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El Espíritu Santo, el “gran desconocido”

Profundizando en nuestra fe – Capítulo 9.1

El Espíritu Santo siempre se calificó en teología como “el Gran Desconocido” debido a que el estudio de esta divina Persona estuvo continuamente preterido en favor de las otras dos: el Padre y el Hijo. La Pneumatología, parte de la teología que se dedica al estudio del Espíritu Santo, es relativamente reciente. De hecho, durante muchos siglos se estudió a esta divina Persona como un apéndice del tratado de Trinidad. Tanto San Agustín (s. IV) como Santo Tomás de Aquino (S. XIII) ya se lamentaban de la poca atención que se daba, teológicamente hablando, al estudio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

El “auge” que tiene en la actualidad la Persona del Espíritu Santo no ha sido en muchos casos como consecuencia de una teología correcta, sino más bien a resultas de la aparición de movimientos carismáticos, catecumenales, denuncias proféticas…, que se “valen” de esta divina Persona para malinterpretar su función, apropiarse de Ella o abusar de las gracias que nos da.

Es pues necesario, ser cautelosos en el modo cómo se procede en la elaboración de la Peumatología. Para ello, más que valernos de las “pretendidas inspiraciones particulares” de estos movimientos carismáticos, tendremos que acudir al sistema que la Iglesia siempre usó para profundizar en las verdades reveladas. A saber: la Sagrada Escritura y la Tradición, interpretadas por el Magisterio de la Iglesia. Por supuesto que también nos valdremos de la oración, los carismas y ministerios por los que se edifica la Iglesia, la vida apostólica y el testimonio de los santos.[1]

Como nos dice Mateo Seco, la teología del Espíritu Santo es fundamental para el conocimiento trinitario y santificador del cristiano:

“Cristo es fruto del Espíritu Santo y, a su vez, envía su Espíritu a los discípulos. El Espíritu de Cristo es quien nos une a Cristo, y, al unirnos a Él, descubre veladamente su propio ser. Quizá por esta razón, aunque la revelación de la divinidad del Espíritu Santo está clara en el Nuevo Testamento, la doctrina sobre el Espíritu Santo sólo se desarrolló en forma explícita tras el esclarecimiento definitivo de la teología del Verbo y en dependencia de ella.”[2]

Una de las aportaciones contemporáneas más importantes en este campo se debe a las investigaciones de A. Gálvez a raíz de su teoría sobre el amor divino-humano.

Nombres y apelativos del Espíritu Santo

El mismo Santo Tomás nos advertía que no existe un nombre propio de la Tercera Persona divina, a diferencia del de “Verbo”, que se aplica exclusivamente a la Segunda Persona. Incluso los nombres que se usan con más frecuencia para designar a la Tercera Persona, tales como Espíritu, Amor y Don, son al mismo tiempo susceptibles de ser usados para la esencia divina (Jn 4:24; 1 Jn 4:8).

