Es una exhortación evangélica que ha atravesado los siglos y no tiende a agotarse porque tiene en sí misma un valor universal que supera los confines del Cristianismo, involucra a todos los habitantes de la tierra, incluso a aquellos que no creen en Jesucristo, Nuestro Salvador. Al haber sido creado el hombre a imagen y semejanza de Dios, como dice la Biblia, está dotado como los Ángeles de la inmortalidad, en la perspectiva de vivir eternamente en el Reino de Dios, si se compromete a amarlo en esta tierra con todas sus fuerzas, observando sus Mandamientos.

En la perspectiva cristiana, la vida terrena tiene un valor inmenso, que supera toda imaginación, por lo cual tenemos el deber de respetarnos recíprocamente, ayudarnos en la necesidad, amarnos como hermanos y adorar a nuestro Dios, que nos ha creado para la felicidad eterna.

Si conociéramos más la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento y la vida de los Santos que han intentado imitar la vida de Jesucristo, nos comportaríamos de manera diferente a la de la mayoría de los hombres, que hoy ignoran a Dios o lo rechazan, viviendo como si no existiera, es decir, en la lamentable situación profetizada por san Pablo (cfr. 2Ts 2, 3) con el término de apostasía que involucra hoy a gran parte del pueblo cristiano, que reniega de Jesucristo para seguir a los ídolos del modernismo, del relativismo, del radicalismo y del ateísmo.

Una situación tolerada por la Jerarquía – quizá promocionada por sus altos miembros, comprometidos con las sociedades secretas anticristianas – parece difícil de aceptar por parte del clero antimodernista, tradicionalista y observante de las normas evangélicas.

La Iglesia católica está viviendo una crisis profunda, no experimentada antes: una crisis provocada y dirigida por los vértices, impuesta por una Jerarquía anómala, acogida con dificultad y padecida por la mayoría de los bautizados, en su mayoría víctimas, inducidos a menudo a alejarse de la Iglesia por agotamiento, indiferencia, cansancio, escándalos y “omertà”; en resumen, una crisis programada y manipulada por los altos cargos de manera astuta, con la coartada de la obediencia incondicionada hacia los superiores.

Situación advertida por el pequeño resto como un intento de los enemigos de imponer una falsa iglesia en sustitución de la verdadera, tradicional, instituida por Jesucristo: estamos a la espera también de las últimas “novedades doctrinales”, vinculantes, para llegar a la liquidación de los últimos obstáculos.

Los frutos del Concilio Vaticano II

Se han dicho muchas cosas positivas y negativas sobre el último Concilio: los frutos que hemos visto y que todavía hoy constatamos, sin embargo, no son positivos, si observamos objetivamente las cosas. La Iglesia ha registrado un continuo, irrefrenable declive de la frecuencia y de la confianza por parte de los fieles, no agotado todavía del todo; más aún, con el paso de los años, existe una acentuación del rechazo de la fe por parte de las nuevas generaciones, al mismo tiempo que la población anciana, en su mayoría creyente, se va extinguiendo.

El Concilio Vaticano II, como advierte algún observador atento, no condenó, más aún, ni siquiera nombró a los dos enemigos más peligrosos de la Iglesia, es decir, el comunismo y la masonería – ambos de matriz satánica – que todavía hoy dominan el mundo de manera totalizante. Además, después del Concilio, miles de sacerdotes, religiosos y religiosas renunciaron voluntariamente a su vocación, volviendo al estado laical; todavía hoy las vocaciones sacerdotales y religiosas, con pocas excepciones, están en fuerte descenso y muchos seminarios y órdenes religiosas están en una grave crisis.

No podemos tampoco lamentarnos por las graves dificultades de la Iglesia porque, ignorando sus verdaderas causas, somos todos indirectamente responsables. Si las autoridades religiosas no se mueven frente a semejante situación de “omertà”, significan que nos ocultan la verdad y esperan también ellos alguna señal clamorosa que no podrá venir sino de lo Alto, con gran conmoción y sufrimiento para todos.

