fbpx

Fátima: medicina y obstáculo

La guerra en Ucrania conlleva, sin dudas, posibilidades aterradoras que parecen del todo conmensuradas con el tiempo en que vivimos. Pues si Dios no perdonó a los contemporáneos de Noé ni a los ciudadanos de Sodoma, ¿por qué habría de tolerar indefinidamente este turbión de perversidades desplegadas en toda la sobrehaz terrestre para escándalo de los inocentes y acrecida pena de los justos? Contrafigura de la caridad, que no tiene un ápice previsto más que aquel que resulta de la limitación temporal de una existencia humana en la que la muerte sella la definitiva estatura sobrenatural del sujeto, la degradación posible tampoco tiene fondo salvo por aquel término que Dios le pone a la caída cuando da por concluido el tiempo de peregrinar por este mundo. Siempre se puede estar peor y, en estricta lógica, si la tribalización del Occidente apóstata se prolongara unas pocas décadas, ya veríamos del todo asimilados hábitos como la pedofilia, las exhumaciones rituales, la antropofagia y el culto explícito de los demonios, sin que nos fuera ahorrado el parabién de una legislación conformada a estos horrores. Así como nadie sabe el día ni la hora, nadie puede prever cuál es la medida del desafuero que le arrancará al fin a Dios su basta.

Sí podemos advertir lo irrespirable que se ha hecho nuestra coyuntura histórica. Ni siquiera los abominables fenicios que ofrendaban sus críos a Moloch –y que bien pronto fueron aniquilados por Roma- habrían podido igualar la crueldad desbocada de nuestros tiempos, en que no una nación sino la casi totalidad de las naciones han hecho del filicidio, bajo la especie del aborto, la principal causa de muerte en el mundo. Desquicio teratológico que desafía a las más elementales leyes naturales -como la relativa a la conservación de la especie-, su protervia reclama además la corrupción de los sobrevivientes de la masacre prenatal, en adelante escolarizados para asumir el patrón de la androginia y para encarnar un fenotipo mutante. No caben dudas de que nuestro tiempo, ávido de proezas olímpicas y de hitos maravillosos con los que apagar su abulia, ha marcado un auténtico récord de crueldad.

Ucrania, en este contexto mil veces aberrante, ha venido a ser casi una nación fetiche para los exportadores del caos. Con decir que una de sus industrias más florecientes hasta el día del estallido bélico venía siendo el del alquiler de vientres a escala mundial, asunto capaz de vincular realidades tan aparentemente heterogéneas como los úteros y las transacciones bancarias. Prevista y alentada por aquellos que intentan por este medio imprimirle nueva aceleración al proceso hacia la homologación universal (cuyo capítulo más reciente fue la impostura pandémica), la guerra encontró en este país su proscenio más adecuado. Le tocó por ser vecino de Rusia, el verdadero objeto de mira mundialista, a la que era menester arrastrar a una conflagración que la extenuara, ya que por sus potencialidades, su desafiante extensión y el altivo patriotismo de su líder resultaba un auténtico estorbo a los planes de atomizar para subyugar. Porque el divide et imperas, atribuidocalumniosamente a Julio César, es el lema que los Rothschild, los Rockefeller y sus herederos mascullan sin pausa en sus adentros como una letanía y un programa de acción, en perfecta consonancia con aquel espíritu que ya los antiguos supieron designar comoδιά-βολος: «el que divide». La lucha de clases, la guerra de los sexos, los separatismos, la política de partidos son otros tantos recursos de que se han valido estos prestamistas-recolectores para consolidar el movimiento de desintegración, y no es azar que en nuestros tiempos se haya llegado a la división del núcleo del átomo con la siniestra y extensiva amenaza que esto supone.

Pero acá asoma el testuz la disposición suicida, autodestructiva, que late detrás de estas aventuras globalizantes. Porque la nación a la que se ha dispuesto provocar cuenta con el respaldo disuasivo de seis mil ojivas nucleares, y continuar acorralándola supone asomarse a un abismo inexplorado. Mucho, muchísimo más que la eventualidad de un déjà vu que extrajera sus gases del hongo de Hiroshima: éste, al fin de cuentas, afectó a una ciudad o dos del Lejano Oriente, y apenas impresionó las retinas occidentales a través de la narración fílmica. La amenaza de hoy es de una vastedad temible, y no habrá casi quien no lo presienta en toda su desoladora magnitud. La historia y sus ironías nos hacen mentar en esta sazón a la ruleta rusa: el hombre moderno, beodo de la taumaturgia de su técnica, vacila entre consumar la ronda de los siglos con un final a toda orquesta o detenerse a tiempo al borde mismo de la oquedad ventura, paladeando sus propios terrores que nunca fueron más realistas.