  • Espíritu Santo: es el término usado por Jesucristo para referirse a esta Persona divina (Mt 28:19).
  • Espíritu + Apelativos: Paráclito, Consolador (Jn 14: 16.26; 16:7); Espíritu de Verdad (Jn 16:13); Espíritu de la Promesa (Gal 3:14); Espíritu de Adopción (Gal 4:6); Espíritu de Cristo (Rom 8: 9.11); Espíritu del Señor (2 Cor 3:17); Espíritu de Gloria (1 Pe 4:14); Espíritu de Dios (1 Cor 6:11); Espíritu de su Hijo (Gal 4:6).
  • Amor: El Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo; es el “nexo” o “vínculo de ambos.
  • Don: La Sagrada Escritura designa al Espíritu Santo con el nombre de Don, y lo presenta como fuente de todos los dones que Dios concede a los hombres (Jn 4:10; 1 Cor 2: 7-13; Rom 5:5). Es Espíritu Santo es el “don” por excelencia.
  • Señor y Dador de vida: Así aparece en el símbolo Niceno-constantinopolitano.
Símbolos del Espíritu Santo en la Escritura, Liturgia y vida de la Iglesia
  • El agua bautismal que nos da la vida en el Espíritu.
  • La unción: por la que el Espíritu nos transforma en el Cristo Total. Jesús es el Ungido de Dios. El Hijo es constituido “Cristo” (ungido) gracias a la acción del Espíritu Santo (Lc 4: 18-19).
  • El fuego: Mientras que el agua significa el nacimiento y la fecundidad de la vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo (Lc 3:16; Hech 2: 3-4).
  • La nube y la luz: Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo (1 Cor 10: 1-2). El Espíritu Santo cubre con su “sombra” a María (Lc 1:35). Fue la nube la que ocultó a Jesús de los ojos de sus discípulos el día de la Ascensión (Hech 1:9).
  • El sello: que manifiesta el carácter de algunos sacramentos (bautismo, confirmación y orden sacerdotal).
  • La mano: que es signo de efusión del Espíritu. Imponiendo “las manos” Jesús cura a los enfermos (Mc 6:5). La imposición de manos es signo de efusión del Espíritu Santo. La Iglesia ha conservado este signo en las epíclesis sacramentales.
  • El dedo: que es signo del poder divino. El himno “Veni Creator” invoca al Espíritu Santo como dedo de la diestra del Padre. “Por el dedo de Dios expulso los demonios” (Lc 11:20).
  • La paloma símbolo de la presencia del Espíritu. En el bautismo del Jesús vemos al Espíritu descender sobre Cristo en forma de paloma (Mt 3:16).
El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo

Es dogma de la Iglesia que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, no por generación, sino por una única espiración.

En Dios hay dos procesiones inmanentes; una por generación, el Hijo, y otra por espiración, el Espíritu Santo. Analicemos ahora pormenorizadamente el significado de este dogma.

1.- El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo

1.a.- La Sagrada Escritura afirma explícitamente que el Espíritu Santo procede el Padre:

“Cuando venga el Abogado que Yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de Verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí” (Jn 15:26).

Y en cuatro textos afirma implícitamente que procede del Hijo:

  • Recibe del Hijo la ciencia: “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa…, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros…” (Jn 16: 13-15).
  • “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14:26).
  • “Cuando venga el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre”(Jn 15:26).
  • “Porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16:7).

Hay otros textos en los que al Espíritu Santo se le llama Espíritu del Padre, y también del Hijo, de Cristo o de Jesús:

  • “No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hable en vosotros” (Mt 10:20).
  • “Envío Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: Abba, Padre” (Gal 4:6).
  • “Pero no se lo permitió el Espíritu de Jesús” (Hech 16: 6-7).

1.b.- El Magisterio de la Iglesia se ha referido a este dogma en numerosas ocasiones:

  • Concilio de Constantinopla I (a. 381): “Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que junto con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado” (DS 150).
  • Concilio Romano (a. 382): “Si alguno no dijere que el Espíritu Santo es verdadera y propiamente del Padre, como el Hijo, de la divina substancia y verdadero, es hereje” (DS 168).
  • Concilio XI de Toledo (a. 675): “No se dice que sea sólo del Padre o sólo del Hijo, sino Espíritu juntamente del Padre y del Hijo. Porque no procede del Padre al Hijo, o del Hijo procede a la santificación de la criatura, sino que se muestra proceder a la vez del uno y del otro” (DS 527).
  • Concilio IV de Letrán (a. 1215): “El Padre no viene de nadie, el Hijo del Padre sólo y el Espíritu Santo igualmente de uno y de otro, sin comienzo, siempre y sin fin. El Padre que engendra, el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede” (DS 800).

1.c.- Argumentación teológica

Recordemos que en el seno de la Trinidad todo es uno salvo las relaciones de oposición. El único modo de distinguir al Hijo del Espíritu Santo, es si Éste procede también del Hijo. Si el Espíritu Santo no procediera del Hijo, no podría distinguirse realmente de Él.[3]

1.d.- La cuestión del “Filioque”

En el dogma se enuncia que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Aunque la afirmación del “Filioque” no figuraba en el credo confesado en el año 381 en Constantinopla, basándose en una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa San León lo confesó dogmáticamente en el año 447 (DS 284). El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina entre los siglos VIII y IX.