Es lo que hoy esperamos como un “castigo de Dios” por nuestras innumerables culpas y negligencias. Si el árbol se juzga por sus frutos, podemos dar en el blanco, no solo al juzgar severamente el Concilio Vaticano II, sino también a los hombres que lo iniciaron y llevaron a término, superando a los protagonistas que quizá no esperaban las consecuencias negativas del post-Concilio.

Evidentemente los enemigos seculares de la Iglesia, que esperaban la ocasión favorable para actuar, se activaron para provocar los mayores daños que todavía hoy se pueden ver realizados con la apostasía difusa, una verdadera catástrofe para la humanidad.

Es esta la condición prevista por San Pablo en la 2º Carta a los Tesalonicenses, necesaria para que se manifieste el hombre inicuo, el Anticristo, después de que sea quitado de en medio quien hasta ahora lo sujeta. Estamos avisados: consideremos atentamente los personajes y las señales que llegan.

El sufrimiento de la Iglesia

En esta situación de incertidumbre y de tensión, como la presencia contemporánea de un Papa y de un Papa emérito es indudable que los creyentes padecen un gran sufrimiento y están a la espera de eventos clamorosos de dimensión planetaria, como señales premonitorias de un cambio global tanto material como espiritual.

La situación está llegando a una fase intolerable ya por parte de muchos creyentes, que en estos momentos se inclinan por la solución dramática de los problemas de la Iglesia que deberá venir por una intervención directa del Cielo.

En términos prácticos, tratándose de una situación sin salida, porque satanás, por medio de sus adeptos, manda en todos los campos y actúa en secreto, gran parte de la humanidad se encuentra prisionera de los enemigos: sólo puede lamentarse, pero no tiene ninguna posibilidad de liberarse de las cadenas.

Incluso el tiempo de la manifestación del anticristo podría estar bastante cerca o revelarse, sin previo aviso, como “es necesario que sea quitado de en medio quien lo sujeta” (2ª Tes 2, 7); podríamos esperarnos todo sin clamor, por parte de los enemigos que trabajan siempre en secreto.

Estamos quizá cerca de la fase de la historia, citada en el Evangelio, donde se dice: “Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Una liberación que deberá venir de lo Alto, de Dios, porque ninguna fuerza humana podrá vencer al poder del maligno, que, por medio de las organizaciones secretas, ha conquistado el mundo y lo domina con la arrogancia, el dinero, el chantaje y la corrupción.

Por lo cual el acontecimiento más clamoroso que la humanidad puede esperarse hoy – un hoy que se puede dilatar por muchos años – es la manifestación del anticristo con su reinado breve, doloroso, no sólo para la Iglesia, sino para toda la humanidad. Más aún, es posible que hoy, disfrazados, ya existan los precursores del hombre inicuo, como lo definió San Pablo.

En resumen, estamos viviendo tiempos especiales, que preparan los decisivos para la historia de la humanidad, descritos en el Apocalipsis con un lenguaje misterioso, comenzando por el tiempo cronológico y por los eventos proféticos, muy condicionados por nuestro comportamiento moral, por nuestra conversión y por nuestra oración, como pide con insistencia la Santísima Virgen.

Será una gran victoria del Cielo, que, por medio de sucesos extraordinarios de los que la Biblia demuestra ser una vez más maestra providencial – esta vez, sin embargo, de manera sublime y conclusiva para la humanidad al borde de la desesperación –, se dirigirá autorizadamente, en nombre del Dios de los Padres, al Dios Trinitario para implorar salvación, puesta a disposición de toda la humanidad.

Por esto existe también un motivo especial que se refiere a todos los creyentes: dar testimonio a los incrédulos que han olvidado a Dios, pero también a tantos desanimados, dudosos y alejados, que se encuentran en situación de riesgo de perdición eterna. En esos momentos, aquellos que hayan dado testimonio con valor de su fe, superando todas las dificultades, serán los elegidos (Mt 24, 23).

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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