Cuando Francisco, en mitad de estos tenebrosos auspicios, anunció que consagraría a Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María, no pocos católicos perspicaces debieron evocar aquel timeo danaos et dona ferentes. En lo que a él toca, no los defraudó en absoluto: Ucrania hoy, en la ucrónica postal de Bergoglio, es la excusa para restaurar «el jardín de la tierra» -como balbuce su oración de consagración-, que ya no es «valle de lágrimas». Es que «nuestra casa común» resultó mancillada por la guerra (que en la nota concepción francisquista, contra el Magisterio de la Iglesia, es siempre injusta), en desmedro de «los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones». «Los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes» sin dudas no se merecían esto, por lo que urge volver a poner proa al paraíso en la tierra tal como lo pergeñan sus constructores humanos.

Muy otro tono es el de la carta apostólica Sacro vergente anno (1952), de Pío XII a los pueblos de Rusia -que, aunque contenga una precisa fórmula de consagración de aquella nación, adolece de no haber sido hecha en unión moral con todos los obispos del mundo. Compárense sus párrafos finales con la ocurrencia de Francisco:

Nos también junto con vosotros elevamos a Ella Nuestras oraciones suplicantes para que la verdad cristiana, decoro y sostén de la convivencia humana se refuerce y vigorice entre los pueblos de Rusia, y todos los engaños de los enemigos de la Religión, todos sus errores y falaces artes sean rechazados y alejados de vosotros; para que las costumbres públicas y privadas vuelvan a estar conformes con las normas evangélicas; para que especialmente aquellos que de entre vosotros se profesan católicos, aunque privados de sus Pastores, resistan con intrépida fortaleza a los asaltos de la impiedad, si es necesario, hasta llegar a morir; para que la justa libertad que conviene a la persona humana, a los ciudadanos y a los cristianos les sea restituida a todos, como a ello tienen derecho, y en primer lugar les sea devuelta la Iglesia que tiene el mandato divino de instruir a los hombres en las verdades religiosas y en la virtud; y finalmente para que la verdadera paz resplandezca en vuestra queridísima Nación y en toda la humanidad y que esta paz, fundada en la justicia y alimentada por la caridad, dirija a todas las gentes a aquella prosperidad común de individuos y pueblos que proviene de la concordia de los espíritus.

Dígnese Nuestra amorosísima Madre mirar también con ojos benignos a aquellos que organizan las formaciones de ateos militantes y dan todo género de ayuda a sus iniciativas. Quiera Ella iluminar sus mentes con la luz que viene de lo alto y dirigir con la gracia divina sus corazones hacia la salvación.

Nos, por tanto, para que Nuestras oraciones y las vuestras sean escuchadas más fácilmente y para daros una prueba especial de Nuestra particular benevolencia, lo mismo que hace pocos años consagramos todo el mundo al Corazón Inmaculado de la Virgen Madre de Dios, así ahora, de manera especialísima, consagramos todos los pueblos de Rusia al mismo Corazón Inmaculado, en la firme confianza de que con el poderosísimo patrocinio de la Virgen María se realizarán cuanto antes los votos que Nos, vosotros, y todos los buenos formulan por una verdadera paz, por una concordia fraternal y por la debida libertad para todos y en primer lugar para la Iglesia; de forma que, mediante la oración que Nos elevamos junto con vosotros y con todos los cristianos, el Reino salvador de Cristo, que es el Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz triunfe y se consolide establemente en todas las partes de la tierra.

No abrigamos la menor duda de que la «paz» a la que se refieren uno y otro texto son dos cosas distintas, incluso opuestas. Que ambas plegarias y ambas consagraciones corresponden a dos diferentes religiones. Y quisiéramos albergar al menos una sombra de optimismo respecto a que la fórmula de consagración entrañada en el collage católico-antropolátrico de Bergoglio (a saber: «nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón Inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania») pueda surtir algún efecto salutífero al modo de un ex opere operato, con total prescindencia de las disposiciones de su mentor. Porque es demasiado obvio que, aun cuando se mencione a Rusia, no se lo hace en espíritu de obediencia a nuestra Madre Celestial, que nunca dio a entender que podía mencionarse a la gran nación eslava junto con Ucrania y en último término, recién a la zaga de “nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera” -cosa que fue justamente lo que vició la consagración ensayada por Juan Pablo II el 13 de mayo de 1982, inconsistente según la propia sor Lucía de Fátima por no contener «la consagración de Rusia y de Rusia sola, sin ninguna añadidura». Ni parece posible agradar a Dios insertando esta imperfecta fórmula de consagración en un contexto de tan inequívoco naturalismo.