No obstante los Santos Padres latinos:

  • Usaban el término “Filioque” desde tiempos de Tertuliano. Así los vemos también en San Ambrosio[4], San Agustín[5], San León Magno.[6]
  • De hecho, coexistieron las dos fórmulas durante muchos siglos – “que procede del Padre” y “que procede del Padre y del Hijo”- sin que la Iglesia Oriental ni la Iglesia Latina tuvieran ningún problema para aceptarlo.
  • En los textos magisteriales aparece el término “Filioque” en: Fides Damasi (s. V), Símbolo Quicumque (s. V), la liturgia mozárabe de Toledo (a. 446), en muchos de los concilios de Toledo.

Los Santos Padres griegos:

  • También elucubraron sobre la relación entre el Espíritu Santo y el Hijo. No obstante, su teología sigue otro camino y en general no usan la expresión “Filioque”.
  • San Cirilo de Jerusalén[7] (s. V) manifiesta que el Espíritu Santo “procede del Padre por el Hijo”. San Máximo el Confesor dirá otro tanto.
  • San Juan Damasceno irá por una línea similar: “El Espíritu es Espíritu del Padre… pero es también el Espíritu del Hijo, no porque proceda del Hijo, sino porque procede del Padre a través de Él, pues no hay más que una causa única, el Padre…”[8]

Pero a pesar de esa diferencia entre la teología oriental y la occidental, no había un ambiente de polémica. Ambos caminos eran diferentes, aunque compatibles. Pero llegó un momento en el que esta diferencia se hizo confrontación. Primero con Focio (a. 820-893) y posteriormente con Miguel Celulario (a. 1000-1059), dando lugar al Cisma de Oriente (a. 1054).

Explicación de la separación entre griegos y latinos en el tema de la procesión del Espíritu Santo

  • Parte del problema de la separación se debió al uso de un vocabulario diferente entre griegos y latinos. Los griegos usaban el concepto “causa” para hablar de la cualidad del Padre; en cambio los latinos preferían el uso del vocablo “principio”.
  • Los griegos tenían dos términos para expresar las dos procesiones trinitarias (proénai y exporéusthai), mientras que los latinos usaban el término “processio” tanto para hablar de la generación del Hijo como de la espiración del Espíritu Santo.
  • Hay también entre los padres latinos y griegos un concepto diferente de la clave de la distinción de las divinas Personas. Para los latinos la distinción entre las Personas divinas parte de la oposición de relación entre ellas; en cambio, para los padres griegos la distinción estriba únicamente en las propiedades personales de origen y no en sus relaciones, por lo que bastan aquéllas para que no haya riesgo de confundir las Personas divinas entre sí.

Desde el comienzo de la separación de las dos iglesias, latina y oriental, se intentó la reunificación de las mismas, pero nunca se consiguió[9].

Principios para la superación del Cisma

En el intento de superar las diferencias entre la Iglesia latina y la ortodoxa, son claves dos textos recientes: El Catecismo de la Iglesia Católica (a. 1992), en sus números 245-248 y la Clarificación del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (13 septiembre 1995).[10]

