del fin de los últimos tiempos, cuyas enseñanzas están resumidas en los números 675-677 del Catecismo. Tengo el convencimiento, padre Javier, de que, si no cambiamos de rumbo y no nos convertimos (como los habitantes de Nínive ante las advertencias de Jonás), pronto comenzarán los acontecimientos apocalípticos allí descritos, y que nos ha recordado la Virgen angustiosamente en sus apariciones de los últimos años, muchas ya aprobadas y reconocidas por la Iglesia (La Salette, Lourdes, Fátima, Amsterdam, Akita, Kibeho) y otras aún por aprobar (Ezquioga, Garabandal, Prado Nuevo, Medjugorje). Si los profetas anunciaron la proximidad del Mesías, de Cristo, es ahora su madre, la Santísima Virgen María, la que, desde hace décadas, nos profetiza la inminencia de su segunda venida. Si antes Cristo vino al mundo, en su primera venida, por medio de su madre, también ahora será ella la que nos lo traiga por segunda vez. Es un carisma difícil de llevar el que Dios me dio, pero con la ayuda de la Virgen y la de mi director espiritual, se hace menos pesado.

Padre Javier: Vivimos unos momentos donde la prensa sensacionalista se está encargando de minusvalorar la importancia de los sacerdotes para la vida de los laicos. ¿Qué es para ti un sacerdote y que importancia crees que tiene para ti como cristiano, como padre de familia?

Antonio Sánchez: Sí, es una de las cosas que más me duelen. La prensa nacional e internacional está muy controlada por la masonería, que odia a la Iglesia y a Cristo. Se hacen mucho eco de los pecados de algún sacerdote, que pueden ser gravísimos, pero no dicen nada de todo el bien espiritual y material que hacen los sacerdotes en nuestra sociedad. Para empezar, son, sois, un don de Dios. Sólo vosotros, con vuestras manos consagradas, nos podéis traer a Cristo en la eucaristía; sólo vosotros podéis perdonar, en nombre de Cristo, nuestros pecados. ¿Hay algo más grande y grave en el mundo? Parafraseando a Hugo Wast, sois más valiosos que los reyes o los príncipes, que los soldados o los militares, porque ellos son sustituibles, pero vosotros no. El mundo no podría vivir sin sacerdotes, sin vosotros, sagrados ministros, que presentáis diariamente a Dios padre el sacrificio perpetuo de su Hijo en el altar. La gente no entiende esto, pero es una necesidad tan real que, si faltara algún día, el Mundo, tal y como lo conocemos, se destruiría. Además, desde mi conversión, Dios me ha puesto en mi camino santos sacerdotes, muchos de los cuales son ahora mis amigos, de cuya amistad me honro, como tú, padre Javier.

Padre Javier: ¿Por qué crees que es importante el acompañamiento espiritual para los cristianos?

Antonio Sánchez: Es otra enorme gracia de Dios. Yo ni sabía que eso existía, tal era mi ignorancia de las cosas de Dios. Tuve la gracia de que un viejo amigo de la Facultad se hizo sacerdote y que, tras años sin vernos, coincidimos los dos en la Biblioteca de la Facultad de Derecho de Sevilla. Ahí él me propuso ir a verle, y, desde entonces, es mi director espiritual. Un director espiritual es una persona, normalmente un sacerdote, aunque también puede serlo un laico, que te acompaña y te aconseja en tu vida espiritual. Puede ser tu confesor habitual, lo cual es deseable, pero no necesariamente. Su labor es la de escucharte, detectar tus faltas y pecados más habituales, corregirlos, y, sobre todo, ayudarte en tus tribulaciones y compartir tus alegrías en la fe. Es alguien que camina contigo en el camino hacia el Carmelo, y cuya misión es la de ayudarte a llegar al Cielo. Es como el Virgilio que acompañaba al Dante en la Divina Comedia, un cicerone impagable, que a veces te conoce mejor que tú mismo, porque tiene la ventaja de estar fuera y ver objetivamente tu conducta. Yo al mío le debo mucho, muchísimo, pero le hago trabajar mucho por mis muchos defectos.

Padre Javier: ¿Es importante para ti la Confesión y la adoración al Santísimo?

Antonio Sánchez: Fundamental. Los Papas nos han aconsejado confesarnos habitualmente. Suelo hacerlo al menos una vez al mes; a veces más veces, cuando uno cae en pecado. Me da mucha pena y tristeza ver los confesionarios vacíos y mucha gente comulgando indignamente. Y ver cómo hay que perseguir a los sacerdotes para que le confiesen a uno, porque ya no se ponen en el Confesionario. Esto es muy grave… la pérdida de la conciencia de pecado.

Respecto a la adoración, se ha convertido en el centro de mi vida como católico. Cuando uno se da cuenta de que Cristo está realmente presente en la eucaristía, eso no puede dejarte indiferente. En esto, no solamente ha sido fundamental la lectura de la Biblia (“Yo soy el pan vivo bajado del Cielo… “, Juan 6, 51-58) sino el conocimiento y estudio de los milagros eucarísticos a lo largo de la historia, con cientos de testigos y pruebas. Desde Lanciano, Alboraya, Bruselas, hasta uno muy reciente que me dejó muy impactado, que ocurrió mientras D. Jorge Bergoglio era Cardenal de Buenos Aires, con una hostia que sangró y se convirtió en un trozo de miocardio, y que han estudiado científicos ateos en EE.UU. En estos milagros, tras analizar la sangre que mana de las hostias, el grupo sanguíneo es siempre el mismo, AB, el mismo de la Sábana Santa o el Santo Sudario de Oviedo. ¿No es maravilloso? Dios le da pruebas científicas al hombre moderno, que sólo cree en lo que ve. Sin embargo, mucha gente, a pesar de ello, no quiere creer, porque ello implicaría tener que cambiar de vida, y muchos, lamentablemente, como yo antes, están muy a gusto con sus pecados.

