Todos los cristianos tenemos un hermoso deber de leer y meditar las Sagradas Escrituras, que es la Palabra de Dios al alcance de todos nosotros para que podamos caminar por los senderos de la tierra sin apartarnos de los designios del cielo.

A lo largo de los cuatro Evangelios vemos como el Señor nos perfila con mucha delicadeza ciertas actitudes y obras que Él quiere que brille en cada uno de nosotros. Y puede ser que con el paso del tiempo, por la rutina que muchas veces se nos cuela en el día a día, se pasen de largo esas palabras santas que salieron de los labios de nuestro Salvador Jesucristo. Por ello hoy quiero compartir con vosotros la siguiente cuestión:

¿Tú vas a visitar a los presos a la cárcel?

La mayoría de los cristianos están acostumbrados a ir a visitar a los enfermos, a ayudar con cáritas para dar alimento a los más necesitados, ir a consolar a los tristes… Pero ¿Hemos seguido leyendo lo que dice la palabra de Dios? Mirad lo que dice Nuestro Señor Jesucristo:

Mateo 25, 31ss

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: Venid vosotros, benditos de mi padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿Cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

Posiblemente te hayas quedado un poco pensativo como yo, el día que leí detenidamente este texto y caí en la cuenta de que con 29 años nunca había visitado a un preso. Ese mismo día me puse manos a la obra y decidí que Cristo también me esperaba en la cárcel y tenía que ir a verlo. Os digo que es una experiencia dura y a la vez muy hermosa. Es el Espíritu Santo el que te acompaña, el que pone las palabras en tu boca, el que te impulsa, te da el valor… Es una de las experiencias espirituales más importantes que he tenido en mi vida. Y no os podéis imaginar cómo lo agradece el Señor. Cuantas gracias llegan a mi vida cada vez que voy a la cárcel y sobre todo la alegría cristiana que brota en el corazón tras el encuentro con un hermano tuyo que está en la cárcel.

Por ello hoy comparto con vosotros una entrevista que he hecho a mi amigo Ángel Sánchez Cesar, al que conocí en prisión y gustosamente quiere abrir su corazón a todos vosotros para que comprendáis de viva voz que Dios nos espera a todos en cada preso que está en la cárcel.

Padre Javier: Hola Ángel, me da mucha alegría volver a verte y te agradezco mucho tu confianza al compartir con nosotros nada más y nada menos que lo que ha supuesto para ti el estar en prisión.

Ángel: Muchas gracias a ti, padre Javier, y ojalá que muchas personas al leer esta entrevista se despierten y entiendan que aquí, en un lugar como este, necesitamos de Dios y de los hermanos.

Padre Javier: Ángel, nos encontramos en la Prisión de Sevilla 1 en el módulo 56 de cumplimiento. ¿Qué edad tienes? ¿Con que edad entraste y cuál es tu condena?

Ángel: Entré en prisión con 42 años, actualmente tengo 49. Tengo una condena de 5 años, 36 meses y 60 días por robo, falsificación y estafa.

Padre Javier: ¿Cuándo entraste en prisión tenías fe?

Ángel: Tenía fe, pero una fe muy superficial, pedía en las puertas de las iglesias. Poco más.

Padre Javier: ¿Qué ha supuesto para ti entrar en la cárcel?

Ángel: A mí la cárcel me ha venido muy bien, me sacó de la calle. Estaba perdido, creía que no tenía remedio, me seguía drogando después de mucho tiempo y no lo dejaba. Domaba caballos a personas a cambio de droga. Tenía mi hijo abandonado. En cambio hoy ya puedo decir que he salido de la maldita droga, que he recuperado las riendas de mi vida y lo más importante, aquí en la cárcel he encontrado a Dios. Sin Él no hubiese conseguido nada.

Padre Javier: ¿Cuándo comienza a cambiar todo para bien?

Ángel: Todo comienza a cambiar en mi vida a los dos años de entrar en prisión, cuando veo la condena que todavía me queda por cumplir y pienso ¿Qué hago ahora con mi vida? ¿Qué sentido tiene mi vida? En esos momentos estaba en una prisión de Cáceres. La respuesta a esas preguntas llegaron a través de un pequeño hombre, muy poca cosa, bajito, de edad avanzada. Le llamábamos D. Rafael. Era voluntario de la Pastoral penitenciaria y del Cottolengo de las Urdes. Vi en él una fuerza de voluntad muy grande en alguien tan mayor y tan poca cosa. Venía cada semana a “perder el tiempo” con nosotros. Nos trataba como a niños. Nos hacía regalos, nos ponía tareas para la semana siguiente, nos hablaba de Dios… Venía cada semana por la tarde alegre y nos contaba su experiencia en el Cottolengo.

Tras conocer el corazón de este hombre comprendí que mi vida no me pertenecía, que había algo más por encima de mí. Mi corazón empezada a sentir sed de Dios. Era como si el cielo fuera un imán. Mi alma se sentía atraída hacia Dios.

Fue a los pocos meses de conocer a D. Rafael cuando me di cuenta de que era Dios, Jesucristo, el que se había venido conmigo a la cárcel. En esos momentos comencé a leer la Biblia. Sentía sus Palabras en mi, me nutría con su Palabra.