  • El “Filioque” nace como una comprensión profunda del “ex Patre” del Concilio I de Constantinopla. La fe de la Iglesia sobre el Espíritu Santo quedó infaliblemente definida en el Concilio I de Constantinopla (a. 381), cuando afirma que el Espíritu Santo procede del Padre, y que recibe una misma adoración y gloria con el Padre y el Hijo. La Iglesia introdujo el “Filioque” posteriormente como una aclaración al “ex Patre” de Constantinopla, pasando también a ser dogma en el Concilio de Florencia (DS 1300-1302).
  • El “Filioque” no niega que el Padre sea “fuente y origen de toda la Trinidad”.
  • Era necesario evitar el subordinacionismo pneumatológico (considerar al Espíritu Santo como inferior al Padre y al Hijo).
  • El Hijo antecede al Espíritu Santo, pues caracteriza al Padre como Padre: Es decir, al Padre no se le podría llamar tal si no hubiera un Hijo.
  • El Espíritu Santo también caracteriza trinitariamente la relación Padre-Hijo, sin que por eso el Hijo proceda del Espíritu. “El Padre es Padre del Hijo unigénito sólo en tanto que, por Él y a través de Él, es origen del Espíritu Santo”.[11]
  • La teología de las misiones ayuda a revelar el misterio: Las misiones divinas son un reflejo de las procesiones intradivinas. La relación del Espíritu Santo con Jesucristo conduce al conocimiento de la relación entre el Verbo y el Espíritu.
  • Concluyendo, el Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte de la esencial coincidencia del pensamiento latino y griego, a pesar de las diferentes perspectivas teológicas y terminológicas y del hecho histórico de la falta de unión en este punto. [12]
  • Sigue el Catecismo diciendo: “La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como ‘salido del Padre’ (Jn 15:26), esa tradición afirma que Éste procede del Padre por el Hijo. La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consustancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice ‘de manera legítima y razonable’ (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las Personas divinas en su comunión consustancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que ‘principio sin principio’ (DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con Él ‘el único principio de que procede el Espíritu Santo’ (Concilio de Lyon II, 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.[13]
2.- Procede del Padre y del Hijo, como de un solo principio y única espiración

En la procesión del Espíritu Santo no hay dos espiraciones, una procedente del Padre y otra procedente del Hijo, sino que como nos decían los concilios II de Lyon (DS 850) y de Florencia (DS 1300-1302), hay una única espiración.

Como nos dice el mismo Jesucristo: “Todo cuanto tiene el Padre es mío” (Jn 16:15). Afirmación que la teología ha interpretado en el sentido de que entre el Padre y el Hijo todo es uno, salvo la relación de paternidad-filiación que existe entre ellos, y que hace que el Padre sea “padre” y el Hijo sea “hijo”.

A Gálvez hace en su obra “La Fiesta del Hombre y la Fiesta de Dios” un profundo estudio sobre este punto concreto. Estudio que resumimos lo más brevemente posible:

“Algunos teólogos, aun reconociendo que el Espíritu Santo es “nexus duorum”, vínculo o nudo de amor que une al Padre con el Hijo, señalan que ese camino puede ofrecer dificultades para llegar por su medio a algún intento de explicación del misterio de la procesión de la tercera Persona divina, y denuncian además el peligro de antropomorfismo. Según ellos, lo que une a dos que se aman no puede ser precisamente la realidad de su acto de amar; pues cada uno vive su propio acto, lo cual supone dos amores o dos actos de amar; pero en el origen del Espíritu Santo no hay sino un acto, un principio único de espiración común al Padre y al Hijo. Seguramente la objeción es fundada, pero yo me atrevería a insinuar la sugerencia de que quizás no sea necesario poner en Dios dos actos de amor para intentar alguna explicación de la procesión de la tercera Persona. Es cierto que existe el peligro del antropomorfismo, que es un peligro sutil que está siempre al acecho y que, por eso mismo, también puede sorprender a los objetantes.

Quizás se está queriendo explicar lo que es el Amor (que es Dios: 1 Jn 4:8) por lo que es el amor humano o por lo que ocurre en el amor humano. Es seguro que la tercera Persona procede de un principio único de espiración. Pero es que, en Dios, ese acto de los dos Amantes es único, lo que es posible gracias a la unidad de esencia de las Personas; son dos los que aman, pero en un único acto de amor. No debemos olvidar que estamos intentando decir algo del Amor (que es Dios), y no explicando lo que es el amor humano, pues este último no es sino figura, o participación, del Amor divino (y podemos ir del uno al otro a través de la analogía). En el amor humano, o en el amor creado, el acto de amor nunca puede ser único; pero eso se debe a que, no siendo perfecto, el amor creado no es el Amor, sino una participación de él. Creo que no debemos partir del amor creado, pues también ahí está el peligro de antropomorfismo. Pero en Dios, el Espíritu Santo, o, si se quiere, el Amor entre el Padre y el Hijo, es distinto de ellos como Persona (y sólo así se puede dar el Amor); y al mismo tiempo es un acto único de amor, que procede de ambos como tal porque es idéntico con ellos en la esencia. Así es como se dice que el amor une y es elemento de unión, lo que es posible precisamente gracias a la unicidad de su acto en el misterio de la vida trinitaria”.[14]