La procrastinación de los sucesivos papas para con este deber apuntado desde Arriba resulta un verdadero misterio, más cuando las apariciones de Nuestra Señora en Fátima han sido reconocidas oficialmente por la Iglesia casi desde un primer momento, y cuando la veracidad de las mismas y la perentoriedad de su mensaje fueron confirmadas con portentos cósmicos nunca antes vistos. Tanto, que la rotundidad del pedido de la Virgen en aquella ocasión parece haberse vuelto un escollo, un auténtico obstáculo o katejon para las autoridades eclesiásticas. Es que la Roma asediada desde las campañas napoleónicas y el Risorgimento, la Roma infiltrada luego por el modernismo, la Roma cada vez más débil ante la hostilidad del mundo y sus olas corría el riesgo de malinterpretar este auxilio sobrenatural como un salvavidas de plomo, y la medicina que se le ofrecía para conjurar tantos males presentes y venideros (el mayor de los cuales, la apostasía profetizada desde antiguo y hoy en franco vigor) suponía no una labor diplomática de paciente remoción de resquemores con los vecinos más o menos próximos sino, cumplido el acto de confianza en el Cielo, el proclamar las incómodas verdades implícitas en tal acto de consagración. En efecto, consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María suponía clamorear el primado y la jurisdicción universal del romano pontífice (contra los cismáticos de Oriente), las prerrogativas marianas, entre las cuales la mediación universal de la Virgen (contra el protestantismo), la subordinación de lo temporal a lo espiritual, de las naciones al suave yugo de Cristo (contra el liberalismo) y la perversidad intrínseca del socialismo, cuya nación cautiva venía a ofrecerse a la Virgen para obtener su liberación. ¿Será la posibilidad concreta de una catástrofe orbital con protagonismo ruso lo que ahora impele a cumplir aquello que las nueve o diez consagraciones fallidas de Pío XII, Juan Pablo II, Paulo VI, Benedicto XVI y el propio Francisco postergaron? ¿O será más bien este acto un nuevo espaldarazo de Bergoglio a los planes mundialistas, llamando a Rusia a someterse a los mismos y a cancelar su historia e identidad en obsequio de la paz que da el mundo, que no es sino la paz de los cementerios y del repulsivo Imagine de John Lennon?

Como la consagración exigida no se realizó en tiempo y forma, Rusia acabó “esparciendo sus errores por el mundo”, según lo anticipado por la Virgen en Fátima, en su aparición del 13 de julio de 1917. Pero debe advertirse que esta profecía no toca sólo al socialismo soviético, que ya es historia, sino a ese muy vigente monstruo globalista que le es consanguíneo y que busca avasallar las identidades personales y nacionales para reducirlas a un magma definitivo y sin salida, báratro metahistórico a la medida de los perversos designios del hombre prometeico. Tal “coincidencia en los errores” con la Rusia soviética (internacionalismo, materialismo, secularización integral) hace de las advertencias del Cielo un asunto aún no agotado. La «república universal» trasoñada desde hace tres siglos por la masonería y denunciada por el papa Benedicto XV en su motu proprio Bonum sane (1920) como objetivo de los agentes que operaron para consumar la Gran Guerra y sacar de ella, abatidos los últimos obstáculos políticos, una reorganización del mundo según el caletre laicista y humanitario (tal como ya lo había previsto el mismo papa, no bien comenzada la guerra, en Ad beatissimi), esa república impía y sin fronteras, decimos, es la que quieren terminar de cuajar los ejecutores actuales de un propósito tan añejo como siniestro. Condicionar hasta en sus menores detalles la política económica, sanitaria y cultural de las naciones y hacer de la globalizada intimidad de los sujetos (atomizados según el nuevo patrón de conducta impuesto en pocos años por las redes sociales) otras tantas res publicae es, sin dudas, todo un jalón hacia la proclamación pública y resonante del definitivo estado de cosas contenido en la Agenda 2030 de la ONU que contiene, entre otras beldades -cumplida o por cumplirse la liquidación de la institución familiar- la abolición fáctica de la propiedad personal de los bienes. Nótese el carácter crasamente extemporáneo de cualquier acusación de “conspiracionismo” contra quien traiga a cuento estos datos: los planes de esta gente hoy son exhibidos a plena luz del día, y hasta se dan el lujo de ponerle fecha a la prevista consumación de los mismos.

