En unas escenas de la película de Pérez Reverte pudimos ver a aquel jefe protestante que montado en su caballo, alzando su mirada al cielo y como enloquecido, gritaba: ¡Español! ¡Español! ¡Español! Como si Dios se hubiera vuelto español

Este feje protestante no podía entender cómo aquellos infantes españoles del Tercio de Flandes, diezmados y exhaustos del combate, pudieran haber recobrado aquella fuerza, más divina que humana, y en el último e inesperado instante vencerlos.

Y es que un infante encontró, por la Divina Providencia, oculta en la tierra una tablilla con la imagen de la Inmaculada Concepción. La visión de la Santísima Virgen en aquella tabla fue suficiente para reavivar la fe católica de los soldados, pues entendieron que era una señal divina de que la Santísima Madre de Dios estaba con ellos y le ayudaría en el último instante. Y así fue.

Aquel hecho es el origen, parecer ser, de que la Inmaculada Concepción de María sea la patrona del Arma de Infantería española. Pero lo que nos interesa es ver la fe de aquellos soldados, la fe un pueblo católico que hacía gala de ello. Nunca ha existido una nación como España que tanto haya “batallado” por el dogma de la Inmaculada, que tanto haya reverenciado a la Madre de Dios, que todos sus pueblos tengan a la Santísima Virgen como patrona. Nunca un país ha sido denominado por un Papa como “tierra de María”. Y es que España es por singularidad propia verdadera “tierra de María”.

Qué gran día hoy para honrar a la Santísima Virgen María. En primer lugar, una madre nunca es tan feliz como cuando ve a su hijo querido y respetado por todos. ¿No se alegrará la Madre de Dios, y se sentirá honrada, al ver que sus hijos adoran al Hijo de sus entrañas recibiéndole de rodillas y en la boca en la Sagrada Comunión? ¡Qué gran forma de festejar este día y honrar a María!

Qué gran día hoy para honrar a la Santísima Virgen María que las mujeres entrasen en la Iglesia llevando sobre sí el velo. Ese velo que tiene tanto sentido espiritual al recordarles que a imagen de María deben ser madres espirituales. En su recogimiento, silencio y oración elevan sus plegarias al Padre eterno por la santificación de los sacerdotes, por los pecadores y santidad de la Iglesia.

No hay signos externos más identificativos de nuestra fe católica, apostólica y romana que el arrodillarse para recibir la Sagrada Comunión y el velo de las mujeres. Signos tan ferozmente combatidos. ¿Por qué? ¿Nos dejaremos vencer?

Dónde está la fe de aquellos infantes del Tercio de Flandes.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.