Padre Javier: ¿Qué descubriste en la Sagrada Escritura?

Ángel: Llegó un momento en que pensé que nadie me perdonaría, pero me di cuenta en la Biblia que Dios siempre me perdonaría si yo me arrepentía. Y sentí la necesidad de pedir perdón a Dios y a todas las personas a las que le hice daño. A algunos ya les he pedido perdón y a Dios también porque me confieso con los sacerdotes. A mi hijo, que tiene 23 años, es al que más deseo poder pedirle perdón. Pero reconozco que por mi culpa a sufrido mucho y ahora mismo está dolido y no quiere escucharme. Pero lo quiero con toda mi alma y espero que algún día pueda pedirle perdón y que me perdone.

Padre Javier: Ángel, ¿ Qué te llevó a la delincuencia, a la droga, a esa mala vida en la que hiciste daño a muchas personas?

Ángel: Me llevó a ello el dinero fácil para conseguir droga.

Padre Javier: ¿Y a la droga que te llevó?

Ángel: Todavía hoy me sigo haciendo esa pregunta. Creo que fue un intento de evasión por miedo a no ser capaz de llevar a cabo mis responsabilidades. Lo que no era problema yo lo veía como un gran problema. Mi familia me apoyaba, pero no quería escucharlos, estaba cerrado a cualquier consejo. El demonio hizo de las suyas.

También fueron la consecuencia de muchos años de mi vida donde no miraba por mí, solo pensaba en los demás y en sus problemas. Yo solo quería contentar a los demás. Es verdad que hacer el bien a los demás es algo bueno, pero no es bueno abandonarse uno mismo. Si uno no se quiere a sí mismo no puede querer a nadie. Si uno no se cuida a sí mismo no puede cuidar a nadie. Y yo quería ayudar a todos destrozando mi vida. Cuando no piensas en ti en las cosas más esenciales donde el ego no se engorde, cuando uno se olvida de sí tarde o temprano te hundes. Yo no supe equilibrar el estar bien conmigo mismo y el entregarme a los demás.

Padre Javier: ¿Qué sentido tiene para ti la vida ahora?

Ángel: Hoy se quién soy, lo que quiero y el sentido que tiene mi vida. Ahora sé que por el mero hecho de llegar a la tierra, esta vida que tengo es un regalo de Dios, no es mía. Y el tiempo que tenga que estar en la tierra es el tiempo que tengo de cumplir una misión que mi buen Dios nos ha dado a todos: Salvarnos. No estamos solos. Y cada uno de nosotros tenemos que luchar en esta vida para algún día poder estar por toda la eternidad con Dios en el cielo, aunque antes haya que pasar por el purgatorio. Mi vida tiene un sentido: Yo quiero ir al cielo, y Dios también quiero que yo valla, porque me ama, nos ama a todos con un amor que no podemos imaginar. Pero somos libres, y con nuestra libertad podemos ganar el cielo o el infierno. Porque no podemos creer que ya tenemos asegurado el cielo. El cielo nos lo jugamos cada día que nos levantamos, en cada cosa que hacemos. O estamos con Dios o estamos con el demonio.

Si uno acepta a Jesucristo de verdad en su vida, la vida te cambia. Yo sé que Dios me habla en la oración, y siento que en mi corazón el pone sus designios. Los seres humanos tenemos que rezar más. Es en la oración donde encontramos la luz para poder seguir los caminos de Dios.

Padre Javier: ¿Cuál es la experiencia más fuerte que has sentido con Dios en la cárcel?

Ángel: Cuando me confirmé. Ese día sentí algo muy especial en todo mi ser. Siempre he sentido una gran libertad interior, una libertad que nadie me ha podido quitar. Pero ese día de la Confirmación sentí la mayor libertad de mi vida, un libertad para amar a Dios y a los demás, libertad para rezar… La libertad de los hijos de Dios. Ese día y gracias a voluntarios de la iglesia católica que me dijeron que Dios me amaba, yo he llegado a sentir el amor de Dios y eso es muy fuerte.

Padre Javier: ¿Por qué te confirmaste en la cárcel?

Ángel: Me di cuenta de que me faltaba un sacramento y además todo vino a raíz de darme cuenta de que mi vida tiene sentido, de que estoy aquí en el mundo por algo, que tengo que amar para ser feliz y solo con Dios puedo amar de verdad, sin Él no puedo. Y yo necesitaba su Espíritu Santo para poder vivir aquí en la tierra con la misión que Dios nos ha dado a todos: Luchar por la Salvación.

Padre Javier: ¿Qué es lo peor de vivir en una prisión?

Ángel: El no asumir la responsabilidad de lo que has hecho. El creer que estás aquí por no haber hecho nada malo. Cuando no admites que estás cumpliendo lo que te mereces. Hoy sé por qué estoy aquí y reconozco lo que he hecho y pido perdón. Y puedo decir que la cárcel me ha hecho bien. Como dice San Pablo en Romanos 8,28: Todo es para bien de los que aman a Dios.

Algunas veces es duro también el no poder autorealizarte como tú quisieras, no poder estudiar todo lo que quisiera. Por desgracia en la mayoría de las cárceles no se reinserta ni se rehabilita a las personas. En mí lo ha conseguido Dios, la Iglesia. Los estados no tienen al parecer los medios y el dinero para llevar a cabo un proceso tan delicado como es que una persona cambie el CHIP. Creo, que actualmente solo Dios puede llegar a cambiar a un delincuente, asesino… en una persona de verdad, en un buen ciudadano. En la cárcel nadie te viene a decir que tienes que cambiar. Tienes que querer tu. Y aquí los ánimos no te dan para dar ese paso. Gracias a los voluntarios de la Iglesia muchos llegamos a dar ese paso.

Padre Javier: ¿Y la falta de intimidad como la has llevado?

Ángel: Ahí he tenido suerte y he estado siempre solo. Otros compañeros tienen que vivir de dos en dos en el chabolo (celda).

Padre Javier: ¿Cómo se siente uno en el chabolo, la primera vez que llegas?

Ángel: La primera vez que entras en la celda estas solo, ves que cierran desde fuera, un lugar tan pequeño y de repente sientes que el mundo se te viene abajo, crees que no eres nada, te ves miserable, solo, encerrado entre cuatro paredes, crees que no tienes dignidad, que eres la escoria. Crees y te das cuenta que has tocado fondo. Pero luego por desgracia, mucha gente se olvida de esta experiencia y se pierde el miedo a la cárcel.

Padre Javier: ¿Qué es lo peor que has vivido en la cárcel?

Ángel: Lo peor que he vivido aquí dentro en mi persona y en la de otros muchos compañeros es el ver la muerte desde dentro, es decir, el saber que alguien a quien quieres se está muriendo y no poder ir a acompañarlo. Ves que a un compañero se le muere su mujer, su padre , un hijo… Y no pueden ir a sus casas. Es una gran impotencia, es muy duro. Y creo que esto debería estar mejor regulado para los presos, porque son momentos en los que quedas destrozado y con heridas muy difíciles de curar.

Padre Javier: ¿Cómo es el día a día?

Ángel: Rutinario, demasiado rutinario. Comer, parchís, dormir, leer… Aquí en la cárcel el cáncer más malo es la rutina. O matas la rutina o ella te mata. Hay jóvenes que se suicidan cuando le quedan pocos años para terminar de cumplir la condena porque no aguantan más.

Aquí uno se tiene que proponer metas, comenzar a estudiar algo. La mente tienes que tenerla ocupada si no estás perdido.

Padre Javier: ¿Qué ha supuesto para ti el que vengan voluntarios de las parroquias a veros, a escucharos, a rezar?

Ángel: Los voluntarios de las parroquias me han traído muchas cosas, pero lo más importante que me han traído es a Dios, a un Dios no vengativo sino compasivo. Que me ama, que si le pides perdón siempre te perdona. Que te da mil oportunidades para empezar de nuevo. Y yo no sabía que tenía esa oportunidad.

Padre Javier: ¿Qué es lo que más te ha costado en la cárcel?

Ángel: Lo que más me ha costado es perdonarme a mí mismo el daño que he hecho a tantas personas. Hoy sí me he perdonado, pero sufrí mucho.

Padre Javier: ¿Cómo llegaste a perdonarte?

Ángel: Fue una noche en la celda, cogí la Biblia, abrí por el profeta Isaías y tras comenzar a leer empecé a llorar y llorar. El Señor me dijo en el corazón: No te preocupes, yo te perdono, tranquilízate que todo se arreglará. Sentí que no estaba solo en la celda y desde aquel día nunca más me he sentido solo. Sé que Dios nunca nos abandona. Somos nosotros los que nos apartamos de Él. He visto en compañeros como el solo ver una fotografía, un cuadro del rostro de Cristo han recobrado la alegría, la paz… Dios, aquí o en cualquier sitio y circunstancia te puede cambiar la vida y devolverte la felicidad que muchas veces tiramos por la borda.

Padre Javier: ¿Qué les dirías a los que están leyendo esta entrevista?

Ángel: Que la cárcel no es lo que la mayoría piensa, que aquí solo estamos lo peor de la sociedad. Ante todos somos seres humanos, tenemos dignidad porque somos hijos de Dios, somos personas. Tenemos un corazón, tenemos ganas de vivir, de ser felices, de ser buenas personas… A pesar de lo que hicimos. Todos merecemos una oportunidad. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Si muchos cristianos vinieran a la cárcel, muchas personas recobrarían la alegría, la paz de Dios, muchas almas se salvarían. Nos necesitamos unos a otros. (Comienza a llorar).

Padre Javier: Muchas gracias Ángel por todo lo que acabas de contarnos y que Dios te siga colmando de su amor y de su paz para seguir llevando la Luz de Cristo a todos tus compañeros. Gracias por todo lo que he aprendido hoy contigo.

Ángel: Gracias a vosotros por venir a vernos con Cristo siempre de frente en vuestras palabras, en vuestro cariño y en vuestras actitudes. Dios os bendiga.

Padre Francisco Javier Domínguez