El científico D. Ricardo Castañón (anteriormente ateo, luego convertido por esto) se ha encargado en las últimas décadas de estudiarlos, y los científicos se quedan sin palabras cuando tienen que analizar las hostias sangrantes. Está haciendo una estupenda labor de difusión de estos tremendos milagros. Aconsejo a todos la visión de alguno de sus vídeos (https://www.youtube.com/watch?v=qbg_dhI4XCs). Desde que tengo conciencia de esto, no puedo entrar ni salir de una Iglesia sin pararme ante el Santísimo; me arrodillo en la consagración (cosa que antes no hacía) y para comulgar. Ya no busco la imagen de madera de Cristo (aunque también son dignas de veneración). Ahora busco al Santísimo: es Dios vivo, y lo tenemos ahí, muchas veces solo y olvidado. Hago desde aquí un pequeño llamado para que todo católico se apunte a un turno de adoración del Santísimo, allí donde haya una capilla de adoración perpetua, o vayan a adorar a Cristo en las exposiciones que se hagan en sus parroquias. Este es el centro de la Iglesia, de nuestra fe, y está siendo muy atacado por todas partes.

Padre Javier: ¿Quién es la Virgen María para ti, que nos puedes decir de ella?

Antonio Sánchez: Para mí la Virgen es todo. La quiero mucho, y le debo mucho. Como te dije, padre Javier, yo me eduqué en los Salesianos. Primero en Huelva, luego en Triana (Sevilla). Sabes el amor que los Salesianos le tienen a María Auxiliadora, y nos lo inculcan desde niños. Creo que ella me tenía cogido por los pelos, por la solapa, incluso cuando más alejado estaba de su Hijo, y por eso no me perdí. Rezar de vez en cuando el Avemaría por las noches me ayudó a no olvidarme de ella. Me parece preciosa la oración de la Salve: “aunque mi amor te olvidare, tú no te olvides, de mí”. Ella es realmente nuestra madre, así instituida por Cristo desde la Cruz, y se toma muy en serio su labor salvadora. Hace lo que sea para llamarnos a la conversión.

Yo la siento muy cerca de mí. La tengo en mi Despacho, en mi cartera, en mi moto, en mi coche. Mis hijas llevan nombres de advocaciones de la Virgen. Le debo la vida y mi sanación espiritual, ya en que mi camino de regreso a la Iglesia tuvo mucho que ver la Virgen del Carmen de Garabandal, y la del Rosario en Fátima. Me parece un regalo precioso de Cristo, que antes de irse, nos dejara a su Madre. Él nos dijo que no nos dejaría huérfanos, y se nos donó, como padre, a sí mismo, en la eucaristía, y nos dejó a su madre, nada menos, como madre nuestra. ¿Se puede pedir más? Yo formo parte también del Movimiento Sacerdotal Mariano de Sevilla, fundado por el padre Gobbi, al que pertenecía el mismo San Juan Pablo II, en el que me consagré al Inmaculado Corazón de la Virgen María. Desde entonces, noto su presencia de una manera muy grande. Mi mujer y mis hijas están también consagradas. Y llevo siempre el escapulario del Carmen, a la que le tengo mucha devoción.

Padre Javier: ¿Rezas el Santo Rosario? ¿Por qué?

Antonio Sánchez: Sí, lo rezo a diario. No he faltado un solo día a esta preciosa devoción desde que, por iniciativa de mi mujer, que en mí ya estaba también madura, comenzamos a hacerlo hace unos años. Cuando uno comienza a rezarlo, ya no puede parar de hacerlo, al menos eso me pasa a mí. El rosario está prefigurado en la Biblia en la honda con la que David mató a Goliat, y en verdad es la oración más poderosa, la que derrota al Demonio y sus tentaciones y asechanzas. Y luego están las preciosas promesas del Rosario dadas a Santo Domingo de Guzmán (Santo español al que la Virgen le dio esta devoción) y al beato Alano. Si todos los católicos rezáramos más a menudo el Rosario podríamos detener y ganar las guerras (como ocurrió en Lepanto, por ejemplo), y conseguir de Dios, por mediación de la Virgen, que es la Omnipotencia suplicante, todas las gracias necesarias para nuestra vida espiritual. Me parece esencial rezar el Rosario, como prenda de salvación.

Padre Javier: Muchísimas gracias, Antonio, por concedernos a la web “Adelantelafe” esta entrevista que estoy seguro va a ayudar a mucha gente. Dios te bendiga a ti y a tu familia.

Antonio Sánchez: Muchísimas gracias a ti, padre Javier. Ojalá este pequeño testimonio mío pueda ayudar a inspirar a otros. Sólo tiene de bueno que es sincero, y que demuestra que Dios nos llama siempre a la conversión, incluso a pecadores empedernidos como yo, y que, a poco que te dejes, entra en tu vida como un vendaval, para salvarte. Y nos usa como instrumentos a todos, para llamarnos a unos por medio de otros a su rebaño. Gloria a Dios. ¡Que Dios les bendiga y la Virgen les proteja, a Ud. y a todos los lectores de este magnífico portal que es Adelante la Fe, que leo a diario, y que tanto bien está haciendo en defensa de la fe verdadera! Y que nos podamos ver todos en el Cielo algún día. Un abrazo en María Santísima.

Padre Francisco Javier Domínguez