3.- Procede del Padre y del Hijo no por generación

La Sagrada Escritura en ningún momento llama al Espíritu Santo, “Hijo” o “Engendrado”. Esos términos los reserva exclusivamente cuando habla del Verbo.

Así lo declara el Símbolo Atanasiano: “El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, no creado, ni engendrado, sino procedente” (DS 75). Afirmaciones similares aparecen en el Concilio IV de Letrán (a. 1215: DS 800) y en el Concilio de Florencia (a. 1438-1445: DS 1330).

El principio formal de la procesión del Espíritu Santo

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad procede del Padre y del Hijo según la operación de la voluntad.

El principio formal inmediato de las procesiones divinas no es la naturaleza divina, sino una operación inmanente de la misma. El Hijo procede el Padre según una operación del entendimiento. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo según una operación de la voluntad. A la primera procesión le llamamos “generación” y a la segunda “espiración”.

El Espíritu Santo no es la misma operación de la voluntad sino el término de la misma. Ahora bien, dado que hemos de usar la analogía para poder profundizar en estos conceptos, hemos de tener claro que en esa operación de la voluntad: no hay paso del no-ser al ser; que el Espíritu es co-eterno con el Padre y el Hijo; que la espiración no es accidental, y que no implica ninguna potencialidad o imperfección en el Espíritu Santo.

La teología habla de una espiración activa cuando se considera desde su origen; es decir, Padre e Hijo; y espiración pasiva cuando se considera desde el término, el Espíritu Santo.

Sobre este punto tan complejo, la Sagrada Escritura nos da algunas claves, las cuales luego serán explicitadas por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

El nombre del Espíritu Santo, aunque puede decirse de toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como nombre propio a la Tercera Persona, para dar a entender así que procede del Padre y del Hijo como “hálito espirado”. Como no puede ser referido a la intelección (pues si así fuera se aplicaría al Hijo también), se tiene que tratar de la otra operación inmanente de Dios, que es la voluntad.

…………….

Con esto acabamos la exposición doctrinal sobre la Persona del Espíritu Santo para en el próximo artículo hablar de su función santificadora en el cristiano.

Padre Lucas Prados

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[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 688.

[2] L. F. Mateo-Seco, Dios Uno y Trino, Eunsa, Navarra, 1998, págs. 562-563.

[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, Ia, q. 36, a. 2.

[4] San Ambrosio, De Spiritu Sancto ad Gratianun Augustum.

[5] San Agustín, De Trinitate, 15, 17.29.

[6] San León Magno, Sermo de Pentecostes, 1.

[7] San Cirilo de Alejandría, De adoratione, 1; Dialogus De Trinitate, 6; Commentarius in Iohannem.

[8] San Juan Damasceno, Expositio Fidei Orthodoxæ, I, 7.8.12.

[9] Para ello se puede estudiar el Concilio II de Lyon y el Concilio de Florencia.

[10] L’Osservatore Romano 13.IX.1995.

[11] L. F. Mateo-Seco, Dios Uno y Trino, Eunsa, Navarra, 1998, pág. 578.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 246.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 248. Siento no profundizar más en el problema del Filioque pero no es propiamente el propósito del presente artículo.

[14] A. Gálvez, La Fiesta del Hombre y la Fiesta de Dios, Shoreless Lake Press, 2011, págs. 350-351.




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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