La consagración (o su alias) operada por Francisco cumple el cometido de desmentir oficialmente, de manera indirecta, la validez de las realizadas por sus predecesores. Quedan por ver sus efectos, si la explícita mención de Rusia y la unión con buena parte del episcopado mundial, requeridas por la Virgen, alcanzan a suplir sus calamitosas deficiencias. Parece obvio advertir que la conversión de Rusia no puede suponer la mera recusación del sovietismo (cosa ya cumplida) sino su redditus a la Roma eterna –exigencia que hoy se extiende a la Roma modernista: los errores modernos se esparcieron tan eficazmente por el mundo que alcanzaron la mismísima Cátedra de Pedro. «Dígales [a todos los hombres], Padre, que la Santísima Virgen, repetidas veces, tanto a mis primos Francisco y Jacinta como a mí, nos dijo que muchas naciones de la tierra desaparecerán sobre la faz de la misma, que Rusia sería el instrumento del castigo del Cielo para todo el mundo si antes no alcanzábamos la conversión de esa pobrecita nación» (de las palabras de sor Lucía al padre Agustín Fuentes en diciembre de 1957). Que esta conversión dependiera tan necesariamente de la previa consagración resultaba extraño a la propia Lucía, sobre cuyo porqué interrogó a Nuestro Señor. «Porque quiero que toda mi Iglesia reconozca esa consagración como un triunfo del Inmaculado Corazón de María, para después extender su culto y poner al lado de la devoción de mi Divino Corazón la devoción de este Inmaculado Corazón […] Ora mucho por el Santo Padre; él ha de hacerla [la consagración], pero será tarde; sin embargo el Inmaculado Corazón de María ha de salvar a Rusia, [ella] le está confiada» (carta de Lucía a su confesor, el padre Gonçalves S.J., 18/5/1936). Sobre esto mismo el Señor ya había advertido a la vidente, en agosto de 1931, que «mis ministros […], siguiendo el ejemplo del Rey de Francia [Luis XIV, que se había negado a consagrar su reino al Sagrado Corazón de Jesús], retrasando la ejecución de mi pedido, seguirán a él en la desgracia. El Santo Padre consagrará Rusia, pero será tarde».

Que la consagración de Rusia se haga tarde implica, por lo tanto –y aunque Rusia retorne a la unidad de la Iglesia como efecto de tal acto- el cumplimiento de ese castigo celestial sobre el mundo entero, siendo aquella nación el instrumento del mismo. Aquel pasaje conocido como el «tercer Secreto de Fátima» y dado a conocer (aunque muy presumiblemente incompleto) por el Vaticano el 13 de mayo de 2000, parece precisar esto mismo, al aludir a «obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada en cuya cumbre había una gran Cruz […] El Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados».

Sólo Dios, gobernando el tiempo con el imperio de Su providencia, sabrá compaginar los hechos venideros con las profecías esjatológicas cuya concreta interpretación desafía a los mismos exegetas. Nosotros, humildemente, y sin despreciar la interpretación de las siete tubas del Apocalipsis que hace de las mismas símbolos de las sucesivas herejías históricas con graves consecuencias en la vida política de los pueblos, suponemos retratados en las mismas algunos de los efectos de una conflagración nuclear de vasto alcance. Pudiendo tener, v.g., el oscurecimiento parcial del sol, la luna y las estrellas relación con el llamado “invierno nuclear”, susceptible de afectar incluso a aquellas áreas no siniestradas por las detonaciones. Adviértase que las tubas comienzan a sonar luego de producirse en el cielo un “silencio como de media hora”, el que podría aludir al desistimiento de la Iglesia de su misión docente en los años que preceden a este terrible castigo. Y aunque Bergoglio le confesara a su amigo Eugenio Scalfari su convicción de que «nuestra especie desaparecerá en algún momento y Dios siempre creará otras especies a partir de su semilla creadora», creemos firmemente que la estirpe humana será preservada de su aniquilación por obvias razones contenidas en nuestra fe. Un eventual big bang propiciado por el hombre rehén de su técnica no podrá frustrar el reinado venidero de los Corazones de Jesús y de María, cuya fisonomía debiera coincidir con los rasgos de aquel milenio metahistórico del que nos habla el capítulo XX del Apocalipsis. Dios mismo, que creó todas las cosas de la nada, se encarnó en el seno de una Virgen e hizo bailar al sol en Fátima, disipará los efectos de la radiación atómica para renovar la tierra y para que se cumpla, superados tan ingentes padecimientos, el vaticinio de su Madre acerca de la conversión de Rusia y de que «le sea concedido al mundo un tiempo de paz».

Flavio Infante
Flavio Infante
Católico, argentino y padre de cuatro hijos. Abocado a una existencia rural, ha publicado artículos en diversos medios digitales, en la revista Cabildo y en su propio blog, In Exspectatione

Del mismo autor

Usura y aborto

Así como san Bruno fue testigo del prodigioso discurso ensayado por...

Últimos Artículos

Abusos sexuales en la iglesia: el miedo a reconocer la causa real

Llevamos años….décadas ya con la misma argumentación “mundanamente correcta”...

Signos cotidianos de la protestantización en la Iglesia católica

Desde el estudio teológico crítico se evidencia de forma...

La guerra justa de San Pío V

Este 30 de abril, en la capilla